En este capítulo, Pablo pasa de la gratitud y el ánimo a las exhortaciones prácticas que continuarán en el siguiente capítulo. Después de recordar el amor que siente por la iglesia y celebrar su fidelidad, Pablo ahora llama a los tesalonicenses a vivir de una manera digna del Señor.
El énfasis no está en alcanzar la salvación ni la santificación por medio de las obras y el esfuerzo o el cumplimiento externo, sino en que una vida transformada por el evangelio se refleje en un creciente andar santo. Sobre esto, Carson y Moo destacan que la santidad, el amor fraternal y la esperanza en la resurrección no son temas independientes, sino expresiones de una misma vida orientada hacia la venida de Cristo, que es la esperanza que volvemos a ver en este capítulo.
El llamado a la santidad
Pablo inicia esta sección exhortando a los creyentes a …
En este capítulo, Pablo pasa de la gratitud y el ánimo a las exhortaciones prácticas que continuarán en el siguiente capítulo. Después de recordar el amor que siente por la iglesia y celebrar su fidelidad, Pablo ahora llama a los tesalonicenses a vivir de una manera digna del Señor.
El énfasis no está en alcanzar la salvación ni la santificación por medio de las obras y el esfuerzo o el cumplimiento externo, sino en que una vida transformada por el evangelio se refleje en un creciente andar santo. Sobre esto, Carson y Moo destacan que la santidad, el amor fraternal y la esperanza en la resurrección no son temas independientes, sino expresiones de una misma vida orientada hacia la venida de Cristo, que es la esperanza que volvemos a ver en este capítulo.
El llamado a la santidad
Pablo inicia esta sección exhortando a los creyentes a «abundar más y más» en una vida que agrada a Dios. En Cristo tenemos abundantes riquezas espirituales gloriosas para disfrutar de ellas y usarlas en nuestro crecimiento. Por eso, Pablo les pide a los tesalonicenses, que ya están dando testimonio de fe, amor y esperanza, que abunden más y más en estos frutos. Es como pedir en oración a Dios: quiero amar más, por eso, aviva más y más mi fe; quiero afirmarme más en tu esperanza para vivir con contentamiento. Y conforme la Palabra transforma nuestra mente, esa renovación se refleja poco a poco en nuestra manera de vivir.
Y particularmente en este capítulo, Pablo les llama a vivir de una manera que agrade a Dios, específicamente en la pureza sexual. Lee los imperativos: abunden, anden, absténganse de inmoralidad sexual, porque esos son los preceptos que Pablo les ha enseñado con autoridad del Señor Jesús. En última instancia, este es un mandato de Dios, porque Su voluntad es la santificación de los tesalonicenses, así como Su voluntad es nuestra santificación.
Vivimos en una cultura profundamente inmoral en muchos aspectos: en la forma de hablar, de vestirse, de pensar y de tratarse unos con otros, que corrompe el valor de Dios en las personas. Por eso, como creyentes, debemos cuidarnos, ejercer dominio propio frente a las pasiones sexuales, las cuales podemos sujetar por la fe en Cristo, por amor a Dios y a otros y por la esperanza de que guardarse en pureza de adentro hacia afuera tendrá su recompensa.
La santidad es acción. La santidad no permanece únicamente en el corazón; también se expresa en decisiones concretas y en una obediencia práctica. No somos pasivas ante lo que vemos, escuchamos e incluso deseamos. La puerta del pecado sexual es ancha, por eso este pecado abarca tantas actividades inmorales de las que necesitamos estar apercibidas para huir de ellas. Nuestro Dios es santo, y como Su pueblo que lo refleja, somos llamadas a cada día buscar la santidad, más que nuestra felicidad, porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación. Sin embargo, no solo se trata de una acción de «no toques, no veas, no hagas», se trata de rendir tu corazón a Cristo para que, viéndolo a Él, te niegues a la impureza.
Nota esto: Pablo está haciendo el llamado de permanecer en esta iglesia que ha perseverado en su santificación, que incluye el área sexual porque todos somos tentados. La tentación aprovecha los deseos pecaminosos del corazón y, una vez que una mujer creyente ha caído en tentación, se convence de que si se siente bien, seguramente está bien. Todo empieza en el corazón, y al no detenernos ante la tentación confiando en la obra de Cristo, las acciones se convierten en pecado.
Aunque no somos salvas por guardar los mandamientos, guardamos este mandato en respuesta a la obra de Jesús, que nos ha dado a Su Espíritu para que encontremos gozo en cultivar una vida de santidad. Cuanto más conocemos a Dios, más aprendemos a vivir de una manera distinta al mundo que aún no le conoce. Guardar nuestro cuerpo y nuestros pensamientos, deleitarnos en Cristo todos los días, transformará nuestros afectos a una mayor comprensión del evangelio y a un mayor entendimiento de nuestra necesidad de Él.
El amor fraternal y una vida ordenada
Aunque los tesalonicenses ya demostraban amor unos por otros, Pablo los anima a seguir creciendo y abundando en ello. Esta es la tercera vez que Pablo les dice que abunden en las prácticas espirituales que denotan la obra interna del evangelio. También los exhorta a vivir tranquilamente, a ocuparse de sus propias responsabilidades y trabajar con diligencia. Estas instrucciones muestran que la esperanza cristiana nunca produce pasividad, sino una vida responsable que honra a Dios delante de creyentes y no creyentes.
El amor que expresamos a otros es producto de la obra transformadora del Espíritu Santo en nuestros corazones. Lo contrario del amor es desechar a otros, menospreciarlos, hacerlos de menos o mirarlos por encima con aires de superioridad. El verdadero amor es sacrificial, es servicial, no es egoísta, no busca lo suyo, porque refleja el amor de Dios, quien nos amó tanto que dio a Su Hijo por nosotras. Es hacer bien a nuestros hermanos para servirlos como el personaje más importante que nosotras mismas. El no creyente que ve esto es beneficiado, y al recibir un trato semejante, es apuntado a ver a Cristo, la mayor expresión de amor.
Nuestro testimonio para con los de afuera es mostrar que amamos a Dios y vivimos responsablemente, trabajamos diligentemente, somos generosas y promovemos un testimonio de santidad y trabajo que apunta al carácter santo de nuestro Dios. Notemos que la ambición del creyente no es acumular dinero, no es ser famoso, no es asegurar una vida sin sufrimiento; es llevar una vida tranquila. A veces olvidamos cuán necesaria es la paz, la mente sobria, la vida ocupada en nuestros asuntos y guardar un corazón gozoso lleno de esperanza para glorificar a Dios y ser luz a otros.
La esperanza frente a la muerte
Los tesalonicenses estaban preocupados por el destino de sus hermanos que murieron antes de la segunda venida, y temían que ellos no pudieran disfrutar de los eventos relacionados con el regreso de Jesús. Por eso, Pablo animó a la iglesia asegurándoles que los creyentes que habían muerto resucitarían cuando Jesús descendiera para consumar su reinado sobre la tierra. Aquellos que estuvieran vivos al regreso de Cristo serían arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarse con Cristo y así estar para siempre con su Señor.
Este es uno de los pasajes más conocidos de la carta, pero también uno muy mal interpretado. El propósito principal no es satisfacer la curiosidad sobre los eventos futuros, sino consolar a la iglesia con la certeza de la resurrección. La muerte no es el final para nosotras ni el final para nuestros hermanos que murieron en Cristo. Más bien, es la esperanza de que estaremos con nuestro Señor y con nuestros hermanos. La esperanza cristiana se fundamenta en la muerte y resurrección de Jesucristo; es la garantía de que todo creyente estará para siempre con Él. Pablo enseña que esta es una verdad sobre la cual la iglesia se alienta en medio del sufrimiento.
El énfasis de estos pasajes no es tener una cronología de hechos futurísticos; es consolar, fortalecer y animar a los creyentes a perseverar. Es recordarnos cómo esa esperanza transforma la manera de vivir y de cómo enfrentar incluso la muerte de aquellos que amamos. Si esta verdad aún no consuela tu corazón, conversa con otra hermana mayor, ora al Señor que te ayude a ver la gloriosa esperanza que hay en esta noticia, y Él responderá obrando en ti.
Terminamos este capítulo reconociendo que Cristo es quien llama a Su pueblo a vivir en santidad, quien produce un amor que sigue creciendo y quien, mediante Su muerte y resurrección, venció definitivamente a la muerte. No es una lista de qué hacer, es la descripción de una vida que ha sido salvada por gracia y está siendo transformada por gracia a medida que rinde su corazón a Cristo.
La esperanza de la iglesia no descansa en una serie de acontecimientos proféticos, sino en la persona del Señor Jesucristo, quien regresará por los Suyos y cumplirá Su promesa de que estarán para siempre con Él. Esa certeza impulsa una vida santa en el presente y un consuelo firme para cada día.
Para meditar
- Examina tu andar con el Señor, ¿en qué estás abundando?
- ¿Qué decisiones concretas estás tomando para cultivar la pureza que agrada a Dios?
- Medita en 1 Corintios 15:52-54 y en Apocalipsis 21:4 para descansar en la noticia maravillosa de que Cristo regresará.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación