Un amor con piel

Desde que leí el mensaje de texto sentí irritación e incomodidad hacia ella. Recordé otros mensajes que esa misma amiga me había mandado, y la impaciencia llenó mi corazón. Pensar en sus debilidades, patrones de comportamiento y pecados me provocó ira y molestia. Me sentí desmotivada a continuar en esa amistad. 

Lo conversé con mi esposo, y en ese momento el Señor me convenció de pecado. No sólo de la autojusticia que motivó esa impaciencia, sino también de la falta de compasión por mi amiga. Quería sentir más compasión pero lo que veía en mi corazón era dureza y cinismo. 

Desanimada al mirar mi pecado, torné mi mirada hacia Cristo porque deseaba experimentar un cambio en mi corazón. Justo como lo dice en 2 Corintios 3:18, mientras contemplo la gloria del Señor Él me transforma de un grado de gloria a otro. Así que dispuse mi corazón a contemplar la gloria de la compasión del Señor, esperando que Él obrara el cambio que necesitaba.

La compasión del Señor es una de las características que se repiten una y otra vez en los evangelios. Cuando se trata de emociones difíciles de manejar, el pasaje de Mateo 9:35-37 es particularmente poderoso:

«Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a Sus discípulos: «La cosecha es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha».

En el contexto de este pasaje, vemos todos los tipos de gente que formaban parte de esa multitud. No solo había gente enferma como el paralítico, los ciegos, y la mujer con flujo de sangre. Sino que también Cristo interactuó con fariseos (v. 11), con personas que se burlaban de Él (v. 24), y otros que dudaban de su poder (v. 3). Ninguno de estos grupos eran personas fáciles de tratar. 

Cuando vemos personas así, nuestro corazón tiende a querer alejarse y a rechazarlos. Pero el corazón del Señor sufre con los que sufren (aún aquellas más difíciles de amar y que no lo querían cerca). Eso es compasión.

En este pasaje de Mateo 9:35-37 hay 3 características de la compasión de Cristo que llaman mi atención: 

1. Una compasión que ve

Cristo vio las multitudes. La palabra «viendo» en el idioma original no se refiere solamente a ver de forma distraída o ausente, sino a ver con enfoque y atención. 

El vio el corazón angustiado y abatido de la multitud. Vio la urgencia que tenían de ser pastoreados, de que sus necesidades –tanto físicas como espirituales– fueran cubiertas. Él estuvo dispuesto a ir más despacio, enfocándose en la persona que estaba de frente. A veces cuando interactuamos con gente difícil, sólo vemos cómo son un obstáculo para nosotros. Pero la vida de Cristo en nosotras nos capacita para ver más allá. 

El discernimiento nos lleva a reconocer que a menudo el sufrimiento es la raíz del comportamiento pecaminoso y de patrones no saludables. Cuando una persona es difícil de tratar, la compasión de Cristo en nosotras nos lleva a preguntarnos: ¿qué sufrimiento habrá detrás de ese comportamiento? También nos permite ver la humanidad, límites y pecados de otros sin resentimiento. Nos capacita para anhelar y añorar que alguien les muestre la gentileza y humildad de Cristo hacia pecadores y personas que sufren. 

2. Una compasión que ora

¡Esto llama mi atención! El Señor siente compasión por la multitud, y no sugiere que la solución es solo que se apresuren a cuidar a los demás. Les dice que supliquen, y rueguen con fervor. Literalmente, el texto se puede interpretar como, «oren de tal modo que Dios pongan el compromiso de responder» u «oren aferrados a Dios hasta que Él responda.»

La compasión es una emoción tan profunda y visceral que se desborda en oración ferviente, insistente y determinada. Lo primero que hace la compasión es orar al Padre, antes de actuar de cualquier otro modo. 

Aprecio mucho ver en el pasaje que esta oración toma por sentado las limitaciones del ministerio. Hay muchas necesidades; hay pocos obreros. No siempre podemos ser nosotros los que suplamos lo que a otros le falta. Pero reconocer nuestra incapacidad no nos lleva a la indiferencia. Más bien le pone combustible a nuestras oraciones, rogando con más intensidad que el Señor supla las grandes riquezas de Su gracia. 

3. Una compasión que se mueve

Finalmente, al contemplar la vida del Señor, veo que su compasión lo movía a actuar. Él se acercaba a los necesitados, los tocaba, los sanaba, comía con ellos e iba con ellos al lugar de la necesidad. La compasión motivaba su predicación sobre las buenas nuevas del Reino. El alimentaba a aquellos que tenían hambre (Mateo 15: 32). Lloraba con los que lloran (Juan 11). 

La compasión del Señor no era impersonal. Cuando sanaba a los que estaban enfermos, Él estaba cumpliendo la palabra que Dios había hablado por medio del profeta Isaías: Él mismo tomó nuestras flaquezas y llevó nuestras enfermedades (Mateo 8:16-17).

Él nos dio una bienvenida completa a su vida, no sólo permitiéndonos que le trajéramos nuestro dolor, sino también haciéndolo suyo y entrando en nuestro sufrimiento. El Señor de gloria se apropió de nuestras flaquezas. Su hospitalidad para con nosotros fue la expresión máxima de su compasión. 

Ahora su vida en nosotras nos capacita hacer lo mismo. La etapa en la que nos encontramos determinará cómo la compasión nos moverá a actuar. Quizás es preparar una comida para alguien que acaba de perder un ser querido, orando y ayunando por el matrimonio en crisis de una amiga, o invitando a nuestra casa a alguien que ha llegado a nuestra comunidad. 

La compasión es un amor con piel. Nos lleva a ponernos la piel del otro y a mostrarle un amor que tiene manos, pies y lágrimas. Ese fue el amor que nos mostró Cristo. 

¿Estás luchando con la falta de compasión hacia que te irrita o te desespera? Te animo a contemplar la compasión de Cristo. Medita en Mateo 9:35-37 y cree por la fe que la vida de Cristo te capacita a responder con compasión y amor. ¿Cómo vas a evidenciar la vida de Cristo? Sigamos la conversación en la sección de comentarios.

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Sobre el autor

Aylín Michelén de Merck

Aylín Michelén de Merck

Aylín Michelén de Merck es esposa y mamá de tres hijos. Vive con su familia en el Medio Oriente. Aylín disfruta el guacamole, el café con leche de menta y todas las cosas que incluyen chocolate. La característica más importante sobre ella es que ella es una con Cristo. Su pasión es contemplar la belleza de Dios en Cristo Jesús y cultivar el deleite en Él en todos aquellos con quienes interactúa.

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