Podcast Aviva Nuestros Corazones

Sé animada en el Señor

Recursos del Episodio

PDF «50 promesas para vivir»

Annamarie Sauter: ¿Estás desanimada? Hoy, ¡sé animada en el Señor!

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Hay peligro cuando nos hundimos en nuestro propio desaliento, en vez de levantarnos y hacer lo que se supone que debemos hacer. En el hacer y en el proceso de obedecer a Dios, encontrarás nuevas fuerzas y valor para la batalla.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy: En esta corta serie estamos hablando de cómo lidiar con el desánimo. Y encontré una cita de Andrew Murray quien fue un pastor y líder cristiano en los años 1800, y él dice lo siguiente:

Cuando te encuentres en circunstancias desalentadoras, recuerda cuatro cosas:

Primero, Dios me trajo aquí. Es por Su voluntad que estoy en este lugar. Por eso descansaré en Él. (Así que esa es la soberanía de Dios, Dios me trajo aquí).

En segundo lugar, recuerda que ÉL me mantendrá aquí en Su amor y me dará la gracia para que me comporte como su hija. (En medio de estas circunstancias no solo la soberanía de Dios sino la suficiencia de la gracia de Dios).

En tercer lugar, Dios hará de esta prueba una bendición, enseñándome la lección que Él quiere que yo aprenda y obrando en mí la gracia que Él me quiere otorgar. (Así que este es el poder santificador del sufrimiento. Dios va a usar esto en mi vida de una manera tierna y para mi bien).

En Su tiempo perfecto Él puede librarme de nuevo. Cuando y como Él sabe. (¿Cuándo y cómo Él me librará? Él sabe).

Ahora, Murray resumió esos cuatro puntos, con estas cortas frases:

  1. Yo estoy aquí porque así lo dispuso Dios
  2. Bajo Su protección
  3. Para enseñarme algo
  4. En Su tiempo

Recuerda eso cuando estés enfrentando circunstancias desalentadoras. Hay personas en nuestra audiencia escuchando hoy este programa, que se encuentran en circunstancias muy difíciles, angustiantes y desalentadoras. Recuerda:

Yo estoy aquí, primero, porque así lo dispuso Dios; segundo, bajo Su protección; tercero, para enseñarme algo; y cuarto, en Su tiempo.

Ahora, vamos a continuar hoy con una narrativa del Antiguo Testamento, un pasaje del Antiguo Testamento, 1 de Samuel capítulo 30. Te invito a que busques 1 de Samuel capítulo 30, si tienes una Biblia, o usa tu teléfono celular. Quiero que vuelvas al pasaje que estuvimos leyendo ayer. Este es un incidente en la vida de David cuando él enfrentaba circunstancias extremadamente desalentadoras.

Vamos a empezar leyendo el versículo 1, para aquellas que no estuvieron con nosotros ayer:

«Y aconteció que cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día . . .»

David y sus hombres llegaron a un campamento filisteo, donde él y sus 600 hombres leales, entrenados en la batalla, habían huido del rey Saúl y estuvieron escondidos ahí por dieciséis meses. Ellos dejaron Siclag para unirse con el ejército filisteo, pero el rey de los filisteos les dijo: «No, regresen a Siclag». Así que volvieron en un viaje de tres días más, y regresaron al lugar de donde habían partido.

«Los amalecitas (mientras estuvieron fuera), habían hecho una incursión en el Neguev y contra Siclag, y habían asolado a Siclag y la habían incendiado; y se llevaron cautivas a las mujeres y a todos los que estaban en ella, grandes y pequeños, sin dar muerte a nadie; se los llevaron y siguieron su camino.

Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, (esta era su aldea, allí se habían refugiado temporalmente) he aquí que había sido quemada, y que sus mujeres, sus hijos y sus hijas habían sido llevado cautivos. Entonces David y la gente que estaba con él alzaron su voz y lloraron, hasta que no les quedaron fuerzas para llorar».

Y ya te podrás imaginar ese profundo llanto, ese llanto fuerte, esos sollozos, ese gran desaliento que sintieron estos hombres exhaustos, que ahora lo habían perdido todo. Y no solo eran los hombres de David, sino que David mismo —el versículo 5, dice: «Las dos mujeres de David, Ahinoam jezreelita y Abigail, la viuda de Nabal, el de Carmel». (Una mujer sabia, ya la hemos estudiado antes en un programa en Aviva Nuestros Corazones)

Y el versículo 6 nos dice, comprensiblemente: «Y David estaba muy angustiado porque la gente (sus hombres de confianza, hombres leales, en los que él creía) hablaban de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba amargado, cada uno a causa de sus hijos y de sus hijas» (vv. 1-6).

Entonces, qué hacer cuando tú estás en una situación desalentadora, cuando estás angustiada, afligida. Estás débil por el duelo, la tristeza. Exhausta por la tribulación que has estado enfrentando.

Yo sé que hay algunas personas que nos escuchan, que escuchan el programa de hoy, que en este momento están pasando por una buena temporada en sus vidas, y se sienten fuertes en el Señor. Es un buen tiempo, y damos gracias a Dios por esos tiempos.

Pero hay otras . . . Yo sé que hay otras que están pasando por circunstancias debilitantes, peligrosas, difíciles, graves, y que están a punto de tirar la toalla. De hecho, tal vez la gente que te rodea, tal vez tu familia, gente que tú pensabas que eran buenos amigos, tal vez se han vuelto en contra tuya durante el proceso. ¿Qué haces?

Ayer hablamos de lo primero que David hizo. Se encuentra en el versículo 6, en 1 de Samuel 30. Dice: «Mas David se fortaleció en el Señor su Dios».

Otra traducción dice: «Pero cobró ánimo y puso su confianza en el Señor su Dios».

Él no buscó a nadie más para que lo alentara. ¿Quién más podría alentarlo en ese momento? ¿Los filisteos? ¿El rey Saúl? ¿Sus hombres? ¿Sus esposas? Todos se habían ido. No había nadie alrededor que lo pudiera fortalecer; pero él sabía que Dios todavía estaba ahí. Así que él buscó a la única y eterna fuente de fortaleza. Él dijo: «Señor, somos Tú y yo. Yo soy débil, pero Tú eres fuerte. Yo estoy necesitado, pero Tú eres el Dios de toda gracia».

Así que él se fortaleció, y Dios lo llenó de fortaleza y aliento en ese momento tan profundamente triste y desalentador.

Ahora, hay otras dos cosas que David hizo, y vamos a verlas hoy. La primera es que él recibió dirección del Señor. Él no sabía qué hacer. Entonces, ¿qué haces cuando no sabes qué hacer?

Él necesitaba sabiduría. Él necesitaba guía. Él necesitaba dirección. Y él sabía dónde obtenerla. Mira el versículo 7:

«Entonces dijo David al sacerdote Abiatar, hijo de Ahimelec: Te ruego que traigas el efod. Y Abiatar llevó el efod a David. Y David consultó al Señor, diciendo: ¿Perseguiré a esta banda? ¿Podré alcanzarlos?» (vv. 7, 8).

«¿Qué debo hacer?» Le preguntó al Señor.

Ahora, lo primero que él hizo fue buscar un creyente maduro que lo ayudara a discernir la voluntad de Dios. Él fue donde Abiatar el sacerdote. Él no trató de hacerlo solo. Él buscó a la persona que Dios había provisto —y yo creo que Dios puso esto en su mente mientras él se fortalecía en el Señor, mientras él buscaba al Señor. Creo que el Señor lo motivó para que le pidiera a este sacerdote que lo ayudara a discernir la voluntad de Dios.

Busca en lo posible un creyente maduro. Pídele a Dios que te guíe a una creyente madura que te pueda guiar en la Palabra de Dios, y hacia la Palabra de Dios, que es donde vas a encontrar las respuestas que necesitas.

Y entonces David usó los medios que Dios había provisto para ayudarlo a conocer la voluntad de Dios y para revelar la voluntad de Dios. Él dijo: «Te ruego que me traigas el efod».

Ahora, ¿qué quiere decir eso de que trajera el efod?

Bueno, el efod era una vestidura sagrada de lino, bellamente adornada, que los sacerdotes llevaban encima de sus túnicas. Era de dos piezas—la parte de adelante y la parte de atrás—y estaban unidas en los hombros.

Había un bolsillo fijado al efod que contenía dos piedras que se llamaban, «el urim y el tumim». Ahora, puede que lo hayas escuchado de diferentes maneras. Era una provisión de Dios, de la cual no sabemos mucho, porque la Escritura no nos dice mucho sobre esto. Sabemos que era algo que Dios le dio a sus líderes para ayudarlos a guiar a su pueblo. No sabemos cómo funcionaba. Solo sabemos que los sacerdotes consultaban esto para obtener la respuesta de Dios a sus preguntas, y estaba fijado al efod.

Entonces David dijo: «Te ruego que me traigas el efod» —tráeme el recurso que Dios nos ha dado para conocer Su voluntad.

Hoy no necesitamos un efod, y tampoco necesitamos el urim y el tumim, pero tenemos exactamente lo que necesitamos, y es este Libro. Tenemos la Palabra de Dios. Dios usa Su Palabra para guiarnos, para alentarnos, para darnos esperanza, y para ayudarnos a soportar los tiempos difíciles.

Estuve hablando por teléfono con una mujer la otra noche. Ella me preguntó si podíamos hablar un par de minutos, y terminamos hablando por una hora, pues ella derramó su corazón y me contó algunas cosas muy tristes y desalentadoras . . . no eran tanto las circunstancias, pero eran cosas con las que ella estaba luchando en su corazón; dudas y temores acerca del amor de Dios, acerca de su relación con el Señor.

Ella quería que yo la llevara a la Palabra, y quería estar segura de que la Palabra no solo era para la gente en el Antiguo Testamento, como David, o para la gente del Nuevo Testamento, como Pablo, sino que también era para ella.

Así que le mostré este versículo en Romanos capítulo 15, el versículo 4, que dice: «Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados (es del Antiguo Testamento de lo que Pablo está hablando), para nuestra enseñanza se escribió, (para instruirnos) a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza».

¿Cómo nos fortalece Dios? ¿Cómo Él nos alienta? ¿Cómo Él nos da esperanza? ¿Cómo Él nos dirige cuando no sabemos qué hacer? Él lo hace a través de Su Palabra. A fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza.

Puse una pregunta en Facebook hace un par de días, cuando estaba preparando esta serie, preguntándoles a las mujeres: ¿Cómo te alientas tú misma en el Señor cuando estás desalentada?

Una mujer contestó: «La Palabra, la Palabra, la Palabra». Yo pienso que ella quería decir, la Palabra.

La Palabra es lo que nos alienta cuando estamos desanimadas.

Estuve hablando hace unos años con una querida amiga que ahora está con el Señor, pero que por muchos años sufrió de una aflicción debilitante, deteriorante. Era un músculo de su cuello que se iba deteriorando y debilitando en su cabeza, se debilitaba cada vez más y más. Era muy doloroso. Ella sufrió con esto por años y años.

Yo le dije en un momento por teléfono –la llamé para tratar de alentarla pues ella estaba sufriendo con esta aflicción física– y le dije: «Joyce, ¿cómo te fortaleces a ti misma?» Porque ella siempre parecía estar llena de esperanza. Ahora, con esto no quiero decir que ella no tenía los pies en la tierra, como: «Esto es fácil, no hay dolor». Ella era honesta con su dolor; pero yo sentí que ella sabía cómo fortalecerse y alentarse en el Señor. Y le pregunté: «Joyce, cómo te fortaleces a ti misma?»

Ella me contestó: «Leo la Palabra, y me meto en la Palabra».

Abre tu Biblia, léela. No es para adornar tu mesa de noche. No solo la pongas en tu regazo. Léela. Léela en oración. Léela atentamente, cuidadosamente, y busca dirección, instrucción, enseñanza, esperanza y fortaleza. La Palabra nos da todo eso y mucho más.

Así que David quería la dirección de Dios. Él no sabía qué hacer. Él buscó al Señor. Él buscó un creyente maduro que lo ayudara a discernir la voluntad de Dios. Él usó los medios que Dios había provisto, es decir la Palabra de Dios para nosotros.

Y entonces él oró. Así es como nosotras encontramos la dirección del Señor: 1 Samuel capítulo 30, versículo 8, dice: «Y David consultó al Señor, diciendo: ¿Perseguiré a esta banda?» (¿Los amalecitas que se han llevado cautivos a nuestras esposas e hijos?)

David no sabía si ellos estaban muertos o vivos. Él no sabía lo que iba a encontrar. Él solo sabía que la ciudad había sido incendiada. Así que le dice: «Señor, qué debo hacer? ¿Me quedo aquí? ¿Los persigo? ¿Ellos nos van a matar? ¿Debo alcanzarlos? ¿Qué va a pasar?»

Él le preguntó a Dios qué debía hacer. Él no asumió lo primero que llegó a su mente, como lo más obvio para hacer y que eso era necesariamente el plan de Dios. Es decir, él es un padre, es un esposo y es un líder. Él es el líder de todos esos hombres que han perdido a sus esposas y a sus hijos. Así que obviamente él iba a pensar en perseguir a esos hombres. Él era valiente. Obviamente iba a pensar en rescatar a estas mujeres, y a proteger a las mujeres y a sus hijos.

Pero él se detiene y consulta a Dios. Él no dice: «Esto es muy obvio. Mejor me doy prisa y sigo con mi plan». Él consultó al Señor.

David hace esto una y otra vez en el Antiguo Testamento. Ya lo verás. Subraya esto cuando estés leyendo 1 y 2 de Samuel y 1 y 2 de Reyes. Él consultó al Señor; él consultaba al Señor.

Filipenses 4, lo dice de esta manera: «Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica...» Cuéntale al Señor tus necesidades. Pídele lo que necesitas. Y no te olvides de darle gracias por Sus respuestas. Pídele al Señor. Ora en toda ocasión.

Yo necesito esa palabra. Esto está hablando a mi corazón en esta mañana, pues estoy pensando en algunas cosas que me preocupan, decisiones que debo tomar, circunstancias que mi esposo y yo estamos enfrentando. Necesitamos saber lo que debemos hacer.

Y estoy muy agradecida por un esposo que me guía a mí y a todos nosotros a consultar al Señor, diciendo: «Señor, ¿qué debemos hacer acerca de esto? ¿Qué es lo que Tú quieres que hagamos?»

Ahora, David no había consultado con el Señor antes de ir a la batalla con los filisteos. Ese resultó ser un plan equivocado, y él no quería volver a cometer el mismo error.

Tal vez tú has dado algunos pasos que no eran la voluntad de Dios. Tal vez tú has prescindido de Dios y has seguido tu propio plan, y has terminado en problemas. Pero no es demasiado tarde para arrepentirte y decir: «¿Señor y ahora qué hago? ¿Qué quieres que nuestra familia haga? ¿Qué quieres que yo haga en esta situación?

El esposo de la mujer que les mencioné, que se llamaba Joyce, su esposo era el pastor Bobby Moore. Él ahora también está con el Señor; pero él fue un querido amigo de este ministerio por décadas. Y Bobby Moore nos dijo en la oficina, una vez que estuvo hablando con nosotros: «Pelea tus batallas de rodillas». Pelea tus batallas de rodillas ante Dios.

Bueno, ¿qué sucedió después de que David consultó al Señor?

Continuando en el versículo 8, dice: «Y Él le respondió».

Él le preguntó: «Señor, ¿qué debo hacer?»

Y Dios le respondió, y le dijo dos cosas: Primero le dio una orden, y luego una promesa.

La orden fue: «Persíguelos».

La promesa fue: «Porque de cierto los alcanzarás y sin duda rescatarás a todos».

Entonces Dios le dijo: «Tú me has preguntado qué es lo que debes hacer, y Yo te estoy diciendo lo que debes hacer. Aquí están las instrucciones: La orden es perseguirlos, y la promesa es que tú los alcanzarás y rescatarás a tus seres queridos».

Primero él se fortaleció, recibió aliento en el Señor, luego él recibió dirección del Señor. Y ahora que él ha recibido la dirección del Señor, ¿qué es lo que él hace después? Él obedece la dirección del Señor, y cree la promesa del Señor.

Mira lo que dice el versículo 9: «Partió, pues, David, él y sus seiscientos hombres que estaban con él».

Ahora, recuerda que ellos acaban de realizar una marcha militar de por lo menos seis días —tres días con los filisteos, pensando que los acompañarían en la batalla. Luego el rey de los filisteos lo pensó mejor y los envió de regreso, entonces fueron otros tres días de regreso. Ellos estaban exhaustos. Estaban fatigados. Algunos de estos hombres no iban a poder continuar con esta operación de rescate porque estaban muy desanimados.

Tal vez tú digas: «¿Puedo tomarme un día de descanso primero?»

Pero Dios dice: «No, persíguelos». «Partió, pues, David, él y los seiscientos hombres que estaban con él».

Dios nos ha dado Su Palabra, tenemos dirección clara y una promesa. David creyó en Dios, y él hizo lo que Dios le había dicho que hiciera. Él confió en Dios para que le diera fuerzas para pelear esta próxima batalla que duró unas veinticuatro horas, porque el versículo 17 nos dice que David, una vez que encontró a los amalecitas, quienes se habían llevado a sus esposas e hijos, el versículo dice: «Y los hirió David desde el anochecer hasta el atardecer del día siguiente».

Él no va a llegar a donde los amalecitas diciendo: «¿Por favor, nos pueden regresar a nuestras esposas e hijos?»

Y ellos no iban a decir: «Ah sí, aquí están».

No, él tenía una gran batalla por delante. Pero David sabe donde encontrar fortaleza. Nosotras somos débiles, pero Él es fuerte. Él encontró fortaleza en el Señor.

Así que obedece la dirección de Dios y cree en Sus promesas. Obedece la dirección de Dios. Busca en la Palabra de Dios Su dirección y hazla. Haz lo que Dios quiere que tú hagas.

Aquí hay algunas instrucciones de Dios en Su Palabra:

  • Por nada te afanes; ora en toda ocasión
  • Deja la mentira. Siempre habla la verdad en amor
  • No hables mal de tu prójimo
  • Da gracias por todo
  • Ámense los unos a los otros
  • Sé humilde
  • Si alguien tiene algo contra ti, busca reconciliarte con esa persona
  • No pagues mal por mal, más bien bendice
  • Obedece a tus líderes espirituales
  • Honra a tus padres
  • Perdona, no guardes resentimientos

Hay muchos mandamientos en la Palabra de Dios. Haz lo que debes hacer. Tenemos la dirección de Dios. Hagamos lo que Él nos ha dicho que hagamos.

Hay peligro cuando nos hundimos en nuestro propio desaliento, en vez de levantarnos y hacer lo que se supone que debemos hacer. Y en el acto y en el proceso de obedecer a Dios vamos a ser infundidas con nuevas fuerzas y valor para la batalla.

Así que obedece la dirección de Dios, y luego cree en las promesas de Dios. Las Escrituras están llenas de promesas que Dios nos ha dado para sostenernos en cualquier problema y circunstancia de la vida.

Y quiero aprovechar para mencionarles un folleto digital, un PDF que está disponible para ustedes. Se titula: «50 Promesas para vivir: Encontrando ánimo, paz y esperanza en las promesas de Dios». Encuentra el acceso a este PDF en la transcripción de este programa, en AvivaNuestrosCorazones.com.

Es una conjunto de promesas que recopilé hace muchos años, son de mis promesas favoritas, la cuales he reclamado una y otra y otra vez a lo largo de los años. Ahora, hay muchas más promesas en la Palabra de Dios; pero en el folleto «50 Promesas para vivir», encontrarás cincuenta promesas que son mis favoritas. Y lo que yo hago es instruir mi corazón de acuerdo a las promesas de la Palabra de Dios.

Permíteme leer algunas de estas preciosas promesas, que han significado mucho para mí, y mientras las leo, deja que te renueven. Esta es la Palabra de Dios. Estas son Sus promesas para tu corazón hoy. Deja que te fortalezcan.

  • Isaías 41, versículo 10: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia».
  • Salmo 138, versículo 8: «Jehová cumplirá su propósito en mí».
  • Salmo 34, versículo 10: «Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien».
  • Salmo 72, versículo 12: «Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra».
  • Salmo 55, versículo 22: «Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo».
  • Salmo 50, versículo 15: «E invócame en el día de la angustia; te libraré y tú me honrarás». Qué preciosa promesa.
  • Job 23, versículo 10: «Mas Él conoce mi camino; me probará, y saldré (esta es una gran promesa de por sí, pero no es el fin de esta promesa, cuando Él me haya probado, yo saldré, ¿cómo?) como oro». Purificado. Valioso. Una preciosa promesa.
  • Salmo 84, versículo 11: «Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad».
  • Salmo 121, versículo 7: «Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre».
  • Filipenses 4, versículo 19: «Mi Dios pues suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús».
  • Isaías 43, versículo 2: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, (no dice alrededor, por encima o por debajo del fuego —tú vas a pasar a través del fuego a veces), no te quemarás, ni la llama arderá en ti».
  • Isaías 46, versículo 4: (¡Esta me encanta!) «Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas, os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré».

(Citas bíblicas tomadas de la versión RV60)

¿Estás preocupada por lo que pueda pasar en tu futuro? Tal vez eres viuda y estás viviendo con unos ingresos limitados y piensas, «¿cómo voy a vivir con estos ingresos?»

Él dice: «Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas, os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré».

Y luego este:

  • Salmo 73, versículo 24: «Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria».

Tú me guiarás cuando yo no sepa qué hacer, Tú me dirás qué debo hacer. Tú me mostrarás qué debo hacer. Tú me hablarás a través de Tu Palabra. Tú me guiarás según tu consejo, y luego tal vez muera; pero ese no es el fin. Después Tú me recibirás en gloria. Ese es el fin de esta historia. Es una historia que nunca tiene final. Más adelante está la gloria. No parece muy glorioso ahora mismo.

David no se sintió muy glorioso cuando él llegó y vio que su ciudad se levantaba en llamas, sabiendo que sus esposas e hijos habían sido llevados cautivos. Pero después Tú me recibirás en gloria.

David actuó en fe sobre la promesa de Dios. Dios dijo: «Persíganlos». Él descubrió lo que Dios quería que hiciera, y luego creyó en la promesa de Dios, y Dios obró. ¿Dudas de esto? Mira el versículo 18, de 1 Samuel, capítulo 30:

«David recuperó todo lo que los amalecitas habían tomado, también rescató a sus dos mujeres. Nada de lo que era de ellos les faltó, pequeño o grande, hijos o hijas, botín o cualquier cosa que habían tomado para sí. David lo recuperó todo».

Bueno, nosotras sabíamos lo que iba a suceder. ¿Cómo sabíamos? Porque Dios hizo una promesa, y Dios siempre mantiene Su Palabra.

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth regresará en un momento para orar. Ella te ha estado hablando sobre algunas cosas que puedes recordar en tiempos de desánimo.

Has sido animada a buscar a una creyente madura y piadosa, que te pueda ayudar a discernir la voluntad de Dios. También a hacer uso del medio provisto por Dios, la Biblia, para buscar aliento y dirección; y a pelear tus batallas de rodillas, obedecer y creer las promesas de Dios.

En nuestro sitio web, AvivaNuestrosCorazones.com, encuentra el recurso, «50 promesas para vivir», que Nancy te mencionó. En este encontrarás aliento para tu vida. Úsalo también para alentar a otras mujeres a tu alrededor. Encuéntra el folleto digital, «50 promesas para vivir», en la transcripción de este programa.

Bien, ahora Nancy regresa para cerrar en oración.

Nancy: Señor, hoy te pido por algunas de mis hermanas que están desalentadas, angustiadas. O tal vez hay algunas que hoy están bien; pero tal vez muy pronto tendrán una desilusión, alguna mala noticia, algunas circunstancias que van a ser difíciles de enfrentar. Tal vez en este momento están pasando por el fuego, pasando por las aguas, pasando por la llama.

Yo oro que mis hermanas se fortalezcan y se alienten en Ti. Y oro para que ellas busquen Tu dirección para saber lo que deben hacer. Y cuando sepan qué hacer, oro para que ellas obedezcan Tu dirección y crean Tus promesas.

Señor, oro por ellas, y también por mí. Oh Señor, que nosotras confiemos en que Tú vas a cumplir Tus promesas, Tu Palabra. Y yo te doy gracias, porque al final, todo estará bien, y Tú nos recibirás en Tu gloria. Entonces con esa esperanza en nuestros corazones, te damos gracias, en el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Corriendo la carrera de la fe juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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