Una mirada al prisma de la feminidad

Quiero confesar que he dado vueltas y vueltas más vueltas para poder iniciar este artículo. La verdad es que, aunque he sabido el tema con mucha antelación y parte del borrador ya estaba en mi mente, al sentarme a hacerlo me doy cuenta de que necesito que Dios me ayude a poner carne en este esqueleto y no sólo eso, también le necesito para que al presentarte mis argumentos puedas identificarte conmigo y puedas leerlo con sencillez de corazón.

Y ahora te pregunto, ¿Sabes lo que es un prisma? Según el diccionario, un prisma es (y esta es la definición más sencilla que pude encontrar) «un poliedro que se caracteriza por poseer varias caras planas.» Yo no sé mucho de geometría, mejor dicho, no sé nada, pero si, he visto prismas, como por ejemplo algunos diamantes de joyerías (o su versión de juguete cuando era niña).

Nuestra feminidad es como un prisma, está compuesta de diferentes caras; caras que deben reflejar una misma imagen, la de Jesús. Siempre que como mujeres nos acercamos al Creador, recordamos que Él nos ha hecho portadoras de su imagen y que los roles y desafíos que se entretejen a lo largo de nuestra vida buscan reflejar la luz que en nosotras habita. De la forma en que un hermoso diamante asombra con su brillo a aquellos que lo contemplan, así debe Cristo brillar en nosotras en todo su esplendor.

Hoy quiero compartir contigo dos de las caras de este prisma de la feminidad, las caras de esposa y madre ¿Cómo se interrelacionan estas dos caras? ¿Qué aporta la una a la otra? ¿Están en competencia? ¿Cuál es más importante?

«Asimismo, las ancianas… que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.» (Tito 2:3-5)

Amando a tu Marido

¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando te ves como mujer casada? ¿Cómo se practica eso de «amar al marido»? Es muy probable que hayas leído en diversas ocasiones los pasajes de las Escrituras en los que se nos define como ayuda idónea y se nos llama a la sumisión. Puede que este sea el marco en el que te esfuerces por demostrar amor o quizás tu día a día se llena de todo menos de esto.

Analiza conmigo lo siguiente: ¿qué implica ser ayuda idónea? Dentro de las cosas que vienen a mi mente está: el ser soporte emocional y espiritual, compartir la intimidad física, ser apoyo en los proyectos de vida, ser cuidadora del hogar, aunar esfuerzo en la crianza de los hijos, apoyar económicamente, entre otras. Al repasar esta lista podríamos preguntarnos: ¿Es esto amar? Cuando mi esposo me ve, ¿Se siente amado por mí? O mejor aún, cuando me encuentra afanada con muchas cosas, ¿piensa que lo hago por amor a él o para escapar de él?

Nuestros esposos perciben el cariño de manera muy distinta a nosotras. Para ellos es importantísimo el respeto, la admiración de su esposa, el sentido de ser el proveedor y protector de su familia. Tu hombre es más estimulado al el oírte decir: «Amor, gracias por todo lo que haces por mí y por los niños. Gracias por esforzarte por nosotros.» que por un momento de romance. Ser mujer humilde de corazón y tener actitudes (pensamientos y palabras) y comportamientos (acciones) que lo respalden, definitivamente gritará a viva voz a nuestros esposos cuánto los amamos y cuanto estamos dispuestas a sacrificar por causa de nuestro amor por Cristo.

Amando a tus Hijos

La segunda cara de nuestro prisma es el amor por nuestros hijos. Quizás se te acaba de iluminar el rostro tan solo de leer esto. Pensamos en los hijos que Dios nos ha dado y de inmediato se nos enternece el corazón; pensamos en sus abrazos y esto es suficiente para que se nos alegre el día. O por el contrario, quizás al pensar en tus hijos sientes como si una espada traspasara tu corazón, sea porque están lejos o porque sus vidas llevan una dirección alejada del camino de Cristo.

Al mirar con detenimiento esta cara del prisma, ¿cómo definiríamos el «amar a los hijos»? Ese amor es evidente en el tiempo que les dedicamos, en el cuidado que tenemos por ellos –bañar, alimentar, llevar a la cama. Amar es proteger, criar, enseñar, disciplinar, formar carácter, administrar el hogar– ¡Uy! ¡Cuántos verbos! ¡Cuánta acción! Los actos de servicio para con otros son evidencia poderosa de amor. ¿Lo entienden así nuestros hijos o para ellos tan solo «hacemos cosas» y «estamos siempre ocupadas»? ¿Te ves amando a tus hijos cuando tienes que levantar sus juguetes, mediar entre conflictos, restringir el uso del internet, hacer la cena o lavar la ropa?

Amar a nuestros hijos es más que darles comida y cobijo, es más que darles regalos y mantenerlos ocupados. Amar a los hijos es, y siempre será, reconocerlos como la herencia de Dios que ha sido puesta en nuestras manos. Por ende nuestra crianza estará enfocada en orar por su corazón no converso, pidiendo que Dios les dé fe para arrepentimiento, que les llame a salvación y que puedan vivir para Su gloria y reino.

«Y lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de El a Dios el Padre (…) Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el señor y no para los hombres, sabiendo que del señor recibiréis la recompensa de la herencia. Es a Cristo el señor a quien servís.» - Colosenses 3:17 y 23

Muchas veces nos aferramos al genuino deseo de ser la mejor esposa que hombre sobre la faz de la tierra pueda tener y nos esforzamos mucho en ello. Quizás tu caso sea el de querer ser esa madre ejemplar cuyos hijos responden a una crianza saludable, provechosa, bíblica y llena de méritos: la casa luce perfecta, la ropa, la comida, los horarios...realmente nos volvemos talentosas en armar este rompecabezas de vida, pero olvidamos muchas veces nuestro primer amor, Dios, que es el único que puede llenarnos y ayudarnos a inundar de amor al esposo y a los hijos.

Colosenses 3:16 nos da la clave para poder «ser» y «hacer»:

«Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones.»

Es por la abundancia de su Palabra en nosotras que podremos ser esposas y madres competentes y ejemplares. Mujeres llenas de gozo, alabanza y acció de gracias, llenas de contentamiento y con un corazón servicial a favor de nuestros esposos, hijos y todos los que interaccionan con nuestras familias.

DESAFIO DE AMOR

Quiero concluir con un desafío para nosotras y consiste en lo siguiente (si te sientes lo suficientemente creativa puedes colocar algunas de tus respuestas en algún lugar visible de tu casa o en los comentarios más abajo):

  1. Haz un inventario de tu familia. Agradece y aprecia tu tesoro familiar. ¿Qué es lo que más amas de tu esposo? ¿Qué en él te produce admiración y respeto? ¿Qué es lo que más amas de tus hijos? ¿Cuáles cosas son las que más disfrutas de cada uno de ellos en particular y qué hace a cada uno de ellos especial a tus ojos?
  1. Establece prioridades. Busca la manera de dar lo mejor de ti a tu esposo y a tus hijos (se vale incluir nuestra apariencia física). Piensa qué puedes hacer para que tu esposo e hijos se sientan más amados por ti. Incluye estrategias que puedes usar en la casa para distribuir mejor el tiempo y los quehaceres y tener tiempo para la mejor parte: estar con los que amas.
  1. Mejora la comunicación con tu esposo y tus hijos. Trata de disminuir los monólogos al esposo, esos en los que hablas y lo abrumas con los temas de la casa. (Yo sufro de este mal; aprovecho cualquier apertura para hablar y lo bombardeo… ¡pobrecito!)
  1. Ayuda a tus hijos en la interacción diaria, manifiesta menos frustración, mayor flexibilidad, mayor aceptación y amor.

Que Dios nos ayude a ser esposas y madres para Su gloria.

 

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Sobre el autor

Jannelle Gómez de Ramírez

Jannelle Gómez de Ramírez

Jannelle es Dominicana y vino a Cristo a la edad de 9 años y por la gracia del Señor, desde entonces y hasta ahora, su amor por la Palabra de Dios y su involucramiento en diversos ministerios de su iglesia local, le han dado la oportunidad de poder interactuar y enseñar tanto a niños, como adolescentes y jóvenes universitarios. Jannelle ama a Cristo con todo su corazón y anhela ser esa mujer conforme a su precioso diseño divino. En la actualidad vive en la ciudad de Santo Domingo junto a su esposo Geraldo y sus dos hijos pequeños, Dominique y Lucas.

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