La carta a los Colosenses y la carta a Filemón están estrechamente relacionadas cronológicamente. Ambas fueron escritas por el apóstol Pablo durante su encarcelamiento, probablemente en Roma, y se cree que fueron enviadas al mismo tiempo. Tíquico, el portador de la carta a los colosenses, viajaba acompañado de Onésimo, quien ocupa un lugar central en la carta a Filemón (Esto podemos leerlo en Colosenses 4:7–9).
La conexión entre ambas cartas no es solo cronológica, sino también personal y pastoral. Filemón, quien vivía en Colosas, era amigo y hermano en la fe de Pablo, y la iglesia se reunía en su casa. Onésimo había sido esclavo de Filemón y había huido de él. Providencialmente, llegó hasta Pablo y, durante el encarcelamiento del apóstol, fue alcanzado por el evangelio. Pablo comenzó una relación de discipulado con él, y entre ambos se crearon profundos lazos de amor fraternal. Pablo llegó a referirse …
La carta a los Colosenses y la carta a Filemón están estrechamente relacionadas cronológicamente. Ambas fueron escritas por el apóstol Pablo durante su encarcelamiento, probablemente en Roma, y se cree que fueron enviadas al mismo tiempo. Tíquico, el portador de la carta a los colosenses, viajaba acompañado de Onésimo, quien ocupa un lugar central en la carta a Filemón (Esto podemos leerlo en Colosenses 4:7–9).
La conexión entre ambas cartas no es solo cronológica, sino también personal y pastoral. Filemón, quien vivía en Colosas, era amigo y hermano en la fe de Pablo, y la iglesia se reunía en su casa. Onésimo había sido esclavo de Filemón y había huido de él. Providencialmente, llegó hasta Pablo y, durante el encarcelamiento del apóstol, fue alcanzado por el evangelio. Pablo comenzó una relación de discipulado con él, y entre ambos se crearon profundos lazos de amor fraternal. Pablo llegó a referirse a Onésimo como su hijo espiritual y como su «propio corazón».
Sin embargo, había un problema que resolver entre estos hermanos. Onésimo debía regresar y enfrentar responsablemente lo ocurrido, y Filemón debía recibirlo ya no solo como esclavo, sino «como un hermano amado». Pablo decidió intervenir y escribirle a Filemón para procurar la restauración de esa relación. Así, mientras la carta a los Colosenses proclama la supremacía de Cristo y la nueva vida del creyente, Filemón nos permite contemplar cómo esas verdades transforman una relación concreta marcada por la ofensa, la deuda y la necesidad de reconciliación.
Los conflictos, las ofensas y las confrontaciones son difíciles, especialmente dentro del pueblo de Dios. La Palabra de Dios reconoce que en este mundo existirán conflictos; sin embargo, Dios desea que vivamos en armonía y paz, siempre que sea posible.
¿Cómo puede lograrse esto? Las palabras de Pablo a Filemón nos enseñan mucho, tanto de manera individual como en nuestra vida como iglesia. Veamos qué podemos aprender de la forma en que Pablo maneja esta situación.
Pablo se involucra en la restauración de la relación entre estas dos personas. No se limita a decirle a Onésimo que regrese y pida perdón, ni a decirle a Filemón que perdone. Él se pone en la brecha. Eso también estamos llamadas a hacer cuando somos testigos de contiendas entre hermanos: procurar la paz con sabiduría, humildad y amor, buscando la restauración de quienes están enfrentados.
Aunque la carta está dirigida principalmente a Filemón, Pablo también incluye entre los destinatarios a su familia y a la iglesia que se reunía en su casa. Esto nos muestra que la restauración de Onésimo no era solo un asunto privado. Él debía ser recibido nuevamente dentro de la comunidad como un hermano amado, y toda la iglesia tendría la oportunidad de contemplar el poder reconciliador del evangelio.
Pablo le recuerda a Filemón su fe en el Señor Jesús, su amor por los hermanos y cómo los corazones de los santos habían sido confortados por medio de él. Era como si le dijera: «Te estoy enviando a alguien que también necesita ser alentado y consolado».
Muchas veces podemos observar con claridad una situación ajena y reconocer cómo se aplican en ella las verdades bíblicas; pero, cuando la ofensa nos toca personalmente, se nos hace mucho más difícil hacer aquello que recomendaríamos a otro. Filemón tendría ahora la oportunidad de demostrar que el amor y la fe que había manifestado hacia otros también gobernaban su respuesta ante quien lo había perjudicado.
Aunque Pablo tenía autoridad apostólica para ordenar lo que debía hacerse, escogió rogarle a Filemón por amor:
«Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte hacer lo que conviene, no obstante, por causa del amor que te tengo, te hago un ruego» (vv. 8–9).
Pablo no utiliza su autoridad para imponerse, sino para servir y procurar el bien de ambos hermanos. Si tenemos algún tipo de autoridad, debemos usarla para servir a los demás, actuar con humildad y procurar su bienestar espiritual.
En el versículo 10, Pablo presenta su petición: «Te ruego por mi hijo Onésimo». El nombre Onésimo significa «útil», por lo que Pablo hace un juego de palabras al decir: «quien en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí. Y te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón».
La gracia de Dios había transformado a Onésimo. Su pasado ya no constituía toda su identidad ni determinaba su valor. El evangelio no borraba la responsabilidad de enfrentar lo ocurrido, pero sí había hecho de él un hombre nuevo y un hermano amado. Onésimo regresaba a la casa de Filemón no solo como el esclavo que había huido, sino también como alguien que ahora pertenecía a Cristo.
Pablo hubiera querido conservar a Onésimo consigo para que lo ayudara durante su encarcelamiento, pero no quiso hacer nada sin el consentimiento de Filemón. No buscaba una respuesta forzada ni una obediencia producida por presión, sino una decisión voluntaria nacida del amor:
«Pero no quise hacer nada sin tu consentimiento, para que tu bondad no fuera como por obligación, sino por tu propia voluntad» (v. 14).
Pablo deseaba que el corazón perdonador de Dios se revelara en Filemón. Quería darle la oportunidad de mostrar la gracia divina perdonando de corazón, de la misma manera en que él había sido perdonado por Cristo.
Cuando se trata del perdón, solemos esperar que la otra persona dé el primer paso. Sin embargo, la Escritura llama tanto a quien ha ofendido como a quien ha sido ofendido a procurar la reconciliación. Onésimo debía regresar y enfrentar responsablemente lo ocurrido; Filemón debía recibirlo con un corazón dispuesto a perdonar. El evangelio obra en ambos: produce arrepentimiento y responsabilidad en uno, y gracia y perdón en el otro.
Cuando alguien nos lastima, podemos querer hacerle la vida difícil. Tal vez pensamos que perdonar significa aprobar lo sucedido, exponernos de nuevo al daño o renunciar a la justicia. Sin embargo, podemos confiar en que Dios es justo. El perdón cristiano no llama bueno a lo malo ni elimina necesariamente todas las consecuencias; pero sí renuncia a la venganza y busca reflejar la gracia que hemos recibido de Dios.
Entonces Pablo hace una petición extraordinaria:
«Si me tienes por compañero, acéptalo como me aceptarías a mí».
¿Cómo recibiría Filemón a Pablo? ¿Qué hospitalidad y cuánto amor le mostraría? Pablo le está pidiendo que reciba a Onésimo de la misma manera. Aquel que lo había perjudicado debía ser acogido ahora como un hermano que Cristo había lavado con Su sangre.
Pero Pablo va todavía más lejos:
«Y si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano: yo lo pagaré».
Pablo no solo intercede por Onésimo; también se ofrece a asumir cualquier deuda que hubiera quedado pendiente. No pide que la ofensa sea ignorada, sino que está dispuesto a cubrir personalmente su costo para hacer posible la reconciliación.
En esta petición contemplamos un hermoso reflejo del evangelio. Sin convertir cada detalle de la carta en una alegoría, podemos ver cómo la mediación de Pablo nos dirige a una realidad infinitamente mayor. Cristo no se limitó a pedir que pecadores culpables fueran recibidos: Él tomó sobre Sí nuestra deuda para que pudiéramos ser aceptadas delante de Dios. Jesús cargó con nuestra culpa y pagó el precio que nosotras jamás habríamos podido pagar. Unidas a Él, somos recibidas por el Padre sobre la base de la justicia de Su Hijo.
El evangelio no solamente cambia nuestro destino eterno; transforma nuestra identidad y nuestras relaciones. En Cristo, Onésimo ya no era definido únicamente por su condición social ni por su pasado. Filemón tampoco podía relacionarse con él como si nada hubiera sucedido en su corazón. Ambos pertenecían ahora a una nueva familia y estaban llamados a vivir de acuerdo con la gracia que habían recibido.
Pablo confía en que Filemón obedecerá y hará incluso más de lo que le pide. Mientras más profunda haya sido la ofensa, mayor será la oportunidad de mostrar el perdón y la gracia de Dios. Él es un Dios perdonador que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado. Nosotras, que hemos sido recibidas por medio de Cristo, estamos llamadas a extender a otros esa misma gracia, procurando la paz, la reconciliación y la restauración.
Preguntas para meditar
- ¿Hay alguna relación en la que estoy esperando que la otra persona dé el primer paso, en lugar de procurar humildemente la reconciliación?
- ¿Cómo transforma mi disposición a perdonar y recibir a quien me ha ofendido el recordar la deuda que Cristo pagó por mí?
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