Cuando tomamos conciencia -Parte 1-

Consideré mis caminos, y volví mis pasos a tus testimonios.

Salmo 119:59

Hace unas semanas fui diagnosticada con una condición que aparentemente me acompaña desde hace algún tiempo, y no había prestado atención llegando a acostumbrarme a la incomodidad que conlleva; los días en que se agudizaba, asumía que se debía al cansancio, que no había dormido adecuadamente; o, creía que quizás había cargado algún peso que lo había provocado.

Y así pasaba de una excusa a otra sin siquiera considerar necesario un chequeo médico. ¿Para qué si no era más que simple cansancio? Y así, esta molestia se volvió parte de mi vida. Hasta que una mañana no pude ignorarlo. Me llevaron al centro médico donde fui sometida a una resonancia magnética que arrojó los resultados, luego recibí el diagnóstico médico y las indicaciones sobre el tratamiento a seguir.

A partir de allí, adquirí conciencia de mi condición real, ¡se acabaron las excusas! Muchas cosas han cambiado. Ya el dolor no pasa desapercibido ni es ignorado, estoy alerta porque sé que requiere de una respuesta de mi parte, desde cambiar la posición, tomar el medicamento; hasta verlo como un recordatorio de que debo descansar.

Aprendí que es necesario cambiar ciertos hábitos de posturas que eran incorrectos… ¡pero yo no lo sabía! Estaba inconsciente, creyendo que esa era la forma normal de hacerlas; totalmente ajena de las consecuencias que podría acarrear.

Y créanme no ha sido fácil desaprender hábitos, posturas que consideré apropiadas durante toda mi vida, y encima de eso, ser intencional en adoptar de manera consciente las adecuadas para evitar que la condición empeore. En muchas ocasiones, lo consigo. En otras, simplemente lo olvido y no me doy cuenta hasta luego de haberlas hecho mal.

En la medida en que han pasado los días, he ido meditando cómo esta situación se asemeja tanto a lo que ocurre con el pecado en nuestra vida, aun siendo cristianas.

Nos acostumbramos a hábitos pecaminosos al punto que los consideramos parte de nuestra rutina, “todo el mundo los hace” –decimos- o lo observamos en alguien más “madura en la fe” y esto nos sirve de excusa; o tal vez los atribuimos a rasgos de familia (“todos los ____ somos así”), o le echamos la culpa a algo o alguien por lo que nos ocurrió en el pasado. Y así seguimos, inconscientes de las consecuencias que pudiéramos acarrear.

Nos volvemos insensibles a la convicción del Espíritu, Lo adormecemos, dejamos de experimentar dolor por nuestro pecado siempre con una justificación y creemos que no necesitamos buscar la medicina (Su Palabra) y mucho menos al Médico Divino.  Si nos hicieran un chequeo interno, sin lugar a dudas que el diagnóstico sería endurecimiento de corazón (Hebreos 3:7-19).

Es verdad que en mi caso, continuar en la inconsciencia podía costarme muy caro, pero nada comparado con el caminar espiritualmente inconsciente de nuestro pecado.

¿Hace tiempo que no experimento arrepentimiento ni pido perdón al Señor por hábitos pecaminosos? ¿He mermado en mi lucha contra el pecado? ¿Qué hacer si me he identificado con esta descripción? Lo mismo que el salmista en Salmo 119:59 ¡“consideremos nuestros caminos y volvamos a Sus testimonios!”

Y haced todo esto, conociendo el tiempo, que ya es hora de despertaros del sueño; porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día está cerca. Por tanto, desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz. (Romanos 13:11-12)

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.