La velocidad mata el paisaje

“Hay un tiempo señalado para todo,

y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo”.

Eclesiastés 3:1

Qué desconcertante debe ser llegar a tu punto de encuentro, luego de haber transitado por varias horas la carretera que nos condujo allí, y descubrir cómo todos comparten sus experiencias del trayecto, la belleza de la vegetación, las rocas y arrecifes en el fondo, las diferentes tonalidades, frondosidad y altura de los árboles, enfatizando cada uno de ellos, el hermoso mar azul turquesa de aguas transparentes, cálidas y serenas.

No satisfechos con lo anterior, además comentan sobre la arquitectura autóctona de la región, de las casas adoquinadas que, en algunos tramos, adornaban los lados de la carretera.  Y tú te preguntas “¿y transitamos por la misma vía?” o acaso ¿habrá ocurrido que llegamos al lugar desde diferentes puntos? Al final con tristeza reconoces que la velocidad a que venías, “mató el paisaje”. Te lo perdiste. No lo pudiste disfrutar.

Hace unos 15 años escuché a alguien referirse a la frase que titula este artículo. Últimamente ha venido con frecuencia a mi mente; ya Santiago 4:14b nos advierte La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma (NTV), y si a esa brevedad le añadimos la velocidad que caracteriza nuestros días, al transcurrir los años nos daremos cuenta que atravesamos la carretera sin disfrutar el paisaje que creíamos cotidiano, ver crecer a nuestros hijos, cultivar una relación con el esposo, nuestros padres y hasta nuestra relación con el Señor. Rápido no es sinónimo de mejor.

Recientemente tomé una carretera por la cual no había conducido antes, temprano en el viaje me percaté que la velocidad estaba matando el paisaje, agradezco al Señor que reduje y pude contemplar Su creación, diseñada por el Divino Arquitecto, para nuestro disfrute y hasta para la salud, pues Jesús “recetó” el contemplar Su creación para calmar la ansiedad, veamos:

Mateo 6:25 “…no os preocupéis…” ¿Su receta? V.26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta.

Mateo 6:27 ¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? 

Mateo 6:28 ¿por qué os preocupáis? De nuevo, la receta del Médico Divino fue  “Observad cómo crecen los lirios del campo”.  (v.29).

Romanos 1:20 nos dice que por medio de lo creado, veremos con claridad “Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad”. Es decir, una revelación general de Su existencia que nos hace reflexionar en Su grandeza y nuestra pequeñez, como el salmista:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú has establecido,
digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes,
y el hijo del hombre para que lo cuides?

Salmo 8:3-4

En uno de sus sermones, Charles Spurgeon reflexionaba que sería una extraña muestra de afecto de un hijo a su Padre, no importarle mirar el jardín que ha decorado.

La próxima semana reflexionaremos sobre otros “paisajes decorados por nuestro Padre” que la velocidad pudiera estar impidiéndonos disfrutar.

¿Cuándo fue la última vez que exclamaste como el salmista “los cielos cuentan la gloria de Dios”? ¿Y en el paisaje del Gólgota, la velocidad te ha robado de contemplar Su cruz?

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.