¿Servicio en medio del confinamiento?

Somos personas relacionales, Dios nos diseñó así. Disfrutamos de la buena compañía y de tener libertad, disfrutamos decidir lo que vamos a hacer, con quien queremos estar y a dónde iremos.

Estábamos tan acostumbrados a esta cotidianidad; y ahora nos encontramos bajo estrictas normas gubernamentales y del sector de salud, que nos llevan a tener un confinamiento «encierro» que en mis 55 años no me había tocado vivir. Encierro donde no podía ver a mis amados hermanos, no puedo ir a mi amada Iglesia, no puedo salir de compras, no puedo visitar a mi familia, ni a mis amigos. 

Pero ahora, estoy convencida de que Dios en Su Soberanía, me tiene en este confinamiento con un propósito Divino, no solamente es un confinamiento físico, sino que entiendo que es un confinamiento interior hacia mi corazón para darme cuenta de lo que hay realmente dentro de el. 

Esto me llevó a recordar Deuteronomio 8:2 que dice: «Y te acordarás de todo el camino por donde te haya traído Jehová tu Dios estos 40 años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.» Considero que Dios, al igual que con el pueblo de Israel, ha permitido esta situación para ver qué hay en mi corazón y producir en mi, transformación y crecimiento. Me pregunto ¿qué querrá Dios mostrarme? ahora que me encuentro recluida en mi casa con mi familia. ¿Cuál es el propósito de este encierro para mi? Esta es una pregunta que daba vueltas en mi mente y en mi corazón y creo que ahora tengo la respuesta. 

Antes del confinamiento, me encontraba viviendo la etapa del «nido vacío» con mi esposo en casa. Mis tres hijos no viven con nosotros porque tienen sus propias familias. Así que, conversando con mi esposo acerca de la situación que estábamos enfrentado, decidimos ser de ayuda en este tiempo de aislamiento y servirles a nuestro hijo mayor y su familia.

En este ejercicio de servicio, pude darme cuenta que en realidad a mi corazón le costaba lo que realmente conllevaba «servir» (como era nuestra pretensión), y descubrí en mí, un corazón pecaminoso y con áreas oscuras. Al cabo de algunos días, afloró lo que en realidad había dentro de mi interior: perversidad, engaño y egoísmo. Según Jeremías 17:9: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; quién lo conocerá.»

Tras descubrir que en mí había un corazón egoísta que se resistía a servir, lo cual yo no podía creer, ya que siempre había pensado que amaba servir: servía a mi familia y en mi iglesia, simplemente no entendía, ¿por qué ahora me estaba costando tanto llevar acabo el llamado para el que fui creada?

Cristo mi mayor ejemplo

Pero... ¿cómo servir de la misma manera en que Cristo sirvió? Su servicio fue con gozo y amor, de manera voluntaria.

«Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.» –Mateo 20:26-28 

«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo hecho semejante a los hombres.» –Filipenses 2:6-7

¡Cuánto tengo que aprender!, descubrí que no es algo que yo pueda producir de manera natural, la verdad es que me cuesta mucho, y aunque amo a mi familia, conforme pasan los días; el cansancio y la rutina luce muy pesada y agobiante. Esto me lleva a no considerar el trabajo de los demás, mi egoísmo sale a relucir una y otra vez. 

Pero ¿quién dijo que el servicio tiene que ser recompensado y reconocido? Servir no es una razón para quejarse; sino para animar a otros a sumarse y mostrar así Su reino al servir. Recuerdo, que en mi grupo de mujeres donde enseño, acabamos de terminar el estudio de Filipenses donde vimos que en el capítulo 2:2-5 dice: 

«Completad mi gozo, Sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes sintiendo una misma cosa, nada hagáis por contienda o vanagloria antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a Él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús

Dos de mis nueras también estaban presentes en ese estudio que compartí. Ambas escucharon la enseñanza y fuimos retadas a servir de manera sacrificial. Ahora entiendo que el llamado es alto, y lo que necesitaba era que Dios trabajara en mi interior para tener una perspectiva bíblica del servicio, llevándome a la transformación de mi corazón.

La transformación de un corazón. 

Mi corazón sigue en el proceso de la transformación por el poder de Su Palabra y Su Espíritu, que son los únicos que me pueden ayudar a morir a mi Yo cada día y mostrar el evangelio como «un estilo de vida diferente» o sea, ser más como Cristo al servir.

¡Era el momento de poner en práctica lo que había aprendido y también enseñado! Así que, recordar esas verdades me hacían hacer a un lado mi queja de: ¿Otra vez yo? ¡tengo que limpiar! ¡tengo que cocinar¡ ¡tengo que servir! «Estoy cansada, nadie me comprende», y además; quería hacer valer mis derechos tales como: «yo merezco descansar» «yo merezco consideración» «yo merezco ser servida». 

Mi egoísmo me llevaba a escuchar mas fuerte la voz de mis deseos, deseos que me impedían ver lo que los demás hacían, porque al final, gracias a Dios, llegamos a ser un equipo en el confinamiento.

Así que, Dios me llevó a recordar algunas de Sus verdades.

*Sirve con humildad, amor y gozo.

*Sirve teniendo a los demás en alta estima.

*Sirve buscando el bien del otro.

*Sirve de manera incondicional y sacrificial, recordando como Cristo te sirvió a ti.

Su vida en la Cruz

Su sacrifico me hizo ver que en realidad lo que yo hacía al servir solo era un pequeño destello de lo grande y maravilloso que Él hizo por mi.

Tres cosas más que me ayudaron mucho a recordar en medio de la queja y el cansancio; pero que me llevaron a servir, fueron estas:

  • Leer y escuchar Su Palabra y encontrar allí siempre al Siervo sufriente, que me llevó a la Redención. Escuchar los audios de Aviva Nuestros Corazones que han sido un aliciente en este tiempo, escribir las verdades de su Palabra en mi diario para recordarlo y traerlo a la memoria al servir.
  • Orar la Palabra. Reconocer que Dios es Soberano y Reina, y que no importa qué pase en este tiempo, ni cuánto tendremos que esperar, Él tiene el control y yo debo vivir para servir a otros por lo que Él ya hizo por mi.
  • Cantar la Palabra. Mientras servía, cantaba, eso me ayudó a vivificar mi alma y mi Espíritu y recordar que no se trata de mi, sino que otros vean a Cristo en mi.

Ahora ya tengo la respuesta a mi pregunta, ahora sé por qué Dios trajo este confinamiento a mi corazón. Me mostró que el verdadero servicio implica sacrificio, aún en esas pequeñas cosas que hacemos, como: cocinar, barrer, trapear, cuidar del esposo, de los hijos, ayudar a mis nueras y nietos. No sé por cuanto tiempo Dios permitirá que siga, pero oro para que Él pueda cumplir Su propósito en mi.

Mi oración es que Dios me de un corazón humilde y enseñable, y que esté dispuesto a aprovechar la oportunidad de rendir mi vida a servir. Agradezco también a Dios por mi esposo, que ha sido un equipo conmigo en el servir y su consejo para mi cada día es: «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos sino desmayamos».

Amadas hermanas. No sé cual es el área que en este encierro Dios quiere hacer crecer en ti, pero si es igual que el mío, sirve y sirve con gozo.

Sin lugar a dudas somos personas relacionales, Dios nos diseñó así, disfrutamos de la buena compañía y de tener libertad, disfrutamos decidir lo que vamos a hacer, con quien queremos estar y a dónde iremos, pero ahora sé, que lo que más disfruto, es servir. Sigo con mis luchas, pero ahora puedo decir que mi corazón está siendo transformado día a día a través de una obra sobrenatural cuyo propósito es parecerme más a Cristo. 

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Sobre el autor

Orfalinda Montes Martínez

Orfalinda Montes Martínez

Orfalinda Montes Martínez tiene 55 años, salva por Gracia a la edad de 17 años. Es originaria de Monterrey N.L México. Casada con Luis Ignacio Molina, quien sirve como Diácono, en su Iglesia Bautista Genezareth. Tienen 3 hijos varones casados, 4 nietos, 3 niñas y 1 niño y por la Gracia de Dios nuevamente serán abuelos. Enseña a grupos de mujeres en su iglesia y colaboró en el área de Consejería Biblica.

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