Jardinero divino

Tomado de: "Cómo vivir una vida Cristiana hermosa”, por J.R. Miller (1880)
(How To Live a Beautiful Christian Life/ Grace Gems)

Podríamos pensar que la porción que nos ha tocado vivir es especialmente difícil —y pudiéramos desear que no fuese así. Desearíamos tener una vida de comodidad y esplendor, con mejores perspectivas —sin zarzas ni espinas— sin preocupaciones o provocaciones. Tenemos la idea de que si fuese así seríamos siempre mansos, pacientes, serenos, confiados y felices. Cuan deleitoso sería nunca tener una preocupación, una irritación, un problema o algún desconcierto.

Pero el hecho es que ese lugar en el que nos encontramos es precisamente el lugar donde el Señor desea que vivamos nuestra vida. Nada ocurre al azar en el mundo de Dios. Dios guía a cada uno de Sus hijos por el camino correcto. Él sabe dónde —y bajo cuales influencias— cada vida en particular madurará de mejor manera.

Un árbol pudiera crecer mejor en un valle protegido, otro quizás al a orilla del agua, otro en una montaña inhóspita, arrasado por tormentas. Cada árbol y cada planta se encuentra en el lugar preciso, en el lugar requerido para su proceso de crecimiento. ¿Crees que Dios se ocupa más de los árboles y de las plantas que de sus propios hijos? ¡No!

Él nos coloca en medio de las circunstancias y experiencias donde nuestra vida crecerá y madurará de mejor forma. Las pruebas particulares a las que estamos sujetos se corresponden a la disciplina exacta que necesitamos para que surja la belleza y la gracia de un genuino carácter espiritual. Estamos en la escuela correcta. Quizás pensemos que pudiéramos madurar más rápidamente en medio de una vida más fácil y más esplendorosa. Pero Dios sabe lo que es mejor para nosotros —Él no comete errores.

Existe una pequeña fábula sobre una flor que crecía sola en un rincón sombrío del jardín. Se sentía descontenta al ver a las demás flores descansando gozosas debajo del sol, y rogaba ser movida a un lugar más visible. Su oración le fue concedida. El jardinero la trasplantó a un lugar más conspicuo y soleado. Ella estaba grandemente agradada —pero de inmediato ocurrió un cambio. Sus retoños perdieron gran parte de su belleza y se puso pálida y enfermiza. El sol ardiente hizo que se debilitara y se marchitara. De manera que volvió a orar para que se la llevaran a su lugar anterior en la sombra. El sabio jardinero sabe mejor que nosotros dónde plantar cada flor.

De la misma forma, Dios, el Jardinero Divino conoce el lugar donde Sus hijos pueden acercarse mejor hacia lo que Él ha deseado que seamos. Algunos requerirán de feroces tormentas; algunos sólo prosperarán bajo la sombra de la adversidad; y algunos —pudiendo su belleza ser estropeada debajo de fuertes experiencias— llegan a la madurez más dulcemente debajo de la influencia suave y gentil de la prosperidad. ¡El Jardinero Divino conoce lo que es mejor para cada uno!

En lo relativo a la Providencia de Dios, no hay un lugar en este mundo en el cual no sea posible ser un verdadero Cristiano; no hay lugar en el cual no sea posible modelar todas las virtudes de la piedad. La gracia de Dios ofrece la potencia suficiente para permitirnos vivir de forma piadosa donde quiera que Él nos llame a habitar. Cuando Dios elige un hogar para nosotros Él nos equipa adecuadamente para sus pruebas peculiares.

Dios adapta Su gracia para las particularidades de la necesidad de cada uno. Para los caminos tortuosos y pedregosos —el provee calzados de hierro. Él nunca manda a alguien que está calzado con sandalias de seda a escalar una montaña aguda y escabrosa. Él siempre nos da gracia suficiente. A medida que las cargas se hacen más pesadas —su fuerza aumenta. Cuando las dificultades se complican —Él se acerca a nosotros. Cuando las pruebas se hacen más dolorosas el corazón confiado encuentra su calma en Él.

Jesús siempre ve a sus discípulos cuando están luchando contra las olas —y llega en el momento preciso para librarlos.  De forma que esto hace que sea posible vivir una vida genuina y victoriosa bajo cualquier circunstancia. Cristo puede fácilmente hacer que José permanezca puro e íntegro en el Egipto pagano, de la misma manera que puede hacer que Benjamín permanezca seguro, refugiado en el amor de su padre. Mientras más agudas las tentaciones, más gracia divina es concedida. Por lo tanto, no hay ninguna prueba, ninguna dificultad o penuria en la que no podamos vivir hermosas vidas de fidelidad y de conducta piadosa.

Así que, en lugar de ceder ante el desaliento cuando las pruebas se multipliquen, cuando se torne difícil vivir correctamente o ser satisfechos con una vida muy defectuosa —debería ser nuestro propósito determinado vivir —por medio de la gracia de Dios, y a través de esa gracia— una vida paciente, mansa y sin mancha, justo en el lugar y en medio de las circunstancias que Él asigne para nosotros. La verdadera victoria no viene cuando evadimos o escapamos de las pruebas, sino cuando las enfrentamos y la soportamos correctamente.

Las preguntas no deben ser, “¿Cómo puedo salir de estas preocupaciones? ¿Qué puedo hacer para llegar a un lugar donde no hayan irritaciones, donde no haya nada que pruebe mi temperamento o pruebe mi paciencia? ¿Cómo puedo evitar las distracciones que continuamente me acosan?” El vivir de esa forma no tiene nada de noble.

Las preguntas deben ser más bien éstas: “¿Cómo puedo yo pasar por estas experiencias tan difíciles sin fallar como cristiano? 

”¿Cómo puedo soportar estas luchas sin sufrir una derrota? ¿Cómo puedo vivir en medio de todas estas provocaciones, en medio de todas estas situaciones que prueban mi carácter, y vivir dulcemente, sin hablar desatinadamente, soportando las heridas mansamente, y respondiendo a insultos con respuestas suaves?” Ese debe ser la preocupación de la vida Cristiana.

 

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