Aviva Nuestros Corazones Podcast

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Annamarie Sauter: Aunque a veces nos sintamos como arrebatadas de las manos de Dios, estamos seguras en Él.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Cuando llegas a esos momentos en los que has pecado o te sientes débil o exhausta o vulnerable, y te preguntas, «¿realmente estoy equipada para mantenerme en Cristo? Cuando estás siendo presionada, cuando estás siendo tentada». 

El hecho es que nosotras no nos mantenemos por nosotras mismas en Cristo. Es Él quien nos mantiene.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Deuteronomio capítulos 17 al 20.

Nancy está aquí con la conclusión de la serie titulada, «Un cántico para el peregrinaje del creyente». 

Nancy: Bueno, no se tú, pero yo he gozado este tiempo en que hemos meditado y profundizado un poco más en el Salmo 121. Es un ejemplo de cómo estas partes tan familiares de las Escrituras pueden tener grandes riquezas que no podemos encontrar si no nos detenemos y consideramos y contemplamos: ¿Qué dice? ¿Qué significa? ¿Y qué significa para nosotras?

Así que espero que este estudio haya sido de gran edificación como lo ha sido para mí. He estado trabajando por semanas en este salmo, pero al verlo en estos días, espero que haya sido de tanto aliento y ánimo para ti, como lo ha sido para mí.

Originalmente pensé que esta serie iba a durar solo tres días, y si has estado escuchando desde hace tres días, sabes que hemos estado estudiando y viendo los ocho versículos del salmo, pero mientras íbamos avanzando me di cuenta de que había una cuarta sesión que necesitaba agregarse a esta serie, y vas a entender la razón en pocos minutos.

Estamos en el Salmo 121. Es un Cántico de ascensión, una canción para aquellos peregrinos que se encontraban de camino a Sion, la ciudad de Dios, a Jerusalén. Y también es una canción para cualquiera de nosotras que va avanzando en su caminar cristiano, hasta ese dia que lleguemos a nuestro destino final, nuestro hogar en el trono de los cielos.

Permíteme leer el salmo, y luego quiero que nos enfoquemos en una frase del versículo 8. 

«Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te herirá de día, ni la luna de noche. El Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma. El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre». 

Qué bellas promesas tenemos en este pasaje, es un aliento especial y rico para todas nosotras, sea cual sea la etapa o la época en que estemos en este momento de nuestro peregrinaje. Pero hoy me quiero enfocar en la última frase de este salmo, que quizás, mientras he estado estudiando, sea la más preciosa promesa de todas: «El Señor te guardará…desde ahora y para siempre».

Esa última promesa habla de la seguridad del creyente. Estamos seguras ahora mientras viajamos en esta tierra, en nuestro peregrinaje hacia Sión, la Jerusalén celestial. Ahora, «desde ahora y para siempre», o como dicen algunas traducciones, «ahora, desde ahora y para siempre».

Estamos seguras –hemos sido compradas por Él durante nuestro viaje aquí en la tierra– pero también seguras y siendo compradas por Él para toda la eternidad. Estamos eternamente seguras.

Ahora, algún día quisiera hacer una serie completa sobre este tema, la seguridad del creyente, cómo podemos saber que nuestra salvación no se perderá, que es permanente –no por nosotras sino por Dios. Él es nuestro guardador. Cómo tener seguridad de salvación, que es un poco diferente a la seguridad del creyente. Estamos seguras tengamos o no la certeza. La certeza es darnos cuenta muy íntimamente, de que estamos seguras.

Así que estudiaremos más profundamente algún día, si el Señor lo permite, pero hoy solo les quiero introducir este tema porque creo que es tan importante y que crea confusión para muchas personas.

Ahora, algunas personas creen que la Biblia enseña, y por lo tanto ellas enseñan, que somos salvas como un acto de nuestra voluntad; que elegimos ser hijas de Dios. Por lo tanto, estas personas dicen, que podemos perder nuestra salvación por un acto de nuestra voluntad –como por cometer algún gran pecado o por rechazar la fe.

Y sé que existen personas que verdaderamente creen esto. He tenido este tipo de conversaciones. Y no es mi intención simplificarla. Sé que hay personas que nos escuchan que tienen una perspectiva diferente sobre este tema. Pero déjame decirte lo que entiendo que la Palabra de Dios enseña al respecto, y la base es que, si nuestra salvación dependiera de cualquier manera de lo que hacemos o dejemos de hacer, entonces existiría algo que podemos hacer para perderla.

Pero si nuestra salvación se basa solamente en la gracia de Dios y en la misericordia de Dios, y en lo que Dios ha hecho por nosotras a través de Cristo –que es lo que creo que la Biblia nos enseña– que es la sola base de nuestra salvación, entonces no hay manera de perder ese regalo de Dios.

Ahora, este salmo que hemos estudiado esta semana, no es un ensayo sobre la seguridad eterna del creyente, pero pienso que nos da destellos de esto –en todo el salmo– pero, particularmente, en este último versículo. 

Vemos que Dios es nuestro guardador. Dios es fiel. Vemos Su eterno pacto con su pueblo. Él cuida a su pueblo. Él guarda a su pueblo. Nos mantiene seguros. Vemos Su gracia. Y la vida eterna es un regalo de la gracia de Dios, y para ser vida eterna, tiene que ser eterna.

Ahora, muchos llamarían a esta doctrina –muchos cuyos escritos y enseñanzas respeto grandemente– llaman a esta doctrina «la perseverancia de los santos». Sin embargo, no estoy segura de que esta sea la mejor frase para esto, porque, justo a mí, me suena como si dependiera de nosotras la perseverancia. Pone el enfoque en nuestra habilidad y deseo de perseverar.

Entonces, ¿qué pasa si no puedo sostenerme? ¿Qué pasa si me canso de perseverar? ¿Qué pasa si mis fuerzas se agotan –lo que realmente pasa muchos días? ¿Qué pasa si no puedo perseverar por mí misma?

Ahora, las personas que usan esta frase la entienden correctamente, pero pienso que algunas veces, cuando la escuchas, puede sugerir que depende de nosotras, la «perseverancia de los santos». 

Así que, en mi opinión, es mejor hablar acerca de la «conservación de los santos». Esto pone el enfoque en la habilidad de Dios de mantenernos –de mantenernos salvas, de mantenernos en Cristo, de mantenernos en la fe, de mantenernos dentro del camino hacia el cielo.

Si vamos a hablar acerca de «la conservación o la preservación», pienso que es mejor decir, «la preservación del Señor» de sus santos, en vez de hablar de la «perseverancia de los santos». Y esto puede sonar como algo semántico, pero pienso que es muy importante. Cuando llegas a esos momentos en los que has pecado o te sientes débil o exhausta o vulnerable, y te preguntas, ¿realmente estoy equipada para mantenerme en Cristo? Cuando estás siendo presionada, cuando estás siendo tentada. 

El hecho es que nosotras no nos mantenemos por nosotras mismas en Cristo.Es Él quien nos mantiene. Nosotras nos mantenemos aferradas a Él, cosa que podemos hacer por que Él nos mantiene aferradas. Él es quien hace nuestra salvación segura ahora y para siempre, como lo dice el Salmo 121 en el versículo 8.

Permíteme leerte algunos versículos del Nuevo Testamento que expanden sobre este tema y lo enfatizan.

Primera de Pedro capitulo 1, empezando en el versículo 3, dice: «…quien según su gran misericordia…», vean cuán céntrico es Dios en esto. Dios inicia nuestra salvación. Dios mantiene nuestra salvación, «…quien según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros, que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo» (vv. 3-5)

Ahora, esta es una oración del apóstol Pedro que parece eterna, parece no tener fin, así que cuando vemos esto debemos dar un paso atrás y analizar esta frase en el momento oportuno. No lo haremos con este pasaje hoy, ¿pero percibiste el concepto de que nuestra salvación nos espera en los cielos, y que es una salvación que Dios ha comprado por su misericordia para nosotras? Hemos sido salvas. Hemos sido santificadas. Y seremos salvadas, y seremos glorificadas.

Y cuando lleguemos al cielo, encontraremos que existe un tesoro que Él ha guardado para nosotras, nuestra última y final salvación. Él la está guardando para aquellas que durante toda su vida han guardado, atesorado, por medio de la fe, la salvación que está lista para ser revelada en el último tiempo.

Dios nos esta guardando para algo que Él ha guardado para nosotras. Es de Dios todo el hecho de guardar y guardarnos. Esto nos lleva devuelta al Salmo 121: «El Señor es tu guardador».

Filipenses capítulo 1, versículo 6, (aquí tenemos una oración más corta del apóstol Pablo. Que quizás sea más fácil de digerir). «Estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús».

Si Dios te salvó, entonces Él completará tu salvación y completará la obra de santificación y transformación hasta el día en que veamos a Jesucristo cara a cara. Pablo dice, «estando convencido de esto». No tengo ninguna duda de esto. Yo lo sé. Esto no quiere decir que no fallaremos. No significa que no pecaremos –hablaremos de esto en un momento– pero podemos estar seguras de que el que comenzó en nosotras la buena obra la llevará hasta completarla.

Aquí hay otro texto: Romanos capítulo 8 versículos 29 y 30. Y de nuevo, hay muchos conceptos teológicos aquí. No vamos a profundizar en ellos. Pero escuchen el concepto completo. 

«Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó».

Toda persona que Dios llama y trae a la fe en Cristo para ser justificada, lo hace justo a través de Cristo. Y a todas esas personas Dios las glorificará. Él va a terminar Su obra. Y al final seremos como Jesús. Ese proceso de transformación estará completo.

Así que, si has sido justificada a través de la fe en Cristo –estas son palabras preciosas y otra manera de describir nuestra salvación– si has sido salvada puedes estar segura de que serás glorificada también. Dios completará la obra que ha comenzado en ti.

Dios ha prometido que nos sostendrá. Leemos en la última sesión de Juan capítulo 17, donde Cristo oró al Padre, rogándole al Padre que nos guarde en Su nombre. «Sostén, guarda, a los que me has dado». Él oró por eso.

Podemos estar seguras de que nuestras oraciones serán contestadas.

También lo sabemos porque las Escrituras nos dicen que Jesús hoy está en el cielo intercediendo por nosotras como nuestro Abogado a la diestra del Padre. Así que cuando pecamos, o cuando Satanás viene y nos acusa: «¿Viste lo que ella hizo?» Y esas acusaciones pueden atacar nuestras mentes y nuestra fe y nuestra seguridad de salvación. Pero tenemos un abogado delante del Padre, y hoy Él intercede por nosotras.

Él le dijo a Pedro, «vas a caer porque Satanás te va a zarandear. Pero cuando regreses, ve y ayuda a tus hermanos para que no caigan» (paráfrasis).

Él dice, «he rogado por ti». Jesús intercede por nosotras. Él intercedió por nosotras ahí cuando oró en Juan 17. Y Él está intercediendo por nosotras hoy para que nuestra fe no falte.

Escucha, si nuestra fe no falta, no es porque tenemos una gran fe. Es porque tenemos un gran Abogado, un gran Intercesor que nunca deja de orar para que nuestra fe no falte.

Luego en Romanos 8 –ya leímos los versículos 29 y 30, pero ahora ve al final de Romanos 8, los últimos dos versículos– Pablo dice:

«Porque estoy convencido (esto es después de hablar acerca de la salvación de la muerte y la obra de Cristo –basado en eso, estoy seguro) de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (vv. 38-39).

Algunas personas pueden decir: «Sí, nada nos puede separar del amor de Dios, pero… y qué si yo misma me separo de Dios?» ¿Eres parte del todo o de esa nada? Nada. Ni siquiera tú. Ni siquiera nosotras cuando pecamos, podemos separarnos de Su amor una vez lo hemos experimentado y hemos llegado a ser parte de su familia.

Jesús lo dijo de esta manera…estoy mencionando algunos versículos para mostrarte con algunos ejemplos lo que enseña el Nuevo Testamento, lo que menciona el Salmo 121. Juan capítulo 10, empezando en el versículo 27: 

«Mis ovejas (aquellas que me pertenecen) oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen. Y yo les doy vida eterna (Jesús dice) y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano…»

Esa construcción del griego original es enfática. Puede ser mejor traducida como: «Ciertamente no perecerán nunca». Esto es lo que Jesús está diciendo, y esta es la base de nuestra seguridad. 

«… y nadie (dice Cristo) las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (vv. 27-19).

Ahora, ¿en qué manos estamos? ¿En las manos de Jesús o en las manos del Padre? La respuesta es: Sí. Estamos en las manos de Jesús, y estamos en las manos del Padre –doble protección– sostenidas por la mano de Dios el Padre, Dios el Hijo quien sus manos son más grandes que nuestra fe tambaleante. «Nadie las arrebatará de Mi mano» dice Jesús, «ni de la mano del Padre».

Ahora, esto no significa que todo el que dice ser seguidor de Cristo será salvo. Jesús lo dejó claro en Mateo capítulo 7 cuando dijo: 

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” y entonces les declararé: “Jamás os conocí; (no eras mi oveja, para usar esa analogía) apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad» (vv. 21-23).

Ahora, esta declaración debe de poner temblar a las personas que proclaman una profesión de fe que no poseen. Ellos profesan a Cristo con sus labios, pero no poseen a Cristo. Tengo que decir que, tristemente, existen algunas personas en nuestras iglesias, en muchas, si no en todas nuestras iglesias, que parece que pertenecen a Cristo. Quizás hasta estén involucrados activamente en su iglesia local. Quizás tengan muchas actividades religiosas. Saben como hablar. Saben como actuar. Pero no tienen a Jesús. No le pertenecen.

Ellos no se han arrepentido de ir por su propio camino y no han puesto su fe en Jesucristo. Ellos no han sido llamados. No tienen a Cristo. Así que no tienen la seguridad de salvación.

Dios anhela que el Espíritu Santo, trabaje por medio de Su Palabra, traiga seguridad de salvación a las personas que han nacido de nuevo, y por otro lado que cause dudas en las mentes de aquellas que no lo son. Si hablas como creyente y haces cosas que son religiosas, pero no tienes un corazón para Cristo, no tienes amor por Cristo, no estás creciendo en tu fe, no estás conectada a Cristo –la vid– no estás viviendo en Él, para usar la metáfora que usa Juan 15, entonces debes detenerte y preguntarte: «¿Realmente nací de nuevo? ¿Soy una hija de Dios? ¿Soy una de sus ovejas?»

Ahora, decir esto no significa que una verdadera creyente nunca peque, porque todos los creyentes pecan. Algunos que han tomado esta posición han hablado acerca de la «perfección sin pecado» –y si fuéramos a hablar de esta teología, veríamos que no es bíblica. De este lado del cielo vamos a pecar, y algunas veces vamos a caer terriblemente, podemos cometer pecados serios como creyentes.

Pero cuando los creyentes pecan de esta forma, no están actuando de acuerdo a quienes son en Cristo, y puedes estar segura de que Dios tratará con ellos. Si somos sus hijas, Él va a tratar con nosotras como sus hijas. La convicción de Su Espíritu caerá con peso sobre nosotras.

El Salmo 32 dice: «Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano» (vv. 3-4). Así es como Dios nos guarda, por la convicción que nos dice, «no, esto no es lo que eres. Esto no es lo que estás llamada a ser». Serás miserable. Y tarde o temprano, si realmente naciste de nuevo, tarde o temprano te arrepentirás y buscarás la restauración.

Ahora, lo peligroso para nosotras es tratar de descubrir quién está de qué lado, ya que no sabemos. No podemos ver el corazón. No sabemos si alguien es quizás una creyente joven. No sabemos si se arrepentirán, si serán restauradas. Jesús dijo, «el trigo y la cizaña crecerán juntos», y no puedes decir cuál es cuál, hasta el final de los tiempos.

Pero la Palabra de Dios nos dice que nos examinemos a nosotras mismas, que examinemos nuestros corazones y nos aseguremos de que estamos en la fe, porque si no tienes evidencia de que Cristo vive en ti, entonces no puedes decir, «oh, yo oré esa oración cuando era niña, entonces tengo seguridad eterna». No, eso no está bien.

Te puedes dar cuenta de que la preocupación de algunas personas que resisten la enseñanza de la seguridad eterna del creyente, o «la preservación de Dios sobre sus santos», es que si les dices a las personas, «una vez salva, siempre salva», ellas perderán su motivación por la santidad, y se sentirán libres de pecar, esto les aprobará una vida desinteresada y sin cuidado.

Pero las que han nacido de nuevo en verdad, aquellas que tienen al Espíritu de Dios morando en ellas, que saben que conocen la perseverancia del amor y la fidelidad de Dios, están ansiosas y deseosas por no pecar contra Él. Esto es parte de la nueva naturaleza.

Existen muchos himnos y canciones, algunos que nos son familiares, a través de la historia de la iglesia, que testifican de este amor verdadero, la esperanza segura que tenemos en Cristo. Quizás estés familiarizada con este: 

«Mi esperanza está en Jesús
Solo en su sangre y rectitud
De nadie más dependeré
Solo en su nombre confiaré

Al no poder su rostro ver
Descansaré en su gracia fiel
En la tormenta venceré 
Mi ancla firme está en él».

(Mi esperanza está en Jesús) / (La Roca Eterna por Edward Mote, circa 1834).

Y este es otro himno (que seguro conoces), dice:

«Sin culpas ya, y sin temor
Es el poder de Cristo en mí
Desde el nacer hasta el morir
Cristo dirige mi existir

No hay infierno, no hay poder
Que me separe hoy de Él
Hasta que Él venga o muera yo
Firme en Jesús me quedaré».

(Solo en Jesús)

Y con esto, Padre, te agradecemos por la promesa que nos diste en el Salmo 121, y en los demás pasajes del Nuevo Testamento: «El Señor te guarde desde ahora y para siempre». Y por esto te damos gracias, en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: ¿No es maravilloso pensar que Dios nos guarda para recibir aquello que Él tiene guardado para nosotras? Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado hablando acerca de esto y la realidad de que Dios sostiene nuestras vidas. Ella regresará en breve. Este mensaje es el último en la serie titulada, «Un cántico para el peregrinaje del creyente». 

Cada una de nosotras tiene una historia particular y es precioso ver cómo Dios va obrando en nuestras vidas. Si has sido bendecida con las verdades que has escuchado hoy, te animo a interceptar la historia de alguna mujer compartiéndole estos programas. Hazlo fácilmente por medio de diversas plataformas, a través de nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com.

Desde que se comenzó a legalizar el aborto, padres y madres han tomado millones de vidas de bebés— y cada uno atravesó circunstancias particulares. Mañana escucharás la historia de una de estas parejas que encontró libertad y perdón en Cristo. 

Ahora Nancy regresa con nosotras con la conclusión de la enseñanza de hoy.

Nancy: Matt Merker es un hombre que sirve en el cuerpo pastoral de la iglesia de Capitol Hill en Washington D.C. Él escribe cómo estaba atravesando por una etapa de duda en un punto de su vida.

Él dice: «Estaba batallando con una pregunta difícil respecto a la fe, y luchando con poner mi confianza en el poder permanente de Dios y en Su gracia que nos preserva. 

Bueno, durante esa época, él escuchó un sermón del pastor John Piper del último párrafo del libro de Judas en el Nuevo Testamento. Y él decía, «ese sermón fue un salvavidas para mí, y Judas 24 se convirtió en la antorcha para mi alma en esa etapa de lucha».

Esto es lo que el versículo dice: «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída y para presentaros sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría».

Bueno, meditando en este pasaje, Matt sacó las letras de un himno antiguo que alguien le había enviado. Fue escrito en 1906 por una mujer llamada Ada Haberson. Y esas palabras le ministraron profundamente.

Mientras él meditaba en este texto, él escribió una melodía para estas palabras y luego añadió otra parte, y eventualmente enseñó este himno a su iglesia. Se ha convertido en un himno amado para nuestra época. Y mientras compartimos estas palabras hoy, déjalas que laven tu alma y te brinden la confianza en Cristo.

Annamarie: Escudriñando la Escritura juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

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