Una imagen que da vida

Hay una pregunta que el presentador de un programa que escucho, le gusta hacer a sus oyentes: “¿Qué has visto, oído, probado recientemente que no puedas dejar de contarlo a otros?” Es una muy buena pregunta y disfruto escuchar las diferentes respuestas. Si fuera a hacer esa pregunta a cada criatura viviente en el cielo, ellas dirían “El Cordero que fue inmolado. No cesamos de maravillarnos de Él”.

Precisamente Juan dijo:

El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. - Ap. 5:12-13

Amo estos destellos de la adoración celestial y me emociona pensar que un día me uniré a ese coro, cantando esas mismas canciones en adoración unánime. Estoy tan agradecida de que un día mi corazón “estará tan consumido con Él, que nunca cesaré de alabar.”1

Pero y ¿qué del aquí y ahora? Si alguien me preguntara “¿en qué o en quién no puedes dejar de pensar?” y respondiera con sinceridad, tendría que decir que hay momentos en que no puedo dejar de pensar en mí misma. Cuando me doy cuenta de que hay pecado en mi corazón es muy tentador pensar que todo se trata de mí. Quiero admirarme y por eso paso tiempo frente al espejo, obsesionándome: ‘¿Debí haber dicho eso?’ ‘¿Debería aclarar que lo que quise decir fue…?’ ‘¿Hice buenas preguntas?’ ‘¿Fulano y fulana se sintieron amados por mí?’ ‘¿Qué piensa mi hija de nuestra relación?’ ‘¿Estuve muy distraída en el teléfono hoy?’  A menudo esos pensamientos vagan desde preguntarme si debí haber hecho algo, hasta sentirme verdaderamente culpable de orgullo, impaciencia, celos, lujuria. Esos pensamientos vienen acompañados de un profundo desaliento al ver que soy propensa a pecar y lo poco que progreso en dejar de hacerlo.

Mirar en el espejo, solo para observarme a mí misma, no me da vida. De hecho, mientras más me obsesiono frente al espejo, menos fuerzas tengo. Parecería que el espejo me aplasta bajo su peso y no puedo zafarme. No encuentro esperanza cuando me vuelvo a una preocupación narcisista conmigo misma.

¿Y tú? ¿Has experimentado la misma sensación de derrota y carga por tu pecado? ¿Cómo luchamos contra el pecado sin hacerlo que gire alrededor de nosotras? ¿Cómo valoramos más a Jesús en nuestra lucha contra el pecado?

  1. Deja de mirar en tu interior

Pablo nos dijo en Romanos 6:6 que estamos crucificadas con Cristo. Nuestro yo que se deja arrastrar por el pecado, está muerto. No tiene poder sobre nosotras. Los dominicanos decimos “Hay miradas que matan”, lo que significa que ciertas miradas que damos a las personas están tan llenas de odio y rabia que podrían matarlos, si pudieran. De la misma manera, “hay vistas que matan.” El principio es cierto: me convierto en lo que adoro (Sal. 115:8).

Mirar a mi yo muerto no me da vida. Mientras más me consumo con la vida de mi viejo yo, más me arropa su muerte.

Mi viejo yo - mi naturaleza muerta, narcisista, temerosa, celosa, obsesiva - tiene ojos, pero no puede mirar la gloria de Dios, oídos, pero no puede escuchar Su amor por mí. Mientras más lo miro, más vulnerable soy al pecado. Y me rindo ante él.  Entonces me aborrezco aún más mientras más miro el espejo y no puedo dejar de observar mi debilidad y fracaso.  

Es un ciclo que solo produce muerte. ¡Dejemos de mirarnos a nosotras mismas!

  1. Mira a Jesús ¡y vive!

¡Bendito sea Dios! Cuando empiezo a hundirme en el mar de la auto-contemplación, hay una imagen que me da vida. Es la imagen de Aquel que Vive: El que murió, pero vive para siempre.

Él es Quien fue levantado como la serpiente en el desierto. Aquel quien, aunque no conoció pecado, se hizo pecado para que tuviéramos la justicia de Dios. La única manera que encontramos y continuamos saboreando la vida eterna es poniendo nuestra fe en el Hijo del Hombre (Jn. 3:14-16).

El Cristo glorioso es nuestra vida. Debido a nuestra unión con Él, el Evangelio nos sobrecoge al decirnos que, en cierta forma, cuando nos miramos al espejo, Cristo nos devuelve la mirada. Él es nuestra nueva imagen (Ef. 4:20-24). Él tomó nuestro pecado y vergüenza y nos ha dado Su justicia (Ro. 4:24-25). Amada, ¿crees esto? La verdadera y duradera “yo” es perfecta como Cristo. Él nos ha dado Su honor -estamos sentadas en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef. 2:6).

Consejo que cambia nuestra vida

Al mismo tiempo, mientras estamos en la lucha del “ya/pero todavía no,” no somos perfectas. Nuestra experiencia no ha alcanzado todavía la realidad de quienes somos en Cristo. Estamos todavía en el proceso de parecernos más a Él. Nuestra semejanza a Cristo, el hacer morir lo que es terrenal en nosotras, no ocurre cuando miramos al espejo y nos vemos a nosotras mismas. Ocurre cuando contemplamos la gloria de Dios.  

Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu. - 2ª Co. 3:18

Gracias a Dios que el principio es cierto, ¡nos convertimos en aquello que adoramos! Adorar a nuestro Salvador Resucitado nos da vida porque Él vive en nosotras.

Por tanto, en lugar de obsesionarnos con nuestra vieja y muerta naturaleza, la única ocupación que vale la pena, es perseguir ser consumidas por el Cristo glorioso.

Una amiga me dio este consejo que cambió mi vida: “En lugar de dedicar tus días a obsesionarte con tu pecado, a agotarte con tus temores, orgullo o celos, dedícalos a obsesionarte con Cristo. Hazlo al considerar cómo El es lo opuesto a tu pecado. ¿Te sientes tentada por el temor? Estudia la Palabra de Dios para aprender cómo Cristo no tiene temor. ¿Orgullo? Mira en las Escrituras todas las formas donde descubres la humildad de Cristo”.

Hacerlo ha abierto mis ojos a la Palabra de Dios de manera poderosa. He saboreado más profundamente sus riquezas en la medida en que me muestra cuán hermoso es Jesús. ¡No hay nadie como Él!

Mientras leo los Salmos a través de Cristo como el David Supremo y veo la audacia de Jesús, El me ha hecho más valiente. El me ha hecho odiar y abandonar mi orgullo al considerar Su humildad en la Encarnación. El Señor está derritiendo mi corazón - egocéntrico y frío - mientras más contemplo el amor sacrificial y sin egoísmo de Cristo en Filipenses.

El Espíritu ha motivado mi servicio cuando veo en Hebreos cómo Jesús nos sirve por medio de Su más alto sacerdocio. Mi fe se fortalece cuando considero la fe y esperanza de Jesús, en los Salmos, Hechos y Hebreos. Y he llorado de gozo cuando he estudiado la relación de Jesús con Su Padre y he visto que es la mía también porque ¡Jesús ha compartido Su filiación conmigo!

Como la señora Campbell le dice a Catalina en uno de mis libros favoritos, titulado en inglés Stepping Heavenward, (en español sería “Camino al Cielo”): “Aprender a Cristo, eso es vida.”

Porque Él es nuestra vida, Su humildad, paciencia, ausencia de temor y fe, son nuestras. Amada, no tenemos razones para desesperarnos, pero sí muchas para jactarnos: Cristo es nuestra justicia.  Es estimulante pensar que pasaremos el resto de nuestra vida -hacia la Eternidad- aprendiéndolo a Él, en Quién están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento (Col. 2:4). Vengamos, a adorarle.

“Ningún otro trono perdura. Ninguna otra canción permanece, pero ‘Digno es el Cordero que fue inmolado.’”2Ya Cristo ha sido coronado por lo que tenemos todas las razones para unirnos a ese coro celestial aquí y ahora. Estudiemos Su Palabra y seamos diligentes en aprender a Cristo. Que nuestra obsesión sea Aquel que resucitó y quién es nuestra vida.

1 Tomado de la canción Never Cease To Praise (No Cesaré de Alabar) por Jeff Bourque

2 Tomado de la cancion No Other Name por Trevor Hodges

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Sobre el autor

Aylín Merck

Aylín Merck

Aylín Merck es esposa y mamá de tres hijos. Vive con su familia en el Medio Oriente. Aylín disfruta el guacamole, el café con leche de menta y todas las cosas que incluyen chocolate. La característica más importante sobre ella es que ella es una con Cristo. Su pasión es contemplar la belleza de Dios en Cristo Jesús y cultivar el deleite en Él en todos aquellos con quienes interactúa.

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