Este salmo es un canto gradual que expresa el clamor de los peregrinos que han estado sufriendo desprecio y escarnio de sus enemigos. Algunos estudiosos piensan que fue escrito hacia el final del cautiverio babilónico, pero es más probable que se originara en el período persa, quizá cerca del tiempo de Esdras y Nehemías. A la vez, como casi todos los salmos, el cántico expresa el sentir del pueblo de Dios en muchas ocasiones. Dios está consciente de las burlas que Sus hijos sufren; siempre podemos pedirle socorro.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero permanecen profundamente grabadas en el corazón. Son las heridas que produce el desprecio, las burlas, el rechazo, la crítica injusta o las palabras que buscan disminuir nuestro valor. Muchas mujeres llevan años recordando frases que alguien pronunció sobre ellas: «No eres suficiente», «Nunca lo lograrás», «No sirves para eso», «Eres un fracaso como …
Este salmo es un canto gradual que expresa el clamor de los peregrinos que han estado sufriendo desprecio y escarnio de sus enemigos. Algunos estudiosos piensan que fue escrito hacia el final del cautiverio babilónico, pero es más probable que se originara en el período persa, quizá cerca del tiempo de Esdras y Nehemías. A la vez, como casi todos los salmos, el cántico expresa el sentir del pueblo de Dios en muchas ocasiones. Dios está consciente de las burlas que Sus hijos sufren; siempre podemos pedirle socorro.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero permanecen profundamente grabadas en el corazón. Son las heridas que produce el desprecio, las burlas, el rechazo, la crítica injusta o las palabras que buscan disminuir nuestro valor. Muchas mujeres llevan años recordando frases que alguien pronunció sobre ellas: «No eres suficiente», «Nunca lo lograrás», «No sirves para eso», «Eres un fracaso como madre», «Nadie te toma en serio». Esas palabras pueden convertirse en una carga silenciosa que afecta nuestra manera de vernos a nosotras mismas y de relacionarnos con los demás.
El desprecio tiene la capacidad de dirigir nuestra mirada hacia quienes nos han herido. Sin darnos cuenta, comenzamos a vivir intentando demostrar nuestro valor, buscando constantemente la aprobación de los demás o permitiendo que sus opiniones definan nuestra identidad. Sin embargo, el Salmo 123 nos presenta un camino completamente distinto. Los peregrinos que entonaban este cántico también conocían el menosprecio. Eran objeto de burlas por parte de personas orgullosas que disfrutaban de comodidad y poder mientras ellos atravesaban tiempos de aflicción. Pero, antes de describir su dolor, el salmista hace algo que transforma por completo la perspectiva del salmo: levanta sus ojos hacia Dios.
No dirige su mirada hacia quienes lo desprecian, ni permanece concentrado en las circunstancias que lo rodean, ni siquiera fija sus ojos en sí mismo. Su primera reacción es mirar al Señor. Esa sencilla acción revela una profunda verdad espiritual: aquello hacia lo que dirigimos nuestra mirada determinará la manera en que enfrentaremos nuestras luchas. La diferencia entre el justo y el orgulloso no está simplemente en que uno sufre y el otro no. La diferencia es hacia dónde dirigen sus ojos. El orgulloso vive mirando sus propias fuerzas o las circunstancias; el peregrino levanta constantemente sus ojos al Dios que reina desde los cielos.
El salmista declara: «A Ti levanto mis ojos, ¡Oh Tú que reinas en los cielos!».
Estas palabras recuerdan inmediatamente el inicio del Salmo 121, donde el peregrino levantaba sus ojos a los montes preguntándose de dónde vendría su ayuda. Sin embargo, aquí ya no hay incertidumbre. El salmista sabe perfectamente quién es su socorro y dirige su mirada directamente al Dios que reina desde los cielos. La expresión «¡Oh Tú que reinas en los cielos!» no pretende describir simplemente el lugar donde Dios habita, sino afirmar Su soberanía absoluta. Él está sentado en el trono porque gobierna sobre toda la creación. Nada escapa a Su autoridad. Ninguna injusticia ocurre fuera de Su conocimiento. Ninguna palabra hiriente pasa inadvertida delante de Él. Ninguna lágrima derramada por Sus hijos deja de ser vista por el Rey del universo.
¡Qué diferente sería nuestra manera de enfrentar las críticas si comenzáramos recordando quién está sentado en el trono! Con frecuencia vivimos mirando horizontalmente. Observamos las redes sociales y medimos nuestro valor por la aceptación de los demás. Prestamos demasiada atención a las opiniones de las personas, a nuestros errores, a nuestras limitaciones o a las circunstancias que parecen imponerse sobre nosotros. Cuanto más tiempo permanecemos contemplando esas realidades, más grandes parecen nuestros problemas y más pequeñas se sienten nuestras fuerzas.
Espera con confianza la misericordia del Señor
El Salmo 123 nos invita a cambiar la dirección de nuestra mirada. Cuando Dios vuelve a ocupar el centro de nuestra visión, las circunstancias no desaparecen, pero dejan de gobernar nuestro corazón. La grandeza del Señor pone cada situación en su justa dimensión y nos recuerda que nuestra vida está en las manos del Rey que gobierna desde los cielos.
Después de levantar sus ojos, el salmista utiliza una imagen profundamente significativa:
«Como los ojos de los siervos miran a la mano de su señor, como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran al Señor nuestro Dios, hasta que se apiade de nosotros».
En la antigüedad, los siervos permanecían atentos a la mano de su señor. Un simple movimiento podía indicar una orden, una instrucción o el momento de recibir el alimento y la provisión necesaria. Aquella no era una mirada ocasional, sino una atención constante, fruto de una relación de dependencia. Con esta imagen, el salmista describe la actitud que debe caracterizar la vida del creyente. No acudimos al Señor únicamente cuando las cosas salen mal; vivimos mirando hacia Él continuamente, reconociendo que dependemos de Su dirección, de Su provisión y de Su gracia en cada momento.
Como mujeres, muchas veces sentimos la necesidad de resolverlo todo rápidamente. Queremos controlar las circunstancias, defendernos cuando somos malinterpretadas, responder inmediatamente cuando alguien nos hiere o encontrar soluciones inmediatas a cada problema. Sin embargo, el Salmo 123 nos enseña que la fe también sabe esperar. Los ojos del salmista permanecen fijos en Dios «hasta que se apiade de nosotros». Esa expresión comunica una espera perseverante, no significa que Dios sea indiferente al sufrimiento de Sus hijos; sino que Su respuesta siempre llega en el momento perfecto. La fe madura comprende que no necesita apresurar la mano de Dios; necesita aprender a observarla con paciencia y confianza. Él sabe cuándo sostenernos, cuándo corregirnos, cuándo abrir una puerta, cuándo cerrarla y cuándo intervenir de la manera que traerá mayor gloria a Su nombre y mayor bien para nuestras vidas.
Más adelante, el salmista expresa el motivo de su clamor:
«Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros, porque ya no soportamos el desprecio».
Estas palabras muestran que Dios no espera que minimicemos nuestro dolor. El salmista reconoce que está cansado de soportar las burlas y el desprecio. La Biblia nunca nos llama a fingir que las heridas no existen ni a ignorar el sufrimiento. Al contrario, nos invita a llevarlo delante del Señor.
Jesús mismo conoció el rechazo; fue despreciado, desechado, ridiculizado y humillado. Por eso comprende perfectamente lo que sentimos cuando somos malinterpretadas, ignoradas o tratadas injustamente. Quizá el menosprecio que más duele no proviene de desconocidos, sino de personas cercanas. Tal vez fueron palabras de un esposo, la crítica constante de un familiar, una comparación dolorosa, la falta de reconocimiento en el ministerio o las burlas por las decisiones que has tomado para obedecer al Señor, como educar a tus hijos en casa o vivir conforme a principios bíblicos.
El enemigo utiliza esas voces para hacernos olvidar la única voz que verdaderamente define nuestra identidad. Pero Dios nunca nos llama a responder al desprecio con orgullo, amargura o deseos de venganza. Nos llama a responder con dependencia. El salmista no organiza su defensa ni intenta demostrar que sus enemigos están equivocados; simplemente clama: «Ten piedad de nosotros».
Podemos soportar el menosprecio porque sabemos quién gobierna. La misericordia de Dios es infinitamente más valiosa que la aprobación de los hombres. El Dios al que levantamos nuestros ojos no es un espectador distante. Él es el Rey soberano que reina sobre todas las circunstancias. Nadie experimentó un desprecio mayor que el Señor Jesús. Fue insultado, escupido, rechazado, abandonado y ridiculizado mientras moría en la cruz. Sin embargo, el apóstol Pedro escribe:
«Y quien cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia» (1 Pedro 2:23).
Jesús levantó Sus ojos al Padre. Su seguridad descansaba plenamente en Su amor y aprobación. No permitió que el desprecio de los hombres definiera Su identidad. Y esa misma seguridad pertenece ahora a todas las mujeres que están unidas a Cristo por la fe. Cada día tendremos dos opciones: vivir mirando las voces que nos desprecian o levantar nuestros ojos al Dios que reina. Una mujer que mantiene constantemente su mirada en el Señor aprende a descansar en Su aprobación. Ya no necesita demostrar su valor, porque sabe que ha sido aceptada en Cristo. Ya no vive esclavizada por las opiniones cambiantes de los demás ni responde desde la amargura. Su identidad ya no depende de las palabras de los hombres, sino de la verdad que Dios ha declarado sobre ella.
En Cristo eres amada, perdonada, aceptada y sostenida por Su misericordia. Ninguna crítica, ningún rechazo y ninguna burla pueden cambiar esa realidad.
Para meditar:
- ¿Qué voces han intentado definir tu identidad?
- ¿Estás mirando más las críticas que a las promesas de Dios?
- ¿Qué situación necesitas poner hoy delante del Rey que gobierna desde los cielos?
- El menosprecio de los hombres nunca puede cambiar la identidad de una mujer que mantiene sus ojos puestos en el Dios que reina.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación