Podcast Aviva Nuestros Corazones

Oración en la batalla

Annamarie Sauter: Las batallas no suelen desenvolverse de acuerdo a nuestros planes. Aquí está Nancy DeMoss de Wolgemuth.

Nancy DeMoss de Wolgemuth: En medio de la batalla, te encuentras diciendo, «el sol está caliente; el día no es lo suficientemente largo; hay tales circunstancias aquí que no es posible ganar esta batalla.» ¿Te detienes y clamas al Señor? ¿Tienes la fe para decir?, «Señor, lo que sea necesario, Tú puedes hacerlo.»

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Todas necesitamos apartar tiempos de oración intensiva, en los que nos alejemos y nos centremos en el Señor. Pero es probable que haya veces en las que tus oraciones sean más como un general de campo pidiendo refuerzos mientras está bajo ataque. El peligro viene cuando no oramos en lo absoluto, tratando de luchar solas. Nancy nos explicará por qué esto es tan peligroso, al continuar con la serie «Lecciones de la vida de Josué (Parte 11): Librando y ganando batallas espirituales.»

Nancy: En la última sesión vimos que Josué y los hijos de Israel fallaron al no pedir el consejo del Señor cuando se trató de este asunto de los gabaonitas que vinieron y los engañaron. Los gabaonitas les dijeron: «Hemos venido de un país lejano; queremos hacer un pacto; queremos hacer un trato con ustedes.» Vimos que el problema fue que Josué falló al no pedir el consejo del Señor.

Ahora, Josué sabía cómo debía hacer las cosas. Él había tenido mucha experiencia en pedir consejo a Dios, y Dios le había dicho: «Yo te guiaré. Yo estaré contigo, pero tienes que seguirme. Tienes que buscarme.» Y esta fue una lección dura, y se pagó un precio alto, y en realidad acabaron cometiendo un error costoso, y eso es lo que sucede con nosotras cuando fallamos en buscar al Señor. Terminamos cometiendo errores costosos, y podemos terminar en alianzas con los enemigos de Dios.

Así que continuamos en el capítulo 9 de Josué, permíteme leer donde terminamos en la última sesión, comenzando en el versículo 14 del capítulo 9, 

«Y los hombres de Israel tomaron de sus provisiones, y no pidieron el consejo del Señor. Josué hizo paz con ellos y celebró pacto con ellos, para conservarles la vida, también los jefes de la congregación juraron a ellos.»

Es interesante que en este capítulo no hay palabra del Señor. ¿Sabes por qué? Porque no se la pidieron. Creo que algunas veces en nuestras vidas, cuando no hay una guía o una palabra del Señor, es porque no estamos en Su Palabra, no le estamos pidiendo que nos dirija. El no pedir consejo al Señor es confiar en nosotras mismas, es confiar en nuestra propia sabiduría, es ser autosuficientes, confiadas en nosotras mismas, independientes. Es en realidad la esencia del orgullo, «yo puedo resolver esto.»

Alan Redpath escribió un libro maravilloso sobre el libro de Josué, y cuando se trata de este pasaje, él dice,

Nunca confíes en tu propio juicio. Cuando el sentido común dice que un curso de acción  es correcto, levanta tu corazón a Dios, porque el camino de la fe y el camino de la bendición pueden ir en una dirección completamente opuesta a la que llamas, sentido común. Si estás llamada a actuar, y no tienes tiempo para orar, no actúes. Atrévete a parar y a detenerte y a esperar en Dios, porque ninguno de los que esperan en Él será avergonzado. No te apoyes en tu propio entendimiento.1

Ahora, en este caso, Israel no pidió consejo al Señor. Y terminaron actuando neciamente, y ahora están atrapados en esta mala situación. Entonces, ¿qué van a hacer?  Bueno quiero seguir con esa parte de la historia en el día de hoy, pero déjenme presentársela mediante la lectura de un correo electrónico que recibí hace más o menos una semana de una de nuestras oyentes. Es sólo una ilustración, pero esto podría ser representativo de muchas otras personas, y vidas, y decisiones donde hacemos una elección equivocada y luego terminamos en una mala situación. Y nos preguntamos qué vamos a hacer. Esta mujer dijo:

Desde hace años siento como si hubiese cometido un error al casarme con el hombre con quien me casé.

Ahora, si cometió un error o no, no puedo decirle. No conozco las circunstancias, pero ella está diciendo, «creo que cometí un error.  Me casé con alguien con quien no debí casarme.» Muchas mujeres hacen eso. Ella sigue diciendo.

De vez en cuando me pregunto cuánto mejor sería la vida si me hubiera casado con mi primer amor. Es triste decirlo, pero a veces el pensar en él (mi primer amor) me da un poco de felicidad que no había sentido en años. (Ahora, esta mujer está luchando.) Ella pregunta ¿Qué hago? ¿Qué debo hacer?

Hace unos días recibí otro correo de una mujer que pregunta: «¿Debería dejar a mi esposo actual y regresar con mi primer esposo?», porque, ella dice que se está dando cuenta ahora, que lo que hizo fue claramente en contra de las Escrituras al casarse con el segundo hombre. Pero ella dice. «Me siento feliz cuando pienso en mi primer amor, y no he tenido felicidad en mi vida por años. ¿Dios no quiere que yo sea feliz?» ¿Puedes ver cómo es el razonamiento humano?

Bueno, pues veamos lo que pasa aquí en el libro de Josué, en el capítulo 9, comenzando en el versículo 16:

«Al cabo de tres días después de haber hecho pacto con ellos [los gabaonitas], oyeron que eran sus vecinos y que habitaban en su tierra.»

¿Puedes imaginarte a Josué decir?, «Oh. Wow. ¿Cómo me pudieron engañar? Oh ustedes…» El remordimiento, la consternación, el disgusto que debió haber sentido en ese momento. «¿Por qué no le pregunté al Señor? ¿Por qué no le consulté a Dios? ¿Por qué seguí adelante con esto?»

Versículo 17, «Y partieron los hijos de Israel, y llegaron a sus ciudades, a las ciudades de los gabaonitas, al tercer día.»

Versículo.18 «Los hijos de Israel no los mataron, porque los jefes de la congregación les habían jurado por el Señor, Dios de Israel. Y toda la congregación murmuraba contra los jefes.» 

«Pero todos los jefes dijeron a la congregación, nosotros les hemos jurado por el Señor, el Dios de Israel, y ahora no podemos tocarlos.»(v.19)

Versículo 20 «...Los dejaremos vivir, para que no venga sobre nosotros la ira por el juramento que les hemos hecho.»

Versículo 22, «Entonces Josué los mandó a llamar [a los gabaonitas] y les habló, diciendo: ¿Por qué nos habéis engañado, diciendo: "Habitamos muy lejos de vosotros", cuando habitáis en nuestra tierra?»

Versículo 24, «y ellos respondieron a Josué, y dijeron: Porque ciertamente tus siervos fueron informados de que el Señor tu Dios había mandado a su siervo Moisés que os diera toda la tierra, y que destruyera a todos los habitantes de la tierra delante de vosotros; por tanto, temimos en gran manera por nuestras vidas a causa de vosotros, y hemos hecho esto.  Ahora pues, he aquí estamos en tus manos. Haz con nosotros lo que te parezca bueno y justo. 

Y así hizo él con ellos, y los libró de las manos de los hijos de Israel, y éstos no los mataron. Y aquel día Josué los hizo leñadores y aguadores para la congregación y para el altar del Señor, en el lugar que el SEÑOR escogiera, hasta el día de hoy.» (vv. 24-27)

Entonces, ¿qué fue lo que pasó aquí? Josué dijo, «hemos hecho un pacto. Lo hicimos neciamente, tontamente. No buscamos al Señor, pero lo hicimos, y lo vamos a guardar, lo vamos a mantener.» Ahora, él dijo, «va a haber consecuencias» –y dentro de los límites de ese pacto, ellos pusieron las consecuencias sobre los gabaonitas, que a partir de ese día y por generaciones venideras, siempre serían servidores del pueblo de Dios. Ellos harían el trabajo manual –las tareas del hogar por así decirlo– para la casa del Señor, que en ese momento estaba en una tienda.

Josué dijo: «Hemos hecho una promesa. Hemos hecho un juramento, y vamos a cumplir nuestra palabra.»

Josué sabía que sería un error si él añadía otro error al primer error, al decir: «Vamos a romper este pacto.» De hecho, los hijos de Israel guardaron ese pacto durante siglos. Si vas más adelante (y no vamos a ir ahí en este momento), pero en 2 Samuel en el capítulo 21 se cuenta la historia del día en que el rey Saúl violó ese pacto y cosechó graves consecuencias. Así que Dios cuidó de que los hijos de Israel cumplieran su palabra en esto durante generaciones y siglos por venir.

Una vez que hemos hecho una mala elección o una elección necia, es posible que tengamos que vivir con las consecuencias por generaciones –las consecuencias de las acciones que hemos tomado sin buscar consejo de Dios.

Ahora, vamos a ver cómo Dios puede redimir todo eso –y Él puede– pero aún así estamos en una situación en la que tenemos que vivir con algunas de las consecuencias de esas acciones y de esas decisiones.

El capítulo 15 de los Salmos nos dice que una persona piadosa «jura en perjuicio propio y no cambia» (v. 4). Otras versiones dicen: «Quien aun jurando en daño suyo no por eso cambia.»  Él da su palabra, y su palabra es su promesa.

Así que yo le diría a estas dos mujeres a las que hice referencia anteriormente, que están casadas con hombres que ellas creen que no eran la elección correcta de Dios para ellas, «ahora estás casada con ese hombre. Ese hombre ahora se convierte en la voluntad de Dios para tu vida. Puede que hayas entrado en ese matrimonio sobre una base que no es bíblica. Pudo haber sido un primer matrimonio donde no buscaste al Señor. Te casaste con un hombre que no es creyente, te casaste fuera de la voluntad de Dios, te casaste por encima de la autoridad de tus padres, pero estás en esa situación ahora. Tú has hecho un pacto.»

Eso es lo que es el matrimonio. Es un pacto. Hay un convenio allí. Sí, te casaste sin buscar el consejo del Señor, y ahora estás en un matrimonio difícil. Pero La Palabra de Dios dice: «Guarda tu pacto. Jura aun en perjuicio propio, y no cambies.» Eso no significa que sea fácil, pero sí quiere decir que es la voluntad de Dios.

Y quizás preguntes, ¿Puedes dar alguna otra Escritura para eso?

Bueno también 1 Corintios capítulo 7 dice,

«Y la mujer cuyo marido no es creyente, y él consiente en vivir con ella, no abandone a su marido.» (v.13).

No te divorcies si él está dispuesto a quedarse, y continúa diciendo en el versículo 16:

«Mujer, ¿Cómo sabes tú si acaso salvarás a tu esposo?»

Ahora, tú no vas a salvar a tu marido, pero el contexto aquí es que Dios traerá a tu marido a la fe –potencialmente, tal vez– por tu voluntad de ser fiel a ese voto y a ese pacto. Porque al mantener este voto, estás demostrando el corazón de un Dios que mantiene Su pacto y que es fiel. Puede que no sea fácil. Puede ser muy difícil. No será lo ideal porque el pecado estropea el mundo. Puede ser una decisión, una situación en la que estás como resultado de la necedad de otra persona. Pero estás en esa situación, y si hay envuelto un voto, un pacto, entonces tú necesitas mantener ese pacto.

Ahora bien, en un sentido, esa situación era irrecuperable. Ellos no podían volver atrás y rehacer esta decisión, y en ese sentido, ellos perdieron esa batalla. Y en realidad no hubo una batalla real, pero hubo un fracaso aquí.

En la misericordia y en la gracia de Dios –gracias a Dios– es posible perder la batalla y aun así ser capaz de ganar la guerra. Todavía hay gracia, y Dios tiene tanta gracia en su voluntad de anular muchos de los fracasos y pérdidas que han sido causados por nuestra necedad. Ves esto una y otra vez en las Escrituras.

Ahora, no podemos esperar que Dios haga eso. No tenemos el derecho de que Él lo haga. No podemos exigirle que haga eso. Pero Dios, en Su misericordia y en su gracia, con frecuencia convierte nuestros fracasos en una oportunidad para que Dios sea glorificado y para que nosotras seamos bendecidas. 

Al llegar al capítulo 10 de Josué, al versículo 1, vemos que hubo ciertas consecuencias de esta situación con los gabaonitas.  Al leer todo este relato por primera vez, no parece una bendición, no parece como si Dios estuviera prevaleciendo por encima de las consecuencias de una manera positiva, pero realmente sí llegó a serlo. Y dice:

«Y sucedió que cuando Adonisedec, rey de Jerusalén (Jerusalén está a unos 8 kilómetros al sur de Gabaón, por lo que es un vecino cercano) oyó que Josué había capturado Hai y que la había destruido por completo, (como había hecho con Jericó y con su rey, así había hecho con Hai y con su rey), y que los habitantes de Gabaón habían concertado la paz con Israel y estaban dentro de su tierra, tuvo gran temor.» 

Este rey entró en pánico. Él ha estado oyendo los informes. La seguridad de Jerusalén está ahora amenazada. Primero cayó Jericó, luego Hai y Betel han sido conquistadas, ahora Gabaón se ha rendido a los hijos de Israel al hacer este tratado.

Los israelitas se están acercando a Jerusalén, y él se da cuenta, «es cuestión de tiempo, y vamos a desaparecer.» Este rey está aterrado, y él actúa. Él decide que él  va a unir a unos cananeos en la parte sur de Canaán para alejar a los israelitas.

Así que él envía un mensaje urgente a los reyes de otras cuatro ciudades cercanas, llamándolos para formar una coalición para tomar medidas contra Gabaón. Ahora, ellos no fueron directamente contra Josué. Ellos dijeron, «los cinco reyes en la coalición del sur vamos a ir en contra de Gabaón, y vamos a atacarlos y ver si podemos hacer algo aquí para que Josué no sea tan poderoso en la tierra.»

En el versículo 4 del capítulo 10, él le dice a estos reyes:

«Subid a mí y ayudadme, y ataquemos a Gabaón, porque ha hecho paz con Josué y con los hijos de Israel. Se reunieron, pues, los cinco reyes de los amorreos, el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jarmut, el rey de Laquis y el rey de Eglón, y subieron ellos con todos sus ejércitos, y acamparon junto a Gabaón y lucharon contra ella.» (vv. 4-5).

Esto provocó una respuesta por parte de los gabaonitas que los reyes del sur confederados estaban esperando. «Entonces los hombres de Gabaón enviaron mensaje a Josué al campamento de Gilgal, diciendo, sube rápidamente a nosotros sálvanos y ayúdanos.» (v. 6)

«Hemos hecho un pacto con ustedes. Hemos hecho un convenio con ustedes. Estamos bajo ataque. Ven y sálvanos.» Esto era parte de un tratado en esos días. Si hacían un tratado con otro pueblo, entonces estaban obligados a ayudarse mutuamente cuando estuvieran en peligro.

Es interesante ver las palabras que se utilizan aquí. «Ven rápidamente a nosotros y sálvanos.» Recuerda que el nombre de Josué significa– ¿te acuerdas anteriormente en esta serie?– significa Jehová salva. Dios salva. Es como, «cumple con el significado de tu nombre. Ven y ayúdanos; sálvanos.»

Ahora, lo que parecería aquí ser un desastre sin esperanza en realidad resultó ser una oportunidad estratégica para Josué y para los israelitas. En la sabiduría de Dios y en Su providencia, Dios estaba orquestando todo esto. Josué había estado, hasta este punto, tomando las ciudades una a la vez. Primero Jericó, luego Hai, y Betel, y los gabaonitas (no los derrotaron, pero hicieron un tratado con los gabaonitas).

Ahora hay cinco ejércitos confederados reunidos en un campo abierto contra Gabaón, en un campo abierto fuera de Gabaón, y qué oportunidad para derribar no un ejército, sino cinco a la vez. Dios les está ayudando a tomar la tierra, para acelerar la conquista de la tierra.

Ahora, tal y como Dios lo había hecho anteriormente, Dios le asegura a Josué en el versículo 8: «No les tengas miedo, porque los he entregado en tus manos.»

Eso era todo lo que Josué necesitaba. Él estaba listo para moverse. De nuevo, humanamente hablando, él podría haber tenido miedo. Él tenía razón para haber tenido miedo, sin embargo dijo: «Todo lo que necesito saber es que Dios está conmigo, y que Dios va a ganar la victoria en esta batalla.»

Así que Josué tomó su ejército. Él marchó toda la noche, en respuesta a la petición de los gabaonitas, 40 kilómetros desde Gilgal, donde los israelitas estaban acampados. Esta caminata desde Gilgal a Gabaón, una caminata de 40 kilómetros, es una subida empinada, es cuesta arriba. Él lo está haciendo en la noche, al amparo de la oscuridad. Es una subida bien empinada cuesta arriba, él está subiendo a unos 1,200 metros. Esta no es una caminata fácil, y recuerda que cuando comenzó la conquista, Josué estaba cerca de noventa años de edad. Así que aquí está ahora, un hombre mayor, y está en el medio de esta batalla.

Él toma este ejército a través de la noche y marchan toda la noche. Luego en la mañana hacen un ataque por sorpresa contra estos reyes confederados que estaban sentados en este campo fuera de Gabaón. A medida que se desenvuelve la historia, vemos que el Señor intervino sobrenaturalmente. ¿Recuerdas que Dios había dicho: «Yo les he entregado en tus manos»?

Josué no conocía el resto de la historia. Él no podía leer lo que estamos a punto de leer aquí. Él no podía ver cómo Dios iba a intervenir, pero por fe, él confió en que Dios haría lo que Él dijo que haría. Vemos ahora, a medida que se desarrolla la historia, que había toda una serie de milagros que Dios provocó para llevar a cabo la derrota de esta coalición de reyes del sur.

Versículo 10: «Y el SEÑOR  los desconcertó (a los cinco reyes confederados los desconcertó delante de Israel.» ¿Quién hizo  esto? El Señor lo hizo, «y los hirió con gran matanza en Gabaón, y los persiguió por el camino de la subida de Bet-horón, y los hirió hasta Azeca y Maceda.»

Así que de repente tienes al Señor que intervino de una manera sobrenatural. No sabemos cómo pasó esto, pero todo lo que sabemos es que ahora las tropas enemigas están en un estado de caos total, en terror. Están desconcertados. Están confundidos y corriendo por sus vidas. ¿Cómo pasó esto? El Señor los puso en esa situación de pánico. El Señor es el guerrero. Él es nuestro Capitán. Él es el Capitán de los ejércitos del Señor.

Así que cuando vamos a la batalla, ya sea en contra de nuestra propia carne o en contra de los enemigos de Dios en nuestra cultura, las falsas formas de pensar, etc., Dios es capaz de desmantelar las fuerzas enemigas.

 «Y sucedió que mientras huían delante de Israel, cuando estaban en la bajada de Bet-horón, el Señor arrojó desde el cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca, y murieron» (v. 11).

Granizo. El Señor hizo que este granizo cayera y que destruyera el ejército a medida que huían.

«Fueron más los que murieron por las piedras del granizo que los que mataron a espada los hijos de Israel» (v. 11).

Es un milagro. Ahora, tú dirás, «¿qué es tan milagroso en eso? Vino una tormenta.» Bueno, ¿Cómo es que fueron las tropas enemigas las que murieron bajo la tormenta de granizo, pero no las tropas de Israel? Es un milagro. Es Dios interviniendo. El Señor arrojó desde el cielo estas piedras y aplastó al enemigo. 

Versículo 12: «Entonces Josué habló al Señor el día en que el Señor entregó a los amorreos delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de Israel: Sol, detente en Gabaón, y tú luna, en el valle de Ajalón.»

Versículo 13 «Y el sol se detuvo, y la luna se paró, hasta que la nación se vengó de sus enemigos.»

«El sol se detuvo en el medio del cielo y no se apresuró a ponerse como por un día entero.» (vv. 12-13)

Ha habido mucha discusión y mucha especulación acerca de exactamente lo que pasó aquí. El hecho es que no sabemos exactamente lo que Dios hizo aquí. Es posible que Dios haya detenido o disminuido la velocidad de  rotación de la tierra para dar más horas de luz para la batalla, y hay quienes creen que eso fue lo que pasó.

Otros sugieren que el milagro que aquí sucedió fue una especie de eclipse. El hecho es que no sabemos exactamente lo que fue que Dios hizo, pero sí sabemos que fue Dios. Sabemos que Él intervino milagrosamente a favor de ellos, y sabemos que no tenemos que encontrar respuestas naturalistas en cuanto a cómo todo esto pudo haber ocurrido. Dios lo hizo, y Él les dio la victoria ese día en respuesta a la oración de Josué.

Es interesante que el Sol y la Luna se encuentran entre las principales deidades que los cananeos adoran. Así que cuando Josué oró –él no oró al sol y a la luna como los cananeos hubieran hecho– él oró a Jehová, el Dios del cielo y de la tierra. Cuando Josué oró, los dioses cananeos, el sol y la luna, se vieron obligados a obedecer.

¿Te imaginas lo inquietante que debió haber sido para los cananeos, tal vez incluso aterrador, cuando ellos vieron el poder de este Dios Jehová que no podían ver, y que no conocían? Ellos se habían visto obligados a reconocer que había una deidad aquí, que era más poderosa que todos sus dioses.

Versículo 14: «Ni antes ni después hubo un día como aquel, cuando el Señor prestó atención a la voz de un hombre; porque el Señor peleó por Israel.» 

A medida que he meditado sobre este pasaje, sólo puedes ver el increíble poder sobrenatural de Dios. Y también el poder de la oración. En medio de la batalla, te encuentras diciendo, «el sol está caliente; el día no es lo suficientemente largo; hay tales circunstancias  que no podemos ganar esta batalla.» ¿Te detienes y clamas al Señor? Tienes la fe para decir: «Señor, lo que sea necesario, Tú puedes hacerlo» y apelar al Señor. Me pregunto cuántos milagros nunca vemos suceder porque no le pedimos a Dios, porque no clamamos a Él para que Él intervenga.

Ahora, no fue Josué quien obtuvo la victoria. No fue la oración de Josué que ganó la victoria. Fue Dios quien peleó por Israel, pero Dios responde a las oraciones de Su pueblo. No siempre sucede tan dramáticamente. De hecho, las Escrituras dicen que no hubo antes ni después un día como aquel cuando el Señor actuó de tal manera, pero Dios sigue siendo Dios.

Él sigue siendo el Dios del cielo y de la tierra, y Él quiere actuar y moverse a favor de Sus hijos y mostrarse poderoso a los ojos de sus enemigos,…si clamamos a Él, avanzamos en fe, y luego dejamos que Dios sea quien pelee la batalla y gane la victoria.

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado apuntando hacia el Dios que todo lo puede, y como ya hemos oído, a Él no lo limitan ni la trayectoria del sol ni la fuerza de un ejército. Él no es intimidado por las amenazas que a nosotras nos causan temor.

Bueno… yo sinceramente a veces quisiera simplemente tomar un atajo...

Nancy: No hay atajos. No podemos obtener la herencia que tenemos en Cristo sin pasar por algunas batallas. Un comentarista lo dijo de la siguiente manera: «Dios les concedió derecho al territorio, pero ellos debían tomar posesión de este marchando por todos lados.»

Dios nos ha dado una herencia en Cristo. Toda bendición espiritual es nuestra en Cristo, de acuerdo a Efesios capítulo 1, pero tenemos que esforzarnos y trabajar y luchar con nuestros enemigos –con Satanás, y nuestra carne, y el sistema de este mundo– tenemos que esforzarnos para tomar posesión de lo que Dios nos ha dado.

Pienso que esto es como una especie de sorpresa para muchos creyentes jóvenes en la fe. Tal vez es debido a la forma en que hemos predicado el evangelio en las últimas generaciones, –si estás teniendo una vida dura, «ven a Cristo ven a Jesús y las cosas van a estar bien y serás feliz y rica.» Este no es el evangelio de las Escrituras. El evangelio de las Escrituras es, «toma tu cruz, sígueme ven y muere.» Es un llamado a ser soldado. Es un llamado a la guerra. Queremos el cielo, queremos santificación, queremos corona, queremos alegría, queremos plenitud, pero no queremos pasar por el proceso para llegar allí.

Mientras leemos el relato de Josué, vemos que ellos tuvieron que tomar posesión de la tierra entrando y luchando por ella.

Annamarie: Perseverando en medio de las batallas, juntas, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1Alan Redpath, Victorious Christian Living: Studies in the Book of Joshua (Grand Rapids: Revell, 1955, 1993), 142-143.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Únete a la discusión