Relaciones marcadas por el Evangelio | Reto devocional de vuelta a clases

Hoy continuamos con nuestro reto devocional de vuelta a clases. Ayer estuvimos reflexionando acerca de la importancia de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Aprendimos que para amarlo de esa manera necesitamos creer que su Palabra es verdad con el fin de atesorarlo por encima de todas las cosas. Vimos que solo Cristo lo hace posible que le amemos, a través de su Espíritu.

Para el pueblo de Dios este mandato era lo más importante y de generación en generación fue transmitido y enseñado, pero en sus corazones había una desconexión entre ese amor que ellos debían expresar de manera vertical (hacia Dios) y el amor que debían extender de manera horizontal (hacia los demás). Es por esto que necesitamos prestar atención a la respuesta de Jesús a un escriba que le preguntó cuál era el mandamiento más importante de todos. ¿Lista para el reto 2? ¡Vamos!

Lectura bíblica

«Cuando uno de los escribas se acercó, los oyó discutir, y reconociendo que les había contestado bien, le preguntó: ¿Cuál mandamiento es el más importante de todos? Jesús respondió: El más importante es: “Escucha, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Mar 12:28-31).

Reflexiona

Vivimos en una sociedad individualista y a veces nos sentimos tentadas a pensar que nuestra fe sólo debe expresarse en nuestro amor a Dios. Fácilmente fallamos en amar a las personas que nos rodean y creemos la mentira de que debemos tratar a los demás como se lo merecen. A veces podemos hasta justificar por qué nuestro amor debe ser solo a Dios (sobre todo cuando los compañeros de salón son groseros y los maestros son vistos como enemigos de otro planeta). Por ejemplo, cuando tus padres tienen altas expectativas y sientes que nunca podrás llenarlas, ¿cómo puedes amarles? O esos momentos en los que has pensado (en lo secreto de tu corazón) «cuando todos me presionan prefiero amar solamente a Dios y mantener mi fe en silencio y adaptarme al molde de este mundo».

Y eso puede tener sentido en la mente humana, pero no en la mente de Dios. Cuando los escribas le preguntaron a Jesús cuál era el más importante de los mandamiento, Él se aseguró de responder de una manera que fuera completa y coherente con todo su Consejo. Él les recordó lo que ya sabían, les dijo que debían amar a Dios con todo su ser, pero no lo dejó ahí, Él también les recordó el mandamiento que se encontraba en Levítico 19:18, «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esto sí que era una combinación revolucionaria para un pueblo que tenía una desconexión entre estos dos conceptos. Jesús está resumiendo toda la Ley en solo dos mandamientos y está enlazando la responsabilidad de amar al prójimo con la de amarle a Él. ¡Esto era radical! ¿Ves? Nuestro amor por Dios no es algo que nos beneficia solo a nosotras mismas, es algo que necesitamos extender al prójimo, de hecho, nuestro amor a los que nos rodean es la evidencia de que realmente amamos a Dios.

Míralo en los siguientes versículos:

«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Juan 4:11)

«Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1 Juan 4:19-20)

Amar a quienes te favorecen y te tratan bien puede ser muy fácil pero en en el contexto escolar donde tu paciencia se ve retada, puede ser muy difícil. Me encanta ver que en Lucas 10:25-27, Jesús también responde a una pregunta similar a la del escriba, y luego, con la parábola del buen samaritano le explica al «experto de la ley» que el prójimo no es aquel que es similar a ti, sino todo aquel que te rodea sin importar su etnia o religión.

Entonces respondamos a dos preguntas:

  • Primero, ¿quién es tu prójimo? Tus padres, tus amigos (aún aquellas chicas de la esquina ruda), tus maestros, tus líderes en la iglesia, todas y cada una de las personas con las que interactúas sin importar si te gustan, si te tratan bien o si te sientes «entendida» por ellos.
  • Segundo, ¿cómo es que vamos a amarles si no todos nos agradan y muchos ni siquiera se lo merecen? La clave se encuentra al ver uno los versículos que ya leímos en su contexto:

«Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto jamás. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en nosotros» (1 Juan 4:7-13).

La única razón por la que podemos amar a los demás es porque cuando estábamos apartadas de Dios, alejadas de su amor, enemistadas de su santidad a causa de nuestros pecados y sin la capacidad de amarle (porque estábamos muertas), Él nos amó . Cuando no había ningún atractivo en nosotras, Dios envió a su Hijo perfecto y Él nos amó hasta la muerte. ¡Nunca podremos entender a plenitud este gran misterio! Dios demostró su amor para con nosotras en que aún siendo pecadoras, Cristo murió por nosotras. (Romanos 5:8)

El amor de Cristo hacia nosotras aplasta todas nuestras excusas para no amar a los demás, nos deja sin palabras, nos lleva al arrepentimiento. El evangelio marca la diferencia en nuestras relaciones y nos empuja a amar como Dios nos ama.

Medita

Toma un momento y medita en estos versículos:

  • «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él» (Juan 3:16).
  • «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)» (Ef. 2:4-5).
  • «Desde lejos el Señor se le apareció, diciendo: Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia» (Jer. 31:3).

Pregúntate

  • ¿Estás siendo intencional en extender de la gracia que has recibido de Cristo a tus padres, maestros o amigos?
  • ¿De qué manera práctica puedes servir a los que te rodean como resultado de tu amor a Dios?
  • ¿De cuáles actitudes egoístas necesitas arrepentirte?

Ora

  • Que Dios te de un nuevo corazón para amar a los demás como Él te ha amado a ti.
  • Por una mejor apreciación de su gracia para poder extenderla a otros.
  • Por arrepentimiento de acciones y actitudes pecaminosas hacia tus padres, amigos, maestros o líderes en la iglesia.
  • Por gozo al amar a los que te rodean.

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Sobre el autor

Betsy Gómez

Betsy Gómez

Hija y sierva de Dios por gracia, esposa de Moisés, madre de Josué y Samuel, portadora de un ferviente anhelo por llevar el evangelio a las siguientes generaciones. Forma parte del ministerio para mujeres Aviva Nuestros Corazones, administrando los blogs Mujer Verdadera y Joven Verdadera. Además supervisa el área de Media. Actualmente está cursando un M.A. en Ministerio a Mujeres en el Southeastern Baptist Theological Seminary. Escribe en Aviva Nuestros Corazones, en su blog personal y contribuye en Coalición por el Evangelio.

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