Podcast Aviva Nuestros Corazones

La palabra de agonía

Annamarie Sauter: ¿Qué sufrimiento estás enfrentando? Recuerda que Jesús puede identificarse contigo.

Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: No hay nada que tú y yo podamos experimentar en el ámbito físico, emocional, espiritual, relacional, o psicológico, nada que vayamos a experimentar en el ámbito del sufrimiento que de alguna manera Jesús no haya ya experimentado por nosotros.

Annamarie: La semana pasada iniciamos nuestro recorrido a lo largo de la obra redentora de Cristo. Nos encontramos en la serie titulada, «Redención incomparable». Hemos escuchado sobre algunas de las últimas palabras de Cristo en la cruz, y hoy veremos las palabras, «Tengo sed». Nancy nos mostrará que estas no son solo una petición por algo de beber; es una declaración profunda.

Nancy: Mientras hemos estado considerando las siete palabras de Cristo en la cruz, los sufrimientos de Cristo están llegando al final. Él ha pasado a través de su más intensa agonía, ese período de oscuridad de tres horas, desde el mediodía hasta las tres de la tarde. Él ha sido condenado y abandonado por Su Padre, no porque Él haya hecho algo para merecerlo, sino porque Él se hizo pecado por nosotros. Él estaba colgado en esa cruz en nuestro lugar, muriendo la muerte que nosotros merecíamos.

En la última sesión, consideramos el cuarto clamor en la cruz, dicho a las tres de la tarde, en la etapa más profunda del sufrimiento de Cristo y de Su mayor agonía en la cruz cuando clamó: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mat. 27:46). Ahora, las tres exclamaciones finales siguen en una rápida sucesión. Hoy queremos ver a la quinta y la más corta de las siete palabras que Jesús habló en la cruz.

Déjame invitarte a que abras tu Biblia en el Evangelio de Juan, capítulo 19.  Comenzando a leer en el versículo 28:

«Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí una vasija llena de vinagre; (algunas traducciones dicen un vino avinagrado) colocaron, pues, una esponja empapada de vinagre en una rama de hisopo, y se la acercaron a la boca. Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (vv. 28-30).

Hoy queremos considerar esa palabra: «Tengo sed». En Griego es una sola palabra, dos sílabas. La palabra previa, «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» fue un clamor de angustia espiritual. Esta palabra ahora, es un clamor de angustia física. Como Oswald Sanders dice en el libro que hemos estado siguiendo a través de la serie, El Cristo Incomparable, «Aquél que comenzó su ministerio con hambre prolongada (allí en la tentación del desierto) lo termina con una sed intensa».

Déjame hacer varias observaciones acerca de la sed de Jesús, de esta palabra que Él habló en la cruz, y de algo más que tal vez está implícito. Primero, es obvio el severo sufrimiento físico. En las últimas 24 horas, Jesús había estado en el huerto del Getsemaní.

  • Él había sudado grandes gotas de sangre en el huerto mientras agonizó en oración a Su Padre celestial.
  • Él había pasado por una serie de juicios injustos, pasado de un líder a otro, cada uno de los cuales involucraba tormento físico y golpes.
  • Él había pasado por la crucifixión.
  • Él había perdido grandes cantidades de fluidos corporales: sudor y sangre.

Uno de los efectos de ser crucificado es intensa deshidratación. De hecho, sed extrema; si lo piensas, es realmente una de las peores formas de aflicción física.

Así que, Él clamó, no acerca de Su hambre, sino de Su sed. Es maravilloso si lo piensas, que el Creador de los océanos, de los ríos, y de la lluvia, el que mandó el diluvio para que cubriera la tierra, el que causó que agua brotara de la roca para los hijos sedientos de Israel, ahora, Él mismo tenía sed, estaba necesitando agua desesperadamente.

Pienso que para nosotras esta palabra es evidencia dulce y preciosa de la humanidad de Jesús. Hemos hablado acerca de eso a través de esta serie, el hecho de que Él era completamente Dios, pero también el hecho de que Él era completamente hombre. Él soportó y experimentó todas las debilidades y limitaciones de nuestra humanidad, pero sin pecado.

A Dios no le da sed. Pero como Jesús era Dios en carne humana, Jesús sufrió sed. Él quiso experimentar completamente, Él tuvo que experimentar completamente todas las debilidades de nuestra humanidad. Desde Su nacimiento hasta Su último aliento. Él compartió nuestra humanidad, Él se identificó con nosotros, Él entró en nuestros sufrimientos para que Él pudiera llegar a ser un «misericordioso y fiel sumo sacerdote» que se compadecía con nuestro dolor» (Heb. 2:17).

Escucha, no hay nada que tú y yo vayamos a experimentar en el ámbito físico, emocional, espiritual, relacional o sicológico, nada que vayamos a experimentar en el ámbito del sufrimiento, que de alguna manera Jesús no lo haya tomado por nosotros.

Así que cuando estamos sufriendo, aun en cada área física y práctica de necesidad y de privación, tenemos un gran Sumo Sacerdote que ha estado ahí antes que nosotros, que sabe, que entiende, que es comprensivo y misericordioso y que nos puede ayudar en nuestro tiempo de necesidad.  ¡Alabado sea Dios!

Ahora, unas horas antes, se le había ofrecido a Jesús una bebida de mirra y hiel.  Esa era una poción que era un sedativo para aliviar el dolor. Pero como puedes recordar, Él rehusó esa bebida para poder tener total control de Sus sentidos, para experimentar la copa llena del sufrimiento que Dios le dio que incluía la sed, para experimentar la esfera completa de sufrimiento para poder pagar totalmente el precio por el pecado. Él declinó esa primera bebida porque Él quería mantener Su mente clara para poder meditar en la Escritura, para orar.  Él rehusó aliviar el dolor. Él había declinado ese sedante, esa primera copa que le fue ofrecida.

Ya que Sus primeros sufrimientos estaban llegando a su final, y que Él casi había terminado de tomar el vaso de la ira de Dios, Él aceptó el vinagre que le fue ofrecido. Ese vinagre pudo haber sido un vino barato que era común en esos días, que era usado por gente común y los soldados tomaban mucho de eso.  Así es que es muy probable que hubiera estado allí al pie de la cruz. Era un vino  altamente diluido con agua, así que podría efectivamente saciar la sed. Con esa bebida Él humedeció Sus labios, lo que le permitió dar un grito triunfante final antes de morir. En parte el tomar esa bebida, fue para permitirle cumplir el resto de Su misión allí en la cruz.

Es interesante para mí que Jesús no clamó por Su sed hasta ya muy cerca del final de Su sufrimiento. No es porque no tuvo sed antes. Él estaba probablemente muerto de sed. La Escritura nos dice esto; lo veremos en un momento. Pero me dice a mí que Él no estaba obsesionado, mientras Él sufría allí en la cruz, con las demandas físicas de Su cuerpo. Él estaba más preocupado por las necesidades de los demás. Él estaba enfocado en la naturaleza espiritual de la batalla que se estaba librando. El hecho de que Él estaba siendo ofrecido como un sacrificio por el pecado.

El hecho es que no es casi hasta el final que Él menciona Sus sufrimientos físicos, y en esto vemos una demostración asombrosa de dominio propio.  Solamente una vez durante esas seis horas insoportables en la cruz, Él exclamó en relación a Su sufrimiento físico. Y cuando lo hizo, era en cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento y de acuerdo a la voluntad de Su Padre que Él exclamó de esta manera. A través de todas esas horas, no hay evidencia de que clamó por alivio, no se quejó, solo sufrió calladamente.

Leí a un comentarista de los 1800 que tuvo una manera pintoresca de describirlo. Él dijo,

«Con qué facilidad se nos hace clamar. ¡Qué tan malhumorados y malgeniosos nos hacemos bajo molestias leves! Un dolor de cabeza, un dolor de muelas, un resfriado o algún otro leve asunto se vuelve justificación suficiente para perder el dominio propio y hacer e incomodar a toda la familia y el hogar». 1

Él no tenía comida, no tenía analgésicos, no tenía agua, ningún alivio para sus apetitos humanos y sus necesidades. Además este sufrimiento de ser cortado de la comunión con el Padre. Él lo hizo todo por mí, por ti, ¡por nosotros!  Mientras estoy tan enfocada en las necesidades y los antojos de mi carne, solo una punzada de hambre y siento que me voy a desmayar. Y todos a mi alrededor necesitan saberlo. He estado ayunando por 20 minutos; y ya no aguanto. Siempre buscando y demandando maneras para satisfacer mis necesidades para satisfacer mis antojos. Tengo tanta dificultad en negarme a mí misma por solo cuestión de unos momentos. Pero aquí está Jesús, el Cristo incomparable, soportando con dignidad y con dominio propio.

Ahora, esta exclamación de sed, yo pienso, fue más que solo una expresión de angustia física. Era eso, pero yo pienso que fue más que solo eso. Primero, nos revela el profundo respeto y reverencia que Jesús tenía por la Palabra de Dios.

Tú dirás: «¿Tengo sed? ¿Cómo revela eso que Jesús tenía un profundo respeto y reverencia por la Palabra de Dios?» Bueno, mira Juan 19:28: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed». Él lo dijo para cumplir la Escritura.

Numerosas profecías del Antiguo Testamento ya se habían cumplido en el transcurso de la vida terrenal y del ministerio de Jesús. De hecho, cada profecía ya había sido cumplida con excepción de una. Esa profecía se encuentra en el Salmo 69. Este es un salmo mesiánico (déjame animarte a que tomes algún tiempo para leer todo el salmo completo) que nos da una descripción gráfica de la pasión de Cristo, los sufrimientos del Mesías. Déjame leerte solo unos cuantos versículos de ese salmo.

«Más que los cabellos de mi cabeza son los que sin causa me aborrecen; poderosos son los que quieren destruirme, sin razón son mis enemigos» (v. 4).

¿Suena eso como algo que Jesús experimentó? Es un salmo mesiánico, una profecía de Su sufrimiento.

Versículo 9 del Salmo 69: «Porque el celo por tu casa me ha consumido, y los vituperios de los que te injurian han caído sobre mí…La afrenta ha quebrantado mi corazón, y estoy enfermo; esperé compasión, pero no la hubo; busqué consoladores, pero no los hallé» (vv. 9, 20).

Abandonado. Completa y absolutamente solo y abandonado. Todas esas predicciones habían sido cumplidas. Todavía faltaba una en este pasaje por ser cumplida.

Salmo 69:3: «Cansado estoy de llorar; reseca está mi garganta;… y para mi sed me dieron a beber vinagre» (vv. 3, 21).

Escrito cientos de años antes, la profecía del Mesías sufriente de que tendría sed; que iba a clamar; que le iban a dar vinagre a tomar. Hay un pasaje similar a este en el Salmo 22 al cual hemos hecho referencia anteriormente en esta serie, otro salmo profético mesiánico.

Ese pasaje dice en el versículo 14: «Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis entrañas. Como un tiesto se ha secado mi vigor, y la lengua se me pega al paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte» (vv. 14-15).

Esas eran profecías del Antiguo Testamento, profecías que Jesús conocía. Él estaba familiarizado con ellas. Él había estado meditando en ellas. Él sabía que hablaban de Él. Él anhelaba que fueran cumplidas. Era Su intención que fueran cumplidas. Cada profecía que jamás había sido dicha de Él tenía que ser cumplida. Toda la Palabra de Dios debe ser cumplida. Así que Él gritó, «Tengo sed», para que estas Escrituras se cumplieran.

Qué imagen increíble de Jesús honrando la Palabra, y Su cuidado supremo de que fueran cumplidas, que fueran obedecidas, y que Él debía someterse a ella.  Pienso, mientras medito en la atención de Jesús a ese pequeño detalle de la Escritura, pensemos por un momento, ¿cuántas de nosotras hubiéramos sabido acerca de ese detalle de la Escritura… mucho menos hubiéramos estado pensando en eso en ese momento, ni preocupándonos lo suficiente para, con ese dolor insoportable, y con mucho esfuerzo levantarme un poco para poder sacar esas palabras, después de una tortura y agonía indecibles, batallando para respirar, para decir esas palabras con el propósito de que esa pequeña frase de la Palabra de Dios pudiera ser cumplida?

  • ¿Amamos la Palabra de Dios de esa manera?
  • ¿La honramos de esa manera?
  • ¿Estamos así de familiarizadas con ella?
  • ¿Meditamos en ella?
  • ¿La hemos memorizado?
  • ¿La traemos a la mente en nuestros sufrimientos?

Cuando digo, «tengo sed o tengo hambre», y estoy quejándome acerca de mis circunstancias, no lo estoy diciendo para cumplir las Escrituras. Lo estoy diciendo para satisfacer mi carne. Jesús lo dijo no para satisfacer Su carne, sino para cumplir la Escritura.

  • ¿Me importa que la Palabra de Dios sea honrada en medio de mi sufrimiento?
  • ¿Me importa cómo reflejo a Dios en la forma como sufro?

Cuando la Palabra de Dios en 1 Pedro 5:7 dice, «echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros», ¿me importa que la manera como yo respondo a la presión, le demuestra al mundo cómo ese pasaje es cumplido en mi vida? Cuando la Palabra de Dios dice, «antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias», (Fil. 4:6) ¿doy gracias, no solo porque es lo correcto, sino porque quiero que otros vean la Palabra de Dios cumplida a través de mi vida? Me trae convicción solo de pensarlo. La reverencia, el respeto, el honor por la Palabra de Dios que vemos. Él lo dijo para que la Escritura fuera cumplida.

El ser como Cristo es tener el mismo corazón de que cada palabra de Dios sea cumplida dentro y a través de nosotros. En esta exclamación, «Tengo sed», también veo, y otra vez, más allá de la sed física, una imagen de sed espiritual, una imagen de Jesús anhelando esa restauración de su comunión con Su Padre, la cual Él sacrificó por nosotros. Trae a mi mente un pasaje en el Salmo 42:1-2. Quizás Jesús estaba pensando acerca de este salmo durante esas horas. 

«Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía». 

¿Te acuerdas cuál fue la palabra anterior de la cruz? ¿Por qué me has abandonado? Así que en decir: «Tengo sed», hay una dimensión física allí. Pero también Él estaba diciendo: «Tengo sed de Ti, oh Dios. Te quiero a Ti. No quiero Tus dones, no quiero Tus bendiciones. Te quiero más que a cualquier otra cosa en este mundo».

«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?»

«Oh Dios, anhelo tu presencia. Anhelo ser restaurado a una comunión contigo.  Anhelo estar contigo como lo hemos estado por toda la eternidad pasada, y como lo estaremos en toda la eternidad futura». Hay esta sed, este anhelo de la presencia, por la presencia dulce, refrescante, que llena, que sacia la sed de Dios, sabiendo que nada más en esta tierra o en el cielo puede saciar la sed de nuestras almas como Dios mismo.

También veo en esta exclamación de, «Tengo sed», que Jesús soportó los tormentos del infierno por nosotros. Por supuesto que uno de los tormentos del infierno que Él sufrió, fue la separación de Dios. En esas horas, Jesús soportó una eternidad de separación de Dios. Así tan intenso fue el juicio del Padre derramado sobre Él. Pero otro tormento del infierno que leemos en las Escrituras es una sed insaciable.

¿Recuerdas en Lucas 16 la parábola del hombre rico y Lázaro que Jesús contó?  Había un hombre rico en el infierno. Y este hombre le rogó a Abraham que mandara a Lázaro, un hombre pobre que él había conocido y despreciado durante su vida, le rogaba que mandara a Lázaro que mojara su dedo en agua y refrescara su lengua reseca en el infierno. Solo una gota de agua. Sed insoportable. Mientras Jesús exclama, «Tengo sed», refleja la angustia de Su alma al probar el fuego del juicio del infierno para toda la humanidad.

Mi amigo, Krummacher, de los 1800, dice en su libro que he citado muchas veces a través de esta serie, El Salvador Sufriente, (The Suffering Savior),

«La perdurable maldición vicaria de Jesucristo. (Él dice que Jesús)… probó, en la medida de lo posible, todos los tormentos de los malditos.  Para evitarnos a nosotros pecadores la sed de una infinita ausencia de comodidad, ¡Él se sometió a tal tormento en Su capacidad mediadora!»

Como nuestro mediador, como nuestro representante, Él soportó esa ausencia infinita de comodidad, esa profunda sed infinita, ese fuego inextinguible del infierno, para que nosotros no tuviéramos que soportarlo. Luego él continúa,

«¡Oh qué pozo de consolación Él ha abierto para nosotros por Su sed!»

Annamarie: La sed que experimentó el Creador de los océanos nos trajo plenitud. ¡Qué verdad tan gloriosa! Nancy regresará para concluir esta enseñanza y orar con nosotras.

¿Puedes clamar junto al salmista, «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?»

Te animo a reflexionar en las preguntas que Nancy nos ha planteado a lo largo de este programa. Y si no alcanzaste a tomar nota, no te preocupes, puedes leer la transcripción de este programa en nuestra página web, AvivaNuestrosCorazones.com.

Cuando nos visites, asegúrate de echarle un vistazo a nuestro blog, Mujer Verdadera. Estaremos llevando a cabo un club de lectura del que queremos que seas parte. Estaremos leyendo el libro escrito por Nancy titulado, «Adornadas». Búscalo en tu librería cristiana favorita y sintoniza nuestro blog Mujer Verdadera. Este blog, videos, los programas que diariamente transmitimos y muchos otros recursos en español son posibles gracias a ti. Nancy,

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Bien, Nancy nos ha hablado acerca de la agonía que experimentó Cristo. Hemos visto cómo las palabras, «Tengo sed» fueron una expresión de esto. Ahora, Nancy regresa con nosotras para concluir esta enseñanza y orar con nosotras.

Nancy: Él tuvo sed. Él soportó intensa sed para que nuestra sed pudiera ser aliviada, para que pudiera ser saciada. Lees esto vez tras vez en las Escrituras. Te acuerdas cuando Jesús le dijo a la mujer Samaritana:

Jesús le dijo a ella, «… pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna» (Juan 4:13-14).

En Juan 7, Jesús se paró y exclamó: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: “De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva”» (Juan 7:37-38).

En el último capítulo de la Biblia: «Y el que tiene sed, venga; y el que desea, que tome gratuitamente del agua de la vida» (Apoc. 22:17).

Puedo recordarte que Él es el único que puede saciar la sed más profunda de tu corazón, que tu sed nunca jamás será saciada con cualquier otra cosa o por nadie más que Jesús. Así que hoy, déjame exhortarte, ven a Jesús. Vacía tu vaso y dile, «Señor, llena mi copa», y Él lo hará.

Te damos gracias, oh Señor, por todo lo que has soportado por nosotras. No somos dignas. Debimos haber sido nosotras diciendo allí arriba, «tengo sed». Pero Tú soportaste esos insaciables tormentos del infierno, esa aguda sed física, esa sed aguda de separación de Tu Padre, para que nosotras pudiéramos ser llenas con agua viva. Oh Señor, gracias, gracias. Amén.

Annamarie: Amén. Esta es Nancy DeMoss de Wolgemuth ayudándote a contemplar la belleza del evangelio.

Este programa es parte de la serie, «Redención incomparable». Para escuchar o compartir cualquiera de los mensajes anteriores visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com.

Para terminar nuestro tiempo juntas, escucha unos versículos que te ayudarán a reflexionar sobre algunas de las profecías que nuestro Mesías cumplió. No por casualidad, sino por la voluntad soberana de Dios, y para nuestra libertad.

Nancy: «Esperé compasión, pero no la hubo; busqué consoladores, pero no los hallé. Y por comida me dieron hiel, y para mi sed me dieron a beber vinagre» (Sal. 69:20-21).

«Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven, de mí se burlan; hacen muecas con los labios, menean la cabeza, diciendo: Que se encomiende al SEÑOR; que Él lo libre, que Él lo rescate, puesto que en Él se deleita» (Sal. 22:6-8).

Clip: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí una vasija llena de vinagre; colocaron, pues, una esponja empapada del vinagre en una rama de hisopo, y se la acercaron a la boca. Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Juan 19:28-30).

Nancy: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (Heb. 2:14-15).

«Y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados» (1 Ped. 2:24).

Annamarie: Hay una canción que me ayuda a recordar estas verdades. La muerte de Cristo. El hecho de que Él sufrió el castigo por nuestro pecado es una muerte, es sangre, que nos trajo vida y libertad.

Annamarie: Mañana, aquí en Aviva Nuestros Corazones veremos más a fondo aquellas que pueden ser las palabras más grandiosas jamás pronunciadas en toda la historia de la humanidad. Te esperamos.

Conociendo al Redentor juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1 James Stalker. Pulpit Legends: Studies on the Person of Christ (Chattanooga, TN: SMG Publishers, 1995).

Eres El Camino, Sovereign Grace Music, Eres Dios, ℗ 2012 Sovereign Grace Music.  Canción usada con permiso.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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