¿Intolerancia o alergia al alimento espiritual?

¿Cuáles razones pueden llevar a un cristiano a evitar -o huirle a- ciertos versículos de la Biblia? ¿Falta de conocimiento de Dios, de Su soberanía?, ¿de Su bondad, Su amor y fidelidad? ¿No entender Sus propósitos? ¿Temor? ¿Culpa? O… ¿Todas los anteriores?

En mi caso, durante una parte de mi recorrido en la carrera de la fe cristiana, la respuesta correcta bien pudo ser ¡todas las anteriores! Debo confesar que en mi interior experimentaba una especie de intolerancia alimentaria; o en otros casos, “alergia”, cuando se me requería ingerir ciertos versículos en mi dieta espiritual.

Anhelaba una prescripción médica divina eliminándolos de mi menú, con la indicación “prohibido su consumo”; pero ya que Dios no es hombre para mentir ni hijo de hombre para arrepentirse (Números 23:19) y Su Palabra permanece para siempre (Isaías 40:8) la tan ansiada receta médica nunca llegó.

Mientras tanto, experimentaba los molestosos síntomas de las alergias o intolerancias:

  • Comezón e irritación (provocada por el orgullo);
  • Problemas respiratorios (sensación de ahogo e incomodidad por no confesar el pecado);
  • Dificultad para tragar (provocada por la rebeldía).

La terapia prescrita en la sabiduría médica celestial, es opuesta a la terrenal; nuestro Médico Divino nos expone precisamente a ingerir “esos” versículos, una y otra vez, para que penetren tan profundamente a nuestro torrente sanguíneo espiritual “…hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos…” y con su poder “… discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

¿Cuáles eran esos versículos que provocaban mi intolerancia (o, quizás mi alergia) al alimento espiritual?

  1. Proverbios 14:1 “La mujer sabia edifica su casa, pero la necia con sus manos la derriba”:
    1. El Señor trajo convicción sobre la cuota de responsabilidad de “mis manos” en que mi “casa se derribara” pero la carne se resistía a admitir mi necedad, llevándome a rechazarlo para evitar sus efectos en mi interior.
    2. ¿El origen? La culpa que me mantenía enfocada en un pasado perdonado y arrojado al fondo del mar (Miqueas 7:19).
    3. Obviamente la solución no estaba en eliminar el susodicho versículo de mi Biblia, ni pasarlo por alto cuando leyera Proverbios; obrar así, me hacía más necia.
    4. ¿El antídoto? Confesar mi pecado, pedir perdón a los afectados, aceptar Su perdón en la cruz y luego una fuerte dosis de fe en Su Palabra:
      1. Miqueas 7:18 “¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad …? No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia”.
      2. Romanos 8:1 “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”
      3. 2ª Corintios 5:17: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas.
      4. 1 Juan 1:9 “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad.”
      5. Filipenses 3:13-14: “…yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”

Como dijo Nancy “Una mujer verdadera confía que sus pecados pasados no están fuera del alcance de la gracia redentora de Dios”. Y cita esta frase de Martin Lutero, “Dios puede dibujar una línea recta con una vara torcida”.

En una segunda entrega te revelaré el secreto sobre otro versículo que no podía digerir.

¿Cómo va tu tratamiento médico celestial con la ingesta de “todo el consejo de Dios”?

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.

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