¿Qué hacer con el doloroso rechazo?

 

Del equipo de LYWB.com: Sabemos que su generación, ahora más que nunca, está siendo bombardeada con mensajes sobre la sexualidad, específicamente atracción y comportamientos hacia el mismo sexo. Queremos señalarlas cuidadosa y valientemente hacia la verdad de Dios sobre estas cuestiones, así que hemos reclutado la ayuda de una amiga del blog, Laurie Krieg. Laurie tiene una conexión personal con esta lucha específicamente, y un corazón por ver a las jóvenes mujeres elegir la verdad y escoger vivir en libertad. Si no las leíste, echa un vistazo a las últimas dos publicaciones de esta serie: «Para la joven luchando con su sexualidad» y «¿Quién es seguro para contarle?»

Estaba en secundaria. Las chicas cool (yo las llamaba «la capa superior del pastel»), estaban todas reunidas en un círculo antes de que comenzara la clase, riéndose.

Yo estaba de pie con mi amiga «capa de en medio del pastel», conversando con ella, pero sin realmente escuchar. Estaba atenta a cualquier información que pudiera obtener de las risas de las chicas cool.

Hoy era mi día, lo podía sentir. Iba a caminar hacia ellas, a decir algo gracioso, ellas se reirían, y yo estaría adentro. Adiós capa de en medio, hola capa superior.

Escuché algo, una pausa en su parloteo. Era hora. Me aparté de mi amiga y caminé hacia ellas. Hice un pequeño movimiento para aventar mi cabello hacia un lado y dije, «hey». No fue la broma graciosa que había imaginado, ¿pero a quién le importa? ¿Quién no querría ser mi amiga?

Ellas, ellas no querrían ser mis amigas. 

Más bien, se rieron, cerraron más su círculo, y yo estaba fuera. Me escabullí de regreso a donde estaba mi amiga quien me dio una mirada de «ya sé que es lo que acabas de hacer».

El rechazo de las chicas cool en esos veinte segundos todavía hace que mi corazón se marchite, casi dieciocho años después.

Ese tipo de heridas no sanan naturalmente como una rodilla raspada. Necesitan un doctor especializado o se van a agravar y van a doler más la próxima vez.

¿Así que, cómo lidiamos con esos rechazos? ¿Quién es el doctor para todas las heridas? Tú lo sabes. Es Jesús (Marcos 2:17). Pero por favor continúa leyendo. Voy a compartir cómo proceso las heridas hoy con este Doctor Divino utilizando mi ejemplo de lo que sucedió en secundaria.

1. Le cuento a Jesús que fue lo que sucedió.

Me ayuda comenzar con la pregunta fácil de «¿qué?». «¿Qué sucedió hoy?» Frecuentemente lo escribo en un diario. «Jesús, esas chicas fueron malas. ¿Sabes eso? ¿Lo viste?»

2. Le cuento a Jesús cómo me hizo sentir. 

Después de describir la situación, intento poner un dedo sobre cómo me sentí. «Cuando ellas dijeron eso, me sentí tonta, fea, que no les importaba, sin valor».

3. Le pregunto a Jesús como se sintió El.

Un consejero sabio una vez me animó a preguntar cuando sintiera dolor, «Jesús, ¿cuándo sentiste tú (inserte emoción); que no les importabas; que no tenías valor? ¿Cuándo se rieron las personas de ti también?» Si no lo puedo recordar o pensar en algo, busco en línea o comienzo a buscar en Mateo, Marcos, Lucas o Juan.

Bingo.

«Y se burlaban de Él, sabiendo que ella había muerto» (Luc. 8:53).

Las personas se burlaban de Jesús cuando Él estaba por hacer un milagro. ¡Eso debió haber dolido! Aunque Él era Dios, Él sentía cosas porque Él también era humano (Juan 11:35; Lucas 19:41; Heb. 12:2; Mat. 26:38).

«Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción,» dice Isaías de Jesús (53:3). «Y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos.» Sí, parece que Él entiende.

¿Así que, cómo se siente Él por el rechazo que yo sentí? Él se duele conmigo porque Él también lo ha sentido.

4. Le pregunto a Jesús cómo se siente Él sobre mí.

«¿Jesús, ¿sientes lo mismo que las chicas que me rechazaron? ¿Me estás Tú rechazando? ¿Me ves Tú sin valor?»

5. Yo escucho.

Para poder escuchar la respuesta, me siento en silencio. Sin teléfono. Sin otras personas. Solo Jesús y yo. Estoy en silencio y escucho con mi Biblia abierta. Si en mi corazón escucho cosas que me condenan, leo pasajes seguros, apacibles, como, Salmo 23, 91, 34, 37, Romanos 8, o Efesios 3. Permanezco allí meditando en un versículo o palabra que parezca que puede llegar a ser «radioactiva» para mí en ese momento. Lo leo una y otra vez para darle la oportunidad que se transfiera de mis ojos, a mi cabeza, a mi corazón.

Si sigo teniendo dificultad para recibir cualquier verdad, es aquí cuando esos mentores y amigos seguros son útiles. Ellos no me salvan, pero me pueden señalar hacia el Salvador. «Ora por mí, por favor», pudiera mandar un mensaje o un correo: «¿Me puedes mandar ánimo? Me estoy sintiendo realmente sin valor». Esas personas seguras pueden hablar Verdades de Jesús con V mayúscula sobre quién soy yo, recordándome que: 

Soy plena (Ef. 3:19).

Soy amada (Juan 3:16).

Soy atesorada (Jer. 31:3).

Valgo más que muchas aves  (Mat. 10:29–31).

Sin importar qué.

6. Yo repito.

Estas no son algunas cosas bonitas que escribí para este post. Este es el proceso regular que yo utilizo. Soy rechazada en maneras grandes y pequeñas casi cada día. Estoy segura de que entiendes hasta cierto punto, sin importar cuál sea tu lucha.

Pero tú y yo podemos escoger en estos momentos de dolor, ir al Señor con ese dolor y permitirle a Él encontrarnos en el dolor (con personas seguras apoyándonos) o volvernos amargadas e insensibles.

«Les daré un corazón nuevo», dice Dios a través de Ezequiel, «y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Les quitaré ese terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo» (Ez. 36:26 NTV).

Prefiero tener un corazón moldeable con sentimientos que el enfurecido corazón de un robot. Porque moldeable y con sentimientos es más como Jesús quien fue suficientemente humilde como para sentir.

Querida amiga, si experimentas atracción hacia el mismo sexo o si tú nunca has experimentado atracción hacia el mismo sexo o dudas sobre tu género, espero que lo que he escrito aquí te ofrezca una pizca de esperanza y un siguiente paso.

Eres amada. Todas ustedes. Todas nosotras. Sin importar qué.

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