Con este capítulo comienza la segunda mitad de la carta. Después de dedicar tres capítulos a explicar quiénes somos en Cristo y el maravilloso plan de Dios para Su Iglesia, Pablo hace un giro hacia la vida práctica.
La expresión «Por tanto», conecta todo lo que viene con los tres capítulos anteriores. Es como si Pablo dijera: «Ahora que saben quiénes son, vivan de una manera coherente con esa realidad». La doctrina siempre debe producir transformación. Lo que Dios hizo por nosotras debe reflejarse en la manera en que vivimos.
Cuando Pablo nos exhorta a «vivir de una manera digna de la vocación con que han sido llamadas», no está diciendo que debemos ganarnos el favor de Dios. Ya fuimos aceptadas por gracia. La palabra digna transmite la idea de una balanza: que exista coherencia entre lo que creemos y la manera en que vivimos. Nuestra …
Con este capítulo comienza la segunda mitad de la carta. Después de dedicar tres capítulos a explicar quiénes somos en Cristo y el maravilloso plan de Dios para Su Iglesia, Pablo hace un giro hacia la vida práctica.
La expresión «Por tanto», conecta todo lo que viene con los tres capítulos anteriores. Es como si Pablo dijera: «Ahora que saben quiénes son, vivan de una manera coherente con esa realidad». La doctrina siempre debe producir transformación. Lo que Dios hizo por nosotras debe reflejarse en la manera en que vivimos.
Cuando Pablo nos exhorta a «vivir de una manera digna de la vocación con que han sido llamadas», no está diciendo que debemos ganarnos el favor de Dios. Ya fuimos aceptadas por gracia. La palabra digna transmite la idea de una balanza: que exista coherencia entre lo que creemos y la manera en que vivimos. Nuestra conducta debe corresponder al evangelio que profesamos.
Esto me hace pensar en cómo aprendemos las verdades de Dios. Podemos conocer mucha información bíblica y aun así permanecer sin cambios. Saber algo no necesariamente transforma la vida. Pero cuando esa verdad deja de ser solo información y se convierte en una convicción arraigada en el corazón, inevitablemente comienza a reflejarse en nuestra manera de vivir. Ese es precisamente el cambio que Pablo nos anima a vivir. Durante tres capítulos nos enseñó quiénes somos en Cristo; ahora nos llama a vivir de acuerdo con esa realidad. La sana doctrina nunca fue diseñada para llenar únicamente nuestra mente, sino para transformar nuestro corazón y nuestra conducta.
La doctrina que no produce una vida transformada todavía no ha llegado al corazón.
¿Y cómo luce una vida digna del evangelio? Pablo menciona varias características que deben distinguir a todo creyente:
- Vivan con toda humildad.
- Vivan con mansedumbre.
- Vivan con paciencia.
- Sopórtense unos a otros en amor.
- Esfuércense por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
Como creyentes, representamos a Cristo delante del mundo y formamos parte de Su cuerpo. Cada una de estas exhortaciones es un imperativo; no son sugerencias ni opciones para algunos creyentes más maduros. Son características que deben distinguir la vida de todo hijo de Dios.
Llama la atención que Pablo no comienza hablando de ministerios, dones o actividades, sino del carácter. La verdadera unidad de la iglesia no depende primero de programas o estrategias, sino de creyentes humildes, pacientes, mansos y dispuestos a soportarse unos a otros en amor.
También resulta interesante que Pablo nunca nos manda crear la unidad de la iglesia. Esa unidad ya fue establecida por Cristo mediante Su muerte en la cruz, como vimos en el capítulo anterior, derribando el muro de separación entre judíos y gentiles, e hizo de ambos un solo pueblo. Por eso el mandato no es producir unidad, sino preservarla.
Cada vez que actuamos con orgullo, alimentamos divisiones, guardamos resentimiento o permitimos que conflictos innecesarios crezcan dentro de la iglesia, estamos atentando contra algo que Cristo ya conquistó con Su sangre. Nuestra responsabilidad no es inventar una nueva unidad, sino proteger y cuidar la que Él ya compró para Su pueblo.
Por eso Pablo hace referencia a un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre de todos. Nuestra unidad no se basa en que todos pensemos igual, tengamos los mismos talentos o las mismas personalidades. Nuestra unidad descansa en que todos pertenecemos al mismo Señor.
La unidad de la iglesia no es organizacional; es espiritual. Ya existe porque todos hemos sido unidos a Cristo y, por lo tanto, también hemos sido unidos unos a otros.
Eso no significa uniformidad. Dios nunca pretendió que todos fuéramos iguales. Al contrario, dentro de esa unidad existe una hermosa diversidad. El mismo Espíritu que produce la unidad es quien reparte los diferentes dones dentro del cuerpo de Cristo.
Me encanta que Pablo coloque el tema de los dones inmediatamente después de hablar sobre la unidad. Es como si quisiera evitar la envidia, la competencia y el orgullo dentro de la iglesia. Dios no distribuyó los dones espirituales para destacar a unos creyentes sobre otros ni para alimentar nuestro ego. Los repartió para fortalecer a Su Iglesia. Cada creyente recibe algo para servir; ningún don fue dado para la gloria personal.
Pablo explica que Cristo dio dones y personas a la iglesia para perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo. Todo apunta hacia un mismo objetivo: que la iglesia crezca y madure.
Esto me recuerda lo que leemos en Nehemías. Cada persona construía la parte del muro que tenía delante. Ninguno hacía el trabajo del otro, pero todos trabajaban para el mismo propósito. De la misma manera ocurre en la iglesia; cuando entendemos que Dios distribuyó los dones soberanamente, dejamos de compararnos y comenzamos a servir con gozo donde Él nos colocó.
Cuando existe esta unidad y cada creyente sirve con fidelidad, el resultado es la madurez espiritual. Pablo relaciona directamente la madurez con la estabilidad doctrinal:
«Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error».
Una iglesia madura no es simplemente una iglesia con mucha actividad. Es una iglesia firme en la verdad, que conoce la Palabra de Dios y no es arrastrada por cada nueva enseñanza que aparece.
A partir del versículo 17, Pablo vuelve a contrastar la vida antes y después de Cristo. Si en el capítulo 2 nos recordó quiénes éramos antes de ser salvados, ahora nos muestra cómo debe vivir quien ha recibido una nueva vida.
Ya no debemos andar como los gentiles, con una mente entenebrecida y alejada de Dios. La vida cristiana implica un cambio continuo. Pablo utiliza la imagen de quitarse una ropa vieja y ponerse una nueva. Debemos despojarnos del viejo hombre, renovar nuestra mente y revestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en justicia y santidad.
La vida cristiana no consiste simplemente en dejar ciertos pecados. Consiste en reemplazar continuamente nuestra antigua manera de vivir por el carácter de Cristo. Por eso Pablo aterriza esta enseñanza con ejemplos muy prácticos: dejar la mentira para hablar verdad, controlar el enojo antes de que produzca pecado, trabajar con diligencia para poder compartir con otros, usar nuestras palabras para edificar en lugar de destruir y perdonar como Dios también nos perdonó en Cristo.
Pablo no está proponiendo una lista de reglas para ganar el favor de Dios. Todo lo contrario. Ya fuimos aceptadas por gracia. Precisamente porque pertenecemos a Cristo, ahora vivimos de una manera diferente. Nuestra conducta nunca es el medio para obtener la salvación; es la evidencia de que hemos sido transformadas por ella.
Al terminar este capítulo, queda claro que la vida cristiana no consiste únicamente en conocer la verdad, sino en vivir de acuerdo con ella. La identidad que recibimos en Cristo debe reflejarse en la forma en que hablamos, servimos, tratamos a los demás y caminamos cada día. Esa es la vida digna a la que Pablo nos llama.
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