La canción que cantaré hasta mí último día

Escrito por Colleen Elisabeth Chao

Es algo extraño escribir sobre el sufrimiento en el contexto de una vida americana primermundista. ¿Qué sufrimiento puede haber? En tu vida, ¿qué categorizarías como solo una dificultad y qué como un sufrimiento intenso? 

Considero que sé muy poco sobre sufrir cuando pienso en personas como Helen Roseveare, Madame Guyon y Olaudah Equiano, o incluso, cuando escucho sobre las víctimas de hoy en día, aquellos que sufren de persecución, tráfico humano, o esclavitud. Me siento tentada a desesperarme ante mi propia «debilidad». Es por ello que, cuando las personas me dicen que están asombrados por la forma en la que manejo mi enfermedad terminal, me siento profundamente animada, pero, al mismo tiempo, me avergüenzo un poco del halago. Me conozco lo suficientemente bien como para estar impresionada de mí misma, constantemente me encuentro arrodillada, asombrada por cómo me sostiene el Señor. Él está derramando Su espíritu en mí (en la misma medida que me inflige dolor). Él ha estado trabajando en mí, poco a poco por muchos años.

El secreto para sufrir bien

Ayer en la noche, recostada en mi cama recordaba mis treinta, en ese tiempo yo pensaba que terminaría en un manicomio debido a la fuerte ansiedad y depresión que me hacían sentir como si estuviera loca. Recordaba las veces en las que me colocaba en posición fetal y lloraba en esos largos años de soltería; en los peores años de enfermedad de mi hijo, cuando solía costarle respirar por las noches y colgaba de mis brazos con un dolor y fiebre implacables; e incluso a través de mis propios doce años de enfermedad y dolor crónico; me encontraba a mí misma clamando al Señor, diciendo: «¡No puedo hacer esto ni un día más!».

Así que, esto es lo que sé sobre el sufrimiento (en mi propia y limitada experiencia): ninguna de nosotras somos buenas sufriendo. Ninguna de nosotras tenemos la capacidad de sufrir bien, manteniéndonos alegres y con esperanza. Pero, el secreto para lentamente crecer en gozo y esperanza durante el sufrimiento es increíblemente simple: recurre a Dios. Una y otra vez.

Recurro a Dios cuando estoy molesta con Su voluntad hacia mi vida.

Recurro a Dios en medio de la noche cuando el dolor amenaza con invadirme.

Recurro a Dios cuando me siento cansada hasta los huesos, o cuando estoy teniendo lástima de mí misma.

Cuando digo que «recurro a Dios» me refiero a que pongo todos mis pensamientos en Él, y le digo exactamente lo que siento, todos los pequeños y minuciosos detalles. Yo derramo como agua mi corazón ante la presencia del Señor (Lam. 2:19) y con la más pequeña semilla de mostaza de fe, yo creo que Él me escucha y que hará algo con respecto a mi sufrimiento (Is. 64:4).

Ese acto constante de recurrir a Dios ablanda mi corazón permitiéndome escuchar Su voz, y así, terminar con mi egocéntrico monólogo y comenzar a tener un hermoso diálogo con Él.

El secreto sagrado del sufrimiento

A través de las décadas me he convencido cada vez más de que yo no puedo escuchar de Él o dialogar con Él (y, por consiguiente, sufrir bien) fuera de Su palabra. A través de las páginas de la Escritura, Él habla exactamente lo que mi corazón necesita escuchar. Él se revela a sí mismo (algunas veces, en formas que no reconozco inmediatamente), y esas revelaciones lo cambian todo; mis pensamientos, mis deseos, mi perspectiva, simplemente todo. Y aquí, yace uno de los secretos sagrados del sufrimiento: aquel que sufre tiene una capacidad única para experimentar a Dios a través de Su palabra de una manera que no puede ser experimentada en los días cómodos y fáciles.

Charles Spurgeon lo dice de la siguiente manera:

«La prosperidad es como una ventana pintada que rechaza gran parte de la clara luz de Dios. Solo cuando el azul, el carmesí y el matiz dorado son removidos, puede entonces la ventana volver a ser transparente. La adversidad remueve el matiz, el color, lo opaco, y es entonces cuando vemos a nuestro Dios. En la ausencia de otros dioses, el buen Dios es mejor».1

Robert Hawker lo dice de esta forma:

«Tus palabras son dulces y perfectas para mi alma cansada, y mi sentimiento de vacío vuelve tu llenura aún más preciosa».2

Sé que puedo sonar como un disco rayado, pero esta es la canción que cantaré hasta mi último día: en las manos de un Dios bueno, sufrir es un regalo. Son las «cuerdas humanas y los lazos de amor» que nos sujetan a Jesús (Os. 11:4). Son el trapo y el thinner que limpian esa ventana pintada que impide que tengamos la vista puesta en Él. No hay nada más precioso en la tierra que mirar y conocer a Jesús a través del sufrimiento (Fil. 3:10).  Con el tiempo, y de una manera lenta e incómoda, nuestro gozo, esperanza y paz crecen profundamente porque estamos en Su presencia, en Su amor, y eso arruina cualquier comodidad sustituta.

Atribulados en todo

Durante los últimos meses nuestra familia ha estado atribulada en todo, siendo el cáncer solamente uno de los factores estresantes por los que atravesamos. (Jeremiah Burroughs escribió acertadamente: «Es muy raro que una aflicción venga sola, comúnmente las aflicciones no son cosas únicas, sino que, vienen una tras otra»3). Ayer, me encontraba tanto molesta como triste debido a las dificultades constantes, me sentía débil y desesperada, pero, recurrí a Dios una y otra vez durante el día, y cada vez Él habló a mi dolido corazón y reveló Su cercanía y Su bondad por milésima vez.

Así que, de una persona débil a otra, este es mi gran estímulo para ti, especialmente si sientes que los sufrimientos de hoy van más allá de tu capacidad de aguantar: sigue recurriendo a Dios. Cuéntale todo sobre cómo te sientes, sin filtros y sin omitir nada. Él puede soportarlo. Ora el Salmo 40, Isaías 35 o Lamentaciones 3. Confía en que Él nunca nos menosprecia por nuestra capacidad infantil de sufrir (o de batallar por llegar a un punto en el que: «tengamos por sumo gozo cuando nos hallemos en diversas pruebas»). Él jamás nos dirá: «¡Susie pudo manejar esto mucho mejor de lo que tú lo haces!» Al contrario, Él es compasivo, tierno, e infinitamente tolerante, y está feliz de estar contigo y conmigo justo donde estamos hoy, Él está feliz de continuar Su buena obra y hacernos cada vez más como Su hijo. 

1C. H. Spurgeon and Roy H. Clarke, Beside Still Waters: Words of Comfort for the Soul (Nashville, TN: T. Nelson Publishers, 1999).

2Robert Hawker, in Piercing Heaven: Prayers of the Puritans (Bellingham, WA: Lexham Press, 2019), 48.

3Jeremiah Burroughs, The Rare Jewel of Christian Contentment (London: Banner of Truth Trust, 2002), 15.

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