Pablo continúa desarrollando una de las verdades más gloriosas del evangelio: quiénes éramos antes de Cristo y quiénes somos ahora gracias a Su gracia.
Este es uno de esos capítulos que comienza con una frase que, con frecuencia, los cristianos necesitamos volver a escuchar. Pablo tiene la costumbre de llevarnos de regreso a nuestra antigua condición para que nunca olvidemos de dónde nos sacó Dios. Una y otra vez nos recuerda: «Antes ustedes eran...» o «Antes ustedes estaban...».
Me gusta mucho cómo lo expresa la NTV: «Vivían en pecado, igual que el resto de la gente, obedeciendo al diablo...». Es un recordatorio fuerte, pero necesario. Pablo no pretende avergonzarnos ni mantenernos viviendo bajo la culpa; quiere que recordemos cuál era nuestra verdadera condición sin Cristo.
Estábamos muertas en nuestros delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo y viviendo conforme a nuestros propios deseos. …
Pablo continúa desarrollando una de las verdades más gloriosas del evangelio: quiénes éramos antes de Cristo y quiénes somos ahora gracias a Su gracia.
Este es uno de esos capítulos que comienza con una frase que, con frecuencia, los cristianos necesitamos volver a escuchar. Pablo tiene la costumbre de llevarnos de regreso a nuestra antigua condición para que nunca olvidemos de dónde nos sacó Dios. Una y otra vez nos recuerda: «Antes ustedes eran...» o «Antes ustedes estaban...».
Me gusta mucho cómo lo expresa la NTV: «Vivían en pecado, igual que el resto de la gente, obedeciendo al diablo...». Es un recordatorio fuerte, pero necesario. Pablo no pretende avergonzarnos ni mantenernos viviendo bajo la culpa; quiere que recordemos cuál era nuestra verdadera condición sin Cristo.
Estábamos muertas en nuestros delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo y viviendo conforme a nuestros propios deseos. No estábamos simplemente enfermas espiritualmente ni necesitábamos mejorar nuestro comportamiento; estábamos completamente incapacitadas para salvarnos a nosotras mismas.
¿Por qué Pablo insiste tanto en llevarnos de regreso a ese pasado? No para que vivamos mirando hacia atrás con culpa, Cristo ya pagó completamente por nuestros pecados, sino para que nunca dejemos de maravillarnos de la gracia que hemos recibido. Recordar de dónde Dios nos sacó nos mantiene humildes, nos ayuda a extender gracia a los demás y nos recuerda que un día nosotras también éramos enemigas de Dios.
Entonces aparece una de las expresiones más hermosas de toda la Biblia: «Pero Dios...». Cuando no había esperanza para nosotras, cuando no había nada bueno en nuestro corazón que pudiera atraer Su favor, Dios intervino por pura misericordia.
Él «nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados)». No había nada bueno en nosotros; fue Dios quien tomó la iniciativa y nos rescató.
«Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe; y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas». —Efesios 2:8-10
Estos versículos resumen maravillosamente el evangelio. Somos salvas únicamente por gracia, mediante la fe. Aun la fe es un regalo de Dios, y no existe absolutamente nada de lo que podamos gloriarnos. Pero la gracia no solo nos salva; también nos transforma. No somos salvas por nuestras buenas obras, pero sí somos salvas para vivir una vida de buenas obras que Dios preparó de antemano.
Esto nos humilla y nos coloca en la perspectiva correcta. Nos recuerda que el cristianismo no comienza con lo que hacemos por Dios, sino con lo que Dios hizo por nosotras. Nuestra obediencia nunca es la causa de nuestra salvación, sino el fruto natural de haber recibido una nueva vida en Cristo.
Más adelante, Pablo dirige su atención a la relación entre judíos y gentiles. Durante siglos, ambos pueblos habían vivido separados por profundas barreras religiosas, culturales y sociales. Sin embargo, en Cristo todo cambió.
«Porque Él mismo es nuestra paz».
No solamente nos dio paz con Dios; Él mismo es nuestra paz. En la cruz derribó el muro de separación que dividía a judíos y gentiles, y creó un solo pueblo. La reconciliación vertical con Dios produce también reconciliación horizontal entre quienes pertenecen a Cristo.
Este llamado sigue siendo profundamente relevante para la iglesia de hoy. Vivimos en un mundo marcado por divisiones, preferencias, conflictos y orgullos personales. Sin embargo, la iglesia está llamada a reflejar una realidad completamente distinta. Nuestra unidad no descansa en que pensemos igual en todo, sino en que todos hemos sido salvados por la misma gracia y pertenecemos al mismo Señor.
Pablo, sin embargo, no termina allí. El resultado de esa reconciliación es mucho más profundo que simplemente llevarnos bien unos con otros. La imagen que Pablo utiliza al final del capítulo habría sido especialmente significativa para los creyentes de Éfeso. Vivían en una ciudad dominada por el majestuoso templo dedicado a la diosa Diana, considerado una de las maravillas del mundo antiguo. Sin embargo, Pablo dirige sus ojos hacia un templo mucho más glorioso: no uno construido con piedras, sino uno formado por personas redimidas.
Al igual que hizo en Romanos 11, Pablo deja claro que no se trata de que un grupo sea superior al otro. Ni los judíos tienen un lugar privilegiado ni los gentiles ocupan un segundo plano. En Cristo, ambos han sido reconciliados y ahora forman un solo pueblo. Ya no somos extranjeros ni ciudadanos de distintos reinos; todos somos ciudadanos del Reino de los cielos y miembros de una misma familia.
«Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios».
Ahora pertenecemos al mismo reino, formamos parte de la misma familia y estamos siendo edificados juntos como un templo santo donde Dios habita por medio de Su Espíritu. Qué imagen tan hermosa de la Iglesia: personas completamente diferentes, rescatadas por la misma gracia, unidas por Cristo y convertidas en la morada de Dios.
Cristo es la piedra angular sobre la cual descansa todo el edificio. Él sostiene, alinea y da estabilidad a toda la estructura. Pablo añade que «en Él todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor». Esa expresión es preciosa. No somos piedras aisladas, sino que hemos sido cuidadosamente unidas por Dios para formar Su morada.
Esto también nos recuerda la importancia de la iglesia local. La vida cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento. Dios nos salva individualmente, pero nos incorpora a un pueblo. Más adelante, Pablo mostrará de manera muy práctica cómo debe vivir esa familia de la fe, pero primero establece el fundamento doctrinal: somos un solo cuerpo, una sola familia y un solo templo porque pertenecemos a un mismo Señor.
Todo lo que Pablo enseñará en los siguientes capítulos acerca de la unidad, el servicio, el amor y la vida cristiana descansa sobre esta realidad. Primero establece el fundamento; después nos mostrará cómo se ve esa verdad en la práctica.
Qué diferente sería la iglesia si recordáramos con mayor frecuencia esta verdad. No somos simplemente personas que asistimos al mismo lugar los domingos. Somos una familia espiritual, edificada sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, teniendo a Jesucristo como la piedra angular. Él sostiene todo el edificio y es quien mantiene unido a Su pueblo.
Al terminar este capítulo, es imposible no maravillarse una vez más de la gracia de Dios. Éramos enemigas, ahora somos hijas. Éramos extranjeras, ahora somos ciudadanas del Reino. Éramos personas dispersas; ahora somos una sola familia y un templo donde Dios ha decidido habitar. Todo esto no fue logrado por nuestros esfuerzos, sino únicamente por la obra perfecta de Cristo.
Para meditar:
- ¿Sigue maravillándome la gracia de Dios al recordar quién era antes de Cristo, o he dejado de asombrarme por el regalo de la salvación?
- ¿Estoy viviendo como una piedra viva dentro del templo que Dios está edificando, comprometida con Su iglesia y buscando la unidad que Cristo compró con Su sangre?
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