Podcast Aviva Nuestros Corazones

El encuentro de una mujer pecadora con la gracia

Annamarie Sauter: ¿Sabes qué es una etiqueta? Es eso que crees que las personas piensan de ti cuando te ven. ¿Sabías que Jesús murió para borrar las etiquetas que llevas y darte unas nuevas? Escucha de Erin Davis.

Erin Davis: Si «perfecta», es la etiqueta que usas, es una etiqueta pesada e incómoda. Permite que Jesús la arranque y no te la vuelvas a poner más.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Tengo una pasión por pasar la verdad de la Palabra de Dios a la siguiente generación. Y por eso, siempre me emociona encontrar mujeres que tienen los dones para enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres. En el programa de hoy estaremos escuchando a una de estas mujeres y tendremos la oportunidad de profundizar en la Palabra de Dios junto con ella.

Es para mí un placer darle hoy de nuevo la bienvenida a Aviva Nuestros Corazones a mi amiga, Erin Davis. Ella es la escritora o bloguera principal de  nuestro blog en inglés Lies Young Women Believe (Mentiras que las jóvenes creen), que es un gran recurso para jóvenes adolescentes y en edad universitaria. Y probablemente reconoces su nombre porque has leído artículos escritos por ella, en nuestro blog en español Joven Verdadera.

Y bueno, Erin, es esposa, es mamá, tiene tres pequeños adorables, y ama la Palabra de Dios, y ama dirigir a las personas hacia Jesús. Y ella ha escrito un libro titulado Beautiful Encounters, (Hermosos encuentros), que está solo disponible en inglés.  El subtítulo es, «La presencia de Jesús lo cambia todo». Es un estudio de diferentes mujeres en el Nuevo Testamento quienes tuvieron un encuentro transformador con Jesús, y cómo ese encuentro hizo la diferencia en sus vidas.

En la última sesión vimos a Ana, quien tuvo un encuentro con Jesús cuando Él era solo un bebé. Vimos que Él es divino; que Él es Dios, y qué diferencia hizo esto. Y en el dia de hoy, continuaremos con esta serie. Quisiera decirles que este libro es muy útil. Está diseñado para mujeres jóvenes, pero creo que también mujeres de cualquier edad se podrían beneficiar de este estudio.

Así que, Erin, bienvenida otra vez a Aviva Nuestros Corazones. Estoy tan emocionada de ver cómo Dios te está usando para alcanzar los corazones de mujeres jóvenes y de mujeres mayores por igual. Mi propio corazón fue movido al escuchar la enseñanza del viernes.

Y hoy estarás llevándonos hacia una mujer con un trasfondo muy difícil y diferente. Es un recordatorio de que Dios no solo ama a las «personas buenas», porque no hay buenas personas, ¿cierto? Así que, llévanos a la Palabra, y gracias por estar aquí hoy de nuevo con nosotras en Aviva Nuestros Corazones.

Erin: Gracias por invitarme. Mi esposo, Jason, y yo estábamos llevando a nuestro segundo hijo del hospital a la casa. Yo estaba en una silla de ruedas mientras la enfermera me empujaba. Tenía a mi hermoso y perfecto varoncito en mis brazos.

Apenas habíamos llegado a la entrada del hospital, y esta mujer y yo cruzamos la mirada. Ella me vio, y ella vio al bebé recién nacido en mis brazos, y cruzó por su rostro lo que creo es la mirada más angustiante que jamás haya visto en el rostro de una mujer. Ella comenzó a llorar y corrió en dirección contraria. Solo puedo imaginar qué le sucedió a su bebé. Algo había sucedido.

No conozco su nombre, y no sé si tiene más hijos. Lo único que sé acerca de esa mujer es su dolor. En ese momento, su dolor la definía tanto como en ese momento el gozo de mi bebé recién nacido me definía a mí.

Esta historia me recuerda de otra mujer en las Escrituras cuya identidad está reducida a una sola palabra. No es la palabra a la que me gustaría que mi identidad estuviera ligada. La palabra es «pecado». No sabemos mucho sobre ella, pero sabemos mucho sobre su pecado.

Cuando las personas la veían, lo único que veían era su pecado. Vamos a comenzar en Juan 7. Es al final del capítulo, versículo 53.

Dice: «Y cada uno se fue a su casa» (v.53). Pero Jesús se fue al Monte de los Olivos» (Juan 8:1).

Si puedes, adelántate y encuentra en tu Biblia cuál es el encabezado de este pasaje. Mi Biblia dice, «La mujer sorprendida en adulterio». Algunas biblias pudieran decir, «La mujer adúltera». Ahora, los encabezados no son inspirados. Están allí para ayudarnos a seguir lo que está sucediendo en la Escritura. Pero al resumir esta historia, así es como quisieron resumirla.

Ese es el título que le dieron a esta historia en la Escritura: La mujer adúltera, La mujer sorprendida en adulterio. Ese no es el título que me gustaría que le dieran a mi historia. Así que cuando las personas la veían, eso era todo lo que veían. Todo lo que veían era su pecado. No conocemos su nombre. No sabemos de dónde provenía. No sabemos su situación familiar. Lo único que conocemos es su error.

Tal vez sea por eso que este encuentro siempre ha resonado fuertemente en mí. La etiqueta de esta mujer era «adúltera». Esa no es una etiqueta que yo haya llevado. Pero todas llevamos etiquetas. Todas tenemos algo que sentimos que cuando las personas nos ven, lo único que pueden ver es _______, y tú puedes llenar el espacio en blanco.

No conozco cuales son tus etiquetas. Sé que las tienes. No las puedo ver en ti, pero todas usamos etiquetas. Te puedo contar sobre algunas que yo he llevado.

Mi peso ha sido una lucha constante desde que era una niña, ya que fue una lucha de por vida para mi mamá y una lucha de por vida para su mamá. Mamá que estás escuchando, si es una lucha en tu vida, entonces tienes que lidiar con eso ya que tiende a pasarse de generación en generación.

Así que luché con mi peso por mucho tiempo, y no necesariamente lo que sucede en la báscula, ese numerito, sino simplemente el cómo me siento sobre mi peso. Así que muchas veces me siento como, cuando las personas me miran, eso es todo lo que ven. Y esa es la etiqueta que llevo puesta.

«Niña chistosa», es otra etiqueta que siento que llevo puesta. Me gusta que las personas se rían cuando hablo. Pero no siempre quiero ser la chistosa. Algunas veces quiero poder hablar de algo serio o cuando quiero enseñar la Biblia o enfatizar un punto que es realmente poderoso, pienso: No me toman en serio. Piensan que soy la chistosa. Así que algunas veces pienso que cuando las personas me ven lo único que ven es «una chica graciosa».

Y otra que he usado por muchos años y el Señor continúa quitando y yo continúo usando, es «perfecta».  Por cierto, yo sé que no me veo perfecta. Pero desesperadamente quiero ser perfecta. Desesperadamente quiero que cuando las personas me vean, quiero que vean perfección.

Cuando mi esposo y yo estábamos recién casados, yo tenía este extraño hábito después del trabajo. Llegaba a la casa, y me sentaba en el sillón a ver televisión. Pero siempre con la escoba en la mano ya que si lo escuchaba llegando por la puerta, saltaba, apagaba la televisión, y hacía como que estaba limpiando la casa, como si a él le importara eso.

Claro que no le importaba si yo veía televisión de vez en cuando. Pero era porque usaba esta etiqueta de «perfección» que no me sentía con la libertad de sentarme en el sillón y ver un poco de televisión o relajarme, porque se suponía que fuera perfecta. Se suponía que mantuviera la casa perfecta.

Permíteme decirte, si «perfecta» es la etiqueta que usas, es una etiqueta pesada e incómoda. Permite que Jesús la arranque y no te la vuelvas a poner más. Aun así, siento que algunas veces cuando las personas me ven, eso es lo que quiero que ellos vean.

Las etiquetas pueden ser cosas buenas. Para muchas de nosotras escuchando esto, «mamá» es nuestra etiqueta. Amo esta historia. Tengo una buena amiga que dice que la única vez que escuchó a su mamá gritar fue una vez que golpeó algo contra la mesa de la cocina y dijo: «Podría alguien solo llamarme Sue?» Ya que Sue era su nombre, y todo el día escuchaba: «mamá, mamá, mami».

«Mamá. Mamá. Mamá. Mamá. Mamá. Mamá» Y ella lo único que quería era escuchar su nombre.

Así que nosotras, como mamás, podemos entender lo que llega a ser una etiqueta, cuando nos define de forma que pensamos que cuando las personas nos ven, lo único que ven es el sucio o la mancha en nuestra blusa y el hecho de que nuestro cabello está en una grasosa coleta o lo que sea. Así que usamos la etiqueta «mamá», y mamá es una cosa buena, pero no necesariamente si llega a ser nuestra etiqueta.

Pudiera ser una posición en el ministerio, algo que haces para el Señor y que sientes que las personas reducen tu esencia a esa sola cosa. Puede llegar a ser una carga. Puede ser un talento. Estoy segura de que hay mujeres muy talentosas escuchando este programa. Tal vez sobresales en los deportes o en la música. Pero sientes como si eso fuera todo lo que las personas ven cuando te miran, y si fueras a abandonarlo o a fallar en esa área, ni siquiera sabrían quién eres, y las otras personas no sabrían quién eres.

Las etiquetas pueden ser cosas buenas o cosas malas, pero ninguna de nosotras quiere tener su identidad reducida a una sola cosa. Frecuentemente las etiquetas llegan a ser una carga, especialmente si la etiqueta es «pecado», como la mujer de la que vamos a hablar en esta sesión. Ella tuvo un encuentro con Jesús. Ella llevaba una etiqueta bastante pesada. Algunas de ustedes tal vez sepan lo que es eso, tal vez sea un divorcio o un aborto o algún tipo de pecado crónico con el que luchas.

Para mí, es mi enojo como mamá. Nos juntamos con un grupo de amigos en una pizzería recientemente, y perdí el control y me airé con mi hijo de cinco años;  tengo el terrible hábito de hacer eso. Detesto enojarme con mi hijo tan seguido. Oro sobre eso; lloro sobre eso, y tengo otras personas apoyándome en oración sobre eso. Es una parte horrible de mi vida.

Tomé ese pequeño niño de cinco años por el brazo y puse mi rostro justo en su rostro y perdí el control con él. Eso es todo lo que puedo recordar de esa noche. Era una noche donde se suponía que íbamos a celebrar que había terminado de escribir un libro. Al ir a casa, pensaba, ¡aahhhh! cuando las personas recuerden esa noche, lo único que van a recordar es que soy una mamá enojada.

Así que si llevamos puesta una etiqueta que es un pecado, sabemos cómo era la historia de la mujer adúltera. Sabemos que era una etiqueta muy pesada la que ella llevaba. Y pensamos, cuando las personas me ven, eso es lo único que ven y van a ver. Yo no la conozco, y no hay mucho sobre ella en la Biblia. Pero estoy segura de que ella tenía esos mismos sentimientos.

Pero, al ver el encuentro de la mujer adúltera con Jesús, vamos a descubrir que Dios está trabajando con nuestras etiquetas. Así que es una historia realmente hermosa de redención.

Voy a leerles Juan 8:1-6:

«Pero Jesús se fue al Monte de los Olivos. Y al amanecer, vino otra vez al templo, y todo el pueblo venía a Él; y sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley, Moisés nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres; ¿tú, pues, qué dices? Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra».

La mujer en esta historia sí había pecado. No cabe duda. De hecho, la Biblia dice que había sido sorprendida en el acto mismo de pecado. No podemos negar que era culpable. Y de acuerdo con la ley judía, el castigo que merecía era ser apedreada. Los líderes religiosos no estaban siendo irracionales.

Sí, sus corazones estaban fuera de control, pero finalmente estaban siguiendo la ley. Ella merecía castigo, pero eso no fue lo que Jesús le dio. Sigamos leyendo en el versículo 7:

«Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Pero al oír ellos esto, se fueron retirando uno a uno comenzando por los de mayor edad, y dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado?

 Y ella respondió: Ninguno, Señor.

Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más» (v. 7-11).

Esta historia es obviamente un tesoro. Pudiéramos mirarla por meses y extraer todo tipo de pequeñas pepitas de oro. Podríamos vernos a nosotras mismas en cada ángulo de esta historia. Podríamos ser la multitud lista para lanzar una piedra cuando somos confrontadas con nuestro propio pecado.

Me encanta cómo este pasaje nos dice que los de mayor edad fueron los primeros en dejar caer sus piedras. Y eso, por que entre mayores nos hacemos y más tiempo conocemos a Jesús, más conscientes estamos de que no tenemos ningún derecho de estar lanzando rocas a otros pecadores.

Yo, como mujer de treinta y tres años, he tenido esta lucha con el evangelio en meses recientes. Algunas de ustedes son adolescentes, y cuando yo era adolescente y escuchaba esto, el evangelio parecía ser muy suave para mí ya que era una niña buena y eso parecía suficiente.

Pero al ir creciendo, más me di cuenta que no existen niñas buenas. Y yo ciertamente no soy una de ellas. Mi corazón es engañoso y malvado y feo y mi comportamiento también lo es muy a menudo. Así que este pasaje es una dulce y pequeña joya, que los mayores fueran los primeros en retirarse, «pues bien, no puedo condenarla porque mira como está mi propia vida».

Así que, podemos vernos a nosotras como unas de las que tenían piedras en sus puños.

Pero también somos la mujer atrapada en pecado, merecedora de condenación, luchando con deshonra, culpa y vergüenza. ¿No crees que tenía esta abrumadora urgencia por esconderse? Probablemente estaba buscando un árbol o un arbusto o una persona o algún lugar donde esconderse porque era pecadora. Todas podemos identificarnos con eso.

Así que quiero que por un momento te imagines que eres la mujer en esta historia. Cierra tus ojos, a menos que estés manejando y estés escuchando esto (por favor no cierres tus ojos). Pero estás de pie allí y te estás preguntando, ¿Quién va a lanzar la primera piedra? Preparas tu cuerpo para el impacto. Tensas tus músculos. Cierras tus ojos, tu cabeza agachada y de pronto te das cuenta de que está todo en silencio.

Abres tus ojos y la multitud se ha ido, hay piedras tiradas en el piso a tu alrededor, y Jesús es el Único de pie allí.

No hay ninguna piedra a la vista, ciertamente no en Su mano.

Vamos a volver al versículo 10: «Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado?»

Este es Jesús como el maestro; amo cuando Jesús es el maestro. Es como el juego que juego cuando voy con mis hijos de compras, «¿es esto?»

«Una manzana»

«¿De qué color es?»

«Roja»

«¿Cuántas está poniendo mami en la bolsa?»

«Una, dos, tres, cuatro, cinco»

Ahora, no soy neurocirujana, pero sé distinguir una manzana de un plátano. Ellos no me están diciendo qué es que. Yo puedo contar cinco manzanas en una bolsa. Sí me sé los colores. No sé mucho de matemáticas, pero puedo contar hasta cinco.

Lo que Jesús está haciendo aquí con la mujer adúltera se llama el Método  Socrático. Es una forma de identificar la línea de fondo haciendo preguntas. Ahora, Jesús obviamente sabía que ya no estaban allí.

Él dijo: «Hey, ¿tus acusadores ya no están aquí?»

Y ella contesta: «No», obviamente podía ver eso.

Pero Él está intentando enseñarle y ayudarle a identificar el fondo del asunto. Él está a punto de enseñarle sobre la gracia y está usando preguntas para llegar ahí.

Él no había cerrado Sus ojos, me imagino. Me imagino que Él había visto mientras sus acusadores se iban uno por uno. Así que ella abre sus ojos y Él dice: «¿Dónde están?» Él quería llegar al corazón del asunto que es que Su gracia es mayor que su pecado.  Sí, ella pecó. Sí, ella merece castigo. Pero Jesús estaba apunto de extender su gracia hacia ella. «Mi gracia», Jesús le dice en este dulce momento donde Él se encuentra en completa calma con ella, «mi gracia es mayor que tu pecado».

Él no ignoró su pecado. No lo vemos escondiéndolo debajo de la alfombra  y diciendo: «No es tan importante. Está bien». Él no la justifica en ninguna manera. No expresa alguna idea de que lo que ella estaba haciendo con un hombre que no era su esposo estaba bien. Él le dice: «Ve y ya no peques más. Deja tu vida de pecado».

Pero pon atención en cómo la amenaza de un castigo no era suficiente para motivarla a detenerse. Lo más probable es que ella sabía que estaba haciendo algo malo. Ella sabía que el castigo por lo que ella estaba haciendo era la muerte. Probablemente había escuchado historias de otras mujeres judías quienes habían sido atrapadas en el acto de adulterio y habían sido apedreadas por una multitud muy parecida a la que ella se había enfrentado hoy. Así que la amenaza del castigo no hacía una diferencia. Pero estoy segura de que Jesús sí. Estoy segura de que tener un encuentro con Él y con Su gracia sí marcaron una diferencia. 

Tenemos que recordar eso como padres, ¿no es así? Queremos que las reglas sean las que moldeen a nuestros hijos. Las reglas son buenas. Tenemos reglas en nuestra casa. Pero la gracia es mayor para moldear a nuestros hijos y nuestras propias vidas.

La Biblia no siempre envuelve estas historias con un bonito moño y un final feliz. No siempre tenemos un «vivieron felices para siempre» al final de estas historias. No sabemos si esta mujer dejó su vida de pecado. No lo dice. Pero estoy segura que esta mujer fue profundamente cambiada por este encuentro, donde ella llegó a Jesús claramente como una pecadora y él contestó: «No te condeno. Ve. Deja tu vida de pecado». Un encuentro de gracia tiene ese tipo de efecto.

Como lo he dicho de las otras mujeres en esta serie, esta historia no es realmente sobre ellas, es en realidad lo que su historia muestra de Jesús. Y mientras el título de su historia es «pecado» el retrato que su historia realmente muestra es «Su gracia». Su vida era el lienzo que Dios escogió para pintar la historia de Su inmerecida y extravagante gracia, ya que ella no lo merecía.

Así que espero que ella haya dejado de ser una mujer adúltera para ser una mujer llena de gracia, o una mujer de oración o una mujer fiel. Me gustaría raspar el encabezado en mi Biblia y darle una nueva etiqueta. ¿Qué tal la mujer radical? Eso suena bastante bien. La mujer que fue a contarles a muchas, muchas otras mujeres que la gracia de Dios estaba disponible para ellas también.

Este encuentro es uno importante que nosotras debemos comprender ya que nos recuerda el cambio de castigo. No sé ustedes, pero yo necesito ser recordada de la gracia frecuentemente. Necesitaba ser recordada de la gracia ese día que perdí mi temperamento con mi hijo de cinco años en frente de todas esas personas. Voy a necesitar ser recordada de la gracia cada vez que pierda el control de mis emociones con mis hijos de ahora en adelante, y cada vez que deliberadamente escoja pecar y cada vez que caiga en pecado porque estoy siendo cegada.

Cada vez que suceda, necesito recordar: «Hay gracia. Existe gracia. No te condeno. Abandona tu vida de pecado, no te condeno». Necesito ser recordada del cambio de castigo que fue tan bellamente demostrado en este pasaje.

Romanos 6: 23 dice: «Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». El castigo del pecado es muerte. Esa mujer merecía morir. Puede parecer injusto. Pensamos, esa multitud estaba loca. No. Eso es lo que ella merecía. Ese es el precio del pecado.

Pero el regalo de Dios es vida. En lugar de muerte Jesús le ofreció a la mujer adúltera perdón. ¿Se quedaron sus pecados sin castigo? ¿Quedó ella libre? Después de todo, eso es lo que la multitud temía que pasara. No nos gusta cuando las personas se quedan sin castigo. No nos gusta mucho cuando alguien que merece castigo se queda sin castigo.

Es por eso que sus puños estaban cerrados fuertemente. Es por eso que estaban tan enojados en el momento. Ellos pensaban: No es justo. Se va a quedar sin castigo. Ella merece ser castigada.

Es muy parecida a la versión de «justicia» de los niños, ¿verdad? Ellos siempre dicen,

«Eso no es justo»

Y yo contesto, «no sabes lo que la palabra significa. No tienes ningún concepto de justicia».

Me sorprendo a mí misma diciendo cosas que prometí jamás decir: «La vida no es justa», lo cual no ayuda mucho a la situación. Pero  se preocupan de que lo que está sucediendo no es justo. Eso era lo que estaba pasando con la multitud. Estaban ansiosos porque ella se iba a quedar sin castigo y su pecado iba a ser pasado por alto.

Pero Jesús no simplemente la sacó del aprieto. Él se puso a sí mismo en la cruz por ella, Él tomó su lugar. Debes saber que esto no es solo dejarla impune. El dijo, «mereces castigo por esto, y Yo voy a tomarlo para que tú no tengas que hacerlo». La palabra que Jesús le ofreció a la mujer adúltera fue «propiciación», que quiere decir, «pago total». Eso fue lo que él le ofreció.

Primera de Juan 4:10 dice: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados».

La pena del pecado es muerte, y Jesús pagó ese precio voluntariamente porque nosotras no éramos capaces de pagarlo. No es lo mismo que ignorar nuestro pecado. En cambio, la deuda de nuestro pecado fue transferida a Jesús. Él hace el pago. Él es el pago.

Es por eso que en la primera sesión en el programa anterior, era muy importante que comprendiéramos que Jesús era Dios, ya que ese Dios estaba preparándose para ponerse a Sí mismo en el lugar que nos correspondía. Él es el pago. Es por eso que este encuentro con la mujer adúltera es tan radical.

Ella merecía muerte. Ella merecía ser apedreada por la multitud enfurecida. Ella merecía cada una de esas piedras que ellos sostenían. Pero por la divinidad de Jesús, que hablamos en el último programa, Él fue el Único en esa multitud que tenía la autoridad para condenarla, sin embargo no lo hizo. Él dijo: «No te condeno».

En vez de eso, Él dulcemente lidió con sus etiquetas. Cuando las personas veían a la mujer de esta historia, lo único que veían era su pecado. Eso llegó a ser su etiqueta. Me encantaría que tomaras unos segundos y pensaras en las etiquetas que llevas puestas. Recuerda que tu etiqueta es algo de cómo te sientes: «cuando las personas me ven, lo único que ven es ______________ (llena el espacio en blanco)». Pudiera ser un pecado. Pudiera ser una relación. Pudiera ser algo de tu familia o incluso un éxito que sientes que te define. Piensa sobre esa etiqueta por unos minutos.

Y regresemos a Juan 8:6: «Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra». Jesús hace esto dos veces en este pasaje.

La Biblia no nos dice qué era lo que Jesús estaba escribiendo en la arena aquel día. Pero me gusta pensar que le estaba dando a la mujer nuevas etiquetas.

  • Ellos veían una «adúltera», Él veía a una mujer «amada»
  • Ellos veían una «pecadora», Él la veía «redimida».
  • Ellos veían «pecado», Él veía «gracia».

Y solo estoy usando mi imaginación, no añadiendo nada a la Biblia, pero me gusta imaginar que hizo esto porque Él hace esto en nuestras vidas. Él le dio una nueva etiqueta. Es solo una muestra de lo que creo que Él quiere hacer en nuestras vidas.

Nuestras etiquetas pueden llegar a ser bastante cómodas. Nos gustan nuestras etiquetas, incluso si no son tan bonitas, porque nos definen y sabemos cómo funcionan. Algunas veces podemos recibir un poco de atención incluso cuando no son buenas etiquetas. Pero Jesús realmente quiere arrancarlas y cambiarlas con las etiquetas que Él nos da en Su Palabra.

Aquí está solo una muestra de algunas cosas que creo que a Él le gustaría poner sobre ti. Romanos 8:16-17 dice que si eres hija de Dios, eres coheredera con Cristo. Esa es una etiqueta que puedes usar. Soy hija de Dios. Soy coheredera con Cristo.

Romanos 9:25 dice que has sido movida de «no ser su pueblo», a ser «mi pueblo». Has sido movida de «no amada» a ser «amada». Así que si estás usando una etiqueta de «desechada; no de Dios», Él quiere poner una etiqueta en ti, «Tú eres mía». Si estás usando una etiqueta de «no amada», Él quiere poner una etiqueta en ti que diga «amada».

Primera de Juan 2:12 dice que eres perdonada no porque lo hayas ganado, no porque lo merezcas, sino por el nombre de Jesús.

¿Hay etiquetas a las que te estás aferrando? ¿Existe algo que crees que te define que es contrario a como Dios te define en Su Palabra?

Algunas de nosotras hemos usado nuestras etiquetas por tanto tiempo que parecen estar cosidas a cada fibra de nuestro ser. Yo te animo a que después de haber escuchado esto, le pidas al Señor que te las muestre, ya que pudieran estar tan entretejidas en tu corazón que ni siquiera te das cuenta de qué es lo que son.

Pide a Dios que te muestre cuáles son tus etiquetas, y después dile, «Dios quiero un encuentro, un encuentro radical con Tu gracia». Escudriña la Palabra para buscar nuevas etiquetas. Te prometo que allí están.

Nancy: Amén. Y Erin, mientras estabas enseñando, estaba pensando en ese pasaje de 2 Corintios 5:17 que dice: «De modo que si alguno está en Cristo, (él o ella) nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas».

Así que acompáñame a orar y Dile al Señor, «Gracias», y exprésale a Él tu gratitud de que Él estuviera dispuesto a llevar la etiqueta de «pecador», «el injusto», para que todo pecado, todo eso que cargas contigo que es tan pesado...quiero que le des gracias porque Él estuvo dispuesto a cargarlo por ti; que Él, quien no conocía pecado estuvo dispuesto a ser hecho pecado en nuestro lugar. Y no solo que Él tomó esas etiquetas, sino que estuvo dispuesto a darnos la etiqueta de «Su justicia», para que nosotras fuéramos hechas justicia de Dios en Él.

Oh Señor, esto es tan maravilloso. Tanta gracia derramada sobre nosotras, que podríamos sentarnos aquí y decir, «nunca he cometido adulterio». Pero Tú escudriñas nuestros corazones, y conoces todas las cosas que hemos hecho y aun conoces todas las que podríamos haber hecho, si se nos hubiera dado la oportunidad. Así que Señor, gracias por tu maravillosa gracia. Gracias por Jesús. Gracias por el precio que Él pagó, por la disposición que tuvo de llevar la etiqueta de «pecador» para que nosotras pudiéramos llevar su etiqueta de «justicia». Ayúdanos a nunca dejar de maravillarnos de todo lo que esto significa. Y ayúdanos a vivir a la luz de esas nuevas etiquetas que Tú nos has dado en Cristo. Oramos en el nombre de Jesús, amén.

Bueno, la mujer de la que escuchamos hoy solo es una de esa serie de ocho mujeres que  estaremos escuchando y que Erin Davis ha escogido para su estudio de la Biblia. Ese estudio está diseñado, en primer lugar para adolescentes, para jóvenes. Pero, al escuchar estas sesiones, creo que es bueno para toda mujer. Esta serie se titula, «Encuentros hermosos»: la presencia de Jesús lo cambia todo.

¿Pudiste ver cómo eso es cierto que la presencia de Jesús lo cambia todo, para la mujer adúltera? ¿Podía ella seguir su vida igual después de ese encuentro? Y por cierto, ¿crees que ella regresó a su estilo de vida de adulterio después de ese encuentro con Jesús? No lo creo. No lo sabemos. Pero ella tenía todas las razones para ir a vivir una nueva vida, al igual que nosotras, si hemos tenido un encuentro con Cristo Jesús.

Así que, ¡muchas gracias, Erin! Regresaremos en la siguiente sesión. Así que, no te pierdas el escuchar sobre otra mujer quien tuvo un encuentro con Jesús y su vida fue totalmente transformada.

Annamarie: Hemos estado escuchando de Nancy DeMoss de Wolgemuth y nuestra maestra invitada, Erin Davis. Esta serie se titula, «Encuentros hermosos».

Si eres del tipo de personas que les gusta hacer las cosas por sí mismas, ¿te has incomodado alguna vez al leer la historia de Marta y su hermana María? Bueno, Erin Davis dice que ella es de personalidad doble A (¡ya sabes con cuál de las dos se identifica!). Mañana ella te llevará al corazón de la historia de estas dos mujeres, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Buscando a Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.