Débora de Rivera: ¿Alguna vez has sido invitada a hacer de Jesús «el Señor»? Nancy DeMoss Wolgemuth te ayuda a pensar un poco más en esto.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Bueno, el hecho es que no hacemos a Jesús, Señor —¡Él esSeñor! Y la salvación es de por sí, intrínsecamente, acerca de venir bajo un nuevo señorío.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín. Hoy 2 de noviembre de 2026.
Nancy: Bueno, titulamos esta serie de los nombres de Jesús, «La maravilla de Su Nombre». Algunos de estos nombres que hemos visto son realmente fáciles de amar: nombres como Buen Pastor, Emmanuel, Dios con nosotros, Salvador. Encontramos estos nombres consoladores y alentadores. Pero luego hay otros nombres… no muchos, pero no son tan fáciles de amar. El nombre de Juez por ejemplo (no estaremos mirando ese en esta …
Débora de Rivera: ¿Alguna vez has sido invitada a hacer de Jesús «el Señor»? Nancy DeMoss Wolgemuth te ayuda a pensar un poco más en esto.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Bueno, el hecho es que no hacemos a Jesús, Señor —¡Él esSeñor! Y la salvación es de por sí, intrínsecamente, acerca de venir bajo un nuevo señorío.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín. Hoy 2 de noviembre de 2026.
Nancy: Bueno, titulamos esta serie de los nombres de Jesús, «La maravilla de Su Nombre». Algunos de estos nombres que hemos visto son realmente fáciles de amar: nombres como Buen Pastor, Emmanuel, Dios con nosotros, Salvador. Encontramos estos nombres consoladores y alentadores. Pero luego hay otros nombres… no muchos, pero no son tan fáciles de amar. El nombre de Juez por ejemplo (no estaremos mirando ese en esta serie), pero hemos hablado de Él como un Juez Justo; como el Juez Justo. Y a continuación, el nombre que veremos, que queremos ver hoy: Jesús como Señor.
Vivimos en esta cultura igualitaria, y no tenemos «señores» en esta cultura. No estamos tan familiarizadas con lo que, por ejemplo, los británicos sí lo están: con la nobleza, los aristócratas. Ellos tienen señores y condes, la Cámara de los Lores, la Cámara de los Comunes. Tú quizás no sepas mucho sobre esa estructura, pero ¿crees que te gustaría estar en la Casa de los Lores o en la Cámara de los Comunes? Quieres estar en la Cámara de los Lores, pero no quieres ser gobernada por los señores. ¿No es cierto?
Por nuestra naturaleza, en nuestra cultura tan individualista, tan igualitaria, como nuestra cultura occidental, somos resistentes a la idea de que alguien «se enseñoree» sobre nosotras. No queremos que nadie nos diga qué hacer. Y pensamos: ¿Señor?Eso como que viene con ese nombre,¿no? Pero quiero que veamos en esta serie que cada nombre de Jesús es maravilloso. Cada nombre es precioso; cada nombre es deseable.
Juan 1 nos dice que «la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo» (v. 17). Y cada uno de estos nombres nos trae gracia y verdad. Tenemos, por ejemplo, el Buen Pastor. Este nombre nos trae gracia cuando vemos que Él nos alimenta, nos guía y nos protege. Pero la verdad es que Él también nos posee; somos Su propiedad. Él nos gobierna. Él nos disciplina.
Piensa por un momento acerca de Emanuel. Que Dios esté con nosotros, es un pensamiento lleno de gracia.Eso nos anima y consuela. Pero el hecho de que Dios está con nosotros todo el tiempo también trae el temor del Señor.
Él ve todo lo que hacemos y todo lo que pensamos. Bueno, lo mismo con el nombre de «Señor». Veremos que encontramos gracia y verdad en ese nombre, y las necesitamos las dos.
En primer lugar, déjame darte algunos antecedentes sobre el nombre y hacer algunas observaciones sobre este nombre porque quiero asegurarme de que entendamos de qué estamos hablando cuando llamamos a Jesús «Señor».
La palabra «Señor» en el Nuevo Testamento es la palabra griega kyrios. Proviene de la palabra kuros, que significa fuerza o poder. En la antigua cultura griega, esta palabra se utilizó de diferentes maneras.
Podía ser utilizada como un término general de respeto, como decir «señor» en el día de hoy a alguien, solo un término respetuoso: kyrios, señor.
Era también el título oficial de los emperadores romanos: kyrios, el Señor del Imperio.
Era un título dado a dioses griegos; kyrios se les llamaba a menudo.
La idea básica de este término en esa cultura es de uno que es superior, que es supremo, un ser soberano a quien una persona o una cosa pertenece, quien posee autoridad absoluta, propiedad y poder. Es por esto que se atribuyó a los emperadores romanos y a los dioses Griegos.
Es un ser a quien se le debe lealtad absoluta y sumisión (kyrios), un ser absoluto que tiene el derecho de controlar, el derecho a decidir qué hacer con lo que posee y con lo que gobierna.
Ahora, en la Escritura, esa palabra kyrios a veces puede referirse a personas, usado en ese sentido menor de señor, como un término de respeto. A veces se refiere a Dios y a veces se refiere a Jesús. Tienes que ver el contexto para determinar a quién se está refiriendo.
Pero, de nuevo, tenemos que remontar este nombre al Antiguo Testamento cuando vemos cómo estos nombres de Jesús, una y otra vez, nos llevan de vuelta al Dios del Antiguo Testamento. En las Escrituras hebreas, Dios es llamado Jehová o Adonai. Esos dos nombres se usan unas 9,000 veces en el Antiguo Testamento: Jehová y Adonai.
Cuando el Antiguo Testamento, que fue escrito originalmente en hebreo, fue traducido al griego para que la gente de la época romana pudiera leerlo, la palabra kyrios se utilizaba para esas palabras hebreas, Jehová o Adonai. Así que en el Antiguo Testamento griego, que las personas tenían en el tiempo de Jesús, vieron más de 9.000 veces esa palabra, kyrios: Dios es el Señor.
Así que cuando venimos al Nuevo Testamento, kyrios, Señor, es el título principal de Jesús. Jesús es mencionado con este título con más frecuencia que cualquier otro título individual. De hecho, fue muy interesante para mí aprender porque no lo habría imaginado esto, pero aprendí esto cuando estaba estudiando: que Jesús es llamado Salvador en el Nuevo Testamento menos de veinte veces, pero se refiere a Él como Señor aproximadamente 700 veces.
Llamar kyrios a Jesús era hacerle igual a Dios, y la gente en la época de Jesús entendió esto cuando fue llamado «el Señor», no solo como señor, pero «el Señor», que esto era lo mismo que llamarle Dios.
En los evangelios, Jesús no dudó en referirse a sí mismo como Señor. Él dijo en Juan 13: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque lo soy» (v. 13 RV 60). Quiero decir, eso es bastante simple. «Yo soy Señor». Él se llamó a sí mismo el «Señor del sábado». Él se llamó a sí mismo el «Señor de la cosecha».
También otros se refirieron a Él como Señor.
- Él es llamado «Señor del cielo y de la tierra» (Hechos 17:24).
- Él es «Señor tanto de los muertos como de los vivos» (Rom 14:9).
- Él es el «Señor de gloria» (1 Cor. 2: 8).
- Él es el «Señor de paz» (2 Tes. 3:16).
- Él es el «Señor de todos» (Hechos 10:36).
- Y varias veces, tres veces en el Nuevo Testamento, Él es llamado el «Señor de señores» (1 Tim. 6:15, Apocalipsis 17:14, Apocalipsis 19:16).
Ahora, cuando vemos a Jesús siendo llamado como kyrios o Señor en los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, es más a menudo utilizado como un término de respeto. No fue sino hasta después de Su muerte, resurrección y ascensión de Jesús, cuando fue exaltado a la diestra del Padre, que Jesús asume en el sentido más pleno, su papel como Mesías, Cristo y Señor de todo. Eso es importante.
Hechos, capítulo 2, nos dice: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo [el Mesías]» (v. 36).
Después de su muerte, sepultura, resurrección y ascensión, Él asumió en su sentido más pleno los poderes y la fuerza de lo que significa ser Señor, exaltado a la diestra del Padre. Puedes ver esto en el libro de Romanos:
«Y que fue declarado Hijo de Dios con poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo… Para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos» (1:4; 14:9).
De hecho, la primera persona registrada en el Nuevo Testamento que confesó a Jesús como Señor —eso fue justo después de su resurrección— fue María Magdalena cuando anunció a los discípulos: «He visto al Señor», Juan 20:18.
Ahora, esta palabra «Señor» era una de las palabras más importantes de la iglesia primitiva. «Jesús es el Señor». Esto se convirtió en la confesión central de los primeros creyentes, y esto creó rápidamente un problema y un conflicto con el Imperio Romano porque el emperador era señor; por lo menos así se pensaba.
El emperador era supremo. El título oficial del emperador romano Domiciano fue kyrios kai theos, que quería decir «Señor y Dios». Así era como el emperador era llamado, y a todos los ciudadanos del imperio se les exigía jurar lealtad al emperador quemando una pizca de incienso al César y declarando: Kaisar kyrios —César es señor. Y si no lo hacías, te cortaban la cabeza.
Ahora, a los cristianos del primer siglo se les enseñó a honrar al rey y a pagar impuestos. Eran ciudadanos modelo. Pero simplemente no podían y no iban a tomar un juramento de lealtad al César o a cualquier otra persona como Señor, y cuando se negaban a proclamar Kaisar Kyrios —César es Señor—, eran arrojados a los leones salvajes o crucificados.
Esto me recuerda a los tres jóvenes hebreos en el Antiguo Testamento que se negaron a inclinarse ante la imagen de oro de Nabucodonosor y fueron arrojados al horno de fuego.
Y ahora, en el Nuevo Testamento, uno tras otro de estos seguidores de Cristo, por miles, fueron a su muerte cantando y proclamando: «¡Jesús es Señor!» —No «César es señor», sino Jesús es Señor. Fue una confesión costosa, pero ninguna persona habría sido considerada cristiana en esa época si no estaba dispuesta a confesar, hasta el punto de la muerte si era necesario. «Jesús es Señor».
Esa misma confesión, por cierto, está costando a muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, hoy en día, su libertad o sus vidas hoy —en Corea del Norte, Siria, Arabia Saudita, Irán, Egipto— y no solo en otras partes del mundo, sino que es cada vez más costoso en nuestra cultura proclamar que «Jesús es Señor», y negarse a dar ese lugar a cualquier persona o a cualquier otra cosa. Y creo que tenemos que ser determinantes: ¿Realmente creemos que Jesús es Señor? ¿Y estamos dispuestas a proclamarlo así todo el mundo vaya en dirección opuesta y empiece a ser costoso para nosotras?
Ves, «Señor» no es solo un nombre o un título. Es un nombre que conlleva autoridad y el derecho a gobernar. Representa un mandato a someterse ante Su autoridad, a obedecerle. Lo que dice Jesús es supremo, aquel a quien prometemos nuestra lealtad, nuestra fidelidad y a quien rendimos toda obediencia. ¡Jesús es Señor!
Abraham Kuyper fue el estadista y teólogo holandés, de generaciones atrás, que dijo:
«No hay ni una pulgada cuadrada en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre la que Cristo, que es Soberano sobre todo, no grite: “Mío”».
¡Es de Él! ¡Él es Señor!
Pero aquí tenemos el problema: Subyacente a todo pecado está la tendencia y el deseo de ser nuestro propio señor. Confesar y llamar a Jesús como Señor representa un cambio completo de mente y de corazón.Eso es lo que es el arrepentimiento. Significa arrepentirme de ser mi propio señor, de ser quien manda en mi propia vida, de dirigir mi propia vida, de hacer lo que quiero hacer cuando lo quiero hacer. Arrepentirse es volverse de uno mismo como señor y reverenciar a Jesús como Señor. Y eso y solo eso es lo que da lugar a la verdadera salvación.
Romanos 10: «Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de los muertos, serás salvo» (v. 9).
La oferta de salvación a lo largo de la Escritura nunca se separa del llamado a dejar el pecado y a uno mismo y seguir a Cristo e inclinarse ante Su autoridad como Señor.
Ahora, hemos tenido algunas enseñanzas y reflexiones sobre todo este asunto dentro de la iglesia, a lo largo de mi vida, que han sido engañosas y, creo que, hasta peligrosas. ¿Alguna vez has escuchado o quizás dicho algo como: «Yo acepté a Jesús como mi Salvador cuando era una niña, pero no lo acepté como Señor hasta más tarde en mi vida»?
¿Sabes que cuando esos dos títulos, Salvador y Señor, se mencionan juntos en las Escrituras, cada vez, sin excepción, Señor precede a Salvador? Él es nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y esos dos títulos son inseparables. Al llegar a Él, obtienes todo lo que Él es, y Él es ambas cosas: Señor y Salvador.
Tal vez has escuchado a alguien decir: «Tienes que hacer que Cristo sea el Señor de tu vida». Bueno, el hecho es que no hacemos a Jesús, Señor. ¡Él es Señor! Y la salvación es inherentemente, intrínsecamente, acerca de ser objeto de nuevo señorío, de nueva propiedad.
O tal vez hayas escuchado, cuando alguien está hablando de una creyente, alguien que profesa ser creyente, que está viviendo un estilo de vida, dice: «Ella debe ser una cristiana carnal o una cristiana apóstata, descarriada» o «ella solo tiene que entregar su vida al Señor».
No hay una categoría en la Escritura para los verdaderos creyentes que constantemente, habitualmente, eligen el pecado y se niegan a someterse a Jesús como Señor. El hecho es que aquellos que han sido redimidos, aquellos que han sido salvados; ya no se pertenecen a sí mismos. Sí, puede tomar decisiones incorrectas… como todas lo hacemos. Puede desviarse en momentos y descarriarse.
Pero aquí está la diferencia: no pueden estar felices de quedándose así. Si son verdaderas creyentes, si han sido verdaderamente convertidas, nacidas de nuevo, que confiesan a Jesús como Señor, en el fondo quieren obedecerle; son miserables así porque tienen una nueva naturaleza.
Tuve una conversación hace unas semanas con una amiga cuyo hijo está viviendo con su novia. Tanto el hijo como su prometida profesan ser creyentes, y mi amiga dijo: «Yo sé que él conoce al Señor». Mientras avanzábamos en conversación, le dije suavemente: “¿Estás segura?”, y “¿cómo puedes estar segura?”».
Otra amiga me escribió recientemente pidiéndome oración por un hijo adolescente. Ellos están tratando con él, con mentiras, alcoholismo, abuso de sustancias; este joven, este niño está siendo atraído por amigos impíos. Y mi amiga, la madre, dijo: «Sabemos que ama a Dios, pero él está tomando decisiones terribles. Por favor, oren para que él entregue su vida a Cristo».
Ahora, escucho el grito del corazón de esa madre, y oigo el corazón de los padres llorar. Algunas en nuestra audiencia tendrían ese clamor en el corazón. Y, sí, tú quieres orar que tus hijos o estas personas que conoces, que te preocupan, le entreguen sus vidas a Jesús, pero, ¿estás segura de que ellos en realidad, verdaderamente aman a Dios?
Esta mamá dice: «Sabemos que ama a Dios, pero él está tomando decisiones terribles». Ahora, yo no conozco el corazón de su hijo. Ella no conoce el corazón de su hijo. Pero aquí está la cosa: Una decisión «por Cristo», ya sea como niño o adolescente o en cualquier momento de la vida, no necesariamente te convierte en cristiano.
La persona que profesa ser cristiana puede incluso tener un tiempo, una fecha, un lugar, una ubicación. Pero una persona que profesa ser cristiana, pero no da ninguna evidencia creíble de seguir a Cristo como Señor, ninguna evidencia de un cambio de vida, de una vida transformada, de un cambio de corazón, esa persona no tiene ninguna base para la seguridad de salvación.
Y tú necesitas recordar que, a medida que estás orando por amigos o por familiares que tal vez hicieron una profesión de fe —que una vez pensaste que eran cristianos, ahora están viviendo como el diablo. No asumas que conocen al Señor. Estarás orando, tal vez de forma inapropiada. Tal vez necesitas orar para que ellos vengan bajo la convicción de su condición perdida. Porque el asunto es: Dios conoce su corazón.
La obra de Jesús es la base para nuestra seguridad (lo que Él hizo en la cruz) y un corazón que ha sido verdaderamente convertido por Jesús será revelado en nuevos deseos, una vida transformada. Me doy cuenta, todos nosotros nos damos cuenta, especialmente si hemos sido cristianos por algún periodo de tiempo, de que ese cambio puede ser dolorosamente lento a veces.
Y habrá momentos en los que cedemos a las demandas de nuestra carne, los impulsos de nuestra carne. Pero una persona que se queda así sin arrepentimiento, que no da evidencia de convicción del Espíritu Santo, entonces tenemos que preguntarnos: ¿Esta persona realmente tiene una relación salvadora con Cristo?
Escucha, hay una enorme diferencia entre llamar a Jesús «Señor» y en realidad conocerlo como Señor. Y Jesús tenía mucho que decir sobre ese tema. Pienso en el final del Sermón del Monte, al final de Mateo, en el capítulo 7, donde Jesús dice estas palabras impresionantes:
«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (v. 21).
Lo que Jesús está diciendo: «No todo el que dice ser cristiano lo es». No toda la que dice ser cristiana de nuestra audiencia es verdaderamente cristiana. Puedes afirmar conocer a Jesús, pero eso no es necesariamente una prueba de fe genuina. La verdadera fe siempre se demuestra con una vida que quiere obedecer a Dios.
Por eso Jesús dice: «El que entra es el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Eso no quiere decir que obedecer a Dios es lo que te lleva al cielo o lo que te salva. Pero significa que el que verdaderamente se ha convertido, que ha puesto su fe en Cristo, obedecerá al Padre. Y esa es la persona que tiene vida eterna. Jesús continúa diciendo:
«Muchos me dirán en aquel día [muchos me dirán]: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” [Éramos obreros cristianos] Y entonces les declararé: “Jamás os conocí, apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad”» (Mateo 7:22-23 RV 60).
Hay un relato similar. Mateo 7 es el Sermón del Monte. Y en Lucas 6, tenemos el Sermón del Valle, donde Jesús dice algo similar. Él dice: «¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo digo?» (v. 46 RV 60). Ves, llamarlo «Señor», y honrarlo y obedecerlo como Señor, son dos cosas muy diferentes.
En ambos sermones —el Sermón del Monte y el Sermón del Valle—,después de que Jesús habló sobre esto de llamarlo «Señor», en ambos casos Él continúa relatando una parábola sobre dos formas diferentes en que la gente responde a Su Palabra.
Él dice: «Hay aquellos que escuchan Mis palabras y las hacen; estos son los que me llaman “Señor” y demuestran que lo que dicen es verdad obedeciéndome». Él dijo: Esa gente es «como un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca». Esa casa se mantuvo firme durante las tormentas. Creo que las tormentas allí son una imagen del juicio final. Ese hogar duró. Esa casa se mantuvo firme porque era una casa que estaba construida en Jesús, que era verdaderamente el Señor de la vida de esa persona.
Y entonces Jesús dijo: «Están aquellos que escuchan Mis palabras y no las hacen». Estas personas también lo llaman: «Señor», pero estas personas están simplemente hablando de la boca hacia afuera, y viven de una manera que es contraria a su Palabra. Y Jesús dijo: «Estas personas son como un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena y las tormentas vinieron —las mismas tormentas, el juicio de Dios al final de la era— y esa casa se cayó, y grande fue su ruina».
¿Qué clase de persona eres tú? ¿Lo llamas «Señor»? Eso es bueno. Pero hay dos clases de personas que lo llaman «Señor». Aquellos que evidencian que Él realmente es su Señor, y los que aún son su propio señor, o tratan de serlo. Qué tonto es que seas tu propio señor, porque Jesús es Señor, y un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es Señor.
No puedes llamarlo «Señor» y decir: «No». Si tú lo llamas «Señor», solo puedes decir: «Sí, Señor».
Y es por eso que una y otra vez aquí en Aviva Nuestros Corazones y a través del movimiento Mujer Verdadera, estamos llamando a las mujeres a ondear esa bandera blanca de rendición y a decir: «Sí, Señor».
Si este es tu corazón, dilo conmigo: «Sí, Señor». Déjame escucharlo con un poco más de entusiasmo: —¡Sí, Señor!, Sí, Señor».
Hemos dicho que este nombre tiene verdad y gracia atadas a él. La verdad es que Él es supremo. Él es soberano. Él es el dueño a quien le debemos toda lealtad y obediencia. No somos nuestras; le pertenecemos a Él. Esa es la verdad acerca de Jesús como Señor. Pero también hay tanta gracia envuelta en este nombre.
Él es un Señor compasivo. Él siempre hace lo que es mejor para Sus súbditos. Y como nuestro Señor, en la medida en que rendimos nuestras vidas a Él, Él asume plena responsabilidad de nuestro cuidado, de nuestra supervisión y de nuestra eternidad.
William Borden era el heredero de Borden Milk Company, quien tuvo un encuentro con Cristo cuando era un estudiante universitario. Luego pasó a ser misionero; murió de camino al campo misionero. Pero él escribió en su diario como estudiante universitario lo siguiente,
Decir «no» a sí mismo y «sí» a Jesús en todo momento. En el corazón de cada hombre hay un trono y una cruz. Si Cristo está en el trono, uno mismo está en la cruz; y si yo, aunque sea un poco, estoy en el trono, entonces Jesús está en la cruz en el corazón de ese hombre.
Hay una pequeña frase en el Salmo 45, versículo 11, que tal vez lo resume todo. Dice: «Inclínate ante él, porque él es tu señor». Puesto que Él es tu Señor —puesto que Él es Señor, y puesto que Él es tu Señor y el mío, entonces, ¿cuál es la respuesta adecuada? Inclínate ante Él.
Y oh, Padre, inclinamos nuestro corazón delante de Ti. Tú eres Salvador, y Tú eres Señor. Tú eres Señor, y Tú eres Salvador. Qué nombres tan ricos, tan hermosos, tan dulces. Nos encanta lo que hemos visto de Ti hoy, y hemos sido alentadas, y estimuladas y hasta desafiadas, y te damos gracias, Señor, que has estado hablando a nuestros corazones, recordándonos qué gran Salvador tenemos. ¡Aleluya! ¡Qué Salvador!
Débora: Jesús es Señor. Nancy DeMoss Wolgemuth te ha estado mostrando cuán poderosa y profunda es esta declaración.
Si nos escuchas hoy por primera vez, no es tarde para entregarle tu vida a Cristo y reconocerlo como Señor. Si nos escuchas por un tiempo, pero hay un área de tu vida que no has rendido a Él, confiésale tu pecado y encuentra libertad en Él. Y si eres una oyente regular y ya tienes una relación personal con Jesús, ¿orarías para que más mujeres reconozcan a Jesús como su Señor y tengan vida eterna?
Por un tiempo te hemos estado compartiendo sobre nuestra próxima conferencia Mujer Verdadera ‘26 «Preparen camino al Señor». Si no puedes acompañarnos en Miami, queremos recordarte que aun así tú también puedes ser parte.
Este 13 y 14 de noviembre, acompáñanos en la transmisión en línea de Mujer Verdadera ’26. Vive cada enseñanza, cada tiempo de adoración y cada momento de la conferencia junto a miles de mujeres que, al igual que tú, desean responder al llamado de Dios para esta generación.
Estaremos aprendiendo juntas del pastor Sugel Michelen, Wendy Bello, Patricia de Saladín, Dannah Gresh, entre otras personas.
Te recordamos que tendremos traducción al portugués, así que si sabes de alguna mujer que está interesada en participar y su primer idioma es el portugués, no dudes en compartirle la información del evento.
Separa estas fechas en tu calendario, reúne a un grupo de amigas y únete a nosotras de manera virtual. Visita MujerVerdadera26.com para conocer todos los detalles y registrarte hoy mismo para la conferencia en línea.
No podrías vivir si tu cabeza estuviera desconectada de tu cuerpo, ¿verdad? Eso es sentido común. Sin embargo, en el cuerpo de Cristo olvidamos muy rápida y fácilmente que debemos estar conectadas a Jesús, la Cabeza del cuerpo. Nancy te explicará más acerca de esto en el episodio del día de mañana. Te esperamos aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
Invitándote a decir «Sí, Señor», Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.
Dawn Wilson, Lindsay Swartz y Darla Wilkinson proporcionaron asistencia útil en la investigación para esta serie.
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