Corrijamos nuestra perspectiva distorsionada

¿Alguna vez te has puesto de pie ante un espejo de carnaval, o en algún museo o feria? ¿Te has reído al notar la imagen ridícula y distorsionada que ves? Tanto niños como adultos disfrutan ver estos espejos y ver como sus figuras toman formas extrañas y un tanto absurdas.

Es parte de nuestra naturaleza caída el ser ensimismadas, particularmente cuando esa obsesión es motivada por una opinión extremadamente elevada de nosotras mismas. Esto es orgullo puro y duro, y no solo distorsiona como nos vemos a nosotras mismas, sino que también distorsiona como vemos a Dios.

La humildad llega cuando tenemos una perspectiva correcta de Dios y de nosotras mismas, cuando pensamos correctamente acerca de nosotras y cuando admitimos nuestra necesidad urgente de Dios, y abrazamos Su dirección en nuestras vidas.

La humildad dice, “Sí, Señor; Tú eres primero”, lo cual produce cascadas de gracia de parte de Dios e intimidad con Él.

El orgullo dice, “No, Señor; yo soy primero”, lo cual causa Su resistencia y Su oposición.

“…revestíos de humildad en vuestro trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. (1 Pedro 5:5).

Parte de la urgencia que sentimos al prepararnos para ¡Clama! es que el orgullo humano es algo que violentamente bloquea el camino al avivamiento (2 Crónicas 7:14). Pero he aquí la esperanza: Cuando nos unimos en oración dispuesta, cuando doblamos nuestras rodillas delante del Rey, estamos dando el único paso que puede revertir la ola de orgullo que se levanta de forma tan ominosa a nuestro derredor.

El ponernos de rodillas es la posición más fuerte que pudiéramos adoptar. No esperemos que sea Dios quien nos humille. ¿Te humillarías ante el Señor hoy?

Oración: “Señor, inclino mi rostro y mi corazón ante ti y libremente admito estas evidencias de orgullo en mi vida…”

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