Después de salir de un mundo hostil (Salmo 120) y de experimentar el cuidado del Señor durante el camino (Salmo 121), el peregrino finalmente llega a Jerusalén. Hoy llegamos al Salmo 122. Este salmo es uno de los Cánticos de Ascenso y está atribuido a David. Sus pies cruzan las puertas de la ciudad y su corazón estalla de alegría. El largo recorrido ha valido la pena, porque ha llegado al lugar donde Dios había establecido Su nombre y donde Su pueblo se reunía para adorarlo. Caminemos juntas por este breve salmo para descubrir las riquezas y el gozo de adorar a Dios junto a Su pueblo.
El gozo de adorar junto al pueblo de Dios
«Yo me alegré cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”». El salmista inicia expresando la alegría que llena su corazón al recibir la invitación de ir a la casa de …
Después de salir de un mundo hostil (Salmo 120) y de experimentar el cuidado del Señor durante el camino (Salmo 121), el peregrino finalmente llega a Jerusalén. Hoy llegamos al Salmo 122. Este salmo es uno de los Cánticos de Ascenso y está atribuido a David. Sus pies cruzan las puertas de la ciudad y su corazón estalla de alegría. El largo recorrido ha valido la pena, porque ha llegado al lugar donde Dios había establecido Su nombre y donde Su pueblo se reunía para adorarlo. Caminemos juntas por este breve salmo para descubrir las riquezas y el gozo de adorar a Dios junto a Su pueblo.
El gozo de adorar junto al pueblo de Dios
«Yo me alegré cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”». El salmista inicia expresando la alegría que llena su corazón al recibir la invitación de ir a la casa de Dios. Para él, reunirse con el pueblo de Dios no era una obligación, sino un privilegio. Él anhelaba encontrarse con Dios junto al pueblo del Señor para adorarlo y darle gracias.
Después de la alegría de recibir la invitación, el salmista declara: «Plantados están nuestros pies dentro de tus puertas, oh Jerusalén». ¡El largo camino ha terminado! Aquellos pies que recorrieron montañas y senderos ahora están firmes dentro de la ciudad donde Dios había establecido Su nombre. La expectativa da paso al gozo, porque el pueblo finalmente ha llegado al lugar donde se reuniría para adorar al Señor.
El peregrino ha llegado, pero su verdadero gozo no está simplemente en haber terminado el viaje, sino en encontrarse con el Dios que lo llamó hasta allí. Jerusalén era el destino visible, pero Dios siempre fue el verdadero destino del peregrinaje.
Jerusalén, la ciudad del gran Rey
Jerusalén era mucho más que un destino. Era la ciudad del gran Rey, el lugar donde Dios había establecido Su nombre, donde Su pueblo se reunía para adorarlo y donde Su justicia gobernaba. Jerusalén representaba el lugar donde Dios reinaba en medio de Su pueblo. Allí estaban el templo, símbolo de Su presencia, y el trono de David, símbolo de Su gobierno. Por eso la alegría del peregrino no era simplemente haber llegado a una ciudad, sino entrar al lugar donde la presencia de Dios, la adoración y Su reino se encontraban unidos.
El salmista la describe como una ciudad firmemente unida, hacia la cual subían las tribus para dar gracias al Señor, tal como Él había ordenado a Su pueblo. Aunque provenían de distintos lugares, todos llegaban con un mismo propósito: ¡adorar al único Dios verdadero!
Allí también estaban establecidos los tronos de la casa de David, desde donde se administraba justicia al pueblo. Esto era un recordatorio de que Dios no solo habitaba en medio de Israel, sino que también reinaba sobre él con justicia. Por eso, la alegría del peregrino no estaba simplemente en llegar a una ciudad, sino en acercarse al Señor junto con Su pueblo.
Orar por la paz del pueblo de Dios
Este salmo concluye con un llamado muy conocido: «Oren ustedes por la paz de Jerusalén». Pero esta paz va mucho más allá de la ausencia de guerras o conflictos. ¿Has escuchado la palabra hebrea shalom? Significa bienestar, plenitud, integridad y comunión bajo el gobierno de Dios. Es la paz que nace cuando el pueblo vive reconciliado con Dios y camina en obediencia a Él.
Por eso, David deseaba esa paz para Jerusalén. Él amaba la ciudad porque amaba al Dios que había establecido allí Su nombre, y porque deseaba el bienestar del pueblo que se reunía para adorarle. Su oración nacía del deseo de ver al pueblo del Señor unido, fortalecido y lleno de Su bendición. ¡Esa también debe ser nuestra oración hoy!
Amada hermana, nosotras también tenemos ese mismo llamado a procurar esa paz dentro del pueblo de nuestro Dios. Debemos promover la unidad, amar a nuestros hermanos y hermanas, buscar su edificación y orar por la Iglesia, recordando que la verdadera paz solo puede encontrarse bajo el gobierno del Rey que Dios ha establecido.
Sin embargo, Jerusalén apuntaba a una realidad mucho mayor. Jesús es el verdadero Rey que vino para reconciliarnos con Dios y unos con otros. Por medio de Su muerte y resurrección, hizo de todos los que creen en Él un solo pueblo y nos concedió la paz que este salmo anticipaba.
La Jerusalén terrenal apuntaba a una realidad aún mayor: la Nueva Jerusalén, donde Dios habitará para siempre con Su pueblo. Mientras esperamos ese día, cada vez que la Iglesia se reúne para adorar al Señor, disfrutamos anticipadamente de esa comunión y de esa paz que un día serán perfectas. Entonces nuestra peregrinación habrá terminado y adoraremos para siempre al Rey en Su presencia.
Para meditar:
- ¿Consideras la adoración un privilegio o una obligación?
- ¿Encuentras verdadero gozo en la presencia de Dios y en la comunión con Su pueblo?
- ¿Estás orando y trabajando por la paz de la Iglesia?
- ¿Cómo transforma la esperanza de la Nueva Jerusalén tu manera de vivir hoy?
- ¿Anhelas el día en que adorarás al Señor para siempre en Su presencia?
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