Ejercitándonos para la piedad

Ejercítate para la piedad;  porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”. 1ª de Timoteo 4:7b-8

En una ocasión leí un material de una autora cristiana que enseñaba que el cuidado del cuerpo no es meramente físico sino también espiritual pues “el cuerpo es el uniforme con el cual servimos al Señor” y el precio de descuidarlo podría ser vernos impedidas de servirle a nuestro Amado Salvador.

Aunque algunos cristianos se fundamentan en los versículos que encabezan esta reflexión para rechazar que un cristiano se ocupe de hacer ejercicios físicos, esa no es la enseñanza del apóstol Pablo en ese pasaje, pues, no dice que el ejercicio físico sea perjudicial o pecaminoso sino que el ejercicio para la piedad es más provechoso. Además, nuestro cuerpo es templo de Su Espíritu y estamos llamadas a usarlo para glorificar a Dios. El problema está en dedicar más tiempo en el culto al cuerpo que el que dedicamos al Señor.   

Recientemente inicié un programa de ejercicios que me ha hecho reflexionar en cómo podríamos incorporar a nuestro “ejercicio para la piedad” algunos de estos elementos; veamos:   

1. Entrenador personal: Quien ayuda a aprovechar bien el tiempo, a enfocarse en lo que hacemos y corrige cuando los ejercicios son incorrectos. Igual de beneficioso sería tener una hermana en Cristo –mentora- que me ayude a poner los ojos en Jesús, a quien rendirle cuentas y quien me reencamine cuando estoy ejercitándome de manera incorrecta.

2. Pero también me quedo sola luego de recibir las instrucciones de cómo hacer los ejercicios: Es decir, debo asumir mi responsabilidad. En un sentido, la carrera de la fe la corremos solas con Jesús (somos responsables de nuestras acciones, Ro. 14:12) pero también acompañadas (Dios nos ha puesto en Su Familia para que nos amemos, alentemos, exhortemos, apoyemos los unos a los otros). 

3. Dolor en el cuerpo: Así como mi cuerpo está adolorido; el hacer morir la carne, le dolerá a nuestro yo, nuestra vieja naturaleza que se resiste a someterse a los designios de Dios.

Igual que experimento gozo por el dolor físico pues sé que todos esos músculos -que estaban “muertos”, oxidados y atrofiados por la falta de ejercicio- se están “reanimando” y fortaleciendo, así debo regocijarme cuando el “ejercicio para la piedad” me ocasione dolor sabiendo que Él está avivando aquellas áreas que estaban insensibles, endurecidas, alejadas de Cristo.  

Antes de iniciar cada rutina diaria, debemos hacer unos ejercicios de calentamiento para evitar daños en el cuerpo. De la misma manera, debemos hacer nuestros ejercicios de calentamiento espiritual día tras día: lectura y reflexión de la Palabra, oración, alabanza, servicio, cultivar el fruto del Espíritu, sino la inflamación espiritual será mucho más difícil de aguantar.

4. Trabaja todas las áreas del cuerpo cada día: Las rutinas diarias incluyen todas las áreas del cuerpo para lograr resultados integrales.  

Como cristianas, muchas veces preferimos o nos apasionamos con unos temas o pasajes de la Palabra más que otros pero nunca nos hemos dedicado a leer y estudiar Su Palabra completa, es decir, buscar TODO EL CONSEJO DE DIOS (Hechos 20:27) en lugar de temas seleccionados como si estuviéramos ante una mesa de bufé.

¿Cuentas con una cristiana madura que te acompañe y entrene en tu “ejercicio para la piedad”?

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com 

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.