Unidas: Cuando los corazones claman

Llegué aquí sintiéndome _________; espero irme _________.

Esa era la pregunta planteada a los miembros del equipo del blog de True Woman cuando nos reunimos en un momento de oración y apoyo antes de la primera sesión de True Woman ’16: Cry Out! (en español, Mujer Verdadera ’16: ¡Clama!) creo que mis respuestas fueron “cansada” y “avivada” pero siendo la mañana luego de un viaje en carro de doce horas con apenas media hora de sueño, la respuesta más honesta debió haber sido . . .

Llegué aquí sintiéndome en blanco; espero irme no en blanco.

Pero como siempre, Dios tenía un plan para mi fin de semana en Indy, y al final, Él proveyó una respuesta que nunca habría anticipado en una forma que me tomó por sorpresa. (Manténte atenta para que leas esa respuesta al final de este artículo).

Un clamor renuente, de todas formas, es un clamor

Anoche cuando miraba de nuevo el evento del Simulcast reflexioné en el trayecto que me condujo a los eventos de esa noche. Meses antes había escrito sobre mis emociones iniciales de temor y renuencia, pero por medio de la oración esos temores dieron lugar a una gran anticipación de cómo Dios podría usar la conferencia y el Simulcast para atraer nuestros corazones de nuevo hacia Él.

La noche de ¡Clama!, estaba de pie en el centro de convenciones con todos esos pensamientos dando vueltas en mi mente. ¿Cómo será? ¿Cuán vulnerable debo ser exactamente? ¿En realidad debo llorar para clamar? Y entonces algo ocurrió que se llevó todos mis prejuicios, dudas y hasta mi atolondrada expectativa.

Comenzamos a orar.

Hermanas juntas, mano a mano, somos iguales

Conforme la Providencia dispuso, durante el transcurso del día viernes, nuestro pequeño grupo de mujeres de una iglesia rural del Medio Oeste estaba rodeado de una deliciosa mezcla de hermanas hispanohablantes.  Su entusiasmo, intensidad y adoración genuina eran increíblemente estimulantes, a pesar de que era un poco diferente a lo que la mayoría de nosotras estábamos acostumbradas.  

Éramos un grupo de seis, por lo que cuando se nos pidió que nos uniéramos en grupos de tres o seis integrantes para el simulcast, nos hacía sentido que permaneciéramos juntas. Sin embargo, ¡el Padre tenía otros planes!

Un trío de la fila detrás nuestro no tenía con quién formar su sexteto y nos pidieron unirse a nosotras.   

“Ellas no hablan inglés” una de las miembros del grupo comentó, a otra de las mujeres.

“Está bien” respondió otra. “Nuestro Dios escucha”.

Y por supuesto ¡Él lo hizo! Las horas que siguieron fueron preciosas. Juntas dimos gracias a Dios por Quién es. Nos arrepentimos y pedimos perdón. Oramos por nuestras familias, iglesias y países.  

Nuestras oraciones fueron elevadas tanto en inglés como en español, pero más frecuentemente en el idioma común – el idioma no hablado que sale de corazones unidos a Cristo y, por ende, entre ellos mismos. No sé cuántas de las oraciones de mi grupo, fueron entendidas por las hermanas hispanohablantes. Y la única experiencia de conocer algo de español en nuestro grupo correspondía a una hermana que lo enseña en una escuela cristiana. (A menos que ver muchos episodios de Dora la exploradora, cuente).

¿Creerías esto? No fue importante. Para nada.

Cuando oramos, ellas se unieron y decían en español, “¡Si, Padre!” y “¡Amén!” Nuestros corazones y nuestras voces repicaban consintiendo con sus peticiones apasionadas.  La barrera del idioma no significó nada. Al contrario, construyó un puente entre corazones, iglesias, hogares, y naciones que se encontraban a miles de kilómetros de distancia.  Fue un dulce tiempo de oración que nunca olvidaré. De hecho, fue un vislumbre del trono.  

Un día, clamaremos juntas de nuevo

¡Y ese día ciertamente ya viene! Un día ya fijado y sellado en el cual los ángeles cantaron en Apocalipsis al servicio del Señor, Juan:  

Y cantaban un cántico nuevo, diciendo:

Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación.

Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra. (Ap. 5:9-10)

Un día, cuando cada criatura en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra, y bajo los mares, y todo lo que esté en ellos dirá:

“Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir:

Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron”. (Ap. 5:13-14).

Un día, cuando el idioma, ni la ubicación, ni la economía, ni la política, ni la raza, ni nuestros corazones pecaminosos ni nuestros cuerpos mortales serán una barrera. ¡oh! ¡Cuánto anhelo ese dí! ¡Ya viene! Pero mientras tanto…

Oramos

“Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a El porque le veremos como Él es.” (1 Juan 3:2).

Hasta ese momento, amadas hermanas, oramos. Clamamos. Nos predicamos el Evangelio a nosotras mismas, aunque nuestros corazones se sientan que están “en blanco”. Juntas buscamos la carne de la Palabra de Dios y como nos recordó Janet Parshall, vivimos como mujeres de Dios adultas.  No tenemos que esperar que las plañideras de Jeremías lleguen en la generación de nuestras hijas o nietas. Debemos ser las plañideras ahora, mientras ¡todavía se llama hoy!

Corazones avivados

Creemos que el Señor usará la conferencia y el simulcast para nuestro bien y para Su gloria. Pero un día, un fin de semana, no es suficiente. Imagínate si Jeremiah Lanphier hubiera parado luego de su primera reunión de oración. Si hubiera pensado ‘bien hecho, ¡uao! Sigamos con lo próximo’.

¡No! Él perseveró. Él continuó orando. Y Dios usó su fervor para encender una llama que todavía hoy continúa. No veamos a ¡Clama! como algo que hicimos un fin de semana de Septiembre.  Debemos continuar el clamor, para siempre, por nuestros corazones, nuestros hogares, y la iglesia universal de Cristo.   

Tengo la esperanza de que las oraciones de las mujeres y naciones representadas ese fin de semana, fueron un dulce aroma al Señor. En la medida en que continuemos orando, que ese mismo aroma, desde diferentes localidades alrededor del mundo, suba hasta Él en los días, meses, años por venir.

¡Gracias, Señor!

Llegué aquí sintiéndome consumida; me voy de este lugar ¡encendida!

Amen, y Amén, and Amen!

¿Y tú, querida lectora? ¿Qué has hecho para que el clamor sea parte de tu vida diaria?  ¿Cómo ha usado el Señor los artículos del blog con el tema de enséñanos a orar o alguna otra conferencia o experiencia para fortalecer tu vida de oración?  ¿Cómo podemos orar por ti, en la medida en que perseveramos?

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