La meta del Evangelio en la mentoría

Por Melissa Kruger

Como coordinadora del ministerio de mujeres en mi iglesia, una petición que escucho con  frecuencia es el deseo de tener una mentora espiritual. Hay toda una variedad de expectativas detrás de cada mujer que lo externa. Algunas saben que necesitan crecer en su fe y desean una mujer mayor que provea consejo y sabiduría.  Algunas anhelan una figura que las apoye y anime.  A algunas les falta dirección y esperan que una mentora les pueda dar consejo.  Algunas han sido heridas y esperan encontrar sanidad. Otras se sienten abrumadas y buscan alguien que les provea ayuda para aliviar las cargas de la vida.

Cuando me acerco a mujeres mayores, y comunico la petición de mentoría, con frecuencia titubean. La mayoría de ellas nunca han tenido una mentora, y con justa razón se preguntan, ‘¿Qué es exactamente lo que se espera de mí?’ Quizá, debido a fracasos anteriores, incluso se sientan temerosas e inseguras de su propia capacidad para dirigir a otra persona. Algunas pueden desear ser mentoras, pero les falta claridad respecto a qué hacer en su tiempo juntas.

La esperanza de discipular

La imagen que me gusta usar para describir la mentoría es la de un árbol joven. Con facilidad se dobla y se balancea, golpeado por las tormentas. No tiene la fuerza necesaria para mantenerse firme bajo cierto tipo de clima. Los cambios fácilmente le afectan.  

En contraste, un viejo roble permanece firme en medio del cambio de las estaciones. Con cada año que pasa está más seguro y fortalecido. Un método de estabilizar al árbol joven es atarlo a uno más maduro y viejo. Solo con estar junto a un árbol más joven, el árbol más viejo ya está compartiendo su fortaleza.

De manera similar la relación de mentora es aquella en la cual una creyente más joven es ‘atada’ a una creyente más madura por cierta temporada de manera que aquella pueda crecer firmemente en su fe y estar capacitada para el ministerio.  Siempre es Dios quien hace la obra, pero Él nos usa en la vida de otras para edificar la iglesia.

Al considerar el significado de mentora, hay un pasaje en particular al que acudo, es Efesios 4:7, 11-14, donde Pablo anima a la iglesia:

Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Ef. 4:7.

Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error. Efesios 4:7-11.

El apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro, todos tienen una meta en su entrenamiento: capacitar a los santos para la obra del ministerio, con la esperanza de edificar el Cuerpo de Cristo. La mentoría espiritual tiene la misma meta de edificar el Cuerpo de Cristo al invertir en el crecimiento espiritual de otra creyente. Toda la iglesia es edificada y unificada cuando una creyente más madura provee apoyo y ánimo para una cristiana más joven.

Ser mentora es mucho más que desarrollar una amistad intergeneracional. También se diferencia de una relación de consejería. La meta no es solamente tomarse un café de vez en cuando. La meta en la mentoría es conocer a Cristo en una manera más íntima a través de la bendición y el beneficio de caminar intencionalmente junto a una creyente más madura. Esto puede suceder al estudiar un libro de la Biblia, leyendo un libro sobre un tema en particular, trabajando juntas en alguna tarea del ministerio, o reuniéndose regularmente para hacer preguntas dirigidas al crecimiento espiritual.

El cariño de la mentora

La meta principal de conocer a Cristo (no simplemente desarrollar una amistad intergeneracional) de ninguna manera está separada del cariño que se experimenta. De hecho, la meta superior de ser capacitada para la obra del ministerio realmente promueve una intimidad más profunda entre las participantes en una relación de mentoría.  Pablo escribió a los Filipenses, “Pero vosotros conocéis sus probados méritos, que (Timoteo) sirvió conmigo en la propagación del evangelio como un hijo sirve a su padre.” Flp. 2:22.  

Su relación no estaba simplemente arraigada en su afecto uno por el otro; estaba centrada en su trabajar juntos en el evangelio. Cuando nuestros deseos están puestos en la esperanza mayor de conocer a Cristo y edificar Su reino, ¡nuestros afectos los unos por los otros no menguan, sino que aumentan! Debemos anticipar una profunda devoción entre nosotras, reconociendo que es solo un resultado maravilloso de una meta mucho más significativa.

La mentoría espiritual, con la meta de equipar a los santos para la obra del ministerio se necesita enormemente en la iglesia de hoy. La cultura presiona y arrecia como una tormenta. Las creyentes más jóvenes son llevadas como niños fluctuantes por cualquier viento de doctrina, batallando por permanecer firmes.

Se necesitan mucho las fuertes raíces de creyentes maduras. Si eres una mujer mayor, considera la posibilidad de que una mujer más joven permanezca a tu lado durante un tiempo para que la animes.  No tienes que tener todas las respuestas. No tienes que resolver todos sus problemas. Un oído atento, un corazón que ora y un amor por la Palabra de Dios te proveerán todo lo que necesitas.

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