Él está listo para mostrar misericordia

En un teatro repleto, en medio de la oscuridad, apenas podía asimilar la maravilla de cómo había cambiado mi vida en solo unos pocos días. Una joven esposa de dieciocho años, todavía en el proceso de convencerme de que realmente estábamos casados –que en el transcurso del fin de semana había pasado de mi pequeña recámara en el ático, bajado por el pasillo de la iglesia, me había casado con mi novio de la preparatoria, y ahora, aquí estábamos, un par de chicos rudos, ¡de luna de miel en Times Square! (Lo sé. Todo ahí es una locura…) Desde el comienzo de nuestra relación nos volvía locos el teatro, y ahora estábamos por tachar uno de los musicales en nuestra lista de cosas por hacer: Los Miserables.

La historia no había avanzado –apenas había pasado la «Canción del Trabajo», del exprisionero Jean Valjean, mientras desesperadamente busca un lugar donde quedarse, y un poco de alimento.  Invitado a pasar a la casa de un obispo, podemos ver la calidez y la bondad con que Valjean es invitado a quedarse. Amargado, enojado y todavía un ladrón, Valjean escapa en la noche con la cena del bondadoso obispo en su estómago y la plata en sus manos.

Como un león rugiente, el inspector Javert se abalanza sobre Valjean y lo lleva de regreso al obispo. La audiencia espera, con los ojos bien abiertos, esperando que Valjean sea arrojado al fondo de la cárcel más oscura. Pero entonces ¡ocurre algo extraordinario! El obispo se muestra de acuerdo con la historia de Valjean, de que la plata robada fue un regalo, y como si eso no hubiese sido suficiente, continúa.

Olvidaste que también te di estos
¿Vas a dejar atrás lo mejor?
Señores, pueden dejarlo en libertad
Pues este hombre ha dicho la verdad
Les alabo por su sentido del deber
Y que las bendiciones de Dios les acompañen

 

Pero recuerda esto, mi hermano
Ve en todo esto un plan más alto
Debes usar esta preciosa plata
Para convertirte en un hombre honesto
Con los mártires como testigos
Por la Pasión y la Sangre
Dios te ha sacado de la oscuridad
¡He comprado tu alma para Dios!

A pesar de la cuestionable teología, mientras el obispo le entrega a Valjean dos candeleros de plata relucientes, yo no salgo del asombro, afectada, desecha por este acto de misericordia tan radical. Mis pensamientos se desvían del espectáculo que tengo delante de mí, hacia una escena de otro tipo.

Un pueblo rebelde

«Un Pueblo Rebelde». Así es como está titulada la porción de Isaías 30:8-17 en la LBLA. Esta no se trata de cualquier rebelión, sino la narrativa del pueblo de Dios, escupiendo en la cara de Su bondad –una revuelta al estilo Jean Valjean:

Is. 30:8-11: «Ahora ve, escríbelo en una tablilla delante de ellos y grábalo en un rollo, para que sirva en el día postrero como testigo para siempre. Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del SEÑOR; que dicen a los videntes: No veáis visiones; y a los profetas: No nos profeticéis lo que es recto, decidnos palabras agradables, profetizad ilusiones. Apartaos del camino, desviaos de la senda, no oigamos más acerca del Santo de Israel.»


El Señor le había dicho muy claramente a Su pueblo que no hiciera alianza con Egipto. Por medio de Isaías, Él les ha explicado las consecuencias de desobedecerlo. Pero no solo estaban inclinados a desobedecer, también deseaban callar la boca del profeta de Dios, ¡a menos que comenzara a decirles lo que ellos querían oír!

Is. 30:12-14: «Por tanto, así dice el Santo de Israel: Ya que habéis desechado esta palabra, y habéis confiado en la opresión y en el engaño, y os habéis apoyado en ellos. Por eso esta iniquidad será para vosotros como muro agrietado a punto de caer, como abultamiento en una pared alta, cuya caída viene de repente, en un instante. Su caída es como el romper de una vasija de alfarero, despedazada sin piedad; no se halla entre sus pedazos ni un tiesto para tomar fuego del hogar o para sacar agua de una cisterna.»

Habiendo sido advertido, el pueblo ahora enfrentaba juicio de proporciones catastróficas.

Is. 30:15: «En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder.»

De nuevo, el Señor reitera por medio de Isaías que su salvación y reposo se encontrarían solamente regresando a Él, confiando en Él, y obedeciendo Su Palabra.

Is. 30:15-17:  “…Pero no quisisteis, y dijisteis: No, porque huiremos a caballo. Por tanto, huiréis. Y: Sobre corceles veloces cabalgaremos. Por tanto, serán veloces los que os persiguen. Mil huirán  ante la amenaza de uno solo, ante la amenaza de cinco huiréis; hasta que seáis dejados como una enseña en la cima de un monte, y como señal sobre una colina.»

Sin embargo, ponen su confianza en los recursos ganados en una alianza impía y desobediente. La derrota profetizada por Isaías reflejaba las legendarias victorias del pasado de Israel. Aunque en esta ocasión, era su caída la que estaba garantizada.

El Señor será misericordioso

Tenemos un nuevo encabezado en el versículo 18: «El SEÑOR será Misericordioso». Pero ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Por qué el Señor había de ser misericordioso para con aquellos que rechazaron Su consejo, Su dirección y Su protección?»

Is. 30:18: «Por tanto, el SEÑOR espera para tener piedad de vosotros, y por eso se levantará para tener compasión de vosotros. Porque el SEÑOR es un Dios de justicia; ¡cuán bienaventurados son todos los que en Él esperan!»

Lee eso nuevamente. ¿Lo ves? ¡El Señor espera para tener misericordia de ti!

¡Él se exalta a sí mismo al mostrarte misericordia! Su espera no es pasivo-agresiva, altiva o deleitosa. Sí. Su justicia demanda que cosechemos las consecuencias de nuestra desobediencia. Pero ¡Él está listo, poderoso, y esperando para derramar sobre Sus hijos misericordia y gracia abundante en el momento en que nos volvemos arrepentidos!

¿Vas a dejar lo mejor atrás?

«Olvidaste que también te di estos», le dijo el obispo a Valjean.

Cada uno de nosotros viene a este mundo como un ladrón ingrato. Todos hemos rechazado la bondad y el consejo de Dios, y como Judá, rogábamos por encontrar autoayuda ciega en lugar de la Palabra profética de Dios. Y, aun así, Él está listo, esperándonos a que regresemos. Sabiendo, que nuestro débil trabajo no es suficiente, que Su justicia debe ser satisfecha.

«Olvidaste que también te di esto…He aquí, toma a Mi Hijo.»

Amigas mías, ¡Qué imagen!  ¡Tanta misericordia inmerecida! Cuando nuestro acusador arrastra nuestro pecado delante del trono, el tesoro más fino del Padre, refinado por fuego, está en nuestro lugar. Aunque ciertamente alguna vez, éramos «las miserables», ahora estamos de pie delante del trono de gracia.

¿Quién eres?

Aunque redimidos, todavía estamos rotos –por el pecado, la maldición, nuestra carne. Me doy cuenta de que la mayoría de los días soy más Javert que Jesús… lista para abalanzarme por las ofensas de otros, declarándoles culpables delante de mi jurado de uno. Pero cada día, cada momento, al interactuar con nuestro esposo, nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas en Cristo, tenemos otra opción. Podemos escoger estar listas para extender misericordia, hablar gracia, ser menos como nuestro acusador y más como nuestro Abogado.

¡Porque Él nos ha sacado de la oscuridad;

¡Él ha comprado nuestra alma con sangre!

¿Al igual que yo luchas con estar lista para acusar en lugar de esperar paciente a mostrar misericordia? ¿Cómo puedes ser más como Cristo al interactuar con otros hoy?

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