Aviva Nuestros Corazones Podcast

La causa del conflicto

Annamarie Sauter: ¿Sueñas con ser bien conocida, tener influencia y poder? ¡No eres la única!

Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: En caso de que no lo hayas notado, tenemos una fascinación en nuestra cultura con el tema de la grandeza. De hecho, puedes verlo en algunas de nuestras principales noticias semanales y en las diferentes listas que salen, como por ejemplo:

  • «Los cuatrocientos estadounidenses más ricos»
  • «Las cien personas más destacadas en los deportes»
  • «Las cien mujeres más poderosas en los negocios» (La revista Fortune tiene esa lista). Otra revista tiene
  • «Las veinticinco personas más importantes en el entretenimiento»
  • «Los veinticinco evangélicos más influyentes» (Revista TIME) Y todos los líderes evangélicos abren rápidamente eso para ver si su nombre está en la lista.
  • Y luego tenemos en TIME «El Hombre del Año», la lista se va reduciendo hasta llegar a uno.
  • La revista TIME también publicó: «Las cien personas más importantes en el siglo veinte»
  • Y luego esa misma revista también ha designado «La persona del siglo». ¿Sabes quién fue en el siglo veinte? Designaron a Albert Einstein.

Tenemos una preocupación con la grandeza, con el éxito, con ganar. Y si le pides a la mayoría de la gente que mencione las personas más grandes que se le ocurran, depende en qué campo le pidas, pero la mayoría de la gente clasificaría sus respuestas sobre la base de los logros de estas personas, de su perfil público, de su influencia, de los premios que han recibido, del talento natural en su campo, ya sea en los deportes, la música o los negocios.

Tenemos una cultura de escalar, una donde la gente quiere ser grande. Quieren ser conocidos. Quieren aparecer en esas listas. Y cuando venimos a la Escritura, aunque hemos hablado de grandeza y éxito, tenemos un concepto y una imagen totalmente diferentes de lo que significa ser grande.

Annamarie: Ahora, Nancy te dará una nueva definición de grandeza.

Nancy: He sido sorprendida, mientras he estado en los evangelios, con tres ocasiones en las últimas semanas de la vida de Jesús, justo hacia el final de Su vida terrenal, que tuvieron que ver con los discípulos, donde surge un tema de manera recurrente, y este tema es la grandeza.

Y esos tres casos que vamos a ver en las próximas tres sesiones, todos tuvieron lugar a la sombra de la cruz. Ahora, tenemos que tener eso en mente, porque la cruz proyecta su sombra sobre estos encuentros que Jesús tuvo con Sus discípulos, y la cruz nos informa cómo debemos ver la grandeza.

En cada uno de estos casos, verás un marcado contraste entre los discípulos y su visión de grandeza, y Jesús y Su visión de grandeza. No solo su punto de vista sobre la grandeza, sino la forma en que vivieron sus vidas a la luz de esa visión. Verás que la vida de los discípulos es muy diferente a la vida de Jesús. Jesús modela para nosotras la verdadera grandeza, como la veremos definida.

Ahora, quiero pedirte que vayas en tu Biblia, si puedes seguirlo con nosotras, al Evangelio de Marcos, capítulo 9, donde llegamos al primero de esos momentos. Y mientras vas allí, permíteme leerte un versículo de Marcos capítulo 8, que nos da un contexto de lo que vamos a ver en Marcos capítulo 9.

En Marcos 8:31, Jesús les da a sus discípulos la primera predicción directa de Él, como el Salvador que sería rechazado, crucificado, y volvería a la vida de nuevo. Dice así:

«Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y después de tres días resucitar» (Mar. 8:31).

Ahora, para aquellas de nosotras que tenemos el Nuevo Testamento completo delante de nosotras, parece claro lo que Jesús está diciendo. Pero descubriremos que los discípulos que estaban viviendo ese momento, no tenían ni idea de lo que Jesús estaba hablando.

¿Cuántas cosas puede esto significar? «El Hijo del hombre debe padecer y ser rechazado, y ser muerto, y después de tres días resucitará». Eso suena a un lenguaje bastante llano. Bueno, para los discípulos fue una rareza.

Pero lo que Jesús estaba tratando de hacer era enseñarles no solo lo que el plan de salvación implicaría, sino también inculcar en ellos los principios de su reino, que iban a tener que entender después de que Él se fuera. Uno de los principios básicos del reino de Dios es que la humillación precede a la exaltación .

Antes de que Jesús pudiera levantarse de nuevo para ser el Señor majestuoso, reinante, sentado en el cielo a la diestra del trono de Dios, primero era necesario que padeciera muchas cosas, y que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes, por los líderes religiosos, y fuera muerto. La humillación precede a la exaltación. Eso será importante en este pequeño estudio sobre la grandeza porque lo que tendemos es a querer la exaltación sin lo que la precede.

Así que Jesús hace en Marcos 8 esta predicción, la primera de varias, una predicción directa a Su rechazo, Su crucifixión y Su resurrección. Y ahora llegamos a Marcos, capítulo 9. Y comenzando en el versículo 2, no vamos a leer a través de este pasaje, pero los versículos del 2 al 13, sucedieron seis días después de que Jesús llevara a Pedro, a Santiago y a Juan, el círculo íntimo de Sus discípulos, con Él hasta un monte alto. Allí fue donde se llevó a cabo la transfiguración.

Jesús se transfiguró delante de ellos. Su ropa se volvió brillante, blanca y resplandeciente, y aparecieron Moisés y Elías, y hablaron con Jesús. Una nube vino y cubrió la escena, y una voz salio de la nube. Fue la voz de Dios, diciendo: «Este es mi Hijo amado; a Él oíd» (v. 7).

Ese fue un momento de exaltación en la vida de Jesús. Él se transfiguró delante de sus ojos, y los discípulos vieron esto con sus propios ojos. Pero luego bajaron de esa montaña, y mientras iban camino hacia abajo, Jesús les dice a sus discípulos: «No le digan a nadie lo que acaban de ver hasta después que haya resucitado de entre los muertos». Ahora, aquí de nuevo tenemos otra referencia, aunque un poco menos directa, al hecho de que Él va a morir, y va resucitar.

Y entonces llegamos al versículo 31 de Marcos capítulo 9, y aquí es donde quiero que lo retomemos. Una vez más, Jesús directamente, claramente, francamete predice Su muerte y Su resurrección. Versículo 31:

«Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».

Ahora, Jesús habla claramente acerca de Sí mismo. Él es el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, por supuesto, pero también el Hijo del Hombre, completamente Dios y completamente hombre. Él está diciendo: «Necesitan comprender que seré entregado a hombres malvados, y me matarán. Pero después de muerto, volveré de nuevo a la vida».

Ahora, justo a la sombra de esta revelación, la segunda vez que Jesús declara esto muy, muy claramente, llegamos al pasaje que realmente quiero que examinemos hoy, que es Marcos 9, comenzando en el versículo 33. Vemos que surge un problema entre los discípulos, y vamos a ver la perspicacia de Jesús y Su instrucción a los discípulos en relación con este tema.

«Y llegaron a Capernaum. Y cuando estuvo en la casa, les preguntó: ¿Qué estabais discutiendo por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí sobre (qué?) quién de ellos era el mayor».

Ahora, ten en cuenta lo que acaba de ocurrir. Jesús les ha dicho, por segunda vez, claramente, «me voy a morir». Aquel que amas y respetas. Tú crees que Yo soy Dios y el Mesías, has llegado a saberlo. Voy a morir. Seré crucificado. Seré rechazado. Voy a morir». Y entonces, inmediatamente después de eso, ellos están teniendo esta discusión sobre quién es el mayor.

La palabra mayor ahí es una palabra relacionada con la palabra griega, megas o mega. ¿Quién es el mega? ¿Quién es el mayor? ¿Quién es el que eclipsa a los demás?

Jesús, al preguntar lo que los discípulos estaban discutiendo, claro que sabe lo que han estado discutiendo. En el relato paralelo en Lucas 9, dice que «Jesús conocía el razonamiento de sus corazones». Él lo sabía, pero quería que ellos admitieran qué era lo que ellos estaban pensando y discutiendo.

Cuando Él les preguntó, dice que ellos guardaron silencio. ¿Por qué? Porque estaban avergonzados. Ellos estaban apenados. Ellos no querían que supiera de lo que ellos habían estado hablando.

Pero el hecho es que Jesús sabía de lo que estaban hablando, aun cuando ellos no creían que Él pudiera oír. Y Él sabe de lo que hablamos. El hecho es que lo que está en conversaciones secretas que creemos que nadie puede oír, todo saldrá a la luz tarde o temprano. Vamos a tener que dar cuenta de los conflictos que se llevaron a cabo detrás de bastidores, en lo secreto.

Se nos dice que los discípulos habían discutido entre sí sobre quién era el mayor. La palabra para discutir o argumento allí, dependiendo de la traducción, es una larga palabra griega que no voy a tratar de pronunciar, pero que en esencia significa, «palabras que separan, palabras que se contradicen entre sí».

Algunas personas tenían esta posición y otras personas tenían esta otra posición. Uno dijo lo que pensaba, y otro dijo lo que pensaba, y esas dos formas chocaron entre sí. ¿Alguna vez te ha sucedido eso en casa? Eso es lo que es discutir. Eso es lo que es argumentar.

Me recuerda, igual que todo este pasaje, ese versículo en Proverbios 13:10 que dice: «Por la soberbia (el orgullo) solo viene la contienda». Siempre que veas discutir, argumentar, debatir sobre un tema donde la gente tiene dos puntos de vista diferentes, y están alegando uno contra el otro, puedes saber que hay orgullo involucrado.

Tú dices: «¡Sí! Mi esposo. Él es realmente un hombre orgulloso». No, no se trata solo de tu esposo. Eres tú. Y no son solo tus hijos. Eres tú. Somos nosotras. Donde hay discordia, podemos estar seguras de que está la presencia del orgullo.

En el relato paralelo de Mateo capítulo 18, se nos dice que los discípulos se acercaron a Jesús diciendo: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (v.1). ¿Así que esto no era una disputa sobre quién era la persona más fuerte, como... quien es Muhammad Ali, o lo que sea? ¿Quién tiene los músculos más grandes? ¿Quién es la persona más inteligente? Esto tenía que ver con quién era el mayor en el reino de los cielos. Así que este era un argumento espiritual, podríamos decir que ellos estaban discutiendo sobre cosas espirituales. Ellos querían ser espiritualmente superiores.

Ahora, no sabemos qué originó este argumento. Puede ser que haya sido ocasionado por la experiencia del Monte de la Transfiguración que tuvo lugar justo antes de esta discusión. Solo tres de los discípulos habían estado allí, y Jesús les había dicho que no dijeran nada sobre lo que habían visto. Así que te puedes imaginar... cuando bajaron...

«Hmm, tengo un secreto, pero no les puedo decir lo que es»

«¿Qué pasó allí? ¿Qué hicieron ustedes?»

«Oh, fue realmente maravilloso, pero no puedo hablar de eso»

Quiero decir, hay como un pequeño club secreto, estos que estaban más cerca de Jesús. No lo sé. Puedo estar inventando todo esto. La Escritura no nos dice de qué hablaron, pero de alguna manera sabemos que por alguna razón había esta inclinación, este debate entre los discípulos sobre quién iba a ser el mayor en el reino de Dios.

Y es una imagen de una tendencia que hemos construido de forma natural entre nosotras. Es esa inclinacion a desear ser honrada, ser estimada, ser elevada, ser reconocida. Y tan fuerte era ese empuje en el corazón de estos discípulos que discutían sobre esto . Discutieron sobre esto. Tenemos este impulso, esta tendencia a ganar la discusión, este deseo de tener la última palabra. Hay variaciones sobre este tipo de argumento.

He estado pensando mucho sobre esto en las últimas semanas. La mayoría de las mujeres no se sientan a tener discusiones acerca de quién es la mayor de todas, por lo menos no de esa manera. Pero hay variaciones sobre esa conversación; por ejemplo: mi forma es la forma correcta de pensar y de hablar.

Mientras estudiaba para esta sesión, recibí casi en el mismo momento dos correos electrónicos de dos amigas, diciéndome ambas su versión de una conversación que acababan de tener entre sí. Ambas estaban molestas por la conversación, y ambas querían que yo interviniera y fuera el árbitro de esta conversación. Ambas estaban presionando para que todo fuera a su manera. Ambas estaban convencidas de que tenían razón y que la otra estaba equivocada. Y en realidad ninguna estaba buscando verlo desde el punto de vista de la otra persona.

Y eso fue solo una ilustración de lo que yo había estado estudiando aquí sentada, leyendo sobre lo que los discípulos estaban diciendo: «¿Quién es el mayor?»

Está ese versículo en Proverbios 21 que nos dice que «todo camino del hombre es recto ante sus ojos»; y ¿no es eso cierto? Pero al final de ese versículo dice: «Pero el Señor sondea los corazones» (v.2). El Señor sabe lo que hay detrás de lo que estamos diciendo.

Tú podrías tener tu argumento, y ambas partes estar muy mal. Quizás puedas tener razón en un punto, pero cuando el Señor pesa, sondea, el corazón o el espíritu, como algunas de sus traducciones pueden decir, Él evalúa sobre la base de lo que está adentro y lo que nos está llevando a defender nuestra posición de la manera en que lo estamos haciendo.

El egocentrismo, el orgullo y la ambición personal, están invariablemente detrás de este tipo de dicusiones. Cuando tenemos estas cosas en nuestros corazones, esta ambición egoísta, ese egocentrismo, ese orgullo, invariablemente sale a flote en argumentos, discordias, contiendas, relaciones tensas o rotas.

Santiago capítulo 3 nos dice: «Si tenéis celos amargos y ambición personal en vuestro corazón, no seáis arrogantes y así mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no es la que viene de lo alto». Esta no es la manera de pensar de Dios, si tú tienes estas cosas en tu corazón. Estas cosas son «terrenales, naturales, y (entiendan esto) demoníacas» (vv. 14-15). Todo esto proviene de la boca del infierno. Eso es lo que Santiago está diciendo, ese debate, esa contención.

Él dice: «Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala» (v. 16).

Y continúa. Él no deja el tema. En Santiago capítulo 4, comenzando en el versículo 1, dice: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros?». ¿Qué lo causa entre tus hijos? Que lo causa en tu matrimonio, en tu lugar de trabajo, en tu iglesia? «¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio».

Ahora, puede que no asesines literalmente o físicamente, pero asesinas en tu corazón, con tus pensamientos, o con tus palabras. Puedes asesinar el carácter de alguien, asesinar su reputación porque lo quieres a tu manera, y como no lo consigues, decides asesinar para conseguir.

«Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio...» (v. 2). Cada vez que se producen combates o peleas –sutiles o evidentes– por lo general es porque hay algo que querias que no recibiste. Queríamos respeto. Queríamos aprecio. Queríamos ser valoradas. Queríamos estar en lo cierto. No lo conseguimos, así que seguimos presionando, y luego terminamos con esta pelea.

Ahora, ese es el problema entre los discípulos. Están discutiendo acerca de ellos mismos: ¿Quién es el mayor en el reino? ¿Quién es el mayor desde la perspectiva de Dios? Querían ser espiritualmente grandes en el reino de Dios.

Y luego llegamos a la comprensión y la instrucción que nuestro Señor les da a los discípulos acerca de este tema. Marcos capítulo 9, versículo 35: «Sentándose, llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos».

Ahora, nota que Jesús no les dijo a los discípulos que era incorrecto que ellos quisieran ser grandes. El problema era que tenían un concepto retorcido, distorsionado de lo que hacía a alguien grande. Y por tanto Jesús responde a su pregunta: «¿Quién es el mayor?» Eso era lo que habían estado discutiendo.

Jesús les dice: «¿Quieren saber quién es el mayor? Les diré quién es el mayor. La persona más grande es aquella que se pone de último y que sirve a todos los demás».

Esa es la fórmula: Humildad más servicio es igual a verdadera grandeza. Aquel que se pone el último de todos, y el que sirve a todos los demás. Humildad más servicio es igual a verdadera grandeza.

Y este es un tema que podemos ver a lo largo de la Escritura

Annamarie: Hemos escuchado una delaración contracultura. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Mi concepto de lo que es la grandeza, lo obtengo del mundo, o de Jesucristo? Nancy regresa en breve con la continuación de esta enseñanza titulada, «Cómo ser grande».

Hay muchas formas de pensar que adoptamos del mundo, incluyendo lo que entendemos que significa ser una mujer piadosa. Te has preguntado, ¿cómo puedo cumplir el propósito eterno para el cual Dios me creó? ¿Cómo puedo llevar «mucho fruto» para Su gloria? La Palabra de Dios te da la instrucción que necesitas y te provee de modelos a imitar. Busca el artículo escrito por Nancy, titulado, «Retrato de una mujer usada por Dios» en nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com. Visítanos y haz uso de este y muchos otros recursos que te ayudarán a conocer el propósito de Dios para tu vida.

Bien, Nancy nos dio la «fórmula» de la verdadera grandeza: Humildad más servicio es igual a verdadera grandeza. Al enseñarle esto a Sus discípulos, Jesús quiso ilustrarles un poco mejor lo que estaba tratando de comunicarles. Aquí está Nancy de regreso,

Nancy: Lucas 14:11: «Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Proverbios 29:23: «El orgullo del hombre lo humillará, pero el de espíritu humilde obtendrá honores».

Ahora, para ilustrar esto un poco más, Jesús pasa a dar una lección práctica, como solía hacerlo. Así que Él afirma este principio: «Si alguno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos».

Y luego, los versículos 36-37,

«Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos; y tomándolo en sus brazos les dijo: El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió».

Lo que Jesús está diciendo es que si quieres ser grande, debes ser el servidor de todos. Y luego Él amplía lo que «todos» significa. He aquí un ejemplo de todos, y Él toma un niño, un niño que no puede hacer nada por ti. No está en condiciones de retribuirte. Los niños tienen más bien necesidades. Son dependientes. Generalmente no son considerados grandes. Y Jesús dice que si quieres ser grande, debes recibir el menor de estos.

El signo de la verdadera grandeza es tener un corazón para aquellos que otros consideran humildes, débiles o indefensos . Ahora, esto es tan contrario a nuestra cultura que recibe a los niños de mala gana, si acaso; una cultura que recibe los niños, siempre y cuando no interfieran con nuestros planes, nuestras metas, nuestros objetivos. Y Jesús dice que una persona que es verdaderamente grande, una cultura que es verdaderamente grande será una que recibe los niños.

Ahora bien, no es solo recibir a los niños, darles la bienvenida como lo hizo Jesús, sino que Jesús continúa diciendo, «Tienen que ser como niños». De hecho, en el relato paralelo de Mateo capítulo 18, dice: «Tomando un niño y poniéndolo en medio dijo: «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos» ( vv. 3-4).

Ahora, ¿por qué Jesús utiliza a los niños, recibiéndolos y siendo como ellos? ¿Por qué usa eso como una imagen de humildad y de servicio?

Un comentarista lo dijo de esta manera:

«Un niño no tiene ninguna influencia, en absoluto. Un niño no puede avanzar en la carrera, ni mejorar el prestigio de un hombre. Un niño no puede darnos cosas; es al revés. Un niño necesita que se hagan cosas por él. Así que Jesús está diciendo: «Si un hombre recibe a los pobres, a la gente común, a las personas que no tienen influencia, ni riqueza, ni poder, las personas que necesitan que se hagan cosas por ellas, entonces él me está dando la bienvenida a mí. Y más que eso, él le está dando la bienvenida a Dios» (William Barclay).

Ahora, ¿qué nos impide ser como niños pequeños en su humildad, su necesidad, y su dependencia? y ¿qué nos impide recibir niños u otros que son menos que éstos? Bueno, es lo contrario a humildad, es el orgullo.

Permítanme leerles lo que un antiguo comentarista dice sobre el orgullo. Es tan bueno. Él dice:

«El orgullo es uno de los pecados más comunes que aquejan la naturaleza humana... Naturalmente pensamos mucho mejor de nosotros mismos de lo que deberíamos. Naturalmente imaginamos que merecemos algo mucho mejor de lo que tenemos. Es un viejo pecado. Comenzó en el jardín del Edén cuando Adán y Eva pensaron que no habían conseguido todo lo que sus méritos merecían.

Es un pecado sutil. Gobierna y reina en más de un corazón sin ser detectado, y puede incluso llevar el manto de la humildad. Es uno de los pecados que más arruina el alma. Miremos contra ello (es decir contra el orgullo) y estemos en guardia. De todas las prendas, ninguna es tan elegante, ninguna se lleva tan bien, y ninguna es tan rara como la verdadera humildad» (J. C. Ryle).

Como ves, la idea del mundo de grandeza es estar a cargo, estar encima, ser admirada, a ser respetada, ser honrada; que los demás se fijen en ti; que los demás esperen por ti. El mundo mide la grandeza por el rango, la posición y la riqueza. Ser aplaudido por los hombres, eso se considera ser grande a los ojos del mundo. La grandeza se mide por la cantidad de personas que trabajan para ti y el grado de influencia que tienes.

Pero Jesús dice: «No. Eso no es grandeza en absoluto. La verdadera grandeza está en tomar el lugar más bajo, darte a tí misma a favor de los demás, aun cuando prefieres recibir, ser aplaudida por Dios, incluso si nadie ve o reconoce lo que haces. La verdadera grandeza se mide no por cuántas personas esperan por ti, sino por a cuántas personas tú sirves, y cuánto de ti regalas».

Ahora, donde nace esta revelación, esta conversación que Jesús tiene con los discípulos, es en el asunto de quién era el mayor, y Jesús dice: «Déjame decirte cómo ser verdaderamente grande. Es humillarte y ser una sierva. Y el niño es el objeto de la lección».

¿Creerías tú que muy poco después, en Marcos capítulo 10, versículo 13, para ser exactos, los discípulos lo dañan todo justo después de que Jesús les ha enseñado que si quieren ser grandes, tienen que ser como un niño? Mira el versículo 13 de Marcos 10:

«Y le traían niños para que los tocara; y los discípulos los reprendieron». Ahora, ¿no es impensable esto a la luz de lo que Jesús acababa de decir?

«Pero cuando Jesús vio esto, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el reino de Dios. En verdad os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos (los niños) en sus brazos, los bendecía, poniendo las manos sobre ellos» (vv. 13-16).

Entonces los discípulos reprendieron a quienes llevaron a los niños, y Jesús reprendió a los discípulos y recibió a los niños porque Jesús era verdaderamente grande. Él era humilde, y Él recibió al menor de ellos.

Los logros impresionantes y la reputación, estas cosas no son necesarias para entrar en el reino de Dios o para ser grandes en el reino de Dios. Lo que se requiere es la humildad y un corazón de siervo. Y vemos en el Señor Jesús un modelo de lo que Él había estado hablando.

Oh, Señor, ¿cuanta conviccion nos trae el pensar en nuestro esfuerzo y nuestra jactancia, tratando siempre de estar en el primer lugar, y todo en nuestra cultura nos empuja en esa dirección. ¡Gracias por tu contra cultura, el reino de Dios que se basa en una forma totalmente diferente de pensar.

Así que, Señor, danos el corazón de Jesús, quien amó a los niños, que acogió a los pecadores, que fue a lugares donde a la gente buena o religiosa nunca se le ocurriría ir. Gracias por Tu amor, por Tu gracia, Tu misericordia, Tu humildad y Tu corazón de siervo.

Señor, danos ese corazón, y que no nos esforcemos sobre quién es el mayor, sino que nos esforcemos por ser el menor y el último y un siervo de todos mientras seguimos el ejemplo de nuestro Maestro, el Señor Jesús, en cuyo nombre oramos, amén.

Annamarie: Amén. Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado dando una definición bíblica de la grandeza.

Escuchamos tantas cosas diferentes, distintas voces nos ofrecen ideas que debemos evaluar a la luz de la Palabra de Dios. Estoy tan agradecida de que podamos hacer esto juntas.

Parece que la mayoría de personas que conocemos (incluyéndonos a nosotras), quieren medir su influencia contando la cantidad de amigos o contactos en sus redes sociales o la cantidad de respuestas que reciben a sus comentarios, entre otras cosas. Jesús nos invita a abrazar otro tipo de influencia. Aprende más acerca de esto mañana, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

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