Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Annamarie Sauter: ¿Hay alguna herida de tu pasado que no hayas podido superar? Escucha un mensaje de esperanza.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Dios quiere regalarte Su gracia para que puedas superar esa circunstancia, ese dolor. No es que haya sido una circunstancia irreal. No es que no haya sido dolorosa, pero Dios quiere liberarte de esa decepción y de ese dolor para que puedas seguir adelante con tu vida.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Nehemías, capítulos 11 al 13.

En semanas anteriores hemos estado hablando acerca del avivamiento personal en la serie titulada, «En busca de Dios». En una primera parte vimos cómo el avivamiento afecta nuestra relación con Dios, y luego comenzamos a ver cómo afecta nuestras relaciones con los demás. Esta semana continuaremos nuestro estudio al enfocarnos en el tema del perdón. Si nos estás siguiendo con el libro de estudio también titulado «En busca de Dios», hoy estarás viendo la lección 9, el día 1.

Nancy: ¿Cuántas de ustedes han leído la novela o visto la película —basada en el libro de Charles Dickens— que se titula «Grandes Esperanzas»? Quizás recordarán que uno de los personajes principales es una anciana excéntrica llamada «Miss Havisham». 

Años atrás, y antes de que se desarrolle la historia, vemos a la señora Havisham cambiándose el día de su boda, esperando a su prometido quien tenía que llegar a las nueve en punto. Había un gran banquete y un bizcocho de bodas enorme. Faltando veinte minutos para las nueve, recibe un mensaje en el que se le informa que su novio había huido con otra mujer y no asistiría a la boda.

Desde ese mismo instante, esta mujer decidió que su meta en la vida era vengarse de los hombres. Se rehusó a continuar con su vida. Escogió vivir en el pasado. Continuó usando su traje de novia, con todo y velo, por años. Nunca se lo quitaría. El tiempo se frizó en ese momento.

El tiempo se detuvo. De hecho, todos los relojes de la casa se detuvieron, justo en el momento en el que le había tocado vivir esa tragedia, faltando veinte minutos para las nueve. Ella decidió no seguir adelante. Con el paso de los años, lo que una vez fuera su vestido de novia, quedó convertido en andrajos amarillentos y desteñidos que nunca se quitó.

Colgó en todas las ventanas cortinas gruesas para impedir que el sol entrara en su casa. Vivió recluida, junto a su hija adoptiva, con el banquete sobre la mesa y con el bizcocho de la fiesta. Los dejó sin tocar hasta que se pudrieron sobre las mesas. Eventualmente, los ratones y las arañas se encargaron de aquello. Los ratones se podían escuchar correteando en la casa.

El protagonista principal de la historia es un muchacho llamado «Pip» quien viene a visitar a la señora Havisham. La primera vez que la visita, da la casualidad de que es su cumpleaños, pero no deja que nadie se lo mencione porque esa era la fecha en la que estaba supuesta a casarse. 

En el curso de la conversación con «Pip», ella le dice, «en este día del año, mucho antes de que nacieras, me trajeron todo este montón de desperdicios y de pudrición», y verdaderamente era un montón de podredumbre.

Hay telarañas enormes por todos lados. Y ella dice: «este lugar es grotesco, feo y abandonado; me he deteriorado junto a todo esto; los ratones lo han roído todo, y dientes aún más agudos que los de los ratones— me han roído a mí». 

Por supuesto que los dientes a los que se está refiriendo la señora Havisham, son los dientes de la amargura, del resentimiento y de la falta de perdón. Mientras pienso en la señora Havisham y toda esa escena rodeada de todo aquel deterioro, pienso que es la imagen de tantas mujeres hoy en día. Mujeres que viven en el pasado, que se rehúsan a seguir adelante, y viven en cautiverio debido a una ofensa, herida o situación que quizás sucedió hace muchos años. 

De hecho, esa puedes ser tú. Puede ser que tú te estés perdiendo de la vida que Dios quiere que disfrutes. Tú sabes exactamente cuándo se pararon esos relojes en tu vida. Puedes evocar la escena, el lugar, el día, la hora y las circunstancias de un episodio que pudo haber pasado hace años.

Pero hoy estás viviendo en un montón de escombros. Los dientes de la amargura y el resentimiento te han roído, desgastado y destruido. Es más, ese evento pudo haber pasado recientemente. 

El punto es que tú no tienes que terminar como la señora Havisham. Nadie tiene que terminar así. Ella no tenía que terminar de esa forma.

Dios quiere darte la gracia para que te sobrepongas a esa circunstancia o ese dolor del pasado. No es que no sucedió. No es que no haya sido real. No es que no haya sido doloroso, pero Dios quiere darte la gracia para que lo puedas superar y te liberes de esa decepción y dolor en tu vida.

Déjenmerecapitular porun momento; durante las últimas semanas hemos hablado de cómoexperimentar el avivamiento en nuestra relación vertical con Dios.

Hemos hablado de humildad, honestidad, arrepentimiento y santidad. Ahora, en la segunda parte de esta serie, estaremos explorando la parte práctica de ese avivamiento y cómo afecta nuestras relaciones con los demás.

Me vienen a la mente los Diez Mandamientos. Los primeros cuatro tienen que ver con tu relación vertical con Dios y los últimos seis con tu relación con los demás, con tu prójimo.

Claro que es primordial, poner en primer lugar la relación vertical con Dios, porque si no está bien, no hay manera de que puedas estar bien con los demás. Al aprender a vivir con humildad, honestidad, arrepentimiento y santidad, ahora debemos ver cómo todo ello debe reflejarse en la forma como nos relacionamos con los demás.

Tiene que funcionar en el laboratorio de la vida, dentro de las paredes de nuestras propias casas. Estuvimos hablando de la importancia de tener una conciencia limpia. En otras palabras, lidiar con nuestras ofensas hacia los demás. Ahora vamos a hacerlo al revés, y a lidiar con las ofensas de los demás hacia nosotras.

Nota el orden en que puse las cosas. La conciencia limpia primero, y en segundo lugar, la amargura y el perdón. Son muchas personas que quieren lidiar con las ofensas de los demás hacia ellos primero, pero Dios nos deja dicho: ¡No!, «lidia primero con tus ofensas hacia los demás. Saca la viga de tu propio ojo para que, entonces, puedas involucrarte en ayudar a otros a lidiar con sus ofensas» (Mateo 7:5, parafraseado).

Por lo que, esta semana, queremos hablar acerca de cómo tratar con las heridas causadas por otros. Hay muchos pasajes que vamos a consultar en los próximos días, pero un pasaje clave en lo relativo a todo este asunto de amargura se encuentra en Hebreos 12. 

Veremos este pasaje otra vez más adelante, pero déjenme leerles dos versículos de Hebreos 12, el 15 y 16. 

El versículo 15 dice: «Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados»; «de que no haya ninguna persona inmoral ni profana como Esaú, que vendió su primogenitura por una comida» (v.16).

Ese pasaje (y lo veremos más adelante) habla de tres problemas de raíz en la vida del creyente con los que hay que lidiar si queremos experimentar un avivamiento:

  • Una raíz es la amargura, de la que estamos hablando esta semana
  • La segunda es la impureza moral—trata de la inmoralidad sexual, de la que hablaremos en un programa futuro
  • Y la tercera raíz es todo aquello que tiene que ver con los valores temporales y la pérdida de perspectiva ante lo que realmente importa 

Tenemos que tratar con ellos. El autor de Hebreos dice: «Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios». Mirad bien. Creo que eso significa que tenemos la responsabilidad de ayudarnos mutuamente para no caer en la amargura.

Quisiera asegurarme de que nadie que me escuche se quede corto de obtener la gracia de Dios. No quiero que dejes de obtener la gracia de Dios, sino que trates con cada raíz de amargura que tengas en tu vida, porque, ¿qué pasa si no? Este pasaje dice que vas a tener problemas y que muchos otros se van a contaminar con la raíz de tu amargura.

Ahora, Efesios 4:31-32, es otro pasaje que nos habla del mismo tema. Este dice: «Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros así como también Dios os perdonó en Cristo».

Aparta la amargura, dice este pasaje. Deshazte de ella. Trata con ella. No te aferres a ella. No dejes que te convierta en una prisionera como lo hizo con Miss Havisham. En el Nuevo Testamento al estudiar la amargura, vemos que esencialmente viene como una respuesta a la ira o al resentimiento producidos por personas o circunstancias dolorosas y difíciles.

Pablo dice: «Deshazte de ella. No guardes amargura en tu corazón». Deshazte de ella. No te aferres a ella. El enemigo quiere mantenerte en estado de amargura, porque sabe que mientras estés amargada tu vida no va a dar frutos.

Será frustrante. Vivirás una vida cristiana agotadora y desgastante. Terminarás sobre un montón de escombros o podredumbre. Hay muchas palabras asociadas a la amargura en el Nuevo Testamento, y quiero echarles un vistazo para que nos ilustren por qué este es un asunto tan serio.

Por ejemplo, en Efesios 4:31, la amargura se vincula con enojo, la ira y la malicia. No es nada bueno. En Colosenses 3:19, es contrastada con el amor y dice: «Esposos, amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas».

Un dato interesante es que —en algunas traducciones— se lee tal y como dije: «No sean amargados con ellas». Otras traducciones dicen: «No sean ásperos con sus esposas». O sea que los maridos no deben manifestar amargura para sus esposas. No deben ser bruscos con ellas.

Una sola palabra ha sido traducida de ambas formas porque la amargura siempre va de la mano con la aspereza. Si estás amargada con alguna persona, no vas a hablarle o a referirte a ella con dulzura. Muy por el contrario, lo que se va a reflejar es la aspereza que acompaña a la amargura.

En Romanos 3, la amargura es asociada con maldecir, y en Santiago 3, con los celos. Celos, maledicencia, dureza, ira, cólera, malicia. ¿Quieres todas esas cosas en tu vida? No, claro que no. ¿Por qué permitimos que raíces de amargura permanezcan en nuestros corazones?

El sentimiento de amargura contrista al Espíritu de Dios. Probablemente eso es lo peor de todo. Aflige el Espíritu Santo. Demuestra la falta de confianza en el plan de Dios y en Su amor. Demuestra resistencia ante la voluntad de Dios. No nos gusta lo que Dios ha hecho. No nos gustan las elecciones que ha hecho para nosotros. 

Quizás no decimos que sentimos amargura contra Dios. Puede ser que el foco de nuestra amargura sea un exesposo, el jefe, un vecino o un niño, pero al final, toda esa amargura está dirigida hacia Dios. 

De manera que la amargura contrista al Espíritu de Dios, porque es una resistencia contra Él. Pero nuestra amargura también afecta a otros. Las personas que no perdonan, generalmente, terminan siendo duras y frías. A menudo se deprimen y hasta se enferman físicamente.

Hoy en día, hay muchas dolencias que según los médicos, son producto de nuestra negativa a perdonar. Es difícil convivir con una persona amargada. Se ponen negativas, críticas, cascarrabias. No quiero ser una mujer amargada, pero como saben, es más fácil reconocer la amargura en los demás, que en nosotras mismas.

Es por eso que necesitamos personas que nos amen a nuestro alrededor. Personas que nos pregunten, ¿tienes problemas con perdonar? ¿Será que te estás amargando? No solo contrista el Espíritu de Dios y afecta a las personas en nuestro entorno, sino que va a terminar destruyéndote a ti.

Es como el ácido. Corroe el envase que lo contiene. Así es de destructiva. La amargura es una respuesta errónea hacia las personas y hacia las circunstancias que están fuera de nuestro control, las cosas que no podemos cambiar, las cosas que no podemos arreglar —y como resultado de eso, nos amargamos.

Quisiera que busquemos en la Biblia el libro de Hebreos, capítulo 12. Quiero que examinemos el pasaje que nos habla de cuál es la perspectiva de Dios para lidiar con los problemas, las dificultades y las circunstancias dolorosas. 

Hebreos 12, comenzando en el versículo 5: «Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él». Todo el tema de este capítulo es la disciplina del Señor. Algunas traducciones dicen «corrección». Su disciplina, Su corrección.

Veremos como la disciplina de Dios obra para el bien de Sus hijos. Él es nuestro Padre celestial y Él nos inflige con varios tipos de corrección y disciplina para nuestro bien.

Él dice: «Cuando sufras la disciplina del Señor, no la tomes a la ligera y no te desanimes». Algunas traducciones dicen: «No desmayes». «No te rindas». «No te desesperes cuando estés siendo probado por el Señor a través de las circunstancias de la vida».

En su lugar, esas circunstancias deben verse como «una expresión del amor de Dios». Podrías decir entonces, «Dios me debe amar muchísimo para ponerme bajo todas estas circunstancias». ¿Sabes qué? Él lo hace, y estas circunstancias no solamente son una prueba del amor de Dios, sino la evidencia de nuestra relación con Él. 

Mira lo que dice en el versículo 6: «Porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo». Si estás siendo disciplinada por el Señor, esa es una evidencia de que eres una hija de Dios.

Continúa diciendo en los versículos 7 y 8: «Es para vuestra corrección que sufrís, Dios os trata como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?» Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no verdaderos».

Versículo 9: «Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos, y los respetábamos, ¿con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus y viviremos?» O sea, ¿cuál debe ser nuestra respuesta ante la disciplina de Dios; ante esas circunstancias que son decepcionantes, dolorosas, y duras? 

En lugar de amargarnos cuando se presenten, ¿qué debemos hacer? Debemos resistir y someternos a la mano y el corazón de nuestro Padre porque Él trae estas circunstancias a nuestras vidas para nuestro bien. El objetivo de Dios con estas experiencias, sea cual sea por la que estés pasando, es que sean provechosas para ti. 

Podrías preguntarte, «¿cómo que provechosas?» Bueno, mira el siguiente párrafo, versículos 10 y 11: «Porque ellos (nuestros padres terrenales)nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero Él (Dios)nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia». 

Es decir que el autor de Hebreos está diciendo que «hay un final a la vista». Hay un objetivo. Dios tiene un propósito con esto. «Él quiere producir el fruto de justicia en tu vida». Por lo que sí tienes que aguantar la disciplina y la corrección dolorosa de Dios para que puedas llegar de aquí a allí. 

No te amargues. No levantes las manos en señal de desesperación. No te rindas. No desmayes. No te salgas de la carrera. No arremetas contra la persona o circunstancia que te ha herido. Confía en la mano y el corazón de tu Padre. Esto es para tu bien.

Por lo tanto, leemos en los versículos 12 al 14: «Fortaleced las manos débiles y las rodillas que flaquean, y haced sendas derechas para vuestros pies, para que la pierna coja no se descoyunte, sino que se sane. Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». 

¿Qué es lo que dice este párrafo? Dice que «avances a través de la disciplina, a través del dolor». No te salgas de la carrera. 

He visto corredores de maratón que en el último trecho aflojan las manos y las rodillas en señal de que quieren rendirse antes de llegar a la meta. Hay personas a ambos lados de la calle aplaudiendo y gritando «¡puedes lograrlo! ¡puedes lograrlo!» 

Es fácil decirlo cuando no se está en los zapatos del corredor, pero Dios es quien está en ambos lados de nuestra calle gritándonos ¡Levanta esas manos! ¡Fortalece esas rodillas! ¡No te salgas de la carrera!

El autor afirma que Dios quiere que usemos Su disciplina para curar nuestras cojeras. Esas partes de nuestro cuerpo espiritual que son débiles, necesitadas, frágiles y que necesitan fortalecerse. Dios usa el dolor y la disciplina para sanar aquello que está descoyuntado en nosotros. 

Hay un proceso positivo que se produce a través de la disciplina. Dios quiere que en el medio de todo nos esforcemos para vivir en paz con todos los que nos rodean, incluyendo a aquellos que nos han causado dolor. Esfuérzate en alcanzar la paz con todo el mundo.

Tú no eres responsable de cómo el ofensor se relaciona contigo, pero sí eres responsable de cómo tú te relacionas con el ofensor. 

Lucha por alcanzar la paz con todo el mundo. Deshazte de toda amargura. Esa persona es un instrumento en las manos de Dios. Deja que Dios haga y deshaga en tu vida y confía en que Dios va obrar en la vida del ofensor también. 

Lucha no solo por paz, sino por la santidad «sin la cual nadie verá al Señor». ¿Qué quiere decir eso? Creo que el autor está diciendo «responde al dolor con santidad». ¿Por qué? Porque a través del dolor vas a ver y a experimentar a Dios como quizás no lo hubieses podido hacer de otra manera. 

«Persigue santidad, sin la cual nadie verá al Señor». No puedes ser santa sin dolor y no puedes ver a Dios sin esa santidad. Por lo que si quieres ver al Señor, si quieres tener una relación íntima con Él, tienes que estar dispuesta a someterte al dolor. 

Una amiga mía, con quien he estado hablando estos días, me comentaba que su esposo ha sido víctima de las malas decisiones y enredos de su socio. Tanto así, que su negocio podría terminar en la quiebra. El socio sabe que está haciendo lo mal hecho, pero como no le importa, sigue como si nada. 

En estos momentos ellos aún no han visto el final de este proceso; podrían aún terminar en la quiebra. Pero escuchar a mi amiga y sentir su gozo y su libertad y el dulce fruto que se está produciendo en su vida a través de este proceso largo y doloroso… y escucharla decir: «No cambiaría esto por nada del mundo».

Y esto no lo está diciendo ella mirando hacia atrás. Esto lo está diciendo justo en medio del calor del fuego y esa es una respuesta santa a esta prueba. El autor cierra en el versículo 15, y dice: «Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados». 

Esa es la alternativa. Si no recibes la gracia de Dios, vas terminar amargada. Dios te da la gracia para soportar la prueba, el problema, la decepción; pero si no te humillas ante Dios y recibes Su gracia, entonces vas a terminar siendo una amargada y esa amargura te va a traer problemas a ti y a todo el que tengas alrededor.

De manera que, ¿cuál es la cura para la amargura? Recibir y apropiarte de la gracia de Dios para poder lidiar con tu circunstancia, para que puedas responder a esa persona difícil. Aprende a ver la mano de Dios en tus circunstancias; Sus propósitos, Su diseño.

Y recibe la prueba como un regalo de Dios provisto para tu propio bien, para tu santificación. Dios te quiere conformar a la imagen de Cristo y Él va a usar esa circunstancia para hacerlo; siempre y cuando no produzca en ti amargura. 

A medida de que se vayan dando las cosas, clama a Dios como hemos estado aprendiendo a través de esta serie. Clama por Su gracia. «Señor, no puedo manejar a esta persona; no puedo manejar esta circunstancia; no puedo manejar este dolor. Te necesito».

Una y otra vez, y otra vez, y otra vez, Dios va a enviarte Su gracia a toda prisa a la escena de tu necesidad. Así verás más allá de las circunstancias, hacia el resultado que Dios quiere para tu vida.

¿Qué es esto? Él te está santificando. Te está moldeando a la imagen de Jesús –quien aprendió obediencia a través de todo lo que tuvo que soportar (Hebreos 5:8).Si ves el resultado final —esto es, la santidad, la semejanza con Cristo, la gloria de Dios en tu vida— ¿acaso no estarías dispuesta a soportar en lugar de elegir amargarte?

Es realmente tu decisión, si terminas amargada, incómoda, resentida o si terminas siendo santificada a la imagen de Cristo. Porque has recibido esas circunstancias de la mano de Dios, como un regalo de Dios, y decides recibir la gracia de Dios en vez de terminar amargada.

Padre, oro para que, incluso en este momento, se libere toda amargura y se reciba el perdón con brazos abiertos. Gracias por la forma en la que nos has perdonado, oh Dios, por Tu increíble gracia y misericordia en nuestras vidas.

Oro para que las que estén cautivas sean liberadas, para que continúen con sus vidas y disfruten de la plenitud y la abundancia de frutos; de todo lo que has escogido para nosotras cuando escogemos el camino del perdón. Oro en el nombre de Cristo Jesús, amén. 

Annamarie: Amén. Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha animado a recibir la gracia de Dios para soportar la prueba, y a no dejar que los dientes de la amargura y la falta de perdón nos impidan hacerlo.

Y quizá te preguntas, «¿cuándo es adecuado confrontar a alguien por una ofensa y cuándo debo pasarla por alto?» Mañana hablaremos acerca de esto en la continuación de esta serie titulada, «En busca de Dios».

Buscando a Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Acerca del orador

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a …

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