Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Clama con un corazón quebrantado, día 2

Annamarie Sauter: ¿Te ves como alguien superior a las personas que te rodean? 

Nancy DeMoss Wolgemuth: Algunas de nosotras no podemos regocijarnos cuando Dios está haciendo una obra nueva, una obra fresca, una obra dulce, profunda. Pero quizás no está bien ordenada o no es exactamente como la hubiéramos planeado o escrito. Escucha, cuanto más tiempo tengas viviendo la vida cristiana, cuanto más alto asciendas en términos de posición, responsabilidad o influencia, mayor será la tentación de convertirte en una farisea moderna del siglo XXI. 

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Si estás leyendo la Biblia junto a nosotras este año, la lectura de hoy es Lucas capítulos 21 y 22.

Ayer escuchamos la primera parte de una serie de tres días titulada, «Clama con un corazón quebrantado». Nancy nos dió una ilustración de cómo luce la humildad. Nos habló de vivir sin techo y sin paredes. Sin techo quiere decir que somos completamente abiertas delante del Señor, y hoy escucharemos qué significa vivir sin paredes.

Nancy: Y pienso que a veces esto es más difícil porque sabemos que Dios lo conoce todo, todo, y no podemos engañarlo. Pero ustedes realmente no conocen, no saben lo que está pasando dentro de mí. Les contaré… en los últimos meses he estado aprendiendo que esto de vivir sin paredes es mucho más difícil vivirlo en el contexto particular de nuestras casas, nuestros hogares, nuestros matrimonios. 

Verás, es un tema de cada día, tengo que hacer una elección: «¿estoy viviendo con las paredes  levantadas o derribadas en relación a Robert? ¿Estoy siendo honesta? ¿Estoy siendo transparente sobre lo que hay en mi corazón?» Bueno, y esto no significa que tienes que decir todo lo que te viene a la mente, todo el tiempo. Eso no sería sabio. Pero sí quiere decir que no estamos levantando paredes, y en un momento hablaremos más de cómo luce esto.

Hay muchos ejemplos en las Escrituras de personas quebrantadas, humildes, contritas, arrepentidas. Y con frecuencia, esos ejemplos se contrastan con personas que no están quebrantadas. En el día de hoy quiero darte tres de esos ejemplos, que se encuentran en el Evangelio de Lucas; y en cada uno de estos casos verás que no se trata de quién es el peor pecador. Todos somos pecadores. Todos necesitamos la gracia de Dios. Así que no se trata de quién pecó más o de quién era el peor pecado. De lo que se trata es de la respuesta que cada una de estas personas dio a la convicción del Espíritu Santo de Dios. Eso luce muy diferente en cada persona.

En primer lugar, en Lucas 18: 9-14, vemos una ilustración de dos hombres religiosos que van al templo. Y en los otros dos ejemplos vamos a ver a dos hermanos y a dos personas en una cena. 

Los dos que asisten al templo lo vemos en Lucas 18.

Jesús contó una parábola y nos dice en las Escrituras quiénes estaban en su audiencia. Dice: «Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos (se exaltaban a sí mismos), y despreciaban a los demás». (Yo soy algo. Tú no eres nada). Ahora, ninguna de nosotras diría eso… eso espero, pero ¿con qué frecuencia pensamos de nosotras mismas como mejores que nuestro esposo, nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo o ese vecino? 

Jesús les estaba hablando a los que pensaban que eran muy importantes y que los otros eran menos. Él estaba constantemente lidiando con estas personas llamadas fariseos, que estaban entre la multitud ese día, por lo que usó a un fariseo como una de las dos personas en esta ilustración.

Un fariseo, que fue a la iglesia supuestamente a adorar, está delante de la presencia de Dios, mira a su alrededor y ve a este recaudador de impuestos, y se dice: «¿Cómo se atreve a entrar en este lugar santo?» Porque los recaudadores de impuestos eran conocidos como pecadores notorios. Eran tramposos, ladrones. Todo el mundo los odiaba. Fueron despreciados aun por los de su propia nación, eran viles. Eran considerados como una escoria. Eran lo más bajo.

Y ahí está este fariseo. Tiene un doctorado en teología y algunas otras cosas más. Estos eran los santos varones de Dios. Conocían la Palabra de Dios. Eran los hombres piadosos. Eran las personas que se dedicaban a la oración. Ellos eran los pastores, los profesores de la época, los líderes del estudio de la Biblia.

Entonces, el contraste es enorme, porque el fariseo se ensalza a sí mismo, y al ver de reojo a este recaudador de impuestos, dice: «Señor, te doy gracias porque no soy como otros pecadores que conozco, no como este recaudador de impuestos. Yo ayuno, oro, doy el diezmo» (vv.11-12, parafraseados). Empieza a enumerar todas sus credenciales espirituales a Dios.

Ahora, Jesús podría estar exagerando la forma en que este fariseo podría haber hablado, pero probablemente no estaba exagerando la forma en que el fariseo podría haber pensado sobre sí mismo. Y Jesús dice: «Esos dos hombres dejaron la iglesia ese día, y uno se fue a casa justificado». No fue el fariseo. Fue el recaudador de impuestos.

¿Cuál fue la oración del recaudador de impuestos? La Escritura dice que ni siquiera podía levantar los ojos al cielo, pero inclinó su rostro al suelo y dijo: «Oh Dios, ten misericordia de mí, un pecador» (v,13, parafraseado). Sin orgullo. Sin pretensiones. Sin cubrirse ni taparse. Sin intentar lucir mejor. Simplemente transparente ante Dios. Sin techo, sin paredes. 

Ahora, ¿a quién escuchó Dios? ¿Quién obtuvo respuesta a su oración?

Conozco algunas mujeres en la prisión de mujeres de McPherson en Arkansas, que están cumpliendo cadena perpetua por asesinato, sin posibilidad de libertad condicional; y creo que algunos días Dios escucha más las oraciones de ellas que mis oraciones. Es verdad que no tengo un historial delictivo, pero a veces soy tan orgullosa, cuido tanto lo que hago, cuido tanto mi imagen ante las demás personas.

Cuando me relaciono con mujeres como estas, cuando suben a la plataforma en algunas de nuestras conferencias, puedes sentir que no les importa lo que los demás piensen de ellas. No tienen nada que esconder. No tienen nada que perder si son honestas. Y yo aquí tratando de proteger mi reputación, cuidando lo que digo, lo que hago en público, cuidando mi persona. En ese momento… ¿las oraciones de quién escucha al Señor, las de ellas o las mías?

Bueno, Jesús también contó otra historia sobre dos hermanos, que se encuentra en Lucas 15: 11–31, y, nuevamente, en la audiencia de ese día había dos tipos de personas. Estaban los recaudadores de impuestos y los pecadores que habían venido a escuchar a Jesús. Eran como esponjas. Simplemente se empaparon de Sus palabras. Fueron humildes. Pero estaban también allí los fariseos y los escribas. Los imagino como apartados de la multitud, ellos no iban a acercarse demasiado. Pero los pecadores estaban apretando a Jesús, amaban a Jesús porque sabían que lo necesitaban.

Los fariseos, los escribas, los maestros de la ley son los que tienen los brazos cruzados, sentados allá atrás escudriñando, evaluando, criticando, murmurando. «¿A cuál escuela asistió? ¿De dónde obtuvo su educación? Nunca había oído hablar de eso de esa manera». Tenemos algunos de ellos en algunas de nuestras iglesias. ¿Y no estamos muchas de nosotras a veces en ese mismo lugar?

Bueno, esas eran las personas en la audiencia ese día, así que Jesús dijo: «Permítanme contarles una historia. Había dos hermanos…» Conoces la historia. Cuenta sobre el hermano menor que tenía un corazón duro, voluntarioso, independiente, rebelde. Gastó la herencia de su padre. Le dijo a su padre: «Dame lo que me toca». Pidió la herencia antes de tiempo, la tomó, la derrochó en un estilo de vida promiscuo. Y luego, cuando lo había gastado todo, dice la Escritura, que comenzó a estar «necesitado».

Cuando Dios te pone en un lugar donde estás necesitada, dale gracias. Ese es el mejor lugar en el que podemos estar, donde no tenemos soluciones. Se le acabó el dinero. Sus amigos lo dejaron. Pensó que ya no tenía a su familia. Estaba desesperado, desamparado, necesitado.

Y la Escritura dice que «volvió en sí». Volvió a sus sentidos. Fue como una llamada de atención, una alarma. Y en tu caso: ¿cuándo recibiste un llamado de alerta? Es cuando volvemos en sí. Volvemos al sano juicio, a nuestros sentidos. Somos honestas sobre nuestros fracasos y admitimos nuestra necesidad.

Luego de esto, viene el arrepentimiento. Éste hermano menor vuelve en sí y dice: «Me levantaré de esta pocilga y volveré a mi padre». Iba en una dirección, en su propio camino, pero se detiene. Recibe esta llamada de alerta. Se da media vuelta y dice: «Me levantaré y volveré al lugar donde dejé la gracia». Eso es arrepentimiento.

Puedes ver a este joven practicando su discurso todo el camino a casa. Está muerto de miedo, porque en ese tiempo, si un hijo se rebelaba lo podían apedrear. No sabía qué sucedería, con qué tipo de recepción se encontraría. Entonces, estaba practicando. «Le voy a decir a mi papá: “Oh, papá, he pecado contra Dios (sin techo). He pecado contra ti (sin paredes). Ya no soy digno de ser tu hijo. ¿Me dejarías ser uno de tus sirvientes que has contratado?”» Porque él pensaba, «me muero de hambre aquí en esta pocilga  de cerdos. No tengo nada para comer, y mi papá ha contratado trabajadores que están mejor que yo. Tal vez me dejará trabajar en su campo».

Dice que su padre lo ve «cuando aún estaba muy lejos», dice la Escritura. ¿Por qué? Porque había estado esperando, anhelando que Dios cambiara el corazón de ese hijo y lo trajera de regreso. Fíjense, por cierto, que en este caso él no fue a perseguir a su hijo.

Y permítanme decir, mamás y abuelas –hago un pequeño paréntesis aquí– pueden tener un hijo, una hija o un nieto rebelde y de voluntad recia, y puedes llorar hasta quedarte dormida por la noche, tan agobiada por la forma en que está destruyendo su vida. Pero no lo rescates de esa cruz.

Ahora, no sé qué significa eso en tu caso, en tu situación, eso no significa necesariamente que no hagas nada, pero creo que hay algunas personas que piensan que aman a sus hijos y lo que están haciendo realmente es facilitarles mantenerse alejados de Dios. Deja que Dios trate con ellos. A veces solo necesitas quitar las manos y decir: «Señor, Tú eres Dios». Esto es difícil. He visto a muchas mamás pasar por eso y es difícil.

Pero este papá dejó que Dios tratara con su hijo. Pero ahora el papá sale corriendo. Puedes imaginarlo. Simplemente imaginemos el abrazo. Antes de que el hijo pueda llegar a casa…ni siquiera ha terminado con su discurso: «He pecado contra Dios. He pecado contra ti». Pero antes de que pueda decir el resto su padre lo ha abrazado y le ha dicho: «Bienvenido a casa, hijo. Celebremos. Vamos a hacer una fiesta».

Y matan al becerro gordo, y comienza la música. Y pienso que esa familia el ambiente en esa familia hasta ese momento había sido desagradable y mal humorado, y todo el tiempo triste. Estaban como de duelo por este hijo. Pero ahora el hijo perdido ha vuelto a casa y están celebrando. Todos están contentos excepto el hermano mayor, que según él, nunca había hecho nada malo.

Él se consideraba obediente. Era el primogénito. Estaba manteniendo su compostura. Él hace lo que se supone que debe hacer todo el tiempo, lo correcto. Y está en el campo, escucha música y piensa: No ha habido música por aquí desde que mi detestable hermano menor se fue de casa. ¿Qué sucede? Entonces le pregunta a un sirviente: «¿Qué está pasando?»

El sirviente le cuenta los hechos, pero no le dice toda la verdad. Le dijo: «Tu hermano ha llegado y tu papá lo ha recibido sano y salvo».

Bueno, esos eran los hechos, pero no era toda la verdad. «Dile en qué condición llegó, que llegó humilde y quebrantado. Venga, vamos a celebrar».

Pero el hermano mayor es una imagen de esos fariseos de pie detrás de la multitud, escudriñando, evaluando, criticando, murmurando. «¡¿Qué?! ¡Yo nunca! ¡Debería sufrir por lo que hizo!»

Su padre escucha: «Tu hijo está disgustado afuera, no entra a la casa. Será mejor que vayas a hablar con él». El papá sale de la fiesta. Me han dicho que en la cultura judía cuando el padre o el hombre de la casa dejaba la fiesta, la música se detenía, el baile se detenía, la fiesta se detenía. Bueno, el papá sale y trata con este hermano mayor de corazón duro que es un fariseo, orgulloso e inquebrantable.

¿No es esa una imagen de lo que está sucediendo en algunas de nuestras iglesias? No hay mucha celebración. No hay mucha vida. No hay mucha alegría. ¿Sabes por qué? Porque los pastores siempre tienen que estar lidiando con los fariseos, la gente orgullosa, no quebrantada. «Tomaste mi espacio del estacionamiento. Ese ha sido mi espacio en el estacionamiento; desde 1946 me he estado estacionando en ese lugar». «Mira están permitiendo que esos jóvenes, esos adolescentes se reúnan en nuestro salón de clases de la escuela bíblica. Escúchalos. Son tan ruidosos. Míralos. Tienen agujeros en la ropa por todas partes y tatuajes por todas partes». Estos pobres pastores siempre están apagando el fuego con los fariseos.

Y lo que sucede es que la gente viene a Jesús, pero no son perfectos. No hablan, ni lucen ni actúan como todos los demás. Algunas de nosotras vemos a estos recién convertidos, a esos cristianos recién nacidos, y los vemos tan llenos de gozo, y cada vez que cantan, no conocen todas las palabras, no conocen la melodía, simplemente hacen ruido, y lloran y levantan las manos. Y ahí estás pensando, «dales unos meses, lo superarán. Bueno, lo harán si se sientan a tu lado.

Escucha, nuestro Padre celestial recibe a los pecadores quebrantados. Para ellos es el evangelio. Y no es que los fariseos no sean pecadores. Es que no están quebrantados. No se dan cuenta de su pecado. No se dan cuenta de cuánto necesitan la gracia de Dios.

Algunas de nosotras no podemos regocijarnos cuando Dios está haciendo una obra nueva, una obra fresca, una obra dulce, una obra profunda, pero…quizás no está bien ordenada, no está organizada, no es exactamente como la hubiéramos planeado o escrito. Escucha, cuanto más tiempo tengas viviendo la vida cristiana, cuanto más alto asciendas en términos de posición, responsabilidad e influencia, mayor será la tentación de convertirte en una farisea moderna del siglo XXI. Lo sé porque lo sé.

Sé que hay mujeres que vienen a nuestras conferencias, mujeres que han sido salvadas desde hace treinta, cuarenta, cincuenta años, y conocen la rutina, pero han perdido la relación con Jesús.

Ahora, sé que hay algunas mujeres así, y muchas veces yo misma me he sentido así.

Estoy muy ocupada. Conozco la rutina, pero no tengo ese sentido dulce y fresco de la relación con Jesús. Sin techo. «Señor, esa soy yo». Sin paredes. 

Y le pido al Señor que avive mi corazón y que me guíe y me acerque a Él de una manera fresca, dulce, para dar ese primer paso de regreso a casa, no como una hermana mayor orgullosa, sino como una hija pródiga necesitada… Y Dios, como el Padre amoroso y perdonador que es corre a encontrarnos con Su gracia cuando lo hacemos.

Bueno, dos religiosos, dos hermanos, ahora veamos dos personas en una cena, ese el tercer ejemplo, en Lucas 7: 36-50.

Nuevamente, tenemos un fariseo involucrado aquí. Simón es su nombre. Él es el anfitrión de esta cena para Jesús. A él lo conocemos por nombre en esta historia. La otra persona en la cena es una mujer de quien no conocemos su nombre. Nos dice que era una mujer de la ciudad que era pecadora. Eso significa, probablemente, que era una mujer inmoral. Tenía mala reputación. Todo el mundo la conocía. No necesitabas saber su nombre, todos sabían quién era.

¿Cómo entró en esa cena? No lo sabemos. Ella vino, probablemente sin invitación, no estaba en la lista VIP. Ella no estaba en la lista de nadie, era objeto de desprecio, burla, vergüenza y culpa. Pero se abre paso hacia esa cena. Mientras he estudiado este pasaje, a lo largo de los años, creo que lo que probablemente sucedió fue que ella había escuchado a Jesús o lo había encontrado en algún lugar antes de este momento, y Él había cambiado su vida. Él le había dado Su gracia, y ahora ella regresaba para decirle: «Gracias. Te amo. Estoy muy, muy agradecida».

Ella se abre camino en esta cena, y todo lo que hace es a los pies de Jesús. Ella es humilde. Y el contraste aquí es entre ella y Simón el fariseo. Él está viendo cómo está sucediendo todo. Primero, ella «está detrás de Él», dice la Escritura. A sus pies, ¿qué significa eso? Quizás sabes que en Oriente, en las cenas, comían reclinados, apoyados en un brazo con los pies hacia atrás. Entonces ella viene por detrás a los pies del Señor, en silencio, como en el anonimato.

Ahora, estoy segura de que esta mujer nunca tuvo la intención de hacer una escena, ser vista, ser notada, y mucho menos de que nosotras estuviéramos hoy hablando de ella en este programa después de miles de años. Mientras estaba allí, creo que solo quería estar cerca de Él, para decirle desde su corazón: «gracias, gracias. Estoy muy agradecida. Me salvaste. Cambiaste mi vida».

Mientras estaba allí, las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos. Ella no dijo: «Voy a llorar ahora». No puedes escribir eso. Pero las lágrimas fluyeron de sus ojos, por sus mejillas y hasta los pies de Jesús. Era casi como si estuviera avergonzada. Ella se agacha aún más a los pies de Jesús y comienza a secarle los pies con su cabello. No sé qué tan largo era su pelo, pero tuvo que agacharse a los pies de Jesús.

Luego toma este frasco de ungüento que había traído. Algo, tal vez, que había estado guardando como instrumento de su oficio (quizás podría decirlo así), para usarlo en un hombre especial. Pero ahora había conocido al HOMBRE que había redimido su vida, ¿y qué más va a hacer con esto?

Rompe ese frasco y vierte este ungüento caro a los pies de Jesús. Tranquila, humilde, sin hacer una escena, sin actuación.

Por otro lado, vemos a Simón, el anfitrión de esta elegante cena. Está mirando a su alrededor y ve a esta mujer. (Siempre tiene los brazos cruzados) Está pensando para sí mismo, si Jesús supiera qué tipo de mujer es ella, no la dejaría hacer eso. ¡Qué indecoroso!

Bueno, Jesús no solo sabía quién era esa mujer y qué estaba haciendo y cuál era su pasado, sino que Jesús también sabía lo que Simón estaba pensando. Y Jesús le cuenta una historia a Simón. Él le dice: «Déjame contarte…» No voy a entrar en todos los detalles, pero le habla de dos personas. Una que tenía una enorme deuda y otra que debía poco, y las deudas fueron pagadas. Al que debía mucho le perdonaron la deuda, «¿cuál amará más a su amo?»

Y Simón contesta: «Bueno, al que más se le ha perdonado, por supuesto».

Y Jesús le dice: «Correcto. ¿No lo entiendes Simón? Entré a esta casa y no me diste agua para lavarme los pies. No me diste un beso (una señal normal de saludo que hacía con un invitado de honor). No ungiste mi cabeza con aceite. (Estos eran signos de hospitalidad). No hiciste nada de eso porque eres demasiado orgulloso. Crees que eres lo máximo de esta casa. Tu amor, tu afecto por Mí se mide, se controla. Pero esta mujer es real, me ama y es honesta. ¿Y por qué? Porque sabe cuánto se le ha perdonado. No es que no necesites que te perdonen mucho, es solo que no tienes idea de cuánto necesitas que se te perdone.

De estos personajes, ¿con cuál te identificas más? ¿Te identificas con el hijo pródigo, la mujer avergonzada y pecadora, el recaudador de impuestos, el tramposo? Podrías decir: «No, no me identifico… Nunca terminaría en la prisión. Esa no sería yo».

Entonces, ¿te identificas con el fariseo? ¿O con el orgulloso hermano mayor que no ha sido quebrantado?

Verás, no es la naturaleza de tu pecado; es la naturaleza de tu respuesta. Déjame preguntarte esto: ¿con cuál de cada una de esas personas se sintió más cómodo Jesús? ¿A cuál se acercó?¿Por cual sintió más agrado? Sintió más agrado por los quebrantados y contritos de espíritu.

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado hablando de tres relatos que contrastan a las personas quebrantadas con las personas orgullosas. Esta enseñanza es parte de la serie titulada, «Clama con un corazón quebrantado». Si no escuchaste la primera parte encuéntrala en AvivaNuestrosCorazones.com. Mañana escucharás la tercera y última parte aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Llamándote a clamar con un corazón quebrantado, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

Tenemos el privilegio de proporcionar transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor los ha usado para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos?

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Colabora con nosotras

Tenemos el privilegio de proporcionar las transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor ha usado Aviva Nuestros Corazones para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos y expander el mensaje?

Donar $5

Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

Únete a la conversación