Conociendo a quien escucha nuestras oraciones

“No puedo acostumbrarme a orar. Realmente no sé cómo orar, y de todos modos no se siente como que alguien estuviera escuchando.” 

He escuchado esto de tantas mujeres cristianas, y si soy honesta admitiré que yo misma he dicho cosas como esta. La oración puede parecer tan difícil, aún para aquellas que verdaderamente aman al Señor.  

Se nos dice que nos acerquemos al trono de gracia confiadamente como hijas del Rey, pero en lugar de eso, con frecuencia arrastramos nuestros pies como cuando los alborotadores son citados a la oficina del director. Es por eso que es crucial que comprendamos quién escucha nuestras oraciones.  Santiago 4:2 dice, “No tenéis, porque no pedís.” Quizás una razón por la titubeamos para pedir es porque realmente no comprendemos a Quién le estamos pidiendo.  

En Juan 4, leemos la conocida historia de Jesús hablando con la mujer en el pozo.  Jesús estaba descansado a un lado del pozo mientras los discípulos iban al pueblo por comida. Allí estaba una mujer, sola, en el calor del día, sacando agua.  Jesús le pidió que le diera de beber y ella se sorprendió de que un hombre judío quebrantara varios tabúes culturales y le pidiera agua a una mujer samaritana. Él le contestó:   

“Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva.”  (V. 10) 

Creo que lo mismo podría decirse de muchas de nosotras. Si realmente supiéramos quién es el que nos dice que vengamos a Él, nunca dudaríamos en hacerlo. 

Entonces, ¿Quién es este Dios a quien oramos? Él es infinito, más allá de nuestra comprensión, pero miremos solo a algunos de Sus atributos y veamos cómo afecta nuestra vida de oración. 

El Justo y el que justifica 

“Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios,  siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús.” 

Reconocemos correctamente el hecho de que Dios es santo y justo y que nosotras somos pecadoras, lo cual en algo contribuye a nuestra timidez al acercarnos a Él. Sin embargo, dejamos de percibir a Dios correctamente, al olvidarnos que el Justo es también el que Justifica. 

Dios no puede tolerar el pecado en Su Presencia, pero para la cristiana, Él se ha convertido en El que la justifica. Esto significa que por medio de la obra de Cristo en Su vida perfecta y muerte en la cruz, Él ha hecho lo que era necesario para declararnos inocentes de todas nuestras transgresiones. Él es todavía justo, porque nuestros pecados fueron castigados. Y Él es El que justifica, porque Él es Quien hizo posible que nuestros pecados fueran castigados, pero también para que fuésemos llamadas “Sin Culpa.” Relacionar esto con nuestra vida de oración, resulta extremadamente importante. 

Si no nos abrazamos completamente al hecho de que Él nos ha justificado, entonces no tendremos confianza en absoluto para acercarnos a Su trono.  No tendremos deseos de venir a Él. Será algo que sabemos que se supone que debemos hacer pero no algo que nos traiga gozo. 

Hija de Dios, tu pecado ya no te impide acercarte a la presencia de Dios. La ira de Dios sobre el pecado fue derramada en Cristo. Completamente. No queda nada para ti que estás escondida en Cristo. La cortina ha sido rasgada en dos, y ahora tienes acceso al Santo de Santos. Si Dios te ha redimido de tu pecado, entonces Él ya no te ve como cubierta por el pecado. Él te ve como cubierta por la sangre de Su Hijo, lo cual nos concede acceso total a Él. Ven a Él, quebrantada por tu pecado, confesándolo y arrepintiéndote, pero nunca permitas, en lo más mínimo, que tu pecado te impida venir a Él. 

El Padre perfecto 

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con Él . 

Dios no solo nos justifica, declarándonos no culpables, y luego nos envía por nuestro camino, como lo hará un juez terrenal. Él hace algo que deja nuestra mente pasmada, atónita –¡Él nos adopta como Sus Hijas! La adopción en la tierra significa que la criatura adoptada ahora tiene todos los beneficios y los mismos derechos legales que un hijo biológico tendría, una adopción en los cielos significa lo mismo. 

Permite por un momento que esto te penetre. Él Hijo Unigénito de Dios es Jesús. Cuando Dios nos adopta como Sus hijas, Él promete amarnos con el mismo amor que Él tiene por Jesús.  Él promete la misma herencia que le pertenece a Jesús.  Él es ahora nuestro Padre amoroso.  Esto significa que Él está disponible.  Y mejor aún que un padre terrenal, Él nunca tiene que decir, “Permíteme, te ayudaré en un minuto.” Él siempre está disponible, listo para oír el clamor y satisfacer las necesidades de cada uno de Sus hijos al mismo tiempo. A Él le encanta darnos regalos, y la mejor parte es que Él verdaderamente tiene todos los recursos para darnos toda buena dádiva. 

También significa que debido a que el Rey es nuestro Padre, no tenemos que preocuparnos acerca de usar un lenguaje formal o expresar nuestras oraciones exactamente correctas. Él honra la fe detrás de las oraciones más simples, y Él promete responder a cada una. No te relaciones con Dios como si fueras una huérfana. Si Él te ha justificado por la fe, entonces ya eres una hija adoptiva, y Él te ama como ama a Su Hijo. Su brazos están totalmente abiertos, y está atento listo para escuchar nuestras oraciones quebradas. 

El Buen, buen soberano 

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos también justificó; y a los que justificó, a ésos también glorificó. (Rom 8:28-30). 

Estos versículos son citados con frecuencia, pero es muy útil detenerse y en verdad reflexionar sobre lo que significan. Muchas veces escuchamos “todas las cosas cooperan para bien,” y pensamos que significa que “todas las cosas son buenas.” Es por eso que este versículo puede lastimar tanto cuando es citado a las personas que están sufriendo por algo que ellos saben que no es bueno en absoluto. 

Pero Pablo no dice que todas las cosas sean buenas. Él dice que nuestro Dios, nuestro Padre es soberano sobre todas las cosas y entreteje magistralmente toda acción buena y mala para lograr algo bueno al final. Nada está fuera de Su control.  Aún el gobernante más sabio y más compasivo sobre la tierra no puede controlar todo lo que sucede en su ámbito, pero Dios sí puede y lo hace. 

Podemos venir a Aquel que nos ha justificado y adoptado y orar con confianza, sabiendo que Él puede ciertamente hacer todas las cosas, y hacer que todas las cosas cooperen para Sus buenos propósitos. Pedimos con fe sin dudas, y pedimos con las manos abiertas, diciendo, “Hágase, no mi voluntad, sino la Tuya.” Pero pedimos. Y no dejamos de pedir hasta que vemos Su respuesta.  

Así oramos 

Meditar en estas verdades respecto a quien es Dios puede ayudarnos a acercarnos a Su trono con nueva confianza. Luego entonces ¿Cómo debemos orar? Primero, solamente ora.  Deja de postergarlo. Deja de preocuparte respecto a no ser suficientemente buena. Solamente ora. Y continua orando. No ores una vez y luego te rindas. Mantente orando y orando hasta que tengas una respuesta. 

Deja que tus oraciones se conformen a las Escrituras. Usa listas o tarjetas si eso te resulta útil. 

Ora en el momento. Muchas veces alguien pide oración pero luego nos olvidamos, por tanto, comienza orando por una necesidad justo cuando la escuches. Ora siempre. No tienes que restringir tus oraciones solamente a tu tiempo de devoción en las mañanas. Ora a lo largo de todo el día, conforme se levanta una necesidad o las preocupaciones amenazan, o necesitas fuerzas. Nuestro acceso al trono siempre está abierto. Podemos quedarnos ahí todo el día, aún cuando externamente continuemos llevando a cabo nuestros quehaceres. 

¿La oración ha sido una lucha para ti?  ¿Te has sentido reacia a orar, sabiendo lo pecadora que eres? ¿Te has sentido insegura respecto a ser recibida por el Rey? ¿Has sentido temor de orar por cosas grandes? ¿Cómo es que el empaparte en la verdad de quién es Dios te ayuda al pensar en tu vida de oración? Te reto a que pruebes al Señor en esto, acércate al trono de gracia con confianza, y mira cómo Él transforma tu vida.

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Sobre el autor

Mónica Hall

Mónica Hall

Mónica es esposa de pastor y educa a sus seis hijos en casa. De pequeña, confió en Cristo como su Salvador y cada día aprende más de Su amor y bondad. Sirve en su iglesia dando clases a los pequeños y en estudios bíblicos de damas; tiene un deseo ferviente de ver que las mujeres experimenten la gracia de Cristo y descubran la vida abundante que Él da. Ella ha sido profundamente bendecida por Revive Our Hearts y ama llevar a otras mujeres el mensaje de feminidad bíblica y avivamiento.

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