Aviva Nuestros Corazones Podcast

El Padre Nuestro, día 5

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Soy Nancy DeMoss de Wolgemuth, y antes de comenzar el programa de hoy de Aviva Nuestros Corazones, quiero darte una muy buena noticia. 

Se avecina un importante aniversario, el aniversario del movimiento Mujer Verdadera. Y queremos invitarte a celebrar con nosotras en la conferencia True Woman '18. Este año 2018 marcará 10 años de las conferencias True Woman. Eso significa 10 años de mujeres buscando al Señor, 10 años de mujeres aprendiendo a vivir el plan de Dios para sus vidas. Diez años de mujeres diciendo: «Sí, Señor» y abrazando su diseño y sus diferentes roles en las diferentes etapas de sus vidas, por el poder del evangelio.

Visita AvivaNuestrosCorazones.com y conoce cómo ser parte de la conferencia True Woman '18, titulada, «La Verdad que te hace libre», los días 27, 28 y 29 de septiembre. Reúne a un grupo de hermanas y amigas, y juntas participen de la transmisión en vivo. Busquemos juntas al Señor a través de la verdad de Su Palabra.

Escucha el impacto que una de nuestras conferencias tuvo en la vida de esta oyente,

Mara: Hola, mi nombre es Mara Rojas, soy de Costa Rica y vine a la conferencia en Querétaro y pensé que ya todo lo conocía. Tengo un año de seguir Aviva Nuestros Corazones y realmente después de la conferencia he cambiado mi corazón. Todas estas damas y sus mensajes a través de la Palabra de Cristo me renovaron. Pensé que ya sabía muchas cosas y no las sabía. Realmente ahora tengo otra cosmovisión de la vida a través de Jesucristo y lo que todo esto puede hacer y solamente ha habido un medio por el cual lo he logrado y ha sido Aviva Nuestros Corazones. Agradezco tanto que ellas hayan tenido tantos temas, especiales para mí como esposa de pastor. Agradezco tanto este tiempo, soy una persona sumamente feliz a través de la Palabra del Señor y de este programa. Gracias.

Nancy: Hay muchas mujeres que no saben el significado ni las implicaciones de las palabras, «Padre nuestro», como inicia la porción de la Escritura que estamos estudiando en estos días. Y Dios puso hace años en mi corazón, alcanzar a las mujeres con un mensaje de avivamiento y feminidad bíblica, para ayudarlas a escapar de las mentiras y de las ataduras que les impiden abrazar a su Padre celestial. Y tú, ¿te unirás al movimiento?

Annamarie Sauter: ¿Te identificas con esto? ¿Te da esto aliento? ¿Es Dios tu Padre?

Nancy: Te diré algo, si hoy visitara la Casa Blanca, no habría manera de que yo pudiera ver al presidente. No conozco a ninguna persona que pudiera hacer que me dejen entrar a ver al presidente de los Estados Unidos.

Pero cuando me acerco al trono de Dios, del Dios del universo, tengo acceso inmediato, 24/7. En toda circunstancia, en cada situación yo puedo ir a Él, porque Él es mi Padre.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

¿Le has sacado provecho hoy al acceso total y directo que tienes como hija de Dios? Aquí está Nancy, para continuar con la serie titulada, «El Padre Nuestro».

Nancy: Si has estado escuchando nuestra serie sobre El Padre Nuestro, es probable que te hayas preguntado si alguna vez vamos a llegar al Padre Nuestro. Pasamos las primeras cuatro sesiones hablando sobre el contexto y los antecedentes de la oración del Señor. Luego, en la última sesión, por fin llegamos a las dos primeras palabras de la oración: «Padre nuestro».

Espero que a medida que estudiamos esta oración, te estés tomando el tiempo para meditar sobre estas palabras, pidiéndole a Dios que te enseñe por medio del Espíritu Santo, como lo he hecho yo, a crecer en tu vida de oración a medida que utilizas el Padre Nuestro como base, patrón, guía, o modelo para la oración.

Empezamos con esas dos palabras, «Padre nuestro», pero son tan ricas que no puedo dejarlas allí. Vamos a pasar un par de días más hablando de nuestro Padre, y quiero que miremos hoy algunas de las implicaciones prácticas que tiene el que Dios sea nuestro Padre, y que podamos orarle a Él como nuestro Padre.

Vimos en la última sesión lo radical que fue en época de Jesús, que Él dijera que podían comenzar esta oración diciendo: «Padre nuestro». Eso fue algo inaudito para los judíos. Nunca habían sido capaces de llamar a Dios, «Padre nuestro» de forma individual. Sí, Él era el Padre de su nación, pero solo hay catorce referencias a Dios como Padre en todo el Antiguo Testamento.

Y entonces llegamos a los evangelios, y hay entre sesenta o setenta veces en las que Jesús llama a Dios Padre. ¡Increíble! ¡Impensable! ¡Impresionante! ¡Qué privilegio es esto! Quiero que pasemos más tiempo empapándonos en la maravilla de algunas de las implicaciones, de lo que significa ser capaces de llamar a Dios nuestro Padre.

Al orar y meditar en esta frase, probablemente hay otras que te vienen a la mente, pero permíteme compartir contigo algunas de las implicaciones que me han llegado a través de mi meditación.

En primer lugar, cuando decimos, «Padre nuestro», nos damos cuenta de que no somos seres independientes; que somos seres creados, y que Dios es nuestra fuente. A veces hablamos de que alguien es «el padre de la ciencia moderna», o el padre de un estudio en particular, esto significa que ellos fueron los que lo empezaron. Son el comienzo, la fuente principal.

Dios es el Padre. En el sentido de que Él es el Padre, en un sentido de toda la creación, no en el sentido de que Él tiene una relación íntima de Padre-Hijo con Jesús, sino en el de que Él empezó la creación entera.

Tenemos que nacer en Su familia mediante la adopción, como hablamos en la última sesión. Pero nos damos cuenta cuando llamamos a Dios Padre nuestro, que no somos independientes. Nosotras no nos creamos a nosotras mismas. No podemos respirar sin Dios. Decir Padre es darnos cuenta de que nuestro origen está en Él y que hemos nacido de Dios, que nosotras obtuvimos nuestra vida de Él.

Así que cuando le oramos, le estamos orando al Creador. Le estamos orando a la fuente de toda buena dádiva. La oración nos pone en una situación de dependencia, y decir, «Padre nuestro», es un reconocimiento de ello.

Entonces, cuando oramos, «Padre nuestro», estamos hablando de la relación con Dios. Es una referencia, creo, a la intimidad que podemos tener con Dios como sus hijas, una relación íntima. Estamos hablando de la cercanía de Dios.

«El Padre Nuestro» es realmente la esencia de la verdadera oración. No es un método. No es una fórmula. No son algunas líneas que repites una y otra vez. Es una relación.

Muchas veces creo —una vez más, quiero hablar por mí misma— que con frecuencia mis oraciones carecen de ese sentido de relación, ese sentido de compañerismo. Disfruto hablar con otras personas. Me siento cómoda hablando con otras personas. Tengo algunos amigos maravillosos. Disfrutamos de la compañía los unos de los otros; hablamos.

Pero de alguna manera al entrar en la oración, es como si no hubiera una relación allí. Yo sé lo que tengo que decir. Yo sé lo que tengo que hacer o pedir. Sé cómo tengo que adorar. Pero estoy perdiendo el sentido de la relación.

Y a medida que he estado meditando en el Padre Nuestro, el Señor me ha estado llamando a experimentar la oración más como una relación, a reconocer que yo me estoy acercando a Él, no solo como el gran ser supremo, el eterno Dios, y Él es todo eso, sino como alguien con quien me relaciono estrechamente, íntimamente, alguien que está cerca.

No le estoy orando a un extraño. No le estamos orando a alguien que es indiferente. Como hemos dicho, las religiones paganas a menudo ven a Dios como un ser indiferente. Le estamos orando a alguien que quiere tener una relación íntima con nosotras.

Cuando oramos, estamos acercándonos, a través de Cristo, a alguien con quien nos relacionamos íntima y eternamente, quien nos ama y es sumamente sabio y bueno, y sabe lo que es mejor para nosotras. Él se deleita en nosotras. Él está dispuesto y es capaz de protegernos y de proveer para nosotras y perdonarnos, como pedimos en el Padre Nuestro; alguien que tiene para nosotras como Padre mucho más de lo que podríamos imaginar.

Me encanta el versículo en 1 Juan 3:1 que dice: «Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios». Hay asombro en eso. Hay un sentido de intimidad, de cercanía, la cercanía de Dios.

En relación con esto, porque podemos llamarlo Padre nuestro, tenemos acceso al poderoso Rey, Gobernador, Regente y Soberano del universo. Te diré algo, si hoy visitara la Casa Blanca, no habría manera de que yo pudiera ver al presidente. No conozco a ninguna persona que pudiera hacer que me dejaran entrar a ver al presidente.

Pero cuando me acerco al trono de Dios, del Dios del universo, tengo acceso inmediato, 24/7. En toda circunstancia, en cada situación yo puedo ir a Él, porque Él es mi Padre.

Cuando pienso en Dios como Padre, a menudo pienso en mi propio padre. Mi padre nos enseñó mucho a través de su vida acerca de lo que es ser un buen padre.

Ahora, todas las analogías se rompen cuando estás comparando a cualquier ser humano con Dios, pero hubo aspectos de la paternidad de Dios que experimenté por primera vez al haber tenido un buen padre terrenal. Sé que muchas en esta sala no han tenido eso, pero solo quiero compartir con ustedes un poco acerca de mi padre para que puedan saber que es posible tener esa clase de relación.

Mi padre, Art DeMoss, era un hombre muy ocupado. Pero nosotros, sus siete hijos sentimos siempre que podíamos hablar con él, que podíamos ir donde él. No importaba con quién estuviera, no importaba lo que estuviera haciendo en su oficina, la sensación que teníamos era la de que él nunca estaba demasiado ocupado para ser interrumpido por nosotros.

Algunas personas tenían que hacer filas y conseguir citas con él; nosotros nunca tuvimos que hacer filas. A veces íbamos a su oficina. Esto era realmente un gran placer para nosotros. Normalmente los niños no podían pasar más allá de la recepcionista. No podían entrar y salir de la oficina de mi padre, por supuesto. Pero nosotros, sus hijos, podíamos, y esa era una gran cosa para nosotros. «¡Vamos a ver a nuestro padre!»

Teníamos acceso a la oficina del presidente, del propietario y fundador de esa empresa. Podíamos entrar a esa oficina del tercer piso porque él era nuestro padre, porque nuestro apellido era DeMoss. Si te llamas cristiana, si eres una hija de Dios, tienes acceso al trono de Dios.

Pienso en este pasaje de Hebreos 10, donde el autor de la carta a los Hebreos habla de cómo hemos recibido el acceso por medio de Cristo, por lo que Él hizo en la cruz al morir por nuestros pecados, y la implicación de eso. Él dice en Hebreos 10:19-22.

«Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús,por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, su carne, y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe».

Marcha directo a la puerta. ¡Entra por la puerta! Sube al trono, el lugar más sagrado, donde en el Antiguo Testamento, solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año. Ese velo que separaba el lugar santo del resto de los adoradores y del resto del templo se rasgó en dos, cuando Cristo murió.

A través de la fe en Cristo tenemos acceso a entrar en esa habitación, ver la sangre derramada sobre el propiciatorio, y decir: «Dios, cubierta por la justicia de Jesucristo, adoptada en Tu familia sin ningún mérito propio, vengo a la habitación principal, a la suite presidencial, a la oficina del Presidente, a la oficina del Rey». Tengo acceso a través de Cristo, y también lo tienes tú si eres una hija de Dios.

Ser capaz de llamarle Padre nuestro significa que cuando nos acercamos a Él, no tenemos que sentirnos molestas o encogernos de miedo. Podemos entrar con confianza. Eso es lo que dice Hebreos. Podemos llegar «con corazón sincero, en plena certidumbre de fe», porque venimos en confianza, en seguridad, en fe.

El Antiguo Testamento hace referencia a Dios como Padre de vez en cuando, pero Jesús introduce la paternidad de Dios como la base de toda verdadera oración. Los santos del Antiguo Testamento se acercaron a Dios con temor y temblor, y en alguna forma tenemos que recuperar ese sentido de respeto y de reverencia. Hablaremos de eso cuando lleguemos a la petición, «santificado sea tu nombre».

Los judíos en el Antiguo Testamento se acercaban a Dios como Jehová, Dios poderoso. Pero esa relación íntima de un niño hablando con un padre se hace posible solo a través de Jesucristo. A través de la fe en Cristo somos hechos hijos de Dios.

Una vez que somos Sus hijas, una vez que lo conocemos como el Padre, podemos estar seguras de que Él hará lo que le pedimos en cualquier asunto que Él haya declarado que es Su voluntad. Si Él ha dicho: «Esta es mi voluntad», podemos venir y orar con la confianza de que nuestro Padre lo hará.

Ahora, el hecho de que seamos hijas de Dios no significa que Él nos dará todo o cualquier cosa que pidamos. Pero sí quiere decir que Él nos concederá todo lo que esté de acuerdo con Su carácter, Su voluntad, y que sea para nuestro bien; que Él nunca nos negará, ni retendra ningún bien.

El llamar a Dios Padre nuestro quiere decir algo más. Creo que aquí una de las implicaciones importantes es el respeto y la reverencia por la autoridad de Dios como nuestro Padre. Existe la intimidad: Padre nuestro; pero también existe la sensación de que Él es el Padre y nosotros no.

Espero que tus hijos, no te hablen de la misma manera en que tratan a un igual. Tú educas a tus hijos para que te hablen con respeto, para que reconozcan tu posición como madre o como padre.

Cuando llamamos a Dios Padre nuestro, esto sugiere que le debemos el respeto y la devoción apropiada. Nosotros no somos Sus iguales. Él es la cabeza de esta familia de la fe.

Él nos invita a venir, Él nos da la bienvenida, nos dice que nos acerquemos. Él quiere tener intimidad con nosotras. Él nos ama. Él tiene compasión de nosotras. Pero Él es nuestro Padre, por lo tanto venimos a Él con respeto.

Hebreos 12, hace referencia a esto. En todo el capítulo 12, donde habla de la disciplina de Dios como Padre celestial, lo compara a la disciplina que recibimos de nuestros padres terrenales, y dice en el versículo 9,

«Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos, y los respetábamos, ¿con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestro espíritu, y viviremos?»

Llamarlo Padre nuestro significa que venimos con respeto y sumisión. Nos arrodillamos. «Padre nuestro, te amamos. Te adoramos. Te bendecimos. Nos acercamos a Ti, pero Tú no eres como yo. Tú estás a cargo. Tú eres la autoridad en esta relación».

Al hablar de Dios como nuestro Padre nos referimos al amor, al cuidado, la preocupación de Dios, Su compasión, y el corazón tierno de Dios. Hay una simplicidad de la vida cuando te ves a ti misma como una hija de Dios.

Te das cuenta de que nuestro Padre celestial conoce nuestras necesidades, y es capaz de suplirlas. Él nos alienta, nos invita, nos insta a venir y decirle nuestras necesidades como nuestro Padre. Él está comprometido a satisfacer nuestras necesidades. No está estresado o tenso por hacerlo.

A veces tus hijos te piden algo, como un coche o una educación universitaria, y piensas, «me encantaría hacerlo, pero nuestro presupuesto no nos permite complacer tu petición».

Tenemos un Dios cuyo presupuesto nunca se agota, nunca es forzado, nunca se estira, un Dios para quien nada es demasiado difícil, y un Dios que le encanta satisfacer las necesidades de Su creación y de Sus hijos; un Dios que se preocupa por nosotras, un Dios que siempre está consciente de lo que necesitamos.

Puedes seguir leyendo en Mateo 6 después del Padre Nuestro, y te encuentras con muchos de los cuidados y la compasión de Dios, aun por las flores silvestres y las aves. «Y si Dios viste así la hierba del campo. . . ¿no hará mucho más por vosotros?» (Mat. 6:30).

Tenemos un Dios que se preocupa, un Padre que se preocupa, un Padre que provee para Sus hijos y no solo nos da el cuidado y la atención que le da a la naturaleza o al reino animal que son suficientemente asombrosos, sino que Él nos da como sus hijas mucho más cuidado y atención, ya que Él ha dado a Su Hijo para redimirnos.

Como Pablo dice en Romanos 8:32, «¿Cómo no nos concederá también con él todas las cosas?» Él es un Padre generoso, un Padre amoroso, compasivo, cariñoso, preocupado.

Ahora, me doy cuenta (y me referí a esto en la última sesión), que cuando decimos la palabra padre, hay algunas hoy aquí, tristemente, para quienes esa palabra no evoca los recuerdos cálidos, positivos, o amorosos que yo tengo en mi corazón cuando pienso en la palabra padre.

Mi padre murió el fin de semana que cumplí mis veintiún años. Soy la mayor de siete hijos, y cuando mi padre murió, mis hermanos tenían entre 8 y 21 años. Nos dimos cuenta cuando murió que todos pensábamos que cada uno era su hijo favorito. Por supuesto yo era la que era realmente, pero todos pensábamos eso.

Así que hemos sido bendecidos con algo que muchas mujeres hoy en día no tienen. No estoy diciendo que él era un padre perfecto. De ninguna manera fue perfecto. Él habría sido el primero en decir eso. Pero él nos mostró mucho del corazón de nuestro Padre celestial.

Pero me doy cuenta de que muchas, muchas personas hoy, tienen recuerdos y asociaciones muy diferentes cuando piensan en la palabra padre. Las palabras que asocian con padre son cosas como: miedo, temor, abandono, dureza, incluso violación, imágenes equivocadas.

Quiero decirte que al estudiar los evangelios, te das cuenta de que Jesús vino a mostrarnos a Su Padre, que es diferente a cualquier padre terrenal que hayamos tenido. Incluso el mejor de ellos es solo un reflejo pálido de nuestro Padre celestial.

Por eso, si quieres conocer el corazón de Dios Padre, si quieres ser realmente capaz de orar «Padre nuestro», necesitas llegar a conocer a Jesús en las Escrituras.

Estoy mirando a mi amiga Jenny por aquí, cuyo padre murió cuando ella tenía tres años de edad. Ella nunca conoció a su padre. Pero ha llegado a conocer a su Padre celestial mirando en las Escrituras y conociendo quién es Jesús; Jesús, quien vino a revelarnos al Padre.

Él nos enseña que nuestro Padre celestial es un Padre fiel que nunca nos abandona; nunca abandona a Su familia; un Padre amoroso, un Padre dedicado, un Padre tierno, un Padre santo. Estudia la vida de Jesús, y verás lo que Él vino a revelarnos acerca de nuestro Padre celestial.

Esa relación con nuestro Padre, nuestro Padre celestial, es el fundamento de todo el Padre Nuestro. Oramos todo el resto de esta oración basadas en esas dos primeras palabras: «Padre nuestro».

Oramos como sus hijas: «Santificado sea Tu nombre». Eso significa que como sus hijas, nos encanta el nombre de nuestro Padre, y queremos verlo reverenciado y apreciado como santo.

«Venga tu reino». Como hijas suyas, decimos: «Señor, me encanta Tu reino. Tú eres mi Padre. Me encanta Tu reino, y quiero que reines y gobiernes en todos los corazones».

Como hijas suyas, amamos la voluntad de nuestro Padre. Por eso decimos: «Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Queremos ver a todos en todas partes obedecer la voluntad de nuestro Padre, porque Él es nuestro Padre, y amamos Su voluntad.

Venimos a nuestro Padre por la provisión del pan de cada día, confiando en que nuestro Padre está dispuesto y es capaz de satisfacer nuestras necesidades básicas.

Venimos a nuestro Padre para suplicarle por perdón, por misericordia. No venimos descaradamente, no hacemos alarde de nuestro pecado, de ninguna manera. Venimos entristecidas porque hemos pecado contra un Padre que nos ama tanto. Venimos en humildad de corazón. Venimos agradecidas de que Él nos extendió su perdón. Pero podemos acercarnos confiadamente por medio de Cristo Jesús, diciendo: «Padre, perdónanos nuestras deudas».

Pedimos a nuestro Padre que nos proteja de todo mal.

No sé por qué razón, porque mi padre realmente no era un hombre práctico en algunos aspectos, si alguien hubiera entrado en la casa, no estoy segura de que él hubiera sabido qué hacer. Mi madre probablemente habría sabido lo que se debía hacer en ese caso. Pero ¿sabes?, siempre me sentí más segura cuando papá estaba en casa, cuando había un hombre en la casa que tenía el corazón de un padre. Venimos a nuestro Padre para protegernos del maligno, de la tentación.

Todas estas peticiones en el Padre Nuestro vienen en el contexto de niños orando a su Padre. Es por eso que las dos primeras palabras son tan importantes. El resto de la oración no tiene tanto sentido y no será tan significativa. No será tan valiosa para ti si no lo ves a Él como nuestro Padre.

Charles Spurgeon lo dijo de esta manera:

¡Hay un paraíso en la profundidad de esa palabra: Padre! Es todo lo que puedo pedir; todas mis demandas y necesidades; la realización de todos mis deseos. Tengo todo, en todo y por toda la eternidad cuando puedo decir: «Padre». 1

Annamarie: Esta es Nancy DeMoss de Wolgemuth citando a Carlos Spurgeon. ¿Entendiste la cita? Si eres como yo, probablemente necesitarás regresar y reflexionar sobre la riqueza de estas palabras. Puedes hacerlo leyendo la transcripción de este programa. Diariamente encontrarás tanto el audio del programa como la transcripción, en AvivaNuestrosCorazones.com.

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Hoy hemos visto a Dios como nuestro Padre. ¿Es igualmente válido pensar en Dios como nuestra madre? Mañana Nancy responderá esta pregunta. Ahora ella regresa para concluir nuestro tiempo juntas en oración.

Nancy: Padre, te damos las gracias. Es increíble que Tú nos hayas amado lo suficiente como para adoptarnos en Tu familia, para ser adoptadas como Tus hijas. Te damos gracias por Tu cercanía, por la intimidad y por la relación que es posible tener contigo, el acceso, la confianza, la seguridad de Tu amor, Tu cuidado y Tu preocupación.

Venimos con respeto, con reverencia, con temor, maravilladas, asombradas, llenas de gratitud y alegría, a decirte: «Padre nuestro». Nuestro Padre, en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1Charles Hadden Spurgeon. De mañana te oiré.

*Offers available only during the broadcast of the podcast season.

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