El capítulo anterior terminó con una imagen preciosa: judíos y gentiles ahora forman un solo pueblo, una sola familia y un solo templo donde Dios habita por Su Espíritu. Pablo no está comenzando un tema nuevo; continúa desarrollando esa misma idea.
Por eso inicia diciendo: «Por esta causa yo, Pablo...». Es decir, precisamente porque Dios ha unido en Cristo a judíos y gentiles en un mismo cuerpo, Pablo puede entender el propósito de su propio ministerio y aun de sus prisiones.
Entonces hace un paréntesis para explicar que Dios le confió el privilegio de anunciar ese misterio a los gentiles. Ese misterio no era que Dios fuera a salvar también a las naciones, pues el Antiguo Testamento ya anticipaba esa promesa. Lo verdaderamente sorprendente era que ahora judíos y gentiles serían coherederos, miembros de un mismo cuerpo y copartícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por …
El capítulo anterior terminó con una imagen preciosa: judíos y gentiles ahora forman un solo pueblo, una sola familia y un solo templo donde Dios habita por Su Espíritu. Pablo no está comenzando un tema nuevo; continúa desarrollando esa misma idea.
Por eso inicia diciendo: «Por esta causa yo, Pablo...». Es decir, precisamente porque Dios ha unido en Cristo a judíos y gentiles en un mismo cuerpo, Pablo puede entender el propósito de su propio ministerio y aun de sus prisiones.
Entonces hace un paréntesis para explicar que Dios le confió el privilegio de anunciar ese misterio a los gentiles. Ese misterio no era que Dios fuera a salvar también a las naciones, pues el Antiguo Testamento ya anticipaba esa promesa. Lo verdaderamente sorprendente era que ahora judíos y gentiles serían coherederos, miembros de un mismo cuerpo y copartícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.
Qué hermoso pensar que tú y yo nunca fuimos el «plan B» de Dios. Nuestra salvación no fue una solución improvisada después del rechazo de Israel. Desde antes de la fundación del mundo, Dios había determinado que personas de toda lengua, pueblo y nación formarían parte de Su Iglesia. Los inagotables tesoros de Cristo también estaban destinados para los gentiles. Tú y yo estábamos en el plan eterno de Dios.
Pablo entiende que él mismo es simplemente una pieza dentro de ese gran plan. Por eso habla de su ministerio con tanta humildad. Se describe como «el más pequeño de todos los santos», pero al mismo tiempo reconoce el inmenso privilegio que Dios le concedió: anunciar a los gentiles «las inescrutables riquezas de Cristo». Cuanto más comprendía la gracia de Dios, más humilde se volvía. El evangelio nunca produce orgullo; produce gratitud.
También entendemos por qué Pablo les pide que no desmayen al verlo sufrir. Sus prisiones no significaban que el plan de Dios hubiera fracasado; al contrario, formaban parte del avance mismo del evangelio. Lo que Dios estaba construyendo, Su Iglesia, era infinitamente más grande que el sufrimiento temporal de Pablo. A través de esa Iglesia, formada por judíos y gentiles reconciliados en Cristo, Su multiforme sabiduría seguiría siendo dada a conocer al mundo.
Después de este paréntesis, Pablo retoma la oración que había comenzado en el versículo 1. Dobla sus rodillas delante del Padre y ora por los creyentes de Éfeso. Me maravilla el contenido de su oración. Pablo no pide que desaparezcan sus dificultades ni que tenga una vida más cómoda. Ora por algo mucho mayor: que sean fortalecidos en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en sus corazones y que puedan experimentar la inmensidad de Su amor.
«Que ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios».
Tres palabras resumen el deseo de Pablo para ellos:
-
Comprender.
- Conocer.
- Ser llenos.
No se trata simplemente de adquirir más conocimiento intelectual, sino de experimentar cada vez más el amor de Cristo y vivir a la luz de esa realidad. Mientras más conocemos a Cristo, más somos transformadas a Su imagen.
¿Has orado alguna vez así por alguien cercano a ti? Si no lo has hecho, pídele al Señor que ponga en tu corazón una carga por tu familia, por tu iglesia local y por aquellos que te rodean. Qué diferente serían nuestras oraciones si, además de presentar nuestras necesidades, pidiéramos que otros conocieran más profundamente a Cristo y fueran fortalecidos espiritualmente.
El capítulo concluye con una de las doxologías más hermosas de toda la Escritura. Después de contemplar el plan eterno de Dios, la unidad de la Iglesia y el amor insondable de Cristo, la única respuesta posible es la adoración.
Una doxología es una expresión de alabanza que exalta la grandeza y la gloria de Dios. Qué mejor manera de cerrar esta primera mitad de Efesios que dirigiendo toda la atención al Señor.
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén».
Con frecuencia usamos estos versículos cuando pensamos en los sueños o las peticiones personales que llevamos delante de Dios. Sin embargo, en su contexto, Pablo está celebrando algo mucho más grande: el extraordinario plan redentor de Dios, capaz de hacer infinitamente más de lo que el ser humano habría podido imaginar. Desde antes de la fundación del mundo, Dios había preparado un pueblo para Sí, formado por judíos y gentiles, unidos en Cristo y llamados a anunciar Su gloria.
Dios no solo nos salvó individualmente; nos hizo parte de un pueblo que Él había planeado desde la eternidad para manifestar Su gloria.
Quiero terminar de la misma manera que Pablo. Tómate unos minutos para meditar en estos versículos y recuerda cómo has visto la mano de Dios obrando en tu vida. Piensa especialmente en este último año. Agradécele porque Su plan siempre ha sido mucho mejor que el tuyo y porque, por pura gracia, te permitió formar parte de ese pueblo que Él decidió redimir desde la eternidad.
Con este capítulo concluye la primera gran sección de Efesios. En los capítulos 4 al 6, Pablo pasará de la doctrina a la práctica. Después de mostrarnos quién es Cristo, quiénes somos en Él y cuál es el glorioso plan de Dios para Su Iglesia, ahora nos enseñará cómo debe vivir un creyente que ha sido alcanzado por esa gracia.
Para meditar:
- ¿Vivo con la convicción de que mi vida forma parte del plan eterno de Dios, o permito que las circunstancias me hagan olvidar que fui incluida en Su propósito desde antes de la fundación del mundo?
- ¿Reflejan mis oraciones el deseo de conocer más profundamente a Cristo y de ver a otros crecer en Él, o están enfocadas principalmente en mis necesidades y circunstancias?
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