Aviva Nuestros Corazones Podcast

Annamarie Sauter: Muchas personas viven la vida sin considerar la existencia de un Creador. Con nosotras Fausto González.

Fausto González de Chávez: Jamás a mí se me habría ocurrido buscar la voluntad de Dios para nuestra familia. Eso no era algo que hacíamos de esa manera. Como buenos «religiosos» íbamos a la iglesia y participábamos de actividades en la iglesia; pero yo no tenía una vida de comunión con Dios, yo no le conocía, ni siquiera le reconocía.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Deuteronomio capítulos 21 al 23.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Le agradezco tanto a Dios por darnos personas en el equipo de trabajo de este ministerio que tienen sus propios legados y testimonios de vida. Ellos tienen sus propias experiencias de cómo la Palabra de Dios obra en sus vidas y de cómo ellos abrazan la verdad allí revelada.

Recuerdo, hace unos años, cuando Laura González, quien es directora de Aviva Nuestros Corazones, me escribió un correo electrónico y compartió conmigo cómo, antes de conocer a Cristo, ella se había practicado un aborto. Ella me escribió cómo había conocido a Jesús y cómo se había arrepentido por haberle quitado la vida a su hijo. 

Estoy muy contenta de que Laura haya abierto su corazón acerca de este evento particular en su viaje espiritual, de modo que Dios ahora pueda usar su historia en las vidas de otras mujeres, para ayudarlas a experimentar libertad, plenitud y abundancia en Cristo. Así que, en lo que resta de esta semana, estaremos escuchando a Laura y a su esposo, Fausto. Ellos compartirán con nosotros cómo han experimentado la gracia de Dios.

Fausto: Mi nombre es Fausto González de Chávez.

Laura: Mi nombre es Laura González de Chávez.

Fausto: Soy odontólogo de profesión, practiqué mi carrera por 25 años –retirado ya hace diez– y ordenado pastor también más de diez años. El Señor nos ha concedido un ministerio radial llamado, Un hogar sobre la Roca, redimiendo el diseño de Dios para la familia.

Estoy pastoreando una iglesia en Estados Unidos, en el estado de Oklahoma, desde hace unos años ya, donde residimos.

Laura: Yo soy esposa de Fausto, tengo el gozo y el privilegio de dirigir el ministerio Aviva Nuestros Corazones, aparte también de coproducir también con Fausto, Hogar sobre la Roca. Dios me ha bendecido pudiendo llegar a tantas mujeres a través de este ministerio que ha alcanzado muchos corazones de muchas mujeres alrededor del mundo y estamos muy agradecidos por esa oportunidad.

Fausto: Yo provengo de una familia disfuncional. Mi padre y mi madre no tenían un buen matrimonio. Mi padre fue un hombre infiel desde comienzos del matrimonio, y así fue hasta que se divorciaron finalmente cuando yo tenía 23 años de edad, y concluyendo mi carrera de odontología.

De manera que mi cosmovisión de la familia partía de mi experiencia personal, que fue crecer en un hogar con un padre desconectado, no amoroso, infiel, ausente, y una madre tratando de compensar las carencias de mi padre, y crecer viendo estos desbalances, que de una manera u otra, van dejando una huella, una marca en cómo vamos creciendo, y la visión y el entendimiento que vamos teniendo de lo que es la familia, el rol del esposo, la esposa, el padre, la madre, y aún de los hijos, dentro del contexto de la familia.

Laura: Yo crecí en un hogar estable, pero ocurrieron circunstancias en mi vida que me desestabilizaron, por así decirlo. Mi madre murió cuando yo tenía siete años, y pasé a vivir con mi tía –que se convirtió en mi mamá. Ella yo la considero mi mamá, murió hace unos años, bastantes años, pero aún así para mí fue mi madre.

Yo siempre crecí con un amor muy particular por la familia, por el hogar, por la familia nuclear. Yo no era creyente. Estamos hablando de cuando no conocíamos al Señor. Éramos católicos. Yo era católica, temerosa de Dios porque en mi familia había mucha religiosidad, pero había un temor de dios; pero no del Dios que conozco hoy.

Recuerdo, de niña, que yo quería casarme y quería tener hijos. Nunca pensé cuántos tendría, pero sí me imaginaba casada y con hijos, con una vida familiar de unidad, porque así yo la viví. Cuando me fui a vivir con mi tía, por ejemplo, mi hermano, hijo de mi tía, vivía justo al lado y cruzaba continuamente, venía a comer una vez a la semana, los niños estaban en el patio jugando… yo crecí en un ambiente de familia, de unión familiar, y yo visualizaba mi matrimonio así, de esa forma; totalmente desconectado –todavía– de todo entendimiento bíblico. Simplemente era lo que yo anhelaba porque era lo que había visto.

Fausto: Mi caso fue muy diferente porque crecí en un hogar como el que les describí. Un hogar disfuncional. Crecí sin el apoyo ni el afecto de un padre, y mirando hacia el futuro, ya como un adulto, recuerdo crecer con temores de si yo podría ser el esposo que quería ser, si yo podría ser el padre que quería ser, dado que no tuve un modelo, no tuve un ejemplo. Y aunque yo no era cristiano, crecí en un hogar donde no se practicaba la fe, mis padres eran espiritistas, ellos practicaban ese culto católico africano de creer en espíritus y de convocar a los espíritus en sesiones espirituales. Yo no tenía un fundamento bíblico de lo que era el matrimonio, de manera que ni lo vi en mi hogar mientras crecía, ni lo conocía ni siquiera en teoría.

Me acuerdo en mis años de adolescencia, crecer con ese pensamiento, ¿podré ser padre, esposo, diferente a lo que he visto en mi hogar? De manera que yo entro al matrimonio, cuando ya llega el momento de casarme, con temores. Temores que yo trataba de encubrir, de encajonar, pero que estaban allí.

Recuerdo que eran reales para mí, y así avanzo y cuando entro ya en los veinte, y contemplo la posibilidad de un futuro matrimonio yo tenía esos miedos, y recuerdo haber pensado para mí, «quizás yo no deba tener hijos porque no creo que pueda hacerlo bien». 

Mi padre mostraba siempre aversión por los niños. Recuerdo en mi hogar, que él le decía a mi mamá, «Sora, llévate a los niños de aquí, llévate estos niños», porque le molestábamos con nuestras risas y nuestros juegos, y yo recuerdo crecer pensando así también. Yo veía niños y no me agradaban, los veía como una fuente de molestia.

Laura: Es increíble cómo nuestros trasfondos nos marcan y determinan de cierta forma cómo vamos a vivir, a menos que pase algo sobrenatural como lo que sucedió en nuestra vida cuando conocimos al Señor, de lo cual hablaremos en su momento.

Fausto: Laura y yo nos conocimos en noviembre de 1977, a finales del año. Yo tenía 18 años y ella cumplía en esos días 17 años. Tuvimos una relación –como dicen en inglés– ON and Off. Teníamos un tiempo juntos, terminábamos, nos volvíamos a reconciliar, pasamos un año juntos, terminamos de nuevo, y no es hasta la tercera ronda que ya formalizamos el noviazgo y tenemos un noviazgo de dos años y pico, pero que no culmina en el matrimonio. Volvimos a terminar una tercera vez, y ahí ya nos separamos por casi cuatro años.

Ella siguió su vida, yo regrese a los Estados Unidos, recuerden que todo este preámbulo está sucediendo en República Dominicana, donde vivíamos en aquel entonces. Yo regreso a Estados Unidos a concluir mis estudios odontológicos, a hacer estudios de posgrado, y luego de cuatro años de estar separados hago un acercamiento a distancia por correo a Laura, y ella acepta y entonces nos reencontramos y unos meses más tarde nos casamos.

Laura: Yo no recuerdo, en nuestro noviazgo –y pudiera estar equivocada, quizás Fausto puede hablar más al respecto– pero yo no recuerdo haber hablado nunca sobre cuántos hijos tendríamos, cuándo los tendríamos…Yo me casé con el entendimiento de que yo quería niños y creo que Fausto también entendía que los niños vendrían, pero la verdad, nunca nos sentamos a hablar, «oye, ¿qué piensas de la familia? ¿Cuántos hijos quisiéramos tener?

Nunca hablamos de ese tipo de cosas, pero sí, yo tenía el entendimiento de que tendría una familia, grande o pequeña, pero que tendría una familia.

Fausto: En mi caso, yo recuerdo no hablar del tema a propósito. Me acuerdo ser intencional en no traer el tema de los hijos al noviazgo, porque yo tenía mi opinión. Tenía mis temores, como ya les dije, y Laura tampoco lo trajo a colación. No era una novia que hablaba de eso todo el tiempo, que me inquietara. Si yo hubiera tenido una novia que me hablara de los hijos, de los hijos…eso me habría causado cierta presión porque yo tenía mi posición.

Pero como nunca se habló claramente durante el noviazgo, como éramos incrédulos, nunca recibimos una consejería prematrimonial en la iglesia, no teníamos una pareja de mentores con quien pudiéramos hablar de estos tópicos, pues no se habló. 

Y recuerdo que cuando ya estábamos casados, Laura a los dos años, me abarca en cuanto a querer empezar a buscar, y recuerdo haberme dicho a mí mismo, «Fausto, tú no puedes decirle que no quieres hijos porque tú nunca hablaste de eso antes del matrimonio, eso sería jugarle sucio, porque hay parejas que lo hablan durante el noviazgo, y dicen,«yo no quiero hijos o quiero un solo hijo», pero eso no se había hablado, y ahora yo entendía que habría sido una jugada muy fea si yo le decía, «no, yo no quiero hijos», eso no habría sido justo. 

Laura: Nos casamos en febrero de 1987, y así empieza nuestra vida matrimonial. Estábamos alegres, contentos de esta nueva etapa en la que estábamos. Nos mudamos de Santo Domingo. Nos fuimos a la ciudad de Miami, Florida, donde Fausto estaba acabando su carrera de odontología. 

En ese momento no estábamos buscando niños, pensábamos que estábamos en control. Estábamos simplemente disfrutándonos y conociéndonos mejor el uno al otro, como normalmente piensan los que se casan.

Fausto: Correcto, y como el mundo nos enseña, «no tengan hijos enseguida, conózcanse, compartan, compártanse el uno al otro porque una vez que empiecen a llegar los hijos ya nada es igual». Y uno compraba todas esas mentiras, y las creíamos porque no conocíamos de Dios en cuanto a estas cosas.

Recuerdo que pasaron nuestros primeros dos años de matrimonio, primero en Miami, luego nos mudamos a la ciudad de Orlando donde abro mi consultorio dental, y estábamos viviendo nuestra familia (de nosotros dos). Laura se embaraza justo a los dos años de casados, en febrero del 89, y nuestra hija Sarah Beatriz, nace en septiembre de ese año, 1989. 

Fue un embarazo sin ninguna eventualidad, fue un embarazo muy bueno, Laura lo disfrutó mucho, lo anticipábamos. Y aunque yo luchaba con mis temores de si yo sería un padre aceptable, un buen padre, recuerdo que había cierta emoción, había anticipación de lo que esta etapa de nuestras vidas de familia iba a traer.

Laura: Al momento de casarnos, como dijimos al principio, no conocíamos al Señor realmente, y vivíamos de acuerdo a nuestro propio entendimiento. Nuestra descendencia no era una de nuestras preocupaciones. Aunque yo quería tener hijos, como que no hablábamos de eso. Sí sabíamos en ese momento, como Fausto dijo, no queríamos tenerlos. Sabíamos que eventualmente tendríamos una familia, pero no habíamos determinado cuándo ni cuántos. Teníamos claro que queríamos esperar porque no sabíamos con certeza cómo se desarrollaría la carrera de Fausto. Fausto estaba haciendo su carrera odontológica, empezando un consultorio dental, entonces queríamos esperar a ver cómo eso iba a desarrollarse.

Por otro lado, sabíamos que a Fausto no le gustaban tanto los niños, aunque pensamos que sería «bueno» tener uno o dos, porque…yo me maravillo cómo uno cuando no está con Dios, uno es su propio Dios, entonces nosotros determinamos que quizás uno o dos. No recuerdo que jamás hayamos orado para buscar la voluntad de Dios en ese sentido, «Señor, cuántos hijos Tú quieres darnos», porque no conocíamos al Señor.

Sabíamos cuál era nuestro deseo y eso era suficiente. En todo caso, de haber pensado en buscar la voluntad de Dios, creo que hubiéramos justificado el no obedecerle en aquel momento de nuestra vida, porque habríamos encontrado suficientes razones para rebatir Su voluntad, porque no lo conocíamos.

Fausto: En realidad no teníamos una relación con Dios. Éramos católicos nominales, de tradición, de los que íbamos a la iglesia si no había nada mejor que hacer, pero jamás a mí se me hubiera ocurrido buscar la voluntad de Dios para nuestra familia. Eso no era algo que hacíamos de esa manera. Como buenos «religiosos» íbamos a la iglesia y participábamos de actividades en la iglesia, pero yo no tenía una vida de comunión con Dios, yo no le conocía, ni siquiera le reconocía.

Lo más cerca que yo llegaba en ese sentido era decir que sí, que probablemente existía un ser superior que creó las cosas que existen. Pero eso es lo más cerca que yo llegaba de eso. Entonces, luego de un embarazo muy bueno, Laura da a luz a Sarah, el 25 de septiembre del 89, y ahí empieza nuestra nueva etapa de padres, cuidando del bebé, aprendiendo mucho sobre el bebé, nos gustaba aprender, nos gustaba conocer, hacer las cosas bien, comprábamos libros.

De nuevo, Dios fuera de todo lo que tenía que ver con eso.

Laura: Antes de embarazarme de Sarah, nosotros esperamos dos años antes de empezar a tratar de tener hijos porque pensábamos como acabamos de comentar. Es bueno señalar que nos preocupábamos mucho por protegernos. Como no queríamos tener niños inmediatamente, yo recuerdo que en aquel momento llevábamos el método del ritmo, y con fidelidad lo llevamos pensando que estábamos en total control de la situación.

Finalmente decidimos que era tiempo de buscar. Ya teníamos un año y medio de casados, y recuerdo que tratamos y tratamos y nada. Pero finalmente, luego de varios meses quedé embarazada con Sarah. Estábamos felices porque pensábamos que nadie habría disfrutado un embarazo más que yo. Tanto así que recuerdo que cuando di a luz, sentí que me hacía falta la barriga.

Luego de ese parto volvimos a tomar el control de la situación, y a cuidarme. Recuerdo que yo tomé pastillas anticonceptivas por muchos años, para no embarazarme inmediatamente.

Fausto: Recuerdo que cuando Sarah tenía un año más o menos, que es el momento en que uno contempla la posibilidad de un segundo bebé, para aquellos que quieren dos o tres, recuerdo que lo que el mundo nos enseña era lo que estaba en nuestras mentes, y en mi mente en particular, yo recuerdo pensar, «bueno, pero otro hijo…o un tercero, qué nos va a conllevar, cuánto nos va a costar.

La sociedad te dice que son costosos, las universidades, que son problemáticos, que no es fácil… ese refrán: «Cría cuervos y te sacarán los ojos». Yo creía todas esas mentiras, y recuerdo que fue algo que nos hizo volver a evitar un niño con las pastillas anticonceptivas, porque había que pensar si eso era algo que queríamos hacer, y de decidir hacerlo, cuándo sería el momento propicio. 

Recuerden que sin Dios, uno es Dios y uno tiene que planificar su vida y su futuro.

Laura: Cuando Sarah tenía aproximadamente un año y medio, yo recuerdo que le dio Varicela. Estábamos visitando Santo Domingo. Recuerden que vivíamos en Orlando, Florida en aquel momento. Y unos días después de llegar a Orlando a mí también me dio la Varicela y me dio mucho peor que a ella. A las pocas semanas noté que mi periodo estaba retrasado y se lo achaqué a los trastornos de la Varicela.

La verdad es que ni pasó por mi mente que yo estuviera embarazada. Porque como me dio tanto trabajo embarazarme de Sarah, yo pensé que sería muy trabajoso volverme a embarazar. Además yo estaba en control de todo. Recuerdo que yo le achaqué esos trastornos a la Varicela.

Al no llegarme el periodo, finalmente decidí ir al médico. Para mi sorpresa estaba embarazada y no lo habíamos intentado. Lo primero que alarmó al médico –recuerdo que era un médico general, el de cabecera que teníamos– fue ver que la concepción se dio justo cuando estaba incubando la Varicela. Luego supimos que ese era un doctor cristiano, y recuerdo que me comentó sobre las estadísticas, los problemas que se podrían dar.

Al mismo tiempo, él trató de infundirme esperanza y me decía que Dios estaba en control. Yo pensaba, «¿que Dios está en control? ¿Y si mi hijo sale anormal qué voy a hacer?» Porque él decía que era muy alta la estadística cuando uno está incubando la Varicela, de que pudieran haber defectos físicos.

Luego de eso, Fausto y yo fuimos a ver a otros especialistas neonatólogos, y todos nos asustaron con la alta incidencia de problemas genéticos, y varios de ellos coincidieron en recomendarnos un aborto terapéutico. Claro a excepción de este doctor que mencioné que era cristiano.

Entonces, luego de pensarlo y meditar en las consecuencias de un hijo anormal, decidimos que era necesario que me practicara un aborto. Yo quiero decir aquí, que antes de casarme, antes aún de tener esta encrucijada de si me hago un aborto o no, yo nunca pensé sobre qué pensaba yo sobre el aborto. Ese no era uno de mis problemas. Y la realidad es que si me pongo a pensar para atrás, yo supongo que yo pensaba que cada caso era particular, que cada persona era dueña de su vida y que cada cual debía elegir si debía permanecer embarazada o no.

Yo no creo que hubiera elegido hacérmelo en otras circunstancias, pero la razón por la que me lo hice en ese momento, fue porque estos doctores me decían que ese era el camino a tomar. Jamás podré olvidar ese horrible día de mi existencia, ni el sufrimiento que experimenté al hacer aquello. Fue el día más oscuro de mi vida.

Recuerdo llegar a ese sitio donde me dijeron que tenía que ir, y recuerdo personas –supongo que eran cristianos– detenerme en el camino para entrar a hacerme el aborto. Pero yo no les estaba haciendo caso. Yo iba cegada a hacer lo que me mandaban a hacer los médicos, los escarnecedores, como yo los veo ahora.

Pero yo fui a hacerme aquello y sentí que mi alma se desgarraba, y que arrancaban un pedazo de mí; y solo la gracia sublime de Dios y el tiempo, pudo haber sanado esa herida en mi corazón.

Yo anhelaba ese hijo porque aunque yo no lo estaba buscando, yo quería tener una familia y vi eso como una provisión de Dios. No lo estaba buscando y me lo dio sin yo buscarlo. Yo anhelaba mucho ese bebé, pero entendí que no era posible ni razonable tenerlo en esas circunstancias, porque no sabíamos en ese momento que Dios puede orquestar el regalo de un niño especial en una familia. Y que Él es quien hace al mudo, al sordo, al ciego, al manco y al cojo, todos para Su gloria.

Pero yo no sabía eso en aquel momento. Yo entendí que tenía que seguir el consejo de los médicos, que al final era el camino de personas que no conocían a Dios.

Nancy: Hemos estado escuchando una historia del poder redentor de Dios en la vida de Laura y Fausto González. Durante estos días ellos nos estarán contando acerca de su peregrinaje. Por un tiempo –antes de conocer a Cristo– ellos no valoraban la vida ni con sus palabras ni con sus acciones. Y en la medida en que continuamos con esta historia, escucharás también cómo Dios está usando su historia al día de hoy.

Una de las herramientas que Dios usó para obrar en las vidas de Laura y Fausto fue el libro «En busca de Dios». Este es una guía para el avivamiento personal. Entenderás mejor lo que es la humildad, la honestidad, la pureza, entre otros temas. Y descubrirás el poder que necesitas para vivir estas cualidades.

Puedes encontrar más información acerca de este libro y recursos relacionados al mismo, en nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com.

Mañana asegúrate de regresar para continuar escuchando la historia titulada, «De muerte a vida». Te esperamos aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Annamarie: Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Acerca de los oradores

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Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a …

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Laura González de Chávez

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Laura vive en Oklahoma City, Estados Unidos. Es esposa de Fausto. Su pasión es discipular a las mujeres de todas las edades con el fundamento sólido de la Palabra de …

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