Aviva Nuestros Corazones Podcast

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Fausto González: Yo recuerdo que nos invadió un sentido de pesar, de dolor. Porque ahora pudimos entender que nuestra decisión no era la de Dios. Que nosotros decidimos como los hombres deciden, conforme a lo que ellos creen y a lo que ellos piensan. Pero no decidimos conforme al Dios que nos regalaba esa criatura, que creó esa criatura, y que ahora se había revelado a nosotros y nos permitía conocerle mejor.

Annamarie Sauter: Con nosotras Fausto y Laura González.

Laura González: La única manera de lidiar con la culpa y con el pecado es, primero que nada, arrepentirnos, confesarlo y correr a Cristo.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

La lectura de hoy de la Biblia es Deuteronomio capítulos 24 al 26.

Nancy DeMoss Wolgemuth: Ayer comenzamos a escuchar la historia del poder redentor de Dios en las vidas de Laura y Fausto González. Como joven esposa, Laura quería tener hijos, pero Fausto tenía temor de ser padre. Hoy continuaremos escuchando cómo ellos aprendieron a valorar la vida, pero antes, escucha un resumen de la conversación de ayer.

Laura: Había un temor de Dios; pero no del Dios que conozco hoy. Recuerdo que de niña yo quería casarme y quería tener hijos. Nunca pensé cuántos tendría, pero sí me imaginaba casada y con hijos, con una vida familiar de unidad.

Fausto: Crecí sin el apoyo ni el afecto de un padre, y mirando hacia el futuro, ya como adulto, recuerdo crecer con temores de si yo podría ser el esposo que quería ser, si yo podría ser el padre que quería ser, dado que no tuve un modelo, no tuve un ejemplo.

Laura: Yo me casé con el entendimiento de que yo quería niños y creo que Fausto también entendía que los niños vendrían, pero la verdad, nunca nos sentamos a hablar, «oye, ¿qué piensas de la familia?

Fausto: Como éramos incrédulos, nunca recibimos una consejería prematrimonial en la iglesia, no teníamos una pareja de mentores con quien pudiéramos hablar de estos tópicos, pues no se habló. 

Y recuerdo que cuando ya estábamos casados, Laura a los dos años me abarca en cuanto a querer empezar a buscar, y recuerdo haberme dicho a mí mismo, «Fausto, tú no puedes decirle que no quieres hijos porque tú nunca hablaste de eso antes del matrimonio, eso sería jugarle sucio».

Laura: Pensábamos que estábamos en control. Estábamos simplemente disfrutándonos y conociéndonos mejor el uno al otro.

Fausto: Jamás a mí se me habría ocurrido buscar la voluntad de Dios para nuestra familia. Eso no era algo que hacíamos de esa manera. Como buenos «religiosos» íbamos a la iglesia y participábamos de actividades en la iglesia; pero yo no tenía una vida de comunión con Dios, yo no le conocía, ni siquiera le reconocía.

Laura: Tomé pastillas anticonceptivas para no embarazarme inmediatamente.

Yo nunca pensé sobre qué pensaba yo sobre el aborto. Ese no era uno de mis problemas. Recuerdo llegar a ese sitio donde me dijeron que tenía que ir, y recuerdo personas –supongo que eran cristianos– detenerme en el camino para entrar.

Annamarie: Continuemos con la segunda parte de la historia titulada, «De muerte a vida».

Fausto: Yo como cabeza de familia entendía que era mi responsabilidad guiar a Laura en este proceso, y muy en el fuero interno, por mis temores de no saber ser un buen padre, vi como algo conveniente el hecho de que «Dios» se estaba encargando de que esta segunda barriga que no buscamos fuera eliminada por esta coyuntura, esta situación de este niño que va a nacer con defectos.

Recordaba también haber crecido con unos vecinos a cuya hija le pasó lo mismo. A la esposa le da Varicela cuando se está embarazando de uno de sus hijos, y la niña nace con múltiples defectos, ciega, muda, sorda, escoliosis… un sinnúmero de defectos físicos.

Yo recordaba mucho porque mi madre se quedaba a veces a cuidarla, cuando los vecinos salían, ellos le pedían a mi mamá que se quedara con la niña. Yo la recuerdo en mi casa, y yo decía, «no, yo no quiero eso», y uno cree que está en control, uno cree que puede controlar esas cosas, de manera que yo entendía que lo que nos tocaba hacer era eliminar ese embarazo. 

Laura estaba muy afectada, muy dolida, pero yo entendía que esto era lo que los «profesionales», lo que hemos llamado escarnecedores nos recomendaban, y quiénes éramos nosotros para ir en contra de la voz de los expertos.

Laura: Es importante decir que nosotros no sabíamos con certeza si el bebé venía con defectos, era simplemente respondiendo a una estadística y a lo que ellos consideraban como altas estadísticas que quisiéramos evitar. Y el problema era que si no me hacía el aborto antes de las ocho semanas, no iba a poder hacérmelo después. Entonces ellos decían, «tú no vas a querer esperar mucho más tiempo, tienes que decidir ahora porque las estadísticas son altas», pero nunca fue como que sabíamos que el bebé venía mal. Simplemente fue por la recomendación del médico basado en estadísticas.

Fausto: La realidad es… yo recuerdo que cuando supimos que esta iba a ser la forma de manejar este embarazo, lo primero que quisimos fue hacerlo inmediatamente. Era un trago amargo, y quisimos hacerlo inmediatamente. Si esto hay que hacerlo, hagámoslo ya. Recuerdo que había que esperar a que Laura tuviera equis número de semanas antes de hacer el procedimiento, y esas semanas fueron terribles, porque esto es saber que va a culminar en dos o tres semanas este procedimiento pero tienes que esperar a que tenga el mínimo de semanas.

Así como no podíamos pasar de cierto número de semanas, no podía hacerse tampoco antes, y como dice Laura, quizás Dios nos hubiera dado un niño especial, quizás nos hubiera dado un niño saludable. No podíamos saberlo, pero en ese entonces…el que no tiene a Dios quiere garantías, quiere seguridades, y nuestra garantía era no tener un problema; si ya la vida de por sí es complicada, para qué complicárnosla más con un niño especial que va a esclavizarnos el resto de nuestra existencia.

Así pensaba mi mente, así pensábamos antes de conocer al Señor. Pero ya pasa este episodio, Laura pudo ser consolada con el paso del tiempo y retomamos nuestra vida criando a nuestra hija Sarah, y cuando ella tenía como tres años y pico, empezamos a buscar porque habíamos perdido ese segundo embarazo y queríamos de alguna manera –ahora de manera intencional– de nuevo, nosotros en control, aumentar nuestra familia por lo menos a dos.

Recuerdo que buscamos y Laura queda embarazada una tercera vez, y nos animamos mucho al ver que íbamos a poder tener otro bebé, quizás un varón para tener la parejita, como dice la gente. Me acuerdo que era cerca de la navidad cuando ella se embaraza, tendría seis, siete, ocho semanas, y planificamos nuestro viaje a Santo Domingo a ver a la familia y a pasar las navidades allá.

Los días antes del viaje, Laura empieza a manchar un poco y eso nos preocupa, pero ya teníamos el viaje planificado y viajamos a Santo Domingo; y recuerdo que ya allá, ella seguía manchando, y una pariente de Laura le recomienda su ginecóloga obstetra y la vamos a ver. 

Cuando le hacen la sonografía se dan cuenta de que el feto que debía tener cronológicamente unas diez a once semanas, tenía el tamaño de un feto de siete u ocho semanas, lo que indicaba que había dejado de crecer por dos semanas y pico, y esto confirmaba que había fallecido, no estaba vivo. Entonces el viaje de navidad se nos convierte en un legrado para Laura, en clínica, en hospital, y fue muy desagradable. En medio queríamos visitar familiares y amigos, pero teníamos este tema, este asunto, esta prioridad ahora frente a nosotros. Y no conociendo lo que Dios dice sobre el arrepentimiento, sobre el perdón de nuestros pecados, pues yo recuerdo en mi mente, en mi mente mundana, recordar, «ah, pero mira cómo es que Dios funciona, abortamos a uno y Él nos mata ahora el próximo, ojo por ojo, diente por diente». 

Ese era mi entendimiento de cómo Dios funcionaba. Recuerdo que como –de nuevo, debido a mis temores de que yo no fuera el padre que debía ser– dije, «pues nada, Dios, está bien. Quitamos uno, Tú nos quitas el otro, ya estamos a la par. No tenemos deudas el uno con el otro», y así cerré yo ese capítulo.

Cuando volvemos a Estados Unidos a Orlando, el doctor le dice que reinicie con su terapia de pastillas para nivelar sus hormonas; que probablemente había perdido esta tercera barriga por un desbalance hormonal, que esperáramos un año en un tratamiento hormonal para que ella se estabilizara, y entonces volviéramos a buscar.

Y así fue, pasó el año y empezamos a buscar, un año, dos años, tres años, cuatro años, pero Laura nunca volvió a quedar embarazada.

Laura: Es paradójico ver cómo nosotros que pensábamos estar en control de esa área de nuestras vidas, nos damos cuenta de que realmente es Dios quien tiene la última palabra. No éramos nosotros. Me cuidaba mucho para no quedar embarazada y sin embargo cuando decidíamos que era el tiempo de buscar niños no me embarazaba fácilmente.

Entonces cuando Dios me regala uno sin yo buscarlo, nos deshicimos de él o de ella por temores infundados. Ahora sabemos, claro, que todo obra para bien, aún los niños especiales, pero al final era falta de aceptación a Su voluntad, y eso lo pudimos entender después de nuestra conversión.

Pudimos entender que mis embarazos debieron haber sucedido cuando Dios así lo orquestara, y bajo circunstancias que Él determinara, y no bajo nuestras propias consideraciones. Mirando hacia atrás, me sorprendo ahora al darme cuenta de que verdaderamente quien estaba en control de la natalidad dentro de nuestro matrimonio era Dios y no nosotros.

Y es la única oportunidad que Dios nos dio al regalarnos un hijo que vendría en Su tiempo. En ese momento cometimos el pecado abominable de matarlo, y es increíble cuando nos vamos a casar porque siempre el que se casa dice, «vamos al médico para ver cómo no tenemos hijos, cómo nos organizamos para tener hijos cuando queramos, ¿verdad? O lo que sería lo mismo, vamos al médico para ver cómo controlamos la naturaleza y tenemos hijos cuando nosotros queramos. Pero tristemente nuestras decisiones están teñidas por nuestro egoísmo, trasfondos, gustos, preferencias personales, y no por la voluntad de Dios.

Fue claro para nosotros que esto es un asunto que nosotros debimos haber resuelto en nuestro corazón. Un asunto de rendición. Al no conocer al Señor en ese tiempo, era imposible para nosotros entenderlo. Nos llevamos más del consejo de los escarnecedores que del consejo de Dios. Pero tenía que haber sido un asunto de elegir, de dejar a Dios actuar, como en todas las áreas de nuestra vida. 

Fausto: Luego de esa tercera pérdida de ese tercer embarazo que perdimos, casi diez años después, en septiembre de 2002, el Señor nos salva. Salva primero a Laura, se revela a ella de una manera sobrenatural, y ocho días después se revela a mí. Nuestras vidas cambian radicalmente, tuvimos un entendimiento total y radical de quiénes éramos, de quién era Dios, de nuestro pecado, de nuestra necesidad de perdón, de salvación…

Recuerdo que uno de los primeros pensamientos sobre el cual el evangelio brilló Su luz en nuestra vida, fue aquel evento de 1991, cuando abortamos nuestro segundo bebé. Recuerdo que nos invadió un sentido de pesar, de dolor, porque ahora pudimos entender que nuestra decisión no era la de Dios, que habíamos decidido como deciden los hombres, conforme a lo que ellos creen y a lo que piensan, pero no decidimos conforme al Dios que nos regalaba esa criatura, que creó esa criatura y que ahora se había revelado a nosotros y que nos permitía conocerle mejor.

A mí en lo personal, y yo sé a Laura, pero en lo personal, me invadió un sentido de culpa y dolor de haber asesinado a nuestro bebé. Yo lo pude ver por lo que era, no era un aborto terapéutico, no era evitar que un niño especial viniera al mundo y evitarle los problemas que iba a tener, y por ende a sus padres, sino que era asesinar a un niño porque no cumplía los requisitos que queríamos, de manera que nuestras vidas no se complicaran.

Eso me devastó de una manera terrible, el pensamiento de que no solo yo era un asesino sino que había asesinado a mi sangre, a mis huesos, a mi carne. Pero Dios en Su gracia, inmediatamente –como ahora el Espíritu moraba en mí, y como Su Palabra ahora era viva y eficaz para mí cuando yo venía a ella– me dio consuelo, pude entender el perdón que tenía en Cristo, cómo Cristo había pagado por mis pecados en la cruz, cómo ahora yo no tenía esa deuda delante de Dios, y cómo Dios tiene control de todas las cosas, y aún ese pecado que yo había cometido iba a obrar para bien en manos de Dios, y cómo Él nos iba a permitir ver los frutos de Su salvación aún en medio de ese pecado, y cómo iba a redimir esas cosas para Su gloria.

Laura: Cuando venimos a Cristo, lo primero que pensé, lo primero que vino a mi mente fue ese aborto. Yo realmente pensaba que yo era una buena persona y lo primero que vino a mi mente fue, no solo que «no eres una buena persona, una pecadora», sino que «eres una asesina, tú asesinaste a tu bebé».

Pude entender la magnitud de mi pecado porque algo que me pasó fue que yo sufrí mucho la muerte de ese bebé. Lloré desconsoladamente cuando me hice ese aborto porque yo no quería hacérmelo porque yo quería tener otro bebé. Pero lo que me dolió fue cómo Satanás puede cegarnos a tal punto y hacer que nosotros veamos el mundo totalmente diferente y distorsionado a como Dios lo ve. 

Y cómo uno puede estar tan cegado y llevarse del consejo de médicos para hacer la obra del maligno y no la de Dios. Me sentí muy, muy mal con mi pecado, pero al mismo tiempo, como Fausto dijo, la gracia de Dios llenó mi corazón inmediatamente. Yo sentí inmediatamente la gracia de Dios porque Cristo es un gran salvador y Su gracia es tan inmerecida. Yo no merecía Su gracia, pero Su gracia es precisamente eso, inmerecida; y Su sangre es tan suficiente, que cubrió y sigue cubriendo cada día todo mi pecado.

Entonces no me siento culpable por ese pecado. Sí siento la culpa de ese pecado que ahora Cristo sanó con Su perdón. Lo que todavía sí siento es un sentido de pérdida porque al final yo pude haber tenido otro hijo en mi familia, otra familia alrededor mío, que no tengo. Y es simplemente porque yo decidí que no, yo tengo un sentido de pérdida, no hay un día que pase en que yo no piense en lo que pudo haber sido si yo hubiera elegido de otra manera.

Para las que están escuchando que quizás se han hecho un aborto, les quiero decir algo: nosotras no somos pecadoras porque nos hicimos un aborto, somos pecadoras, y somos pecadoras y pecamos, y no hay manera de que podamos zafarnos de nuestra culpa tratando de tapar lo que hicimos, o correr hacia el otro lado. La única manera de lidiar con la culpa y con el pecado es primero que nada arrepentirnos, confesarlo, y correr a Cristo.

Cristo es nuestro Salvador, nuestro Redentor, Él nos perdona y es el único que puede perdonar nuestros pecados. Él murió en la cruz por ese aborto que yo cometí, Él murió en la cruz por ese aborto, por ese pecado y por el aborto que quizás tú has cometido, y Su sangre es suficiente. Tú puedes ser perdonada por la eternidad por ese pecado y tus pecados están clavados a la cruz igual que mi pecado, igual que ese aborto.

Pero definitivamente hay un miembro de mi familia que no está conmigo ahora mismo, pero yo he sido perdonada. He sido perdonada porque estoy en Cristo.

Fausto: Hoy día ya han pasado años y puedo ver en la iglesia, como pastor –en los años que tengo pastoreando– puedo ver hombres jóvenes que han creído estas mentiras que el mundo nos vende de que aunque tú estés en Cristo, aunque Jesús sea tu Señor y Salvador, tú debes mantener tus metas y debes manejar y ser «mayordomo» aún del número de hijos que vas a tener porque eso es sabio, eso es lo que un cabeza de familia debe tener.

Y fíjate lo sutil que estas mentiras se entrelazan con las verdades del evangelio, porque sí estamos llamados a ser buenos mayordomos, sí estamos llamados a ser cabeza de nuestra familia, pero en ningún momento dice que debemos ser mayordomos limitando el número de hijos que traemos al mundo.

Por el contrario, la Palabra dice que debemos tener hijos, que los hijos son flechas en manos de ese arquero, y que bienaventurado es ese hombre que tiene su aljaba llena de ellos. Veo hombres que están es sus veinte, en sus treinta con esta mentalidad que el mundo les ha vendido de que los hijos son un problema, como yo creía antes de conocer al Señor.

Yo no quería más de uno o dos porque son costosos, me crean problemas, se meten en drogas, nos traicionan, se enemistan con nosotros…y sí todo eso es cierto, eso pasa en este mundo caído, pero esa no es razón para no tener los hijos que Dios llama bendición.

En los años que hemos estado pastoreando en la iglesia, y dando consejería prematrimonial y aconsejando matrimonios jóvenes, puedo decirles ahora a estos hombres, que no se trata –como hombres cristianos que dicen ser– no se trata de lo que uno cree, lo que piensa, lo que el mundo le ha enseñado, lo que los padres le enseñaron –si no eran creyentes– sino se trata de creerle a Dios y de obedecerle. Y lo que Él dice que es bueno, llamarlo bueno y lo que Él dice que es malo llamarlo malo.

Si Él dice que los hijos son una bendición, que es bienaventurado el hombre que tiene su aljaba llena de ellos, pues yo tengo que creerle a Dios. Dios nos ha dado la oportunidad en Su corazón redentor de redimir los patrones de pensamiento y comportamiento de tantas parejas jóvenes que aún estando en la iglesia creen lo que el mundo les dice.

Van a la iglesia el domingo, se casan por la iglesia, sirven en la iglesia, pero entonces a la hora de gastar, o de tener hijos, lo pasan por el filtro de la cultura y de la sociedad y del mundo, que no debe ser así. Ahora vemos como aún eso que hicimos nosotros mal, ese pecado que cometimos, cómo Dios ahora estando en Él a través de Cristo, nos da la oportunidad de ver cómo Él redime aún a través de nosotros.

Quién hubiera pensado que nosotros hacedores del mal, podemos ahora en Cristo, ser instrumentos en Sus manos para traer verdad y traer redención a la vida de tanta gente que como nosotros en el pasado, han creído las mentiras de Satanás, y que ahora puedan renovar sus mentes, ir a la Palabra y conocer la voluntad de Dios para sus vidas.

Y lo he podido ver en mi familia, inclusive. Yo, que no me atrevía a casarme, a tener hijos por mis temores, mis inseguridades, por haber crecido en un hogar disfuncional que me fue de tan mal ejemplo, ahora veo a mi hija, casada con un hombre cristiano, criando a sus hijos (mis nietos) en el Señor, y ver cómo ellos me llaman Belo y cómo me muestran su amor, cómo puedo disfrutarlos…que es algo totalmente anti yo porque ese no era mi trasfondo, esa no era mi naturaleza hasta que Cristo llega y me invade, entonces cambia mi naturaleza.

La cambia del hombre que era al hombre en que me está convirtiendo.

Nancy: Hemos estado escuchando la historia del poder transformador de Dios en las vidas de Laura y Fausto Gonzalez. Esta historia, titulada, «De muerte a vida», nos habla de una pareja que escogió el aborto temprano en su matrimonio, pero que por la gracia de Dios ha aprendido el valor de la vida.

Laura participó de la primera conferencia True Woman en el 2008 y Dios hizo cosas maravillosas en su vida—y en las vidas de muchas mujeres más allí. Este año Aviva Nuestros Corazones estará llevando a cabo la Conferencia Mujer Verdadera 2020, titulada, «Arraigadas», para toda mujer de habla hispana. Este evento tendrá lugar en tan solo unas dos semanas, así que asegúrate de ser parte de esta conferencia, junto a un grupo de mujeres, en tu casa, en la iglesia—en fin, reúne a un grupo de mujeres y juntas edifiquemos nuestras vidas sobre la verdad de la Palabra de Dios. Entérate de los detalles en MujerVerdadera20.com.

Una de las formas en que vivimos la verdad de Dios es valorando la vida. En el Manifiesto de la Mujer Verdadera que leemos en todas nuestras conferencias, se plantea que la vida humana es preciosa para Dios y que debe ser valorada y protegida desde el momento de la concepción hasta la muerte.

Dios fue intencional en crear la vida humana. Él nos creó con un propósito para Su reino, para Su gloria. No somos algo al azar que Dios hizo, como si luego de crear las plantas y los animales hubiera dicho: «Creo que ahora debemos crear algo diferente». No. Dios fue intencional al crearnos y Él tiene una misión, un plan, un propósito para cada vida humana.

Ese plan ha existido desde la eternidad pasada, antes de que nosotras existiéramos. Antes de que naciéramos Dios nos conocía. Él nos diseñó, fuimos creadas en Su mente, en Su corazón—desde la eternidad, con un propósito. La Escritura nos dice esto. 

Me encanta el versículo en Efesios capítulo 2 que dice, «por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (vv. 8-9). Y luego el versículo 10 dice: «Porque somos hechura suya (Dios formó al hombre. Dios hizo a la mujer. Él les dio forma), creados en Cristo Jesús (para un propósito) para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano (antes de crearnos Él planificó esas obras) para que anduviéramos en ellas». 

Tu vida no es un accidente. Dios te puso aquí con un propósito. Dios le dijo a Jeremías en el capítulo 1 de su libro: «Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones». Dios dice: «Yo tenía un propósito para ti, tenía ya un diseño para tu vida».

Ahora, el diseño de Dios para ti no será el de profeta a las naciones, pero tienes uno y Dios sabe cuál es. Y fue diseñado para ti antes de que siquiera hubieras nacido.

Annamarie: Gracias Nancy.

Mañana continuaremos escuchando la historia titulada, «De muerte a vida», pero antes de concluir, queremos recordarte que un recurso que fue de transformación para Laura y Fausto González fue el libro, «En busca de Dios». Encuéntralo en tu librería cristiana favorita o a través de nuestra tienda en línea, en AvivaNuestrosCorazones.com. Este estudio escrito por Nancy DeMoss Wolgemuth y Tim Grissom, te llevará a lo largo de un proceso de reconciliación con Dios y con otras personas. 

Bueno, asegúrate de regresar mañana para la tercera parte de una historia del poder redentor de Dios. Te esperamos aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

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