Estoy aquí arriba, cariño

¿Has pensado en personas que se encuentran en tu balcón (aquellos que te motivan/te afirman) y en quienes están en tu sótano (críticos/personas que solo saben quejarse)? Yo sí. Y no solo eso, también he pensado en aquellas personas para quienes quiero ser una persona en su balcón. Quiero que mis hijos y nietos estén seguros de mi amor y apoyo, que conozcan que estoy aquí en su esquina. También quiero derramarme abundantemente en la vida de las jóvenes; animarlas en sus matrimonios y en su relación con Dios. quiero amigas y colegas de trabajo que me vean como una persona que se encuentra en su balcón en lugar de su sótano. 

Sin embargo, por encima de todo eso, quiero ser una persona de balcón para mi esposo. Quiero ser su animadora número uno, alguien que lo afirme. Pero me he dado cuenta de algo. Me resulta tan natural…con los hijos, nietos, esposas jóvenes, amigas, colegas de trabajo. Es fácil encontrar palabras de aliento y apoyo para ellos, y anhelo tanto que así me ocurra con mi esposo, pero no lo es.

No me resulta natural, es como ir contracorriente (Gn. 3:16). Y desafortunadamente, lo que sí hago espontáneamente es señalar sus defectos, negarle palabras de ánimo o aun asumir que él conoce cuáles son las cosas buenas que tiene, pero que necesita que yo le diga las que no son tan buenas.

Tengo que trabajar en esto…recordarme a mí misma ser motivadora, abrazarlo más, reír más, y dejar de lado el ceño fruncido que elijo con tanta facilidad.

No quiero ser la mujer a la que se refirió el rey Salomón:  

Mejor es vivir en un rincón del terrado que en una casa con mujer rencillosa. Proverbios 21:9

Gotera continua en día de lluvia y mujer rencillosa, son semejantes; el que trata de contenerla refrena al viento, y recoge aceite con su mano derecha. Proverbios 27:15-16

Salomón ilustra una imagen muy fea ¿verdad? Es difícil imaginarse a alguien que sea capaz de refrenar el viento y recoger aceite con su mano derecha… un esfuerzo estéril y desmotivador. No quiero que mi esposo se sienta así conmigo.

No pienso que yo sea un fastidio…. Pero la única manera de saber es preguntar. Si nunca has hecho esa pregunta, te animo a hacerlo hoy. Si él dice sí, haz el compromiso de rendir ese hábito a los pies del Señor y confiarle los asuntos con los que tiendes a ser fastidiosa.

Si tu esposo dice que no, da gracias a Dios y mantente firme en tu determinación de no estar regañando todo el tiempo. Yo pregunté. Fue un alivio que mi esposo me dijera “No, cariño; no eres fastidiosa. Estoy tan agradecido por eso”. ¡Hubiera sido tan vergonzoso escribir este artículo si su respuesta fuera diferente!

Aunque él respondió con gracia y misericordia en su evaluación, yo conozco mi lucha interna por ser una persona de balcón para él. Él es sensible a los cambios en la inflexión y tono de mi voz que reflejan que mis pensamientos son negativos, aunque no los verbalice. Así que continúo descansando en la suficiencia del Señor y le ruego que me haga esa esposa ejemplar que Salomón describe como una que le hace bien y no mal, todos los días de su vida (Pr. 31:12).

Quiero que la imagen que mi esposo tenga de mí, sea la de una porrista agitando los pompones animándolo: “¡Puedes hacerlo! ¡Eres el hombre! ¡Adelante, cariño! ¡Sí, soy yo, aquí arriba en el balcón!”. De todas maneras, nunca me interesé mucho por los sótanos.

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Sobre el autor

Karen Waddles

Karen Waddles

Karen es asistente de publicación en Moody Publishers, es una conferencista, y contribuyente como escritora en los libros "Nuestras voces: asuntos que enfrentan las mujeres negras en los Estados Unidos" y "Estudio bíblico de color". Ella y su esposo, George, quien ha sido pastor por 35 años, tienen cuatro hijos adultos y nueve nietos. Su gozo más grande es ver a la mujer experimentar el fruto de las bendiciones de Dios cuando aplican los principios bíblicos de la feminidad a sus vidas

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