Desde Génesis hasta Apocalipsis | La velocidad mata el paisaje III

Me deleitaré en tus estatutos,

y no olvidaré tu palabra. Salmo 119:16

En esta época de internet y avances de la tecnología, las empresas de telecomunicaciones tratan de captar nuevos clientes, asegurándoles máxima velocidad al conectarse; hemos visto promociones hasta utilizar algunos fenómenos de la naturaleza como tornados, ciclones, etc., con ese propósito.

Sus eslóganes de campaña, “puedes volar”, “acceso inmediato”, “conexión más rápida”, del 3G al 4G constituyen una verdadera guerra de ofertas de velocidad. Puede que en el manejo del internet la velocidad sea beneficiosa, pero no ocurre lo mismo con el acceso al Internet Celestial, no nos conectamos con Dios “a toda velocidad”, todo lo contrario requiere que aquietemos nuestro espíritu, callar en Su presencia (1ª Reyes 19:12-13). Como bien dice el salmista “Estad quietos y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10).

En esta miniserie “La velocidad mata el paisaje” vimos cómo al dejar de apreciar la belleza de Su creación, estamos ignorándolo a Él; y cómo, en la carretera de la maternidad, las diferentes etapas de la vida de nuestros hijos, nos cruzan por delante como un espejismo por correr de tarea en tarea.

¿Cuál es la raíz de que andemos a toda velocidad y “matemos” Sus hermosos paisajes? Por lo que he visto en mi propia vida, el problema está en traer la velocidad del mundo a nuestra relación con Dios, queremos una “conexión rápida”, “acceso inmediato”, y no percibimos los hermosos paisajes  pintados a lo largo de la carretera que nos lleva desde Génesis hasta Apocalipsis.

Si en primer lugar no me deleito en Su Palabra, en buscar Su rostro, nunca tendré lo que se necesita para apreciar los demás paisajes de este peregrinaje. ¿Por qué? Es precisamente en mi tiempo a solas con El, donde mi corazón y mente son transformados y sensibilizados a Su presencia en cada detalle de mi vida.

Si somos sinceras, ¿cuántas veces ni siquiera podemos recordar lo que leímos esa mañana en nuestro tiempo devocional? La velocidad mató el paisaje. Nos ocurre justo lo contrario de lo que dice el Salmo 119:16, deleitarnos en Sus estatutos, nos impide olvidar Su Palabra.

Nuestra mente vuela hacia las múltiples tareas marcadas en la agenda, y tratamos este tiempo en Su Palabra, como una más de esas tareas. ¿Puedo decir que realmente me deleito en Su Palabra, cuando ni siquiera reflexiono lo que leo? ¿Ni me detengo a pensar cómo aplicarlo a mi vida, de manera práctica? ¿Ni tampoco oro pidiendo al Señor que transforme mi corazón según el pasaje leído? Cuando me deleito en algún plato especial, tomo el tiempo de degustarlo, no solo engullirlo.

El exceso de velocidad no solo mata el paisaje sino que puede producir accidentes fatales; igualmente ocurre en nuestra relación con el Señor, como bien lo expresa el salmista “Si tu ley no hubiera sido mi deleite, entonces habría perecido en mi aflicción” (Salmo 119:92), Jesús nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicción (Juan 16:33) por tanto, no deleitarnos en Su Palabra, nos hará perecer en este mundo.

La clave para glorificar a Dios en las anteriores carreteras, es empezar por reducir la velocidad en ésta para que Su Palabra sea nuestro deleite; si no lo haces tú, Él se asegurará de que lo hagas. ¡Y esto también lo digo por experiencia!


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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.

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