La sumisión - Primera parte

En la cultura en que vivimos, existen ciertos principios  que se adjudican a una determinada posición o rol en particular; cuando realmente deben aplicarse  a todas las relaciones; ese es el caso del término sumisión.

Esta palabra parece provocar alergia a muchas personas, porque estamos viviendo en un mundo que rechaza el concepto de la autoridad; y, en especial en el caso de  las mujeres, porque muchas entienden que es un término denigrante, que implica inferioridad y que solamente se aplica a ellas, en especial si están casadas.

Sin embargo, esta manera de pensar es errónea ya que el término sumisión  no se aplica solamente a la mujer, ni surgió con el matrimonio.

Este concepto tiene su origen en Dios mismo.  Lo encontramos en la naturaleza o esencia de Dios, ya que es una de las características que adornan a un Dios Trino que existe en tres personas. Las Escrituras nos enseñan que el Hijo está sujeto al Padre, lo mismo que el Espíritu Santo.

Cuando leemos la declaración de Cristo cuando dijo: “Yo no vine para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió”, o “No se haga mi voluntad sino la tuya”; o  ” El hacer Tu voluntad me ha agradado…”, tenemos que reconocer que no se trata de otra cosa, sino de sumisión.

En la Biblia, esa palabra también se usa para referirse a la sumisión de los hijos a los padres; de los criados a los amos; de los empleados a sus jefes; y, de todos a la autoridad establecida; pero aún más, en libro de Efesios  se nos dice: “sométanse los unos a  los otros”.

Por lo tanto, si hasta este momento el término te había  molestado por creer que era abusivo, denigrante o algo  por el estilo, confío que te hayas dado cuenta de que estabas equivocada.

La sumisión es un asunto de actitud y de orden, pero también y sobre todo del corazón; es la oportunidad única de asemejarnos a Cristo. Por eso, quiera Dios permitirnos entender que al rechazar el término, nuestro problema es con Dios mismo.

Por un lado, quisiéramos entender dicho término, mientras que por el otro,  abrazarlo de la manera que una mujer cristiana debe hacerlo, independientemente del rol en que te encuentres actualmente. Al final de cuentas, todas tenemos el deseo de agradar a Dios y de que nos vaya bien.

Si estás casada, en Su Palabra encontramos el mandato divino a someternos a nuestros maridos “como al Señor” (Efesios 5:22) pues, el marido es “cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la iglesia” (v. 23) por lo que las mujeres “deben estar sujetas a sus esposos” así como la iglesia “está sujeta a Cristo” (v.24).

Por su parte, Colosenses 3:18 nos enseña que esa sumisión debe hacerse “como conviene en el Señor”; además, debemos instruir a las más jóvenes a que amen a sus maridos y estén sujetas a ellos, según nos exhorta Tito 2:3-5. Finalmente, 1ª Pedro 3:1 nos muestra uno de los beneficios de obedecer ese mandato divino y es que los esposos que no son obedientes a la Palabra de Dios, pueden ser ganados por la conducta sumisa de sus esposas.

¿Te has visto confrontada con esta perspectiva de lo que es la verdadera sumisión?

¿Te resistes a seguir las instrucciones que otros en autoridad te dan? (Rom 13:1)

Pídele al Señor que la visión que el mundo nos ha vendido de la sumisión no sea lo que permee tu vida sino que te renueve tu mente en esta área tan importante como mujer, y que puedas glorificarlo en todo.

 

Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Patricia de Saladín

Patricia de Saladín

Patricia vive en Santo Domingo, República Dominicana. Está casada con Eduardo Saladín, pastor de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo. Actualmente dirige el Ministerio de Mujeres en su iglesia y le apasiona llevar el mensaje de la feminidad bíblica a las mujeres de habla hispana. Su anhelo es verlas conocer y abrazar la Verdad que las hace libres en Cristo.  Sirve en el ministerio de Aviva Nuestros Corazones como la voz de Nancy DeMoss Wolgemuth. Tiene tres hijos adultos, Rosalía (casada con Daniel), Sarah (casada con Nazario) y Eduardo Alfredo. Además, Dios le ha regalado cuatro nietos: Patricia, Daniel, Samuel y Nazario.