Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

El Evangelio en el Salmo 119

Annamarie Sauter: ¡Qué asombrosa es la gracia de Dios!

Nancy DeMoss Wolgemuth: Y lo más sorprendente aún es que aquellas que estamos en Cristo, hemos quedado sin culpa ante un Dios santo. Benditas son aquellas cuyo camino es perfecto. No podemos ser benditas porque nuestro caminar no está libre de culpa. Jesús está libre de culpa. Él es bendito. Él es libre de pecado, pero tomó el lugar de los pecadores. Tomó nuestra maldición para que pudiéramos ser libres de culpa, para que nosotras fuéramos bienaventuradas.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. La lectura para hoy en el reto Mujer Verdadera 365 es Hechos capítulos 8 y 9.

Aquí está Nancy en la serie titulada, «Vivifícame conforme a tu Palabra».

Nancy: Hoy concluimos esta serie y quiero hablarles del evangelio contenido en el Salmo 119, de cómo vemos a Cristo y cómo vemos el evangelio. Déjenme empezar por el primer párrafo. Lo voy a leer para que después hablemos de cómo vemos el evangelio en estos versículos.

Salmo 119, de los versículos 1-4: ¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del SEÑOR! ¡Cuán bienaventurados son los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan! No cometen iniquidad, sino que andan en sus caminos. Tú has ordenado tus preceptos, para que los guardemos con diligencia.

Para empezar, vemos cómo este salmo empieza estableciendo un estándar. ¿Cuál es el estándar de Dios para nosotras? ¡Santidad! ¡Perfección! Se trata de mantenernos libres de culpa, de guardar Sus testimonios, de buscarle con todo el corazón, de no hacer lo malo, de obedecer Su Palabra con diligencia. Perfección. Me viene a la memoria lo que dijo Jesús en Mateo capítulo 5 versículo 48 mientras pronunciaba el Sermón del Monte: «Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

Esta es una gran introducción: «Bienaventurados los...» Y pensamos, ¡wao! ¡Quiero ser bendecida! ¿Cómo puedo ser bendecida? «Bendecidos son aquellos libres de culpa». Bueno, eso no suena a buenas nuevas, pero es importante para que entiendas lo que es el evangelio: hasta que no reconozcas cuál es el estándar de Dios y aceptes que Su estándar es perfecto, no vas a entender el mensaje del evangelio.

A lo largo del Salmo 119, vemos que el estándar de Dios, Su ley, es recta. No es injusto que Él te diga que tienes que ser perfecta. Su ley es perfecta. En el versículo 137, leemos: «Justo eres tú, SEÑOR, y rectos tus juicios».No solo el estándar de Dios es perfecto para nuestras vidas —y para todo ser humano— sino que este es justo. Es correcto.

Ahora, el problema es el siguiente: no hay forma en que podamos mantener el estándar. Es imposible. Piensa en el texto que acabamos de leer. «Benditos los libres de culpa». El problema es que de acuerdo a la Palabra de Dios y basadas en nuestra experiencia, hemos pecado (sabemos esto con certeza). Por lo que, ¿quién puede ser bienaventurado? Nadie. No bajo Su estándar. Benditos aquellos que caminan bajo la ley del Señor. Hemos escogido nuestro propio camino; nos hemos desviado. «Benditos aquellos que guardan sus testimonios».

El problema es que todas rompemos las reglas; no guardamos Sus testimonios. «Benditos aquellos que le buscan con todo el corazón». Y piensas, «wao, esos grandes hombres de Dios (descritos en las Escrituras) le buscaron con todo su corazón». Bueno las Escrituras dicen que «nadie busca a Dios a menos que Él te busque a ti».

Por lo que no hay nadie justo, ni siquiera uno. Ninguno busca a Dios. Ninguno conoce a Dios. Todos nos hemos perdido. He ahí el problema. No podemos mantener el estándar de Dios; es imposible.

Déjenme darles un par de ilustraciones tomadas de otros pasajes.

¿Recuerdan el último capítulo del libro de Josué? Josué capítulo 24, empezando en el versículo 14. Josué les dice a los hijos de Israel, a los hijos del pacto—mientras se alistaban para entrar a la tierra prometida:

«Ahora pues, temed al SEÑOR y servidle con integridad y con fidelidad; quitad los dioses que vuestros padres sirvieron al otro lado del río y en Egipto, y servid al SEÑOR... Y el pueblo respondió, y dijo: Lejos esté de nosotros abandonar al SEÑOR para servir a otros dioses; porque el SEÑOR nuestro Dios es el que nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, el que hizo estas grandes señales delante de nosotros y nos guardó por todo el camino en que anduvimos y entre todos los pueblos por entre los cuales pasamos. Nosotros, pues, también serviremos al SEÑOR, porque Él es nuestro Dios. Entonces Josué dijo al pueblo:No podréis servir al SEÑOR, porque Él es Dios santo... Y el pueblo le dijo a Josué: No, sino que serviremos al SEÑOR».

Estaban decididos en ese momento. Así como yo estoy resuelta en este instante a no pecar siguiendo patrones que tengo en mi vida; pero ¿qué pasa con esa resolución mañana cuando esté cansada, vulnerable, débil y no tenga los ojos puestos en Dios? Mi resolución sale por la ventana.

Algunas de ustedes se trazaron metas para el Año Nuevo, y ya las han desestimado. Incluyendo, quizás, el leer la Biblia todos los días. Hiciste una resolución, tomaste la decisión, fuiste intencional, querías permanecer en la ley de Dios —amarla, obedecerla, meditar en ella. Pero Josué dijo: «No son capaces», y ese es un problema. Hacer resoluciones no es suficiente para llenar el estándar.

El apóstol Pablo lo entendió en Romanos capítulo 7, empezando en el versículo 15: «Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago... Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico» (vv. 15-19).

En lo personal, la ley que rige es que cuando deseo hacer el bien, la maldad sale a relucir. (¿Alguien se identifica con esto? Yo sí.) «Porque me deleito en la ley de Dios, en mi interior (¿no les suena al Salmo 119? Se libra una batalla —entre mis miembros y la ley que está en mi mente— haciéndome cautivo del pecado que habita en mí. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom. 7:22-24, parafraseado.)

Y la paga por el pecado es la muerte. No podemos guardar la ley de Dios.

Su ley es santa y buena y justa; es pura, pero no la podemos guardar. Aunque hagamos resoluciones, no las podemos sobrellevar. No podemos. No podemos servir al Señor. Somos unas fracasadas y eso resalta en Salmo 119. Habla acerca de aquellos que están lejos de Su ley.

Salmo 119 versículo 155: «Lejos está de los impíos la salvación porque no buscan tus estatutos».

Nosotras fallamos. Y para agravar las malas noticias... Voy a llegar a las buenas noticias en un momento; el evangelio; las buenas nuevas. Pero primero tienes que escuchar las malas noticias.

Sabes cómo lo dice el inicio del Salmo 119: «¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto...!» Esas son buenas noticias, excepto que no estás libre de culpa y esa es la mala noticia. Y hay aún peores noticias: si no eres libre de culpa, no solo no tendrás bendiciones, sino que estás bajo maldición. La paga del pecado es muerte. Por lo que no solo no podemos guardar la ley de Dios, sino que somos malditas. Por lo que este salmo que empezó con un «benditos los que no tienen culpa», ¿qué tiene de bueno eso? ¿Cómo podemos ser bienaventuradas si no somos libres de pecado, si no cumplimos Su ley, si no caminamos en Sus caminos?

En el versículo 21, del Salmo 119, encontramos: «Tú reprendes a los soberbios, los malditos, que se desvían de tus mandamientos».

El pecado tiene consecuencias y esas consecuencias incluyen la separación de Dios ahora y por toda la eternidad —somos amonestadas por Dios.

Bueno, lo que necesitamos recordar es que Cristo es el único que no tiene culpa, Él cumplió a la perfección la ley de Dios. Por lo que —al leer estos versículos maravillosos en el Salmo 119 acerca de estar libre de culpa, acerca de caminar en Su ley y en Sus caminos— lo que vemos son atisbos de Cristo. Estamos viendo insinuaciones. Ahora bien, el salmista no conocía a Cristo. Cristo aún no había venido a la tierra. Pero por fe, estos autores del Antiguo Testamento, miraron a Cristo y a Su cruz y vieron que Dios haría una provisión para la pecaminosidad del hombre.

Dios ya tenía Su plan establecido y lo estaba revelando. Parte del propósito del Antiguo Testamento, era que el pueblo –y esto nos incluye a nosotras– pudiéramos ver lo perdidos que estábamos separados de Cristo. El propósito era que viéramos cuán desamparadas estábamos, ¡cuán desesperadamente necesitábamos un Salvador! Cristo es el único que puede cumplir la ley de Dios.

Vemos en Hebreos capítulo 1 en los versículos 8 y 9, que dice: «Pero del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos, cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad por lo cual Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros».

Necesitamos la capacitación divina y el poder de Jesús. Él es nuestra justicia. Él es el único que ha cumplido la ley de Dios.

Y permíteme hacer un pequeño paréntesis antes de terminar el evangelio en Salmos 119. Mientras meditaba en este pasaje, en las últimas 24 horas, identifiqué todos los versículos que describen a Cristo. Hay muchos, muchos de ellos, pero déjame leerte algunos porque en este capítulo los versículos no podrían ser ciertos para otra persona que no fuera Cristo.

Por lo que quiero que vean el retrato de Cristo en el Salmo 119. Él cumplió a la perfección cada resolución. El salmista hizo muchas resoluciones: te voy a obedecer, voy a guardar Tu ley. Jesús cumplió con todas y en ello vemos Su retrato.

Pero hay más que eso. ¿Recuerdas el incidente, durante la infancia de Jesús, contenido en el versículo 99? Dice: «Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación». ¿No te recuerda a Jesús en el templo (con solo 12 años) confundiendo a los maestros de la ley?

Luego vemos muchos versículos más que pienso ilustran la perfecta obediencia de Cristo:

«He escogido el camino de la verdad; he puesto tus ordenanzas delante de mí» (v. 30)

«Y guardaré continuamente tu ley, para siempre y eternamente» (v. 44)

«Y me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo» (v. 47)

«Me apresuré y no me tardé en guardar tus mandamientos» (v. 60)

«Me anticipo al alba y clamo; en tus palabras espero» (v. 147)

¿Te acuerdan estas cosas de la vida de Cristo? En Marcos capítulo 1 versículo 35, luego de un largo día de ministerio, vemos que «levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió, y se fue a un lugar solitario, y allí oraba». Él estaba buscando a Su Padre. Levántate antes del amanecer y clama por ayuda. Esto es un retrato de Cristo.

«Ríos de lágrimas vierten mis ojos, porque ellos no guardan tu ley» (v. 136)

¿Te acuerdas de Jesús llorando por Jerusalén, llorando sobre la tumba de Lázaro, viendo las consecuencias del pecado y de la muerte? «Ríos de lágrimas vierten mis ojos». Cuando lo leo pienso, «no tengo esa clase de corazón, pero Jesús sí». Por eso lo necesito.

«Mi celo me ha consumido, porque mis adversarios han olvidado tus palabras» (v. 139)

¿Te viene a la mente alguna imagen de Jesús en Su vida? La limpieza del templo al sacar a los cambistas de dinero. «El celo por la casa de mi Padre me consume». 

«Es tiempo de que actúe el SEÑOR, porque han quebrantado tu ley» (v. 126)

Puedes casi imaginarte a Jesús recitando esa Escritura mientras limpiaba el templo. Yo no tengo esa clase de celo por Dios, pero Jesús sí.

Versículo 54: «Cánticos para mí son tus estatutos en la casa de mi peregrinación». Versículo 55: «Por la noche me acuerdo de tu nombre, oh SEÑOR, y guardo tu ley».

¿Puedes pensar en la noche que Jesús cantó? La noche de la última cena, la noche en la que iba a ser traicionado. Antes de salir camino a Getsemaní, cantaron un himno. ¿Crees que eso es significativo? ¿Por qué Dios inspiró la Escritura en ese detalle tan pequeño? Porque Jesús estaba cumpliendo con el antiguo pacto. «Cánticos para mí son tus estatutos en la casa de mi peregrinación» (v. 54).

Piensa en la traición al Hijo de Dios cuando leas esto en Salmo 119:

«Fosas me han cavado los soberbios, los que no están de acuerdo con tu ley» (v. 85)

Y luego piensa en la pasión de Cristo y el juicio de Cristo al leer estos otros:

«Los lazos de los impíos me han rodeado, mas no me he olvidado de tu ley» (v. 61)

«Los soberbios han forjado mentira contra mí, pero de todo corazón guardaré tus preceptos» (v. 69)

«Los impíos me esperan para destruirme; tus testimonios consideraré» (v. 95)

«Muchos son mis perseguidores y mis adversarios, pero yo no me aparto de tus testimonios» (v. 157)

Y hasta en el versículo 119:

«Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos» (v. 71)

¿Aplica esto a Cristo? Qué tal lo que dice Hebreos capítulo 5 versículo 8: «y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció». Amigas, esta es una ilustración de Cristo en muchos sentidos.

«Todos tus mandamientos son fieles; con mentira me han perseguido; ¡ayúdame!» (v.86)

¿No pudo haber dicho o recitado esas palabras en la cruz?

«He practicado el juicio y la justicia; no me abandones a mis opresores» (v.121)

«Y a la hora novena Jesús exclamó con fuerte voz: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?» (Mar. 15:34)

«Angustia y aflicción han venido sobre mí, mas tus mandamientos son mi deleite» (v. 143) 

«Vivifícame conforme a tu misericordia, para que guarde el testimonio de tu boca» (v. 88)

¿Podría ser la anticipación de la resurrección?

«Que los que te temen, me vean y se alegren, porque espero en tu palabra» (v. 74)

«Vuélvanse a mí los que te temen y conocen tus testimonios» (v. 79) 

¿No se ha cumplido esto en Cristo?

Cristo es el único que pudo cumplir la totalidad de la ley de Dios y el que obedeció Su Palabra perfectamente. Vemos Su retrato aquí, y somos recordadas —a medida que vemos estos vistazos de Él— de cuán desesperadamente lo necesitamos.

Entonces vemos en este salmo que Dios tiene gran misericordia y compasión. La palabra para misericordia y compasión en este salmo:

«Venga a mí tu compasión, para que viva...» (v. 77)   

«Muchas son, oh SEÑOR, tus misericordias; vivifícame conforme a tus ordenanzas» (v. 156) 

Esa es una palabra conectada con la palabra «matriz» en el hebreo del Antiguo Testamento. Se refiere a un refugio, a un lugar seguro y protegido. Dios tiene una gran misericordia y compasión por los pecadores caídos. Esa es la razón por la que envió a Cristo a morir.

Sabemos que en la cruz —algo que el salmista no podía saber, pero que nosotras podemos mirar hacia atrás y ver— Jesús cargó con la maldición que merecíamos por haber quebrantado la ley de Dios. Él fue abandonado por el Padre para que nosotras no tuviéramos que serlo. ¿Podría haber Jesús orado lo que dice el versículo 8? «Y mantendré tus estatutos; no me abandones completamente». Él guardó los estatutos de Dios, pero Dios lo abandonó en la cruz mientras Jesús tomaba el lugar de los transgresores de la ley. Él cargó con mis pecados y con los tuyos. ¡Su gracia es asombrosa!

Y lo más sorprendente aún es que aquellas que estamos en Cristo, hemos quedado sin culpa ante un Dios santo. Benditas son aquellas cuyo camino es perfecto. No podemos ser benditas porque nuestro caminar no está libre de culpa. Jesús está libre de culpa. Él es bendito. Él es libre de pecado, pero tomó el lugar de los pecadores. Tomó nuestra maldición para que pudiéramos ser libres de culpa, para que nosotras fuéramos bienaventuradas.

Por lo que ahora somos libres de toda culpa. En Efesios capítulo 1 versículo 4, leemos: «según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él».

Asombrosa gracia. El Salmo 119 nos señala todo esto.

Al ir cerrando esta serie quiero llamar tu atención al último versículo de este salmo,  el versículo 176.

«Me he descarriado como oveja perdida; busca a tu sierva».

No puedo leer ese versículo sin sentir una punzada de necesidad y convicción en mi propio corazón porque pienso en las veces que he sido la oveja perdida. El verbo ahí no implica tan solo descarriarse, sino que tenemos la tendencia a descarriarnos, somos proclives a salirnos del rebaño. Siempre nos estamos descarriando. Me he perdido, sigo descarriándome como una oveja perdida. Busca a tu sierva.

Es un reconocimiento humilde de la verdadera condición de nuestros corazones. Es una confesión de pecado y una confesión de desamparo. «No me puedo salvar; necesito que Tú me busques; necesito que me salves».

Las ovejas, a diferencia de los perros... ¿Sabes que los perros, eventualmente, regresan, pero no así las ovejas? Ellas siguen descarriadas. El pastor tiene que salir a buscarlas. No podemos encontrar el camino por nosotras mismas. Por cierto, de eso se trata la religión. Es elesfuerzo del hombre por encontrar su camino de regreso. No podemos encontrar el camino de regreso. Dios nos tiene que salir a buscar; Dios nos tiene que restaurar. Las buenas noticias contenidas en el evangelio nos garantizan que Él ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. ¿No te alegras por el buen Pastor, el gran Pastor que sale a buscar a las ovejas que vagan descarriadas?

Versículo 176: «Me he descarriado como oveja perdida; busca a tu siervo, porque no me olvido de tus mandamientos». Es un recordatorio de que Dios viene a nosotras y Él nos busca a través de Su Palabra.

Estoy segura de que algunas de ustedes que están escuchando el sonido de mi voz hoy, quizás están descarriadas. Se han descarriado como ovejas perdidas. Nunca han tenido una relación con Cristo. ¿Podría decirte hoy que las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo es que ese Pastor ha dado Su vida para salvar la tuya? Hoy es un día en que puedes arrepentirte de tu pecado, venir a Él por la fe y decirle, «Señor, he estado vagando como oveja perdida. Me he descarriado. Busca tu sierva».

También les hablo a muchas de ustedes que han sido rescatadas por Cristo; aquellas que tienen una relación con Él, pero cuyos corazones están vagando. Dios va a usar Su Palabra para buscar tu corazón, para traerte de vuelta, para restaurarte, para llevarte a un lugar seguro, de vuelta al Pastor, de regreso al rebaño, de regreso a Cristo.

Annamarie: Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha mostrado el evangelio en el Salmo 119.  Esta enseñanza concluye la serie titulada, «Vivifícame conforme a tu Palabra». Si te has perdido alguno de los programas anteriores en esta serie, encuéntra tanto el audio como la transcripción en AvivaNuestrosCorazones.com. Antes de concluir, Nancy regresa con una última exhortación.

Nancy: Quiero pedirte que tomes una decisión: no voy a poner mi cabeza en la almohada hasta que no lea algo de la Palabra de Dios. Puede ser que ya tengas el hábito o que ya estés poniéndolo en práctica y que hayas dicho, «sí, quiero hacerlo». Si se te olvida un día, solo retómalo.

Annamarie: Gracias Nancy. 

Este año hemos estado llevando a cabo el reto Mujer Verdadera 365, y creo que algunas de nosotras nos hemos retrasado en la lectura o quizá no iniciamos desde enero sino que nos unimos al reto en algún momento del año. Lo importante es que formemos el hábito de leer la Escritura y no dejemos pasar un día sin buscar a Dios. Un día a la vez, una lectura a la vez, una oración a la vez.

Bueno, ya sabes que meditar en la Biblia transformará tu vida, pero ¿qué pasos prácticos puedes dar? Mañana Nancy contestará esta pregunta y otras, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

El Misterio de Tu Amor, Iglesia Cristiana Oasis ℗ 2015 Iglesia Cristiana Oasis.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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