En ternura

Los seres humanos, por naturaleza, tendemos a ser impacientes: nos molesta encontrar una fila larga en la tienda, nos incomoda esperar para obtener una información y nos irrita repetir una información una y otra vez, lo que hace que nuestra irritabilidad e intolerancia salgan a relucir con rapidez. “La actividad es a las seis de la tarde”, “retira los platos de la mesa cuando termines de comer”, “no dejes los zapatos en la sala...” son algunos ejemplos de recordatorios u órdenes que hemos tenido que repetir varias veces, provocándonos irritación y enojo.

Cuando estamos frente a un niño pequeño que nos hace las mismas preguntas muchas veces en una misma hora, nuestra irritación tiende a ser menor ¿Por qué? Sabemos que estamos frente a una criatura inocente, frágil, que apenas empieza a descubrir el mundo a su alrededor. La ternura que nos despierta tiende a ser mayor que la irritación.  

Creo que algo así sucede con nuestro Padre Celestial en relación a nuestros pecados y debilidades. Con cuánta frecuencia, a lo largo de nuestros años en el Señor, nos vemos asaltadas por las mismas dudas, ansiedades, temores y pecados por lo que regresamos a las mismas promesas y verdades que son nuestras en Jesús. Y tal vez cuando vamos delante del Señor y derramamos el corazón, Lo imaginamos en el Cielo, moviendo la cabeza de un lado a otro y diciendo: “¿Otra vez? ¿Es que nunca vas a aprender? ¿Cuántas veces debo repetirte que yo estoy contigo, que confíes en Mí, que no mientas, que no temas…?”.

Cuando pensamos en el carácter de Dios probablemente vengan a nuestras mentes atributos como: Omnipotente, Omnisciente, Justo, Bueno, Santo; todos los cuales son ciertos. Ahora ¿has pensado en Dios como un Padre tierno? Sí, así como nosotras podemos ser pacientes y amorosas con un niño pequeño que repite sus preguntas una y otra vez; aún más nuestro Padre Celestial desborda ternura hacia Sus hijos:

“Pues la porción del Señor es su pueblo;

Jacob es la parte de su heredad.

Lo encontró en tierra desierta,

en la horrenda soledad de un desierto;

lo rodeó, cuidó de él,

lo guardó como a la niña de sus ojos”. (Deuteronomio 32:9-10)

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)”.  (Efesios 2:4-5)

“Por ejemplo, han oído hablar de Job, un hombre de gran perseverancia. Pueden ver cómo al final el Señor fue bueno con él, porque el Señor está lleno de ternura y misericordia”. (Santiago 5:11 NTV)

Por la obra de la sangre de Cristo a nuestro favor, Dios ya no se encuentra en la posición de Juez, moviendo la cabeza en señal de desaprobación ante nuestras frecuentes caídas y tropiezos. Si caminamos con nuestros ojos puestos en Su Hijo Jesús, aunque nuestro paso sea lento, inseguro y a menudo tambaleante, Él se complace en nosotras pues Él sabe que no somos más que polvo (Salmos 103:13-14).

La próxima vez que enfrentes el mismo pecado o te asalten las mismas dudas, no pienses en tu Señor como un amo irritado ante la incompetencia de Su siervo. Piensa en tu Señor como un Padre tierno y compasivo y como María, arrójate a Sus pies y derrámale tu corazón:

“Cuando María llegó a donde estaba Jesús, al verle, se arrojó entonces a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Y cuando Jesús la vio llorando, y a los judíos que vinieron con ella llorando también, se conmovió profundamente en el espíritu, y se entristeció”. Juan 11:32-33

Como señala una autora, la tristeza de Cristo es incluso más sorprendente si pensamos que Jesús sabía que en unos instantes Él resucitaría a Lázaro; no obstante, aun así, lloró con sus queridos amigos porque nuestro Salvador es muy tierno y compasivo.  

Nuestro Padre Celestial no es indiferente a las luchas que experimentamos en el proceso de ser conformadas a la imagen de Su Hijo.

“No estamos solos en la lucha contra el pecado. Dios no nos está mirando desde su trono celestial diciendo: ‘¿Cuándo vas a cambiar? ¿Cuándo comenzarás a erradicar ese pecado?’ Más bien, Él viene a nuestro lado diciendo: ‘Vamos a enfrentar este pecado, pero mientras tanto quiero que sepas que no te inculpo por él’. Dios ya no es nuestro juez; ahora es nuestro Padre Celestial, quien nos ama con un amor infinito”.
Nuestro Señor es un Padre tierno, corre a Sus brazos y una vez más, sé restaurada.

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Sobre el autor

Massiel Zapata

Massiel Zapata

Massiel conoció al Señor a los dieciocho años y al presente trabaja en educación cristiana como profesora de lengua española, lo cual considera como un privilegio y una enorme bendición. También sirve en el Ministerio de Jóvenes Adultos de su iglesia local. Su anhelo es poder compartirles a mujeres de todas las edades que conocer al Señor a través de Jesucristo es el mayor deleite que podemos alcanzar en este mundo.

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