Podcast Aviva Nuestros Corazones

Qué hacer cuando estás desanimada

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PDF «50 promesas para vivir»

Annamarie Sauter: ¿Has pensado que las palabras pueden ser tan poderosas como armas de guerra?

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Durante La Guerra de Boer, en los años 1900 en Suráfrica, hubo un incidente específico en un combate en Ladysmith. Era un momento crítico de la guerra. Las tensiones estaban muy altas y la supervivencia del pueblo entero estaba en riesgo.

Y durante este tiempo había un civil que caminaba de un lado a otro dentro de las tropas, haciendo comentarios desalentadores. Él nunca le disparó al enemigo; él solo esparció semillas de desánimo.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy inició hablándonos acerca de un civil que en tiempo de guerra esparció semillas de desánimo entre las tropas. Ella continúa con la historia, al dar inicio a la serie titulada, «Enfrentando el desánimo».

Nancy: ¡Y eso era lo último que estos valientes hombres necesitaban para pelear! Ellos estaban desanimados por las palabras de este hombre mientras entraba y salía entre las tropas. Este hombre fue finalmente llevado a la corte, fue juzgado, y el juez dijo que era un crimen hablar palabras de desaliento en tiempos como esos.

Así que este hombre fue juzgado en una corte marcial y fue sentenciado a un año de prisión solo por desalentar a las tropas. Ahora, permíteme preguntarte lo siguiente: si el hablar palabras desalentadoras hoy en día fuese contra la ley, fuese algo ilegal, ¿estarías tú quebrantando la ley?

Ahora, puede que no se considere una violación a la ley desalentar a las personas, pero quiero decirte hoy, que ¡es un pecado y puede hacer mucho daño! Pienso que muchas de nosotras lo hemos experimentado –probablemente todas nosotras en algún momento– lo que sucede cuando algunas personas hablan palabras que nos desalientan en nuestras vidas. Cómo nos roban el ánimo, el coraje. ¡Pero de igual forma hemos visto cómo Dios y otras personas pueden hablar palabras que traen ánimo a nuestras vidas!

El desánimo es una de las herramientas más efectivas del enemigo en la vida de los creyentes. Lamentablemente, algunas veces nos convertimos en instrumentos del enemigo cuando sembramos esas palabras de desánimo. Me alienta y alegra que en las Escrituras podemos leer de algunos hombres y mujeres piadosos que enfrentaron tiempos reales de desánimo, que tuvieron que lidiar con el desaliento.

Una persona que tuvo que experimentar muchas circunstancias desalentadoras fue David. De hecho, no tendríamos tantos salmos en nuestro himnario judío hoy si David no hubiera enfrentado el desánimo. Pero en el día de hoy, quiero que veamos un incidente en la vida de David. Lo veremos en esta corta serie hoy y mañana.

Y si tienes tu Biblia, permíteme animarte a que la abras en el primer libro de Samuel, capítulo 30, en el Antiguo Testamento, más o menos por la mitad. Quiero contarte un poco acerca del trasfondo antes de llegar al capítulo 30, y darte el contexto de cómo esta escena tiene lugar.

Sabemos que David había sido escogido por Dios para ser el siguiente rey de Israel. Pero en realidad él no tomó el trono; esa promesa de Dios no se hizo realidad hasta después de quince años. Y durante este tiempo había un maniático –un ególatra– en el trono, cuyo nombre era el rey Saúl. Él se puso locamente celoso de David e hizo todo lo posible para destruirlo, y así proteger su propio trono.

David pasó años huyendo por su vida siendo acosado, perseguido, escondiéndose en cuevas, escondiéndose en el desierto, esquivando lanzas, evadiendo dificultades. Él experimentó todo tipo de dificultades y cosas que lo desalentaban. Durante este tiempo, no había evidencia visible de que las promesas de Dios para su vida se cumplirían. Así que hubo mucho desánimo durante esos años.

Las Escrituras nos dicen que durante ese tiempo unos 600 hombres y sus familias se juntaron con de David. Existe una parte de las Escrituras que dice que estos eran hombres que estaban endeudados. Estaban desanimados, estaban descontentos, pero ellos se juntaron en torno a David (Ver 1 Samuel 22:2).

Todos tenían problemas, pero se convirtieron en los guerreros de David, quienes le protegían y a quienes Dios usó en su vida durante esos quince años. Así que todos estos hombres eran fugitivos del rey Saúl. Y en un punto de debilidad y de miedo, David y sus tropas se unieron a los filisteos –quienes eran los enemigos de Dios y los enemigos del pueblo de Dios. Pero, de hecho, Dios usó a los filisteos para proteger la vida de David del rey Saúl. ¡Es una historia compleja, complicada!

Solo les estoy dando un vistazo del trasfondo antes de llegar al capítulo 30. Ahora, solo por un momento, permíteme volver atrás al capítulo 27 de 1 Samuel. No leeré desde ahí, pero el rey de los filisteos, cuyo nombre era Aquis, le dio a David y a sus hombres una ciudad para vivir.

La ciudad se llamaba Siclag, y fue en ese lugar donde David y sus hombres se establecieron por dieciséis meses –ellos y sus familias. Y durante ese tiempo, porque David era realmente leal a Israel, (les advertí que aquí podía haber un poco de información confusa); el caso es que David y sus tropas salían regularmente y atacaban en secreto los asentamientos de los filisteos.

Ellos estaban siendo albergados por los filisteos, pero a su vez ellos salían y atacaban los asentamientos de los filisteos. Los mataban a todos, tomaban el botín, y regresaban a Siclag sin que el rey de los filisteos supiera lo que David estaba haciendo. Así que David realmente estaba trabajando en contra del único que estaba tratando de protegerlo.

Luego, al llegar al capítulo 29, vemos que David viajó de 80 a 110 kms con el ejército filisteo. El ejército filisteo se estaba preparando para pelear contra los israelitas, quienes eran el pueblo de David. Y David se unió con el ejército filisteo y les dijo, «iré con ustedes, y les ayudaré a pelear contra los israelitas».

Bueno, los líderes filisteos le dijeron al rey Aquis, «no permitas que David vaya con nosotros. Él será leal a su propio pueblo. Cuando estemos en batalla, nos va a traicionar y los va ayudar a ellos». Ellos dijeron, «¡él va a traicionarnos! ¡Debes enviar de regreso a David!»

Y a regañadientes, Aquis finalmente envió a David y a sus hombres de regreso a sus hogares, lejos de sus verdaderos hogares, a la ciudad de Siclag. Esa marcha de regreso a sus hogares les tomó 3 días. Así que David se encuentra aquí experimentando por un lado el rechazo y la desilusión, y sin duda alguna, en esa marcha de 3 días, ¡él estaba anhelando llegar a casa (al igual que todos sus hombres), a sus esposas, hijos e hijas, a un lugar de paz y quietud, finalmente!

Pero lo que ocurre luego (y ahí es donde llegamos al capítulo 30, versículo 1), no es para nada lo que ellos estaban esperando. ¡Fueron sorprendidos con la guardia baja! Permíteme leerte 1 Samuel 30, versículos 1 y 2.

«Y aconteció que cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían hecho una incursión en Neguev y contra Siclag, y habían asolado a Siclag y la habían incendiado y se llevaron cautivas las mujeres y a todos los que estaban en ella (todo esto sucedió cuando David y sus guerreros estaban fuera de la ciudad), grandes y pequeños, sin dar muerte a nadie; se los llevaron y siguieron su camino».

¡Hablando de la providencia y la protección de Dios! Los amalecitas eran personas temibles, pero no mataron a nadie, sino que se los llevaron y siguieron su camino.

«Cuando llegaron David y sus hombres a la ciudad, he aquí que había sido quemada». (v. 3).

Lo que quiere decir esa frase, es que todavía podías ver el humo subiendo de lo que había sido su hogar. ¡Puedes imaginarte el pesar en sus corazones! Ellos llegaron y encontraron (al final del versículo 3), «…que sus esposas e hijos e hijas habían sido llevados cautivos».

Así que tenemos aquí una gran tragedia, ¡una gran pérdida! La ciudad había sido quemada. ¡Ellos habían perdido todas sus posesiones, sus esposas, sus hijos –todo! Y nosotros entendemos que la probabilidad es que estas esposas que fueron tomadas, serían vendidas como esclavas en Egipto. Ellos sabían que ese era el resultado probable de este ataque.

Así que el versículo 4 dice: «Entonces David y la gente que estaba con él alzaron su voz y lloraron, hasta que no les quedaron fuerzas para llorar».

Cuando leí este versículo, recordé a una amiga que en los últimos años un número de personas cercanas y amigos de ella murieron de forma inesperada. En una de esas ocasiones yo estaba junto a ella cuando recibió la noticia de que un empleado fiel y confiable había muerto repentinamente de un ataque al corazón –creo que tenía cuarenta y tres años, algo así.

Yo estaba con ella cuando recibió la noticia, y ella empezó a gritar, a llorar, y a decir, «¡no, no!» Quiero decir, era como un desahogo. Pienso que era algo que había estado reprimiendo por todas las pérdidas que ella había experimentado recientemente, y esta era una pérdida más para sumarle a las otras.

Bueno, David no solo estaba experimentando esta pérdida colectiva, general, como todos los hombres habían perdido mucho, sino que personalmente esta era una pérdida grande para David. Leemos en el versículo 5 que «...las dos esposas de David habían sido llevadas en cautiverio, Ahinoam de Jezreel y Abigail la viuda de Nabal de Carmel...»

Así que aquí tenemos a David tratando de ayudar a estos 600 hombres –sus hombres de guerra– tratando de lidiar con sus pérdidas. Ellos habían perdido todas sus pertenencias, sus casas, todas sus posesiones, sus familias. Y al mismo tiempo él estaba lidiando con su propio dolor. Un paréntesis aquí: ser una seguidora comprometida de Jesús no te exime del sufrimiento y del dolor.

Y sabemos esto, pero lo olvidamos. Y en medio de la pérdida pensamos, «¿por qué esto me pasó a mí? Estaba tratando de obedecer a Dios. Lo amo. Lo sigo. ¡Estoy tratando de hacer Su obra!». Recuerda que, de hecho, Dios a menudo utiliza la pérdida y el dolor para hacer una dulce y misericordiosa obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, que quizás no ocurriría de otra forma.

Y luego, recuerda que Dios es soberano aún durante esos ataques y pérdidas. Vimos que los amalecitas no mataron a las mujeres y a los niños que tomaron de Siclag. Es como si Dios les hubiera dicho, «hasta aquí pueden llegar; no más. Pueden hacer esto, pero no pueden hacer lo otro». Dios los detuvo, porque Dios siempre determina el límite al que el enemigo puede llegar.

Creo que fue Warren Wiersbe que dijo: «Cuando los hijos de Dios están en el horno, Dios mantiene Su mano en el termostato y Sus ojos en el reloj». ¡Me encanta eso! Dios determina qué tan lejos puede llegar el enemigo. Recuerda que nosotras no podemos ver el cuadro completo, pero Dios lo ve todo.

Lo que David no sabía en ese momento, después de estar quince años huyendo por su vida y esperando que las promesas de Dios se cumplieran, era que justo a la vuelta de la esquina estaba la muerte del rey Saúl, y luego él, David, subiría al trono.

Tú no sabes lo que Dios tiene para ti en el futuro; ¡no sabes lo que Dios ha planeado para ti justo a la vuelta de la esquina, cómo Dios está obrando y moviendo las piezas para cumplir Su eterno propósito en tu vida! Tus circunstancias actuales que son tan desesperantes, ¡quizás sean exactamente lo que Dios está utilizando para traer gran victoria a tu vida! Así que confía en Su corazón, confía en Su mano.

Así que vemos a David siendo obligado a salir de su país por el rey Saúl, forzado por los filisteos a salir de su campamento, los amalecitas le habían robado sus esposas y sus hijos, todo lo que tenían, y habían sido tomados en cautiverio. Tú pensarías que por lo menos sus amigos más íntimos, los 600 hombres que había liderado, por quienes se había preocupado …pensarías que estos hombres lo iban apoyar, que serían compasivos, que serían leales.

Pero ahora estos hombres se vuelven contra David, con insultos, injurias, porque veían a David como el causante de su desgracia. Así que ellos se amotinan. Estaban murmurando contra David. Leamos el versículo 6 de 1 Samuel 30. «Y David estaba muy angustiado porque la gente hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba amargado, cada uno a causa de sus hijos y de sus hijas».

Así que además de todo lo sucedido, ahora también tenemos un ataque personal de estos hombres en contra de David. Ellos lo estaban amenazando. ¡Su vida estaba en peligro! Esta era una situación sin esperanza, una situación desesperante.

Solo imagina algunas de las cosas que pudieron haberle pasado por la mente a David en ese momento: «Si tan solo no me hubiera unido a los filisteos. Si tan solo no nos hubiéramos ido de Siclag». Él estaba emocionalmente cargado. Él sentía la carga, la responsabilidad, la carga de 600 hombres y sus mujeres y sus hijos e hijas.

Además se siente traicionado. Él no puede confiar ni en sus propios hombres –en su propio equipo. Él está físicamente cansado. En la medida en que la historia se desenvuelve más adelante en las Escrituras, vemos que un tercio de sus hombres estaban tan débiles y cansados de este ataque, que ellos no pudieron hacer el viaje de rescate de sus propias esposas, hijos e hijas. Ellos se quedaron atrás, se sintieron desesperanzados y dijeron, «¡no podemos seguir!» ¡Estaban exhaustos!

Pero nota la diferencia entre la forma en que los hombres de David respondieron y la forma en que David respondió. Sus hombres agonizaban en medio de la pérdida, que dio paso a profundas emociones, pasiones, y resultó en amargura, ira, venganza, deslealtad, culpa, descontento, impaciencia. ¿Estoy describiendo la forma en que nosotras algunas veces respondemos ante la presión y los problemas? Pero, ¿cómo respondió David?

Puedes ver en David –aunque lleno de debilidades– el proceso a convertirse en el hombre de Dios que fue, vemos en David una confianza en la providencia de Dios, una confianza en la gracia de Dios, que lo ayudó a responder diferente en las mismas circunstancias, y que le dio la capacidad de proveer liderazgo sabio y piadoso aún bajo presión.

Así que, ¿qué hizo David? Veo tres cosas en este pasaje. Vamos a hablar de la primera hoy, y de la segunda y la tercera hablaremos mañana. La primera, y lo primero que debemos hacer cuando estamos bajo presión y desanimadas, cuando nos sentimos afligidas, cuando todos están conspirando contra nosotras –vemos que David obtuvo su coraje y fortaleza del Señor en ese momento vulnerable, en ese momento de debilidad; del Señor.

Miremos el versículo 6: «Mas David se fortaleció en el Señor su Dios». Algunas de las traducciones dicen, «sin embargo (David) puso su confianza en el Señor su Dios» (DHH). Aquí él está en el medio de la desesperanza, en medio de unas circunstancias desgarradoras, pero él se fortaleció en el Señor su Dios.

Ahora, esto no significa que fue fácil. El versículo 4 nos dice que él lloró; el versículo 6 nos dice que él estaba muy angustiado. Y quiero que sepas que no hay pecado en esto. No hay pecado en llorar cuando la vida se vuelve difícil. No hay pecado en estar angustiada –muy angustiada– enfrentando una enorme pérdida.

Tú pierdes a alguien especial para ti y las personas te dicen, «oh, levanta el ánimo. Dios está en control; Dios está a cargo. No deberías estar llorando; no deberías estar dolida». ¡Esa no es la forma de pensar de Dios!

Ahora, no lloramos como los que no tienen esperanza, pero esa es nuestra humanidad. El Señor Jesús mismo, aquí en la tierra, experimentó emociones muy humanas. No es pecaminoso llorar, no es pecaminoso estar angustiado. Pero David se dio ánimo a sí mismo y se fortaleció física, emocional, mental y espiritualmente. En todo aspecto, él se fortaleció en el Señor.

Él buscó a Dios primero, antes de buscar consejeros humanos, ayuda o cualquier otro medio de soporte humano. Y Dios estuvo disponible para David en ese momento de angustia…aún cuando David probablemente estaba fuera de la voluntad de Dios por estar aliado con los filisteos.

¡Pero Dios es misericordioso! Y Dios estaba ahí para David cuando él se volvió al Señor para fortalecerse en Él. A través de toda la Escritura vemos que Dios es la verdadera, la mayor y la perfecta fuente de ánimo y aliento. Cuando sea que lo necesitamos, por cualquier razón. Sin importar lo que las personas a nuestro alrededor estén haciendo, ¡Dios es el Dios del ánimo!

Me encanta este versículo en 2 Tesalonicenses, capítulo 2, versículos 16 y 17. Es una bendición. Dice: «Y que nuestro Señor Jesucristo mismo, y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consuelo eterno y buena esperanza por gracia, consuele vuestros corazones y os afirme en toda obra y palabra buena».

«El Señor te anime y te fortalezca». ¡Dios es la fuente del ánimo! El apóstol Pablo lo entendió. Lo vemos una y otra vez en el Nuevo Testamento, cuando él enfrentó circunstancias muy desalentadoras y situaciones parecidas como las que relata en 2 Timoteo, capítulo 4, donde él dice: «Alejandro, el calderero, me hizo mucho daño… En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron….Pero el Señor estuvo conmigo y me fortaleció, a fin de que por mí se cumpliera cabalmente la proclamación del mensaje y que todos los gentiles oyeran» (v. 14-17).

¿Cuál era la meta de Pablo? Poder testificar del evangelio y del poder de Cristo. Y entonces él dice: «Todos me abandonaron, estoy en esta situación en angustia, todos me abandonaron pero el Señor estuvo conmigo. Él me fortaleció para que pudiera seguir predicando el evangelio, y así todos los gentiles pudieran escuchar».

Lo que él está diciendo es, «está bien lo que he pasado, mientras Dios me de las fuerzas para hacer lo que tenga que hacer, para que los demás puedan escuchar». Escucha, Dios anhela, en tu debilidad –cuando te sientes que no puedes más, cuando te sientes abandonada, cuando quizás seas abandonada por los demás– Dios está a tu lado.

Él te dará ánimo. Él te dará las fuerzas para que puedas testificar de la maravillosa gracia de Dios. Todo es con un propósito. Todo es para hacerte más fructífera. Así que David pudo fortalecerse. Él cobró ánimo en el Señor su Dios.

Aquí está lo que dijo uno de mis comentaristas favoritos, Matthew Henry, con respecto a este versículo. Él dice:

Aquellos que han tomado al Señor por su Dios, pueden tomar ánimo de su relación con Él en sus peores momentos. Es el trabajo e interés de todas las buenas personas, como sea que ocurra, animarse a sí mismas en Dios como su Señor y Dios, asegurándose de que Él puede y va a traer luz en medio de la oscuridad, paz en medio de los problemas, y bien del mal para aquellos que le aman y son llamados conforme a Su propósito.

Él dice que es nuestro deber, animarnos en el Señor. Es en nuestros mejores intereses animarnos en el Señor. Él es el único que nos puede fortalecer, nos acompañará, y se preocupa por nuestro bien.

Estuve leyendo anoche acerca de una de mis heroínas misioneras de la fe, Ann Judson. Ella vivió a finales de los años 1700 y en los inicios de los 1800. Fue una de las primeras mujeres misioneras americanas en el extranjero. A la edad de veintitrés años se casó con un hombre llamado Adoniram Judson, ¡quien tenía al mundo en su corazón!

Y, de hecho, cuando le escribió al padre de Ann, preguntándole si podía casarse con su hija, él hizo una lista de todas las cosas que posiblemente podrían salir mal –todos los sacrificios que Ann tendría que hacer y las pérdidas que los padres de Ann podrían sufrir si ella se convertía en su esposa.

Básicamente lo que él estaba diciendo era, «están dando su hija al servicio del Señor. Quizás no la van a volver a ver; ella quizás pierda su vida».

Y el padre le contestó, «sí». ¡Increíble! Él confió a Dios la vida de su hija.

Dos semanas después de que Adoniram y Ann se casaron, se alistaron para el campo misionero –primero a la India, y luego al siguiente año se trasladaron a Burma, donde ellos estuvieron el resto de sus vidas. En el trayecto a Burma, Ann sufrió la pérdida de un embarazo. Luego dio a luz a un hijo que murió a los ocho meses de nacido. Ella misma tenía una salud débil– problemas del hígado y demás.

Su esposo, Adoniram, estuvo en prisión por diecisiete meses durante la guerra anglo birmana, ya que fue acusado de ser un espía inglés. Durante ese tiempo, Ann y su hija recién nacida –a quien estaba lactando todavía– se trasladaron a una choza fuera de la prisión donde ella pudiera esperar a que su esposo fuera liberado, y a la vez, proveerle de alimento a él y a los demás prisioneros (así era como los prisioneros eran alimentados). Alguien debía llevarles alimento y frazadas, de acuerdo a sus necesidades. Ann murió poco tiempo después que su esposo fue liberado, teniendo solo 36 años de edad. Su pequeña hija María, aquella a quien ella amamantaba durante el tiempo en que su esposo estaba en prisión, murió 6 meses después de su madre.

Así que esta fue una vida de problemas, desalientos, desánimos, y dolor en el corazón. Ella no vivió para ver el resultado fructífero del evangelio en Burma, por el que ellos anhelaban y oraban. En el trayecto a la India, hubo un problema teológico que hizo que ella y a su esposo se separaran de la misión que los había enviado. Fueron tiempos estresantes.

Ella escribió lo siguiente en una carta que le envió a una amiga:

Estas situaciones nos han hecho llorar y derramar nuestros corazones en oración a Él, cuya dirección anhelamos y necesitamos. Nos sentimos realmente solos en el mundo sin ningún amigo verdadero, sino solo nosotros dos…nadie de quien depender, sino solo de Dios.

¡Solo de Dios! En su diario, en 1813, en su viaje a Burma, ella escribió lo siguiente:

Se siente como si no hubiera lugar de descanso para mí en esta tierra. Oh, ¿cuándo terminarán mis dificultades? ¿Cuándo encontraré un pequeño espacio que podré llamar «mi hogar» mientras esté en este mundo? Pero me regocijo en todas mis dificultades, oh Padre celestial, porque me has sostenido en toda dificultad y me has permitido apoyarme en ti.

Ella encontró su fortaleza en el Señor. Durante su llegada a Burma, ella escribió a sus padres una carta diciendo lo siguiente:

Nos sentimos muy tristes y abatidos la primera noche que llegamos, en vista de nuestras posibilidades; pero pudimos apoyarnos en Dios y sentir que podíamos soportar dentro de las circunstancias más desalentadoras.

Cuando algo preciado para ti parece estar perdido –toda seguridad, toda confianza que tengas, todo lo que anhelas– cuando no hay medios humanos visibles de ánimo o soporte alrededor tuyo, aprende a fortalecerte y animarte en el Señor, como lo hizo David.

Mañana vamos a escuchar lo que David hizo luego de este acontecimiento, pero oremos para cerrar esta sesión.

«Oh Señor, oro por las hermanas que nos escuchan el día de hoy (quizás algunos hermanos también) quienes quizás están desanimados, sin ningún apoyo humano posible. Oro para que Tú las acerques a Ti, que animes sus corazones, que las fortalezcas por Tu gracia, que les des la seguridad de Tu presencia y de que Tú traerás rayos de esperanza dentro de los lugares oscuros de sus corazones. Y esto oramos con acción de gracias, en el nombre de Jesús, amén».

Annamarie: ¿Has respondido a tus circunstancias con desánimo?

Las palabras que traen desaliento pueden hacer mucho daño—y seguramente lo has experimentado en tu vida. Nancy DeMoss de Wolgemuth te ha estado animando a buscar fortaleza en el Señor.

Una forma en la que eres fortalecida es recordando las promesas de Dios. Nuestro equipo ha desarrollado un recurso titulado, «50 promesas para vivir». Es un folleto digital en el que Nancy recopiló 50 de sus promesas bíblicas favoritas. Encuentra el acceso a «50 promesas para vivir» en la transcripción de este programa, en AvivaNuestrosCorazones.com.

Mañana continuaremos escuchando acerca de maneras específicas en las que somos animadas en nuestro caminar con el Señor. Te esperamos para este próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.

Corriendo la carrera de la fe juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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