Aviva Nuestros Corazones Podcast

Annamarie Sauter: ¿Tiendes a olvidar que Dios está en su trono?

Nancy DeMoss Wolgemuth: El capítulo final no se ha escrito. Dios está aún en Su trono. Dios está venciendo sobre el mal de este mundo. Y cuando la última palabra sea dicha, Dios habrá obtenido la victoria.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Si estás siguiendo la lectura bíblica este año junto a nosotras, la lectura de hoy es 2 Crónicas, capítulos 34 al 36.

Da la impresión de que constantemente estamos oyendo acerca de algún tipo de villano. Sea un dictador, un gobernante corrupto, un terrorista o un delincuente. Esta semana haremos una breve pausa en nuestro estudio, «En busca de Dios» para hablar sobre cómo podemos cultivar «un corazón apacible en medio de un mundo turbulento».

Aquí está Nancy.

Nancy: ¿Eres de las personas que en ocasiones quiere lanzarle algo al televisor cuando ves las noticias? O sea, ¿te encuentras discutiendo, debatiendo o gritando a la persona que está del otro lado de la pantalla?

Quizás no seas de las que reaccionan visiblemente, pero cuando escucho acerca de inmoralidades, violencia, crimen, abuso, terrorismo y corrupción en el mundo de hoy, muchas veces me siento abrumada.

Y pienso: «¡Detengan eso! ¿Cómo puede ser? ¡Eso está mal!» Y quieres hacer algo al respecto. Dondequiera que miras te encuentras con autores, gente de la farándula y con políticos que —contrario a lo que dice la Palabra— promueven las atrocidades que ellos cometen. Promueven estilos de vida impíos: abortos, inmoralidad, la cultura del divorcio, filosofías feministas. Te das cuenta de que vivimos en un mundo caído que no mejora y que va cada vez de mal en peor. La oscuridad parece intensificarse cada día más.

Y no solo es en la cultura de allá afuera o en los asuntos internacionales. También a nivel personal, tenemos que lidiar con esto regularmente ya sea en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo y —lamentablemente— dentro de nuestras iglesias. Déjenme leerles algunas cosas que mujeres nos han escrito vía correos electrónicos; quizás te identifiques con algunas de estas. Una mujer dijo:

«Estoy comprometida con un hombre que está luchando con la ira. Al menos una vez a la semana peleamos intensamente y —usualmente— todo empieza cuando no lleno alguna de sus expectativas. Nunca me ha golpeado, pero me maldice y trata de justificarlo con un “todos nos quedamos cortos”».

Por cierto, después de haber leído ese correo, me comuniqué con nuestro departamento de correspondencia y le mandé a decir que terminara la relación. No te comprometas en un tipo de relación como esa. Ahora bien, si ya estás en un matrimonio, la solución no es tan fácil. ¿Qué haces en el caso de estar casada con un hombre iracundo, comprometida con un hombre iracundo?

Cuando oímos estas cosas, cuando vemos lo que está pasando en el mundo —algunas veces vivimos con ellas en nuestro entorno— ¿cuáles son algunas de las respuestas y emociones naturales que sentimos ante las personas que hacen lo malo, los malhechores, o lo que está mal hecho?

Esas cosas son las que nos pueden hacer sentir desamparadas, fuera de control, sepultadas, inundadas en la cultura que nos rodea. Podemos sentirnos abandonadas. Pienso que muchas veces aflora en nosotras un sentimiento de ira y de agitación. Nos podríamos sentir —como dijo esa señora— asustadas, descorazonadas, desilusionadas. Todas esas son respuestas naturales al darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído y desastroso, y todo esto nos llega por todas partes.

Por eso quiero que en los próximos días veamos un pasaje de la Escritura que nos dice qué hacer acerca de lo mal hecho en nuestra cultura, lo mal hecho en nuestros hogares, lo mal hecho en nuestras iglesias, lo mal hecho en nuestros lugares de trabajo; nos dice qué hacer al respecto.

Me refiero al Salmo 37. Es un salmo familiar para la gran mayoría. No vamos a ir con detalle por todo el salmo, pero he estado meditando en los primeros once versículos.

Me he detenido ahí y he estado morando en estos versículos, memorizándolos, citándolos, repitiéndomelos a mí misma, y aplicándolos a las diferentes circunstancias de la vida. Quiero que nos tomemos un tiempo meditando estos versículos, no tan profundamente como pudiéramos, pero sí echarle un vistazo general a lo que debemos hacer cuando nos rodea intensamente la maldad.

Muchas de ustedes están familiarizadas con el Salmo 37, como dije. Trata con un asunto que el pueblo de Dios en cada generación ha tenido que enfrentar, y es la presencia activa de la maldad y de los hacedores de maldad en nuestro mundo; una maldad que no es pasiva. Una maldad que es activa; que va en aumento; que se mueve hacia adelante a nuestro alrededor. La pregunta es, «¿cómo debe responder el pueblo de Dios?»

Más aún, este pasaje lucha con el hecho de que no solamente nos rodea fuertemente el mal, sino que misteriosamente o de una forma difícil de explicar, las personas que viven vidas piadosas sufren aflicciones mientras que las que viven vidas impías muchas veces prosperan. ¿Por qué es eso? ¿Cómo podemos lidiar con esa realidad?

¿Y qué tal el gerente que miente con ética profesional dudosa, que pisotea a la gente y entonces, él es promovido? ¿Por qué prosperan los impíos?

¿Y qué del hombre casado que vive una relación adúltera abiertamente, sin preocuparse, divirtiéndose —y que aparentemente le va bien en la vida o por lo menos eso parece— mientras que su esposa y sus hijos sufren en la casa?

¿Y qué me dices de la gente que vive endeudada, que no paga sus facturas, que tienen de todo, mientras que tú, siendo responsable con tus finanzas, con dificultad logras llegar a fin de mes? Hay muchas cosas que son inexplicables cuando miras a tu alrededor.

Ahora bien, el Salmo 37, no provee una explicación para esas aparentes injusticias, pero sí reta a los creyentes a ver esta realidad bajo una luz distinta.

¿Cómo debemos verlo? Tenemos que verlo a la luz de la eternidad. Este salmo nos reta a que respondamos ante estas injusticias a la luz de la voluntad y los propósitos soberanos de Dios.

No me cabe duda de que Jesús estuvo muy familiarizado con este salmo. Es posible que lo tuviera presente en medio del Sermón del Monte, cuando Él dijo: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mat. 5:5).

Cuando Jesús dio esas bienaventuranzas, Él puso la sabiduría convencional de cabeza. Las cosas que dijo fueron diametralmente opuestas a nuestra forma natural de pensar.

¿Felices son los pobres en espíritu? ¿Dichosos son los que lloran? ¿Bienaventurados son los mansos? O sea, el mundo piensa totalmente lo opuesto. Pero Jesús dijo que los mansos son bienaventurados porque ellos van a heredar la tierra.

Creo que Él con toda probabilidad estaba pensando en el Salmo 37, cuando dijo esas palabras porque —como algunos comentaristas han señalado— el Salmo 37 es una exposición de la tercera bienaventuranza. «Bienaventurados son los mansos». El Salmo 37 es uno de los ocho salmos acrósticos incluidos en el libro de los salmos. Salvo unas pocas excepciones, a lo largo de este salmo, cada estrofa o copla empieza con una sucesión de letras del alfabeto hebreo.

Las Escrituras nos dicen, al inicio de este salmo, que fue escrito por David; un David ya maduro. ¿Cómo sabemos eso?

Mira el versículo 25. David dice: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan».

Por lo que ya David es un hombre mayor. Ha vivido mucho. Ha visto mucho. Ha estado en muchos lugares y reflexiona acerca de lo que ha visto a lo largo de los años. Ha visto mucha maldad. De hecho, David muchas veces fue víctima de esa clase de opresión: un hijo que trató de quitarle su reino; Simei quien lo maldijo; gente traidora que lo traicionó. Él ha sido el receptor de todo esto.

Pero él también reconoce con humildad de corazón, que él ha sido el causante de algunas de esas cosas. Él fue el hombre que tomó a la esposa de otro hombre traicionando la confianza de dicho hombre.

Por lo que David ha sido el receptor y el que ha causado maldad en el mundo. Pero a medida que mira hacia atrás y reflexiona, piensa en cómo trata Dios con los justos y cómo trata con los malvados.

David piensa en el rey Saúl y en cómo por años él lo persiguió, trataba de atacarlo y cómo parecía que Saúl ganaba— y como que tenía todas las de ganar. Pero entonces él mira hacia atrás, con la experiencia que le han dado los años, y se da cuenta de cómo Dios venció sobre todo, cómo Dios cuidó de él, de cómo Dios lo guió en medio de los ataques y lo protegió en medio de la oposición.

Se da cuenta de que la última palabra no se ha escrito.

  • El capítulo final no se ha escrito
  • Dios está aún en Su trono
  • Dios está venciendo sobre el mal de este mundo
  • Y cuando la última palabra sea dicha, Dios habrá obtenido la victoria

A David no le quedan dudas al mirar hacia atrás.

Ahora bien, a medida que avanzamos en este salmo, vamos a ver —ante la maldad de este mundo— algo que no debemos hacer, y es en lo que nos vamos a enfocar el día de hoy. Luego, en los días siguientes, ya veremos lo que debemos hacer en respuesta a estos malhechores.

El pasaje empieza en cómo nodebemos responder. Vas a ver ese mandato o exhortación tres veces, empezando en el versículo 1, y luego en el versículo 7 y en el 8. Y lo que no podemos hacer ante la maldad —ya sea cuando hablamos de algo de gran magnitud o algo pequeño—¿qué no debemos hacer? La única cosa que no debemos hacer es precisamente la que, por naturaleza, somos más propensos a hacer, y pienso que por eso lo dice tres veces. Salmo 37:1: «No te irrites a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que practican iniquidad». Luego en el versículo 7: «No te irrites a causa del que prospera en su camino, por el hombre que lleva a cabo sus intrigas». Y en el versículo 8: «Deja la ira y abandona el furor».

No te irrites. Ahora bien, cuando usamos la palabra «irritación» pensamos de inmediato en preocupación. «No te preocupes. No te impacientes. No te pongas ansiosa». Y ese es un significado de la palabra irritar».

Pero la palabra «irritación», como la vemos en el hebreo original, como la he estudiado, sugiere algo más que simplemente el estar preocupada o molesta. Sugiere más que eso.

Esta palabra en hebreo significa literalmente, «no te acalores». La palabra significa «quemarse; encenderse; enrojecerse de furia; indignarse». Significa «el encenderse o enfurecerse; el incomodarse; el resabiar». No te irrites. No te enfurezcas ante lo mal hecho. No te agites ni te enojes. No dejes que te hierva la sangre.

De hecho, en el versículo 8, se aprecia la conexión entre la ira y el enojo. Mira el versículo 8, dice: «¡Deja la ira y abandona el furor! No te enfurezcas».

La poesía hebrea tiene lo que se llama paralelismo, y eso implica que una frase se dice de manera ligeramente distinta, pero con el mismo significado—una detrás de la otra. Por eso dice: «deja la ira» y «abandona el furor». Lo que se traduce en «no te irrites; no te incomodes». En el diccionario dice, «cesa la ira». Significa, «déjalo; suéltalo». Deja la ira significa, «déjala atrás; aléjate de ella». No te aferres a tu enojo. Suéltalo. Déjalo pasar. Apártate de él. Cesa. No te incomodes con eso.

Esa ira, creo, está dirigida primeramente a Dios. Aunque no lo hagamos conscientemente.

Dirás: «No, no yo no estoy molesta con Dios, es mi hijo de ocho años. O es mi marido que se comporta como un niño de ocho años. O es mi jefe que está siendo totalmente irracional». «Estoy incómoda con la persona». Pero, invariablemente, encontramos que nuestra ira —en cierta medida— va dirigida a Dios porque lo que estamos pensando (aunque sea a nivel del subconsciente) es, «si Dios está en control y Él es tan grande y Él es tan maravilloso, ¿por qué no está haciendo algo al respecto? ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué no lo cambia? ¿Por qué no me saca de esta circunstancia? ¿Por qué no derrota a ese malvado dictador?»

Por lo que primero y ante todo, es ira hacia Dios y a Sus caminos. Ira debido a nuestras circunstancias.

Luego, el enojo se enfoca en otros, es cómo impactan nuestras vidas. Tendemos a incomodarnos porque vemos que nuestra obediencia y nuestro esfuerzo de vivir correctamente no parecen darnos ningún beneficio.

¿Para qué ser una mujer de Dios, para qué ser una mujer verdadera? No parece estar proveyendo alivio para mi dolor o para seguir viviendo en este mundo caído. Todavía tengo que darle la cara a esa gente. Somos propensas a incomodarnos. Tendemos a enfurecernos. Tendemos a hervir. Tendemos a ponernos tensas y a agitarnos. Pero la Escritura dice: «¡Deja la ira, y desecha el enojo! No te enfurezcas; solo conduce a hacer lo malo».

En algunas de sus biblias la traducción dice, «al mal». Pienso que en la Nueva Versión Internacional dice, «conduce al mal». En hebreo es la misma palabra que se usa donde dice, «no te irrites a causa de los malhechores».

Verás, si miramos a nuestro alrededor y vemos a los hacedores de maldad. Y si reaccionamos agitadas, enojadas o enfurecidas a causa de los malignos, ¿sabes lo que pasa? Nos convertimos nosotras mismas en hacedoras de maldad. «Solo haríamos lo malo».

Si te irritas y te incomodas con quienes te provocan o quienes provocan a Dios, terminas siendo el mismo tipo de persona que los que te están provocando. Y todas hemos visto eso en nosotras.

Quizás no lo externemos. Aunque algunas sí, pero la mayoría de nosotras lo hacemos internamente. Pero te conviertes en esa persona que te está llevando la contra. Si nos irritamos terminamos siendo hacedoras de maldad. Eso solo nos llevará a hacer lo malo.

De manera que las Escrituras dicen: «No dejes que los malvados y aquellos que hacen lo mal hecho, te hagan pecar». Es por eso que comienza con, «no te impacientes. No te enojes. No te enfurezcas. No te abandones a la ira». Por eso debemos ser cuidadosas en no dejar que esta ira desarrolle raíces en nuestros corazones. Si hace raíz invariablemente nos llevará a pecar. Por lo que ¡córtalo de raíz!

«No te irrites». Habla de la actitud y la condición del corazón. Antes de que se te zafe, antes de que explotes de ira, antes de que digas algo cruel o hagas algo malo, trata con el enojo en tu corazón.

«No te irrites». No dejes que florezca en tu corazón. No lo dejes echar raíces. No te incomodes. Nuestra reacción ante los pecadores, ante las circunstancias y las providencias de la vida, esas respuestas, revelan lo que hay dentro de nuestros corazones. Si empezamos a decir groserías, y si empezamos a hiperventilar o a hacer (lo que a veces hago yo) «¡oh, no! ¡No puedo creer lo que está pasando!»

Si empezamos a proferir palabras, palabras llenas de ansiedad, eso refleja el hecho de que nos estamos incomodando en el interior de nuestro corazón. Nos hemos enfurecido. Hemos llegado a un estado de ebullición. Santiago capítulo 1 versículo 20, dice, «porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios». Nunca vas a triunfar sobre lo malo, haciendo lo malo. Y cuando te impacientas y te incomodas te conviertes en una hacedora de maldad.

La razón por la que no tenemos que irritarnos es porque no somos Dios. Dios está en control. Él puede manejar este mundo. Él puede controlarlo. Él puede cambiar a los malhechores y lo va a hacer en Su tiempo. Eso es lo que vamos a ver en este salmo.

Chambers dijo: «Toda nuestra irritabilidad y preocupación se deben a que calculamos sin tener en cuenta a Dios». Y podría añadir que —nuestra irritación, preocupación y furia— se debe a que tratamos de ser Dios, tratamos de tomar las riendas de algo que no nos corresponde. Dios es quien está a cargo.

Entonces, ¿cómo aplicamos esto cuando vemos la maldad en nuestra cultura— en nuestros políticos, en las noticias mundiales, las celebridades haciendo alarde de inmodestia y de inmoralidad? Y lo vemos, no solamente en la cultura, sino en nuestros hogares, en las iglesias y en los lugares de trabajo. Vemos cosas que sabemos están mal. ¿Qué se supone que hagamos?

Debemos contristarnos por el pecado. No nos debemos hacer inmunes ni enterrar nuestras cabezas en la arena —como el avestruz— y pretender que no existe. Lo que creo que dice es, «no dejes que te salga una úlcera. No te enojes. No dejes que lo mal hecho del otro te robe tu gozo y tu paz.

Si les respondemos a los hacedores de maldad con ira, nos convertimos en hacedoras de maldad nosotras también. Más aún, perdemos la oportunidad que Dios quiere darnos para influenciar e impactar a otros y para ayudarles a redimir sus vidas.

Escúchenme, amigas, las mujeres cristianas no debemos ser conocidas como personas reaccionarias y airadas. Hay muchas cosas en este mundo que son muy, muy graves y muy pecaminosas. Pero el mundo no debe mirarnos y pensar, «siempre están perdiendo los estribos por todo. Son personas reaccionarias y malhumoradas».

No te irrites. No pierdas los estribos. ¿Hay alguna situación en este momento que te tenga en ese estado? ¿Hay algo en tu vida que te está siendo problemático? ¿Estás furiosa, a punto de estallar? ¿Estás hirviendo por dentro y sientes la temperatura subir?

Es como cuando cocinas algo a fuego lento, pero si no lo retiras del fuego y dejas que se siga calentando, va a llegar a punto de ebullición y —cuando llega a ese punto— se desborda.

¿Estás irritada por algo? ¿Te has enfurecido en tu interior al punto de exteriorizarlo agitadamente? ¿Te has convertido o te estás convirtiendo en el hacedor de maldad que te está abrumando tanto?

Piensa por un momento en tu matrimonio. Piensa en la dinámica, la química de ese hijo para quien nunca se ha escrito un libro de texto. ¿Te estás poniendo a su nivel? ¿En tu lugar de trabajo, en esa relación tan tensa, has llegado al punto de ebullición?

Si ese es el caso, antes de que continuemos con este salmo, el punto de partida es ponerte de acuerdo con Dios y decir: «Sí Señor, tienes razón. Estoy equivocada. Me he estado incomodando. Hay furia en mi corazón. Me está devorando por dentro. Lo he dejado que me afecte. Estoy furiosa. Estoy rabiosa. He pecado contra ti al estar de resabiada».

Confiésalo. Arrepiéntete. Luego, durante los próximos días, veremos no solamente lo que no debemos hacer —perder los estribos por causa de los hacedores de maldad— sino que veremos lo que Dios nos manda a hacer de una forma positiva y redentora.

Annamarie: ¿Te has irritado a causa de algún mal hecho contra ti o por las circunstancias que te rodean? Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha llamado al arrepentimiento, y a más bien contristarnos por el pecado. Esta enseñanza es la primera en la serie titulada, «Un corazón apacible en medio de un mundo turbulento».

Parte de vivir en un mundo turbulento es que sufrimos las consecuencias de los pecados de otras personas, así como los que nos rodean sufren por causa de nuestro pecado.

Una oyente que ha experimentado esto y que anhela un corazón sereno—a pesar de pecado pasado en su vida y aflicciones, compartió su historia con nosotras. Escucha lo que ella nos escribió.

Mujer: «… El único motivo por el cual quiero que sepan este testimonio es para que Dios sea glorificado, no por mi propia voluntad sino porque es un impulso en mí que no se puede frenar. Sé que nuestro Dios ha utilizado este ministerio y lo continúa haciendo para permitirme crecer y aprender a ser un mujer verdadera.

El Señor irrumpió en mi vida y en mi corazón en el año 2015. Vengo de una familia disfuncional. Mi vida y mi familia desde la niñez fue marcada por la autoridad de las mujeres en el hogar. Tengo una madre maravillosa que hizo lo que conocía de su familia y costumbres. Nos criamos en un hogar donde las discusiones de matrimonio eran comunes, parte de la vida diaria. Veíamos a mi padre irse vez tras vez de la casa. Mi niñez y juventud pasaron sin conocer la guía de un hombre. Desde los 12 años hasta los 16 años, sufrí de abuso por parte del esposo de una de mis hermanas y eso acarreó destrucción a gran parte de mi vida, y respondí con más pecado al pecado cometido en mi contra. 

La ira, la depresión y la promiscuidad se convirtieron en ropajes y partes de mi propio ser. Ingresé a trabajar a las fuerzas de seguridad de mi provincia, aquí le decimos policía, y todas las cosas aumentaron mi propia maldad, forjaron en mí una dureza y hasta una tendencia a superar al hombre, y a ver en ellos la imagen de todo lo que lastima. Es así como en el año 2015, Dios, utilizando las palabras de una persona cercana irrumpió en mi vida. Cuando todo era oscuridad, tiernamente me habló de un vacío que solo es llenado por Jesús; del estilo de vida que estaba llevando, cual samaritana sedienta a orillas de un pozo que cada vez que tomaba sorbos de esas aguas volvía a tener sed. 

Tras una vida de parejas abusivas, violencia doméstica, madre soltera; así Dios me atrajo hacia él y comenzó este camino. Conocí el Ministerio Aviva Nuestros Corazones. Día tras día escuchando los audios, fui bautizada, y comencé a servir en mi iglesia local ayudando a mujeres que habían atravesado casos de abusos. Dios fue colocando en mí el deseo de formar una familia, de dejar mi trabajo. Comenzó a inquietarme con la forma en que veía a las mujeres y a los hombres, a hacerme anhelar ser esa mujer de espíritu tierno y sereno. 

En ese camino y en mi necedad como nueva creyente, de orgullo, como Sara, quise obtener mi promesa por medios humanos. Conocí a un joven en mi congregación con el cual comenzamos una relación sin supervisión y alejándonos de los consejos. Caímos en pecado, quedando embarazada. Fue un dolor tan grande, no solo el mío, sino también el de aquellas personas que nos quieren y cuánto más el de nuestros pastores. 

Aún en medio de eso Dios tuvo gracia para con nosotros, nos casamos y decidimos juntos vivir para Dios. El proceso de disciplina fue duro pero ha sido lo necesario para mi corazón lleno del pecado de orgullo. En marzo de 2019, renuncié a mi trabajo para dedicarme a mis hijos, mi familia y el hogar. En este tiempo de tantos cambios repentinos y a pesar de tener todo lo que le había pedido a nuestro Señor, lo único que anhelo es tenerlo solamente a Él. No hay dolor más grande que vivir sin Su presencia. 

Este ha sido un tiempo en mi vida de buscarle más y más. Dios ha usado a Nancy por medio de sus libros, «En Busca de Dios» y «Santidad». Las conferencias, los audios, son como faros en este tiempo de restauración. Me ha dado sed y hambre de Su Palabra como en un principio, ha hecho que mi corazón arda por mi Salvador, quien me rescató de un pozo tan hondo. Él me ha traído a una nueva etapa en mi propia sanidad.

Hoy siendo madre y esposa a tiempo completo, los retos en la cultura actual bombardean nuestros pensamientos y emociones. Pido fervientemente a Dios que me ayude a ser la mujer que Él quiere que sea para mi esposo, para mis hijos varones, en esta era donde las mujeres muchas veces aplastamos los corazones de los hombres queriendo suplantar su lugar. Anhelo ese espíritu tierno y sereno. 

Su poder, Su Espíritu Santo que vive en nosotras, puede hacer todas las cosas nuevas. Lo ha hecho una vez, lo volverá a hacer, y me aferro a mi Dios como una niña en los brazos de su padre».

Annamarie: Muchas de nosotras podemos identificarnos con esta mujer. Sufrimos por causa del pecado en el mundo y pecamos y sufrimos las consecuencias de nuestro pecado. Pero en Cristo hay esperanza.

Estamos en una batalla espiritual, y es por eso que la oración es tan importante. Únete a nosotras clamando a Dios por un avivamiento, y juntas llamemos a más mujeres a libertad, plenitud y abundancia en Cristo. Puedes compartir fácilmente los recursos que tenemos disponibles para ti en AvivaNuestrosCorazones.com, con mujeres en tu círculo de influencia. No sabemos a quién Dios puede liberar hoy, y tú y yo somos instrumentos en las manos de Dios para llevar Su mensaje.

Hoy en día tenemos acceso a las noticias las 24 horas del día. Pero no porque esto sea así debemos llenar nuestras mentes de ellas. Cuando tu mente está llena de la Escritura, tus días y noches serán diferentes. Escucha por qué, en el próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.

Escudriñando la Escritura juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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